Cuando Central Park era un pampón

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Estaba bajando en el elevador de la escuela de inglés hacia el primer piso del hotel Pensilvania, cuando mi amigo Francisco, un chamo de Cumaná, cuyos abuelos escaparon de China y se asentaron en Venezuela, me hizo la pregunta:

 

«¿Vamos a jugar fútbol, quieres ir?»

 

Había escuchado la misma pregunta antes, cientos de veces, en Lima. Ésta era la primera vez en Nueva York. Si no hubiera sido porque mi trabajo de los fines de semana, estacionando automóviles, requería que mantuviera mis piernas libres de lesiones, ya hubiera fatigado a mis nuevos conocidos en busca de un partidito, pero temía lesionarme. Hasta entonces había sido cauto. En aquél momento, sin zapatillas ni ropa de deportes a la mano, dije que sí.

 

«Mori, el japonés, ha traído una pelota y Reynaldo, el mexicano, dice que conoce una zona de Central Park donde podemos jugar. ¿Vamo’ pué?».

 

Iba a empezar el Corea-Japón 2002 y en Nueva York «no pasaba nada». Para Estados Unidos, en aquel momento, los únicos países del oriente con cierto interés se llamaban Irak y Afganistán. Estábamos a las puertas de un mundial y para la inmensa mayoría de quienes caminaban por las vereditas de Central Park, montaban patines, bicicletas, o yacían sobre el parque disfrutando del sol, aquel acontecimiento no era noticia. Me provocaba gritarles: «¡Estados Unidos ha clasificado!¡Deberían estar excitados, compartir su emoción con el resto del universo, vestir la camiseta de la selección, levantarse a las 4 de la mañana para ver los partidos de su equipo!»

 

Eramos un grupo integrado por representantes de cuatro continentes. Los que tenían ropa de deportes se metieron entre los arbustos a cambiarse. Yo jugaría con jeans. Mi amigo Pape vestía orgulloso la camiseta de Senegal, Mori la de Japón, Alex la de Brasil, Peter la de Polonia, Reynaldo la de México, Walter la de Argentina, Jason la de Costa Rica. El pedazo de campo en el parque era mitad grama y mitad terral. Acomodamos bultos de maletas y ropas para inventar los arcos. Se contaron 10 pasos entre bulto y bulto. Mori, el japonés, había conseguido la bellísima Adidas Fevernova, el balón oficial, en la tienda Modells de Herald Square: la pelota empezó a rodar.

 

Ese verano jugamos en un par de otras áreas en Central Park. También en un centro deportivo público de Riverside Park, con una cancha de tamaño oficial, muy bien mantenida y con una gran vista del río Hudson (que tuvimos que abandonar media hora después, para que entrene un equipo de lacrosse). Una noche jugué mi primer partido sobre grama artificial en Chelsea Piers; otra tarde Francisco encontró una cancha de pasto real en el corazón de Chinatown.

 

Como otros tantos millones de inmigrantes en la ciudad, nosotros seguíamos los partidos, apostábamos a nuestros favoritos, y comentábamos –a toda hora– los resultados de los partidos previos. Pape, luego de que su Senegal derrotara a Francia, no cabía en el pellejo de la felicidad. Los campeones del mundo tuvieron una de sus peores campañas; y Senegal fue feliz durante unas cuantas semanas hasta caer eliminados por los turcos en cuartos de final. Estados Unidos hizo una brillante campaña, derrotó a Portugal y sólo salió del mundial después de un apretado partido contra los alemanes.

 

Aquí y allá, un par de artículos en el New York Times, un comentario en la radio o una nota en la revista TIME, me hacían creer que los buenos resultados crearían un estado de fiebre de fútbol permanente en Newyópolis, parecido al que yo había vivido en Lima (con Perú en 1978 y en 1982; sin Perú en todos los mundiales que siguieron desde entonces). Pero Estados Unidos es inmune al fútbol. En la escuela secundaria , los niños escogen sus cuatro equipos favoritos: hockey, béisbol, fútbol americano y baloncesto. Ya no hay cabida para otro deporte. Mientras en mi pequeña cabina del club de golf, yo y mis compañeros discutíamos acaloradamente los partidos de la fecha y los mejores goles, uno que otro socio, estadounidense desubicado, nos preguntaba por el resultado inconsecuente de alguno de los cuatro o cinco partidos que juegan los Yankees cada semana.

 

Como otros tantos millones de aficionados en el mundo cuyos horarios marchan distantes de las horas asiáticas, también me levanté en la madrugada para ver los partidos más trascendentales del mundial. Con la ayuda de los árbitros, Corea del Sur se convirtió en favorita. En aquel entonces no me importó que una de sus víctimas fuera España; porque las barras coreanas, con su fervor, le daban al campeonato esa cuota de locura que se necesitaba. Cuando se fueron Corea y Turquía, ese mundial se convirtió en la historia de siempre. Brasil se hizo de un título más, el quinto. ¿A quién le importaba sino a los brasileños? Alemania también llegó a la final: más de lo mismo.

 

Cuatro años después, en Alemania, los italianos ganaron a pesar de su horrible juego defensivo (y tal vez merced al cabezazo descontrolado de Zidane contra Materazzi). Aproveché para unirme a los tibios festejos en las calles de la Pequeña Italia en el Bronx. Hubo algunos bocinazos en la calle Belmont, unos cuantos gritos de Fuerza Azurra, pero queda el testimonio de que no sólo en Italia, sino en países más lejanos del centro del mundo (como en el Perú) la colonia italiana y su amigos celebraron con más fervor esa copa mundial que entre los inmigrantes tanos asentados en el Bronx, cuyos fervores ahora se dividen no tanto entre el Napole o el Milan, sino entre los Yankees y los Mets; los Giants o los Jets. Los periódicos neoyorquinos le pueden dedicar las primeras planas a un fenómeno pasajero como Jeremy Lin de los Knicks, pero jamás le dedicaron sus portadas y titulares a Landon Donovan, ni siquiera cuando su selección clasificó a los octavos de final en aquel mundial.

 

Claro, de vez en cuando uno encuentra a un futbolero local tan apasionado por el soccer que te trae a la memoria un partido del Nene Cubillas por los Strikers de Fort Lauderdale contra el Cosmos neoyorquino. Incluso en aquellas tardes de fútbol del 2002, siempre había un gringo atolondrado que se unía a nuestras huestes internacionales para destrozar la grama de Central Park; para driblear entre las matas y celebrar los tantos de nuestra Fivernova como si se se tratara de goles mundialistas. Hubo uno que otro estadounidense que festejó aquellas piruetas entre los bultos de ropa de los inmigrantes que gritaban ¡Gol!, mientras que alguna neoyorquina en bikini tomaba el sol y leía un libro, me imagino que preguntándose si seríamos capaces de mantener nuestra pelota alejada de su cabeza.

 

En 2010, la tecnología permitió que los partidos se transmitieran en vivo por el Internet. Si uno sobrevivía a las sandeces que decía el comentarista principal de Univisión–un argentino que sabía más acerca de la talla del busto de sus coanimadoras que de fútbol–; y a las decenas de comerciales dirigidos sólo a los fanáticos mexicanos; la fiesta sudafricana se podía vivir en alta definición, en cualquier espacio con acceso a la Red. Mis amigos y yo, a pesar de que durante aquellos años nos habíamos desparramado por otros lados, conseguimos juntarnos frente a una pantalla gigante para ver jugar a la Argentina. Walter se había casado con la dueña de una cadena de hoteles para mascotas (por una «módica» suma que no baja de los 500 dólares, los hoteles hospedaban a tu mascota cuando tenías que salir de viaje), había prosperado, y en la sala de estar de su moderno rascacielos en el centro de Manhattan, nos aburrimos viendo a los albicelestes ganarle por 2 a 0 a Grecia, mientras en una sala colindante un grupo de jóvenes surcoreanos gritaba –como si se les fuera la vida en ello– cada uno de los goles con los que su selección empató con Nigeria y consiguió clasificar a la siguiente ronda del mundial. Tras la eliminación de argentina, mis intenciones cruzaron el River Plate hacia el Uruguay y grité cada gol de los charrúas en su frustrado intento de llegar a la final. De todos modos, el desenlace entre España y Holanda–garantizado por el pulpo Paul–era un premio para quienes habíamos visto los últimos mundiales desde las tribunas laterales, esperando una final donde no estuvieran los sospechosos comunes.

 

Viví la final de aquel mundial como en una película. Alenté a España. Tal vez porque no me gustó que Holanda derrotara a los uruguayos, porque el fútbol de ese equipo holandés era horrible, o porque además de media docena de dominicanos, casi todos los invitados al espacioso loft de Spanish Harlem donde se montó una pantalla gigante para ver el partido eran de Madrid o de sus alrededores ¡Ay Holanda! Llegar tres veces a una final de un mundial y perder las tres ante tres diferentes rivales cómo debe de doler. El gol de Iniesta lo grité a todo pulmón. Aún tenía en el estómago unos tacos riquísimos que me había comprado en una taquería tradicional mexicana del Barrio. Saltamos, gritamos y nos abrazamos todos dentro de aquél departamento en el corazón de la Newyópolis hispana.

 

Al terminarse la comida y las cervezas, bajé a la calle. Caminé por la calle 116, casi en silencio. Ni una banderita española, ni una bocina de automóvil para inflar los ánimos. Bajé al paradero del tren subterráneo. Dentro del tren vi a dos puertorriqueños que, sonrientes, se gritaban algo: Alex Rodríguez había bateado un home run.