Cuando un fotógrafo se atreve de verdad a detener el curso del tiempo

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¿Cómo de tarde era cuando por fin me decidí a acompañar a C a través del bosque urbano, de las aceras reventadas por la vegetación y el olvido siempre al acecho, entre árboles frondosos que regalaban pasajes frescos y umbríos, altísimas torres, el sol que caía a pico desde el cielo de Madrid y los espectadores que regresaban de un partido en el Bernabéu?

 

 

¿Cómo de tarde era cuando por fin me decidí a acompañar a C a través del bosque urbano, de las aceras reventadas por la vegetación y el olvido siempre al acecho, entre árboles frondosos que regalaban pasajes frescos y umbríos, altísimas torres, el sol que caía a pico desde el cielo de Madrid y los espectadores que regresaban de un partido en el Bernabéu? Ninguno o casi ninguno de ellos sabía, al cruzarnos ante la máquina que les permitiría recoger su vehículo del aparcamiento y regresar a sus casas, que al fondo de ese pasillo, tras una gigantesca reproducción de la más hermosa, turbadora, enigmática y sencilla fotografía de Edith, de espaldas, con el pelo recogido en un moño que era como la consagración de cuadros y fotografías que han tratado de concretar el sentido de la belleza, con un jersey que dejaba al descubierto un cuello tan tentador como el de mi esposa, y ante agua que podía ser la de una charca o de una corriente que pasaba lenta ante los ojos de Edith, que no podíamos ver, se encerraba probablemente una de las exposiciones que más nos podían enseñar acerca de cómo asomarnos a la belleza y la fragilidad del mundo, al amor con que contemplarlo y al arte fotográfico de fijarlo para que su esencia permanezca cuando nosotros hayamos pasado, nos hayamos desvanecido, con toda nuestra intensidad, ternura, furia, hastío, levedad y cariño.

 

 

Dice Emmet Gowin que si no se hubiera casado con Edith probablemente nunca habríamos oído hablar de él. Porque no se habría asomado al mundo de una manera que la mezcla de su amor y de su forma de mirar, su talento para la composición fotográfica, y el revelado, y el copiado, que él se encarga personalmente de hacer, no se hubieran conjurado para darnos estas ventanas sobre la condición humana y el mundo que habitamos. Al contemplarse en las fotografías que durante más de cincuenta años le ha tomado su marido, Edith dice que no se reconoce en ellas. Admite que recuerda esos momentos en el que esas imágenes fueron hechas, pero es algo que pasó hace mucho tiempo, cada vez más tiempo. Ella también sabe, y así lo dice en la preciosa grabación hecha por el Departamento de web y redes de la Fundación Mapfre, que Emmet hizo esas fotografías porque la amaba. Y lo dice sin el menor asomo de presunción, como un hecho de la vida, porque si no la amara esas fotografías que ya no podemos ver salvo en el catálogo (porque la exposición cerró como se cierra un telón el pasado 1 de septiembre, y yo me colé en el teatro en el último minuto, justo cuando acabó el partido del Real Madrid que yo no había ido a ver), no habrían existido. No se habrían hecho así. Estaban las salas de la Fundación Mapfre casi vacías el primer día de septiembre, cuando los que se fueron apenas acababan de volver, o apenas habían empezado a volver, y los que no se fueron no estaban allí, porque ya había estado o porque jamás pensaron en estar, y podíamos asomarnos a cada fodo, a cada ventana, como náufragos sin salitre en la boca, sin la menor urgencia, sin que nadie nos apremiara, ni el sol que lucía fuera, ni el guardián tras el mostrador, ni el guardián entre el centeno.

 

 

Desde que me eché a la cara Elogiemos ahora a hombres famosos, el libro con el que Walker Evans y James Agee se asomaron en cuerpo y alma a la vidas de tres familias de apareceros blancos y pobres de Alabama en tiempos de la Gran Depresión, nunca dejo de recomendar su lectura a los estudiantes de periodismo y a los amigos nuevos y viejos. Es un viaje que, cuando se emprende, no te deje indemne. En el catálogo de Emmet Gowin (convertido ya en uno de los tesoros de nuestra casa) se reproduce una cita de A Way of Seeing, también de James Agee: «La tarea del artista no es transformar el mundo tal y como el ojo lo ve en un mundo de realidad estética, sino percibir la realidad estética dentro del mundo real y registrar de un modo fiel y no distorsionado el instante en que ese movimiento de creatividad alcanza su cristalización más expresiva». Por ejemplo, Wislawa Szymborska. Por ejemplo, Emmet Gowin, quien cita con fruición a Frederick Sommer, uno de sus maestros: «El arte es la aprehensión sensual de lo que aún no entendemos en presencia de la naturaleza».

 

 

Como en algunos libros de poemas, como en algunos libros, como en algunos catálogos, al final de la exposición, en una cartela con letras grises sobre fondo gris, como no queriendo llamar la atención, como evitando cualquier clase de estridencia, se lee:

 

«A Edith:

Mi corazón y mi mente la siguen a través de sus gestos,

las habitaciones y los días. Por la noche, nos hemos acurrucado juntos

como zorros en busca de calor»

 

Antes, en una suerte de Agradecimientos, como se suele reconocer en los libros cuando uno quiere hacer justicia a quien le ha ayudado en el camino de la vida, que es el camino del conocimiento, escribe Emmet Gowin: 

 

«Cuando, en 1964, me casé con Edith Morris, entré a formar parte de una familia estimulantemente distinta a la mía. Admiraba su sencillez y su generosidad, y consideraba las fotos que les hacía como formas de corresponder. Quería prestar atención a ese cuerpo y a esa personalidad que, por amor, había accedido a revelarse. Mi atención era un deber natural capaz de rendir homenaje a ese amor.

 

«Gracias a las vidas de mis nuevos parientes, de mi familia más amplia, recobré ese estado de ánimo que es capaz de encontrar solemnidad en la vida diaria. De niño, uno puede dedicarse a pasatiempos como contemplar la luz del sol sobre el agua, el tejido de la mosquitera del porche y el abrir y cerrarse de las puertas. Ojalá no deje nunca atrás un entretenimiento como este».

 

*     *     *

 

«Estas palabras, que escribí hace más de treinta y cinco años, siguen encarnando un ideal al que no quiero sobrevivir. Aunque toda labor creativa requiere un encuentro con lo desconocido y una visita a lugares que aún no comprendemos, tomar imágenes de Edith sigue siendo el hilo conductor y la experiencia redentora de mi vida: es, en gran medida, el poema que ocupa el centro de mi obra. Estas fotos expresan lo que siento por el mundo».

 

No se puede decir mejor. Por eso me callo mientras vuelvo a asomarme una vez más al catálogo, abierto sobre mi mesa, bajo la luz del flexo, mientras escucho el fragor de los barrenderos que con mangueras y escobas asean la calle por la que mañana volveremos a sumergirnos en la vorágine de la vida, y voy a acurrucarme junto a ella como un zorro. Buenas noches.

 

 

Créditos de las fotografías (cortesía de la Fundación Mapfre):

 

1. Edith, Chincoteague Island (Virginia), 1967.

Gelatina de plata

© Emmet Gowin, cortesía Pace/MacGill Gallery, New York

 

2. Nancy, Danville (Virginia), 1969

Gelatina de plata

© Emmet Gowin, cortesía Pace/MacGill Gallery, New York

 

3. Antiguo emplazamiento de la ciudad de Hanford y el río Columbia, reserva nuclear de Hanford, cerca de Richland (Washington), 1986

Gelatina de plata

© Emmet Gowin, cortesía Pace/MacGill Gallery, New York

 

4. Edith en Panamá: depredación de la hoja, 2005

Copia única en tono dorado sobre papel salado hecho a mano

E© Emmet Gowin, cortesía Pace/MacGill Gallery, New York