De mi Diario: Semana 15 / 2014

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¡Cómo brillan, como diamantes, los ojos de un niño en la sala de un cine, durante la proyección de una peli!

 

Weiß/Colonia, 6.4.

Fuimos con Henri al cine, era la primera vez en su vida (4 años, 3 meses y 2 días) que entraría en la caverna de Platón. Me decidí por un cine pequeño, es decir, por un multicine de muchas salas, todas pequeñas, y no por el Cinedom, donde se sentiría perdido en esas catedrales que son sus salas. Apenas entró y nos sentamos en la última fila (para que en caso necesario se pudiera sentar en el asiento alzado y no perderse nada de la peli), dijo mirando al frente: «Ahí está el televisor grande». La mamá le había explicado que un cine es una habitación donde la gente se sienta en filas y mirando al frente, allí hay un gran televisor. «Y este es mi sillón», añadió, repantigándose en la butaca. «Pero eso de enfrente se llama pan–ta–lla, Henri». «¡Pero es un televisor grande!» Me di por vencido y, de repente, pensé en algo que a lo mejor –a lo peor– la mamá no, y le dije que aquí, en el cine, el sonido era mucho más fuerte que en su casa, y envolvente (no creo que entienda el concepto “estéreo”). Y menos mal que se lo expliqué, porque se amilana mucho cuando los decibelios suben un determinado volumen. Lo cierto es que, ya advertido, gozó la peli, comentándola a cada rato, y nosotros gozamos con su goce porque más que a la pantalla nos pasamos la peli mirándolo a él. ¡Cómo brillan, como diamantes, los ojos de un niño en la sala de un cine, durante la proyección de una peli!

 

Al salir del cine bajamos a la estación del Metro, Friesenplatz, y al poco de estar sentados a la espera del primer tranvía, llegó una joven  musulmana con la cabeza envuelta en una pañoleta de seda negra que sólo le dejaba libre el óvalo del rostro. Vestía muy elegante, toda de negro, traje enterizo hasta casi la rodilla, y unos leguins ceñidos a sus piernas delgadas y bien torneadas. Lo apabullante era una asimetría de lo más erótico, entre la cabeza condenada al anonimato y unos zapatos de tacón aguja, finísimos y altísimos, como si caminase sobre dos modelos de las Twin Towers. No dudo de que sea musulmana, aunque lo sea a la fuerza, pero su esencia como ser humano jamás podrá serlo. Esa manera de salir a la calle la delata más que una abjuración, y la desislamiza 100%. Menos mal que Henri no me puede leer los pensamientos. Todavía.

 

En el tranvía de vuelta a casa, un señor algo mayor que yo, y que había estado dialogando con Henri todo el tiempo (se conoce que le encantó el crío), le cedió su asiento junto a la ventana cuando llegamos al Rhin, para que pudiera ver bien el tráfico fluvial. Él y yo nos bajamos en la parada de Rodenkirchen, mientras Diny seguía con Henri hasta Sürth, a esperar a The Mamas & The Papas, que andaban soltando lastre doméstico en un mercado de pulgas. Y me despedí de Henri, desde el andén, delante de la ventana, diciéndole adiós con la mano, y parece ser que el señor mayor también lo hizo después que yo, sin que yo me apercibiese. Cuando Diny regresa a casa me cuenta que Henri le comentó al respecto: «Ahora tengo dos abuelos».

 

Weiß/Colonia, 7.4.

Esta es una de esas cosas que cuando aparecen en los libros de cuentos o como episodio, en una novela, se habla de la desbordada imaginación del autor. Pero resulta que Susana, sin saber que yo andaba en las mismas, estuvo como yo horas y horas tratando de reservar localidades para el 11 de julio, en The Globe, en Londres, donde ese día dan Julio César. ¡Y al final lo consiguió, como yo en Neuss! Entonces resulta que el 11 de julio estaremos Susana en The Globe a la orilla del Támesis y nosotros en The Globe a la orilla del Rhin, ella gozando un Shakespeare, nosotros un Lope. Bah, mejor no se lo contamos a nadie, dirán que es cosa de novela, lo hemos inventado Susana y yo no más para hacernos los interesantes. La progenitora que los concibió.

 

Llama Chico, de regreso de Hong Kong, para contarnos sus impresiones viajeras. Escuchándole, me viene a la cabeza la frase de Olivier Rolin que leí hace un par de días«Uno no es para nada Cristóbal Colón cuando se marcha a América, pero sí sigue siendo un poco Marco Polo cuando va hacia Extremo Oriente».

 

Weiß/Colonia, 8.4.

Almorzamos en La Modicana, con Marta, que me trae un ejemplar del # de marzo de Nexos. Por fin puedo ver en soporte papel mi artículo con los dibujos de Helen, y la sensación es tan, pero tan distinta Me pregunto lo que con toda seguridad se habrán preguntado antes que yo muchos cerebros más capacitados que el mío: quienes nos educamos visualmente con el soporte del diario, la revista y el libro, ¿estamos realmente capacitados para entender a quienes no van a conocer otro soporte que la pantalla, en sus múltiples formas y aplicaciones? La pregunta va más allá de la mera sensualidad del contacto con el papel y sus diversas texturas, desde la estraza al satinado.

 

Almorzando, como le cuento a Marta nuestro domingo cinematográfico con Henri, ella recuerda la primera vez que fue al cine, a los cinco años, con su abuela. En el camino acá, y a mi vez, recuerdo que fue también con mi abuela Remedios la primera vez que fui al cine, al Colón, uno de verano, en la alameda Sundheim, pegado a las tapias de lo que era el Velódromo, el primer campo de fútbol que hubo en España. No recuerdo, eso no, la primera película que vi (Marta sí, ¡Marcelino pan y vino!), pero sí sé que mis primeros recuerdos de pelis están relacionados con dos títulos y dos actrices, Como te quise, te quiero y Merle Oberon, Tejados de vidrio y Linda Darnell. Con absoluta seguridad mis primeros amores platónicos. Guapísimas las dos, joder, en lo que se refiere al sexo dizque débil he tenido buen gusto desde la más tierna infancia.

 

Al regresar a casa, otra vez tenía la notificación de un certificado que retirar en la oficina postal. Qué manía de certificar, un sicólogo diría que se trata de una sicosis de inseguridad manifiesta que se aplica hasta a los envíos postales. Admito que haya habido tiempos en que los pobres carteros robaban libros cuando descubrían que eso era lo que llevaban en los paquetes, pero hoy, en plena explosión de la lectura virtual, ¿quién robaría hoy un libro?

 

Contestándole un email a Pepe Iges me ha tocado recordar que en las grabaciones con Mauricio Kagel, por ejemplo, «él siempre sabía lo que quería y nunca descansaba hasta obtenerlo. Pero alguna que otra vez le asaltaban dudas y entonces ordenaba una pausa, nos íbamos a la cantina a tomar un café y ya a solas me preguntaba: “¿Qué le parece, Ricardo?” (nunca nos tuteamos, y mira si no fuimos buenos amigos, y además él me lo ofreció expresamente en una ocasión*). Y yo le respondía: “Creo que podemos dejarlo como está”, o bien: “Hagamos una toma más, por si acaso”. Y ese era el máximo de crítica que yo me permitía, pero él entendía perfectamente que teníamos que volver a empezar».

 

[* Abro el programa para el concierto inaugural de la Philarmonie, acá en Colonia, dedicado por él, y donde me dice: «al querido amigo Ricardo Bada, el tú, el vos o el usted, Mauricio Kagel, 17.3.1987», pero nunca quise tutearlo, le tenía demasiado respeto, nunca he trabajado al lado de un genio, excepto con él, y eso impone mucho, por lo menos a mí, que sé respetar»].

 

Weiß/Colonia, 9.4.

Contento y feliz con la lectura de los diarios de Fritz J. Raddatz. Un alemán de lujo, dúctil, sutil donde debe serlo, brutal donde no cabe otra. Momentos divinos, si encubrieran más lo humano, donde deja con las vergüenzas al aire a la crema de la intelectualidá alemana. Como esa noche en que está cenando con el redactor jefe de Die Zeit, el semanario crème de la crème, del que FJR fue redactor encargado del sector cultural (el todopoderoso Feuilleton de la prensa en este país), y su interlocutor le pregunta que por qué no entrevista a Dürrenmatt o a Susan Sontag, y FJR tiene que echar mano de toda su cortesía para recordarle que ya los entrevistó años ha, que ahora se propone hacerlo con Norman Mailer. Y el redactor jefe: «¡Ah, sí, A sangre fría, De aquí a la eternidad!» ¡Confundir a Truman Capote con James Jones y Norman Mailer! Me recuerda algo, pero en peor, lo que cuenta Simone Signoret en sus memorias, de otra noche que los 5 grandes de la URSS –Kruschev, Bulganin, Malenkov, Mikoyan y Molotov– los invitaron a cenar luego de un concierto de Yves Montand en Moscú. Presentes además, Nadja, la intérprete de la pareja francesa, y el viceministro de Cultura. Se entabla una conversación muy sabrosa, pero llena de un contenido explosivo (estaba reciente el aplastamiento de la revuelta húngara de 1956), un diálogo donde el único que no participa es Molotov, que no mira a nadie. Casi al final, Kruschev le comenta a SS haber oído que le han hecho una oferta para filmar Madame Bovary en Rusia, una coproducción, y SS le responde que eso es imposible porque una coproducción sólo tiene sentido si se trata de personajes de distintos países, pero en Madame Bovary todo tendría que ser francés, «hasta las vacas», lo que provoca la risa de Kruschev y luego este comentario del viceministro de Cultura: «¡Ah, Madame Bovary, Balzac!» De Simone Signoret, sus palabras textuales: «Miré a Nadja. Se había puesto roja como la grana. Sus ojos suplicaban “No digas nada, no digas nada, no digas nada”. Creo que en ese momento Nadja tenía más miedo que antes, al traducir al pie de la letra las peligrosas opiniones que habíamos expresado. Nadja, que podía recitar de memoria páginas de Stendhal, Victor Hugo, del propio Balzac y no en último término de Flaubert, se había convertido en testigo de algo penoso. Empero, curiosamente, el único de todos ellos que reaccionó fue Molotov. Descansó un largo rato su vista en el viceministro de Cultura y por primera vez me miró de frente».

 

Weiß/Colonia, 10.4.

0:50 am : Concluyó la primera (o la única) temporada de Código 37. Me gustó mucho esta serie flamenca, pero el final no responde a la expectativa despertada durante los capítulos anteriores, me parece que quiso ser deliberadamente abierto, pero sólo resulta involuntariamente confuso.

 

Envío a Baires el ejemplar de la 1ª edición de Adiós, Robinsón, el único texto radiofónico de Cortázar: creo que es, también, el único ejemplar existente, además del que se encuentre, si es que, en los archivos de la Deutsche Welle. Y espero que llegue indemne a las manos cronopias de Lucio Aquilanti, en mi Güeno Saire querido que yyya no volveré a ver. Aproveché la visita a la oficina postal para remitirle a José Alias, en Madrid, la carta que le mandé hace veinte años y me llegó devuelta por “destinatario desconocido”. Amén dello le despaché un regalo a mi deuda estherna, gracias a la generosidad de Alfonso, que me hizo llegar dos ejemplares de la edición especial de El Heraldo de Madrid.

 

Puntual a mi compromiso de entrega, al mediodía le envié a Gerardo, en la redacción de SoHo México, mi artículo sobre el léxico acerca del clítoris. Se lo envié entonando el mea culpa, pues me resultó de todas todas imposible ceñirme al formato de los 12.000 espacios convenidos, me extendí hasta casi los 14.000. Y eso después de dejar casi 5.000 más en la cuneta. Pero Gerardo me tranquilizó ipso fuckto. Alabado sea el santísimo sacramento del altar; clítoris pro nobis.

 

Weiß/Colonia, 11.4.

Leo en el diario que ha muerto Karlheinz Deschner poco antes de cumplir sus 90 años. Desde luego que su Historia criminal del cristianismo es una obra magna, es “la” obra de su vida, y la referencia inexcusable para quien quiera enterarse de los crímenes llevados a cabo por la Santa Iglesia Católica. Con todo, en esta hora de las relecturas, acabo de incorporar a los diarios de Raddatz y el libro de Pablo Suero su Das Kreuz mit der Kirche [¡Qué cruz con esta Iglesia!], que en castellano apareció titulada con la traducción del subtítulo alemán, Historia sexual del cristianismo. Un tipo admirable Deschner, uno de los pocos espíritus independientes de nuestro tiempo de estiércol y reverencias. Creo que nadie ha definido mejor que él a qué se debe el éxito de las confesiones religiosas, todas: «La fe vive del creyente y no a la inversa, por mucho que al creyente le guste creerlo así. De que eso sea así se encargan los pocos que realmente viven de la fe: más, desde luego, de la fe de los otros que de la propia, aunque esto sea algo en lo cual el creyente justamente no cree».

 

Vamos a encontrarnos con Marta, llega acompañada de su amiga Celina, también mexicana, que vive en Bonn. Café y tortas diversas (no Diny, que pidió una copa de café helado), plática muy animada sobre diversos ítems, muchas risas con las anécdotas de los nietos, de Marta y nuestros. De vez en cuando, sobre todo si mencionamos a Ángeles, miro por la ventana al otro lado de la plaza, a la entrada al cementerio del sur: ahí reposa nuestra Monika, nuestra inolvidable Monika.

 

DB se anda separando, cosa que yo no sabía. Me lo cuenta ahora y le contesto: «Ay carajo. Y no digo más. Sólo recuerdo una frase genial de un homosexual chileno, persona muy querida en esta casa. Hubo una vez una ola de divorcios en nuestro entorno, y él, a su manera inimitable, lo comentó así: “Entre nosotros sólo conozco dos parejas estables: Diny y tú, [breve pausa] y yo”».

 

Estuve sin internet hasta las 12:45 del mediodía. Estamos sin teléfono desde las 2:00 pm y ya es casi medianoche, y ninguno de mis brutales desenchufes de la red ni de mis amistosos puntapiés al hijueputa aparatico consigue que deje de parpadear como un enfermo con un tic, como si me guiñara el ojo diciendo: “Jodete, pibe, ¡tururú!”. La recontrarremilputa que lo recontramilparió.

 

Weiß/Colonia, 12.4.

La avería del teléfono es en serio. Habrá que llamar a Telecom y pedir que nos envíen un técnico de esos que cobran un ojo de la cara (y la niña del otro) por arreglar estos desperfectos. Joderse y aguantarse, algo que no dijo Don Quijote.

 

Termino de leer Maquiavelo y la ciencia del poder, un excelente ensayo de Juan David Zuloaga, editado por la Universidad de Granada, con algún estupendo aforismo del florentino universal («La ofensa que se haga a un hombre debe ser tal que no dé lugar a venganza»), o como este, del propio ensayista: «El género literario más difícil de emprender, es sin duda el del aforismo: un mal cuento es un mal cuento, un mal poema es humo, es nada, pero un mal aforismo es una pendejada». Y me encanta una cita que hace de un diálogo de Clizia, comedia de Maquiavelo donde se alude a los milagros de fray Timoteo, personaje que aparece en otra comedia de micer Niccolò,   La mandrágora: «NICÓMACO: ¿No sabes tú que, gracias a sus oraciones, la señora Lucrecia de micer Nicia Calfucci, que era estéril, quedó embarazada? SOFRONIA: ¡Gran milagro, un fraile deja embarazada a una mujer! ¡Milagro sería si la dejara embarazada una monja!» Que Juan David, a quien el adjetivo no le gusta nada, me perdone, pero esta reflexión es deliciosamente maquiavélica.

 

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