De mi Diario : Semana 26 / 2012

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Weiß/Colonia, 24.6., primera hora del día

Pasaron por la tele At Gunpoint [en España Así mueren los valientes], un viejo western con Fred MacMurray. En realidad es una especie de High Noon donde el sheriff del pueblo se convierte en un pacífico tendero a quien su esposa, la muy gentil Dorothy Malone, no abandona, como sí Grace Kelly a Gary Cooper. Sólo que MacMurray es un actor para papeles urbanos: agente de seguros, ejecutivo, incluso militar (ahí está su buena actuación en El motín del Caine), pero no tendero del Far West. Y él debía ser muy consciente de ello, alguna vez dijo que para actuar en un western nada más se necesitan dos gestos: con sombrero y sin él. Sin embargo y a pesar de su deuda con High Noon y este reparto algo inverosímil, At Gunpoint merece la pena verse.

 

Weiß/Colonia, 24.6. (1)

Termino de leer El alquimista impaciente, la 2ª novela de la saga de Bevilacqua & Chamorro, que cada vez me gusta más. Rescato esta observación del sargento a la guardia, a propósito del abogado de una central nuclear: «La única temeridad que podemos imputarles, por ahora, es la de tener a ese abogado para representar sus intereses. Si hubiera representado los de María Goretti, habría logrado que la acusaran de ir provocando». Y esta otra, en una discoteca de la costa malagueña llamada “Rasputín”, cuando el DJ pincha la canción homónima y el público ruge delirante: «Esto ya es un clásico, como Bach», «Tampoco te pases» le amonesta ella, y él: «Desde luego. Ya quisiera el pobre Bach un recibimiento así para cualquier aria de “La Pasión según San Mateo”».

 

Weiß/Colonia, 24.6. (2)

Me escribe Rosalba desde Montevideo, a propósito de una respuesta que di en el foro de mi columna en El Espectador, de Bogotá, a un lector que me señalaba aquel famoso dicho de una aspirante a Miss Nosédónde, de que Confucio habría sido el inventor de la confusión. Y me cuenta Rosalba el caso de una nena uruguaya de 7 años que leyó en un texto escolar que los indígenas le tendieron una emboscada a Solís, lo mataron y luego se lo comieron, y la gurisa lo explicó luego así cuando le preguntó la maestra: «Los indios mataron a Solís, se lo comieron y le echaron nuez moscada». Quelle raffinement, celles beaux sauvages!

[Consulto a María Cristina porque me siento indeciso entre “celles, cettes, ceux y ces”, y ella me responde: «Me parece que mejor sería «Quel raffinement, ces beaux sauvages!», o más complejo: «Quel raffinement que celui de ces beaux sauvages» (esta forma es mucho más enfática)». Y yo le contesto: «Eres un sol y un ángel, en una rara combinación. Y me conformo con la solución menos enfática porque en último término el francés no es mi idioma materno, esa linda vuelta del «que celui de ces» no se me ocurriría ni activando la neurona de reserva; sí, tengo una, por si me falla la que me queda en activo»]. 

 

Weiß/Colonia, 25.6. (1)

La cosa está peluda hoy en la tele, a partir de las 8:15 p.m., aglomeración de pelis con **** de pedigrí: dos Fassbinder, Effi Briest y El amor es más frío que la muerte; un clásico de John Ford con John Wayne, She Wore a Yellow Ribbon; y además I Am Legend, The Beguiled (con un Clint Eastwood como una pera en dulce), The Dancer Upstairs, que no he conozco, pero cuyo argumento y desarrollo tanto me recuerdan una peruana que no logro identificar en mi memoria; y por si fuera poco, un Wallander a las 1:20 a.m. Bueno, Effi Briest sí la veré, seguro, porque su horario no interfiere con las otras, pero luego vendrán el llanto y el crujir de dientes.

 

Weiß/Colonia, 25.6. (2)

WM me escribe a propósito de WS: «Me parece un tanto triste y desengañado. A ver si cuando nos encontremos quizás pueda infundirle un poco de optimismo». Como conozco bien el paño, le contesto que WS «es un pesimista de esos que gozan de la vida, si me entiendes lo que quiero decirte con esa paradoja, así es que no te tomes muy en serio sus tristezas y desengaños». No le añadí que infundirle optimismo a los tristes y desengañados puede ser una conducta sádica.

 

Weiß/Colonia, 25.6. (3)

Terminé la 3ª novela de la saga de Bevilacqua & Chamorro, La niebla y la doncella. Tengo la impresión de que recién aquí es donde Lorenzo Silva se dio cuenta del filón que le había caído en suerte. Aquí empieza a crearle más pasado a Bevilacqua, por ejemplo una ex mujer y un hijo de 9 años que vive con ella desde hace seis, y a quien sólo ve cuando la madre se lo permite. Pero acá también descuida detalles de las dos novelas precedentes, porque ya tiene puesto el punto de mira en el futuro. Por ejemplo, cuando Bevilacqua va a la playa con las dos guardias civiles, Chamorro y Anglada, y Anglada resulta que lo hace en top less, él reflexiona que no estaba preparado para ello, y en cambio sí para ver en bikini a la otra, porque no era la primera vez. Joder, la primera vez la vio en todavía menos que top less, nada menos que en purisimas pelotas, porque la obligó a acompañarlo a una playa nudista durante las pesquisas en El lejano país de los estanques, la 1ª de la saga. El diablo se esconde en los detalles, dicen los alemanes.

 

Weiß/Colonia, 26.6. (1)

Me fui a dormir a las 3.30 a.m. después de jalarme de una sola tacada el 4° volumen de la saga Bevilacqua & Chamorro, Nadie vale más que otro. No es novela, sino acopio de cuatro cuentos que todos transcurren en verano y registran crímenes sórdidos, de aquellos donde se le echa el guante al asesino con sólo sumar 2+2: la violación y el estrangulamiento de una niña de doce años en un pueblo de la Castilla profunda, por ejemplo. Pero aparte de que están requetebién contados, con sobriedad y buen pulso, llevan un prólogo donde encontré la confirmación de mi sospecha: que con La niebla y la doncella fue cuando Lorenzo Silva se dio cuenta del filón que había descubierto. Él lo expresa de un modo distinto: «Casi me convirtió en rehén del sargento y su compañera». Ojalá lo mantengan secuestrado mucho tiempo.

 

Weiß/Colonia, 26.6. (2)

Fuimos a almorzar a La Modicana con la profesora Silvia Volckmann, que en agosto viajará a Costa Rica y quería charlar con nosotros acerca de Cámaralentolandia –cariñosamente lo llamo así a ese país querido– y de su gente. Al llegar le pregunté a la signora Giuseppina si ya leyó el titular del diario italiano Leggo (lo he visto traducido en las páginas deportivas del mío alemán, mientras desayunaba), aludiendo a la semifinal de la Eurocopa, el jueves. Que no, me dice. Y yo se lo revelo: «¡Ahí nos vemos, Frau Merkel!». La signora se ríe de buena gana y a lo mejor como premio me cocina los mejores spaghetti frutti de mare que he comido en mucho tiempo. Grazie!

 

Weiß/Colonia, 26.6. (3)

Está circulando por las estafetas virtuales un pps acerca de los alemanes, y lo recibo por segunda vez, enviado ahora por un amigo vasco al que le tengo mucho afecto y con quien sé que puedo hablar claro. Así es que le he contestado esto: «De las conclusiones más aplastantes a las que he llegado en la vida es que quienes son cabezas cuadradas no son los alemanes, sino quienes sin conocerlos piensan y creen que lo son. Este anexo que me has enviado lo demuestra de manera sobrada. Quienes lo han concebido y quienes lo difunden (sálvate si puedes) no son capaces de salir del prejuicio, si bien podrían alegar tal vez en su descargo que sólo se trata de un chiste. A lo cual les replico: si, pero uno que consolida y refuerza el prejuicio con el prestigio bobo de las imágenes. Por otra parte pienso que te chocaría mucho si te dijese que eres un vasco arquetípico, que se te nota nada más verte que te has pasado la vida cortando leña, en fin, que eres todo un chicarrón del Norte. ¿Ves por dónde voy con lo de los prejuicios?». Y él, un vasco que tiene de chicarrón del Norte lo que yo de remero del Volga, espero que me entienda.

 

Weiß/Colonia, 27.6., primeras horas del día

Robert de Niro no es actor de comedias, lo suyo es más bien el género dramático. Pero en Mad Dog & Glory [=La chica del gángster] borda su personaje, aun cuando, eso sí, Uma Thurman y Bill Murray le sacan, cada uno, un cuerpo de ventaja. De todos modos hay una que otra escena donde está a la altura de Cary Grant, por ejemplo la del polvo que Mad Dog echa con Glory; sobre todo porque nos permite inducir cómo Grant la hubiese resuelto de haberse podido filmar un polvo en sus pudorosos tiempos, embutidos en el rígido corsé del Código Hays.

 

Weiß/Colonia, 27.6.

Sensacional el chiste de Skott, hoy, en el diario. Trata de la Eurocopa en tiempos de crisis. Está por comenzar la semifinal Alemania vs. Italia, hay que sortear los terrenos y el árbitro se dirige al capitán del once alemán con la frase arquetípica de los mendigos ambulantes que se le acercan a uno en la calle: «¿Tienes un euro?». Me hizo acordar una anécdota que he buscado en este diario y la encontré registrada el 19.5.2000: «Cuando me acerco a la cabina telefónica que está detrás de la parada de autobús en la plaza del ayuntamiento de Rodenkirchen, uno de los dos clochards sentados en el banco al lado de la cabina, un hombre mayor (aunque cómo saber la edad real de esta gente) se me dirige con una sonrisa: “Eh, maestro, es el Día de la Madre y tengo que viajar a Nueva Zelanda a ver la mía, ¿me da  usted un marco?”. Me hizo gracia. Y me hizo más gracia imaginar que dentro de unos años pedirán un euro». Y no quiero dármelas de profeta.

 

Weiß/Colonia, 28.6., primera hora del día

A la hora de comenzar el partido Portugal vs. España yo estaba alcanzando la página 300 de La reina sin  espejo, la penúltima novela de la saga de Bevilacqua & Chamorro, y una hora después, a la de comenzar el segundo tiempo, pasaban en el canal Arte una documentación sobre Sergiu Celibidache, uno de mis dioses. ¿Cómo perder el tiempo viendo un partido de fútbol?  Ni que tuviera uno siete vidas, como los gatos. Eso sí, me gustaría al menos una reencarnación.

 

Weiß/Colonia, 28.6. (1)

Concluyo la lectura de La reina sin espejo, lo cual significa que ya conozco la saga completa. Ahora lo que me toca es quedar mordiéndome las uñas de impaciencia hasta que se publique la sexta novela. Puedo entender muy bien a los lectores de Dickens, en la Nueva Inglaterra que ya eran los Estados Unidos, aguardando ansiosos la llegada del navío que traía la siguiente entrega de Little Dorrit. En alguna parte he leído que en el puerto de Boston la aglomeración era una vez tan grande que la muchedumbre, sin querer, empujó a alguien al agua, donde murió ahogado. Me parece un precio excesivo, una vida humana a cambio de un poco de literatura, pero mucho mejor que morir por algo tan deleznable como eso que llaman ¡oh! “la Patria” [sic, la mayúscula].

 

Weiß/Colonia, 28.6. (2)

Transmite el canal Arte Sense & Sensibility, la miniserie en 3 capítulos de la BBC, 2008. No está nada mal pero a pesar de sus 180’ no alcanza la perfección de la peli de 136’, con el magnífico guión de Emma Thompson que le valió el Oscar en 1995. Es todo lo contrario que con Pride & Prejudice: la serie de la BBC, 1955, con Jennifer Ehle y Colin Firth, es infinitamente superior a la peli de 2005 con Keira Knightley; el guionista de la miniserie supo sacarle a sus 300’ un jugo que en los 127’ de la peli, en vez de concentrarse, se diluye. Pienso esto mientras estoy viendo la miniserie, y lo pienso ante el telón de fondo de una noticia que me ha entristecido bastante, la muerte de Nora Ephron, a los 71 años, de leucemia. Bastaría con su frase «I’ll have what she’s having», al final de la escena del orgasmo simulado por Meg Ryan en When Harry met Sally, para asegurarle un puesto en la memoria eterna de Hollywood. So long, Nora!

 

Weiß/Colonia, 28.6. (3)

Al terminar la transmisión de Sense & Sensibility me entero de que a final de la Eurocopa va a ser España vs. Italia, y espero –de la manera más políticamente incorrecta– que le rompan la ternilla de la nariz, de un codazo, a la estrella de los tanos, como factura cobrada por la de Luis Enrique en el Mundial del 94. Quien gane me importa un bledo. Pero que las cuentas queden parejas, eso sí me gustaría, sobre todo con la escuadra burra, que tendría que devolver contrita el título ganado en mala lid en 1934. Mientras no lo hagan, para mí es como si no existiera.

 

Weiß/Colonia, 29.6.

Alrededor de las 1.30 p.m. el cielo se oscurece como si ya fuera de noche y una tormenta de mil pares de diablos se deja caer con tutti sobre Colonia. La cortina de la lluvia es tan espesa que si veo las casas de enfrente es porque sé que están ahí, adivino los contornos. Y los relámpagos y los truenos se suceden como los compases de la batería de Gene Krupa en su versión del “Sing Sing Sing” durante el concierto en el Carnegie Hall. Y el correlato no se deja esperar: al poco rato empiezan a sonar las sirenas de los carros de los bomberos, sabrán los dioses cuánto sótano estará inundado a estas horas en la ciudad.

 

Weiß/Colonia, 30.6., primera hora del día

Cenamos en casa de Pomar, que ha cocinado como para un regimiento y sólo somos seis, él y Anna, Diny y yo, y un matrimonio amigo de ellos, ella persa, él alemán. Riquísima la comida, don Jorge es un cocinero consumado: su carne de res en escabeche es un boccato de cardinali muy difícil de olvidar. Y lo mismo digo del bacalao estofado, del pastel de pollo, del gallo pinto, de la tortilla española enriquecida nada menos que con sardinasSemejantes bodas de Camacho no son una cosa de todos los días. Luego regresamos a casa en taxi, el taxista es de los parlanchines, y tiene gracia y nos entretiene, pero habla demasiado de política, hasta que le doy un golpecito en el hombro derecho y le pregunto con mi voz más inocente: «Perdóneme, pero ¿quién es Frau Merkel?»  El pobre enmudece aterrado, pensando que lleva un pasajero marciano o poco menos, hasta que lo saco de su estupor: «Era una broma, hombre». Es turco, y se ríe de muy buena gana, pero todo lo que habla después ya no tiene nada que ver con política, creo que  aunque lo mío fue una broma, la interpretó en sus parámetros más exactos.

 

Weiß/Colonia, 30.6.

A mí la prosa de Juan Manuel de Prada me recuerda mucho el chiste del argentino al que un amigo le pregunta si tiene un encendedor, y le dice que sí y lo empieza a buscar en los bolsillos de la chaqueta, luego del pantalón, finalmente de la camisa, y yendo ya por ahí le comenta a su amigo: «Mirá, capaz que no tengo un encendedor, pero che… ¡qué bueno estoy!».

 

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