De mi Diario : Semana 40 / 2010

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Weiß/Colonia, 3.10.

En el suplemento finisemanal del diario, un artículo me ilustra acerca de que el paso de los israelitas a pie enjuto, por el Mar Rojo, se debió probablemente a unos vientos de Levante, de aprox. 100 km/h, soplando durante doce horas consecutivas: con el resultado de que en un viejo brazo del Nilo, cerca de Port Said, donde el río desembocaba en el lago de Manzala, de escasos 2 m de profundidad, quedó al descubierto –durante ± cuatro horas– un vado de 4 km de largo y cinco de ancho, que fue por el que Moisés condujo a su pueblo a la tierra prometida. Perdón: Tierra Prometida. Son cálculos hechos en base a fotos satelitales programadas con tres mil años de retrospección por el Centro de Investigación Atmosférica de la Universidad de Colorado, en Boulder. Las dos páginas siguientes del suplemento, y centrales del mismo, están dedicadas a celebrar el 60° aniversario del nacimiento de Charlie Brown, el 2.10.1950, simultáneamente en siete diarios gringos. Comparo con ecuanimidad ambas noticias y, milagro por milagro, prefiero el de la eterna juventud de Charlie, Snoopy, Sally y Linus (de quien recibió su segundo nombre nuestro Oskar). Cruzar un mar a pie enjuto, qué babosada: bastan para ello vientos de 100 km/h durante 12 horas, ¿dónde está el milagro?  Me recuerda lo que mi cuate Luis Tovar epigramiza en su Diccionario del mar: «Jesucristo tuvo la astucia de hacer el milagro donde mejor quedaba: nadar en la tierra no se lo hubiera celebrado nadie». 

 

Weiß/Colonia, 4.10.

Bomarzo: finiquitada la relectura. No cabe duda de que es una gran novela. Lo que me pregunto es por qué necesitó el autor recargarla con tanto lastre historiográfico. No tenía necesidad alguna de demostrar que era un conocedor de la época. Y el narrador tampoco tiene necesidad alguna, cada vez que se tercia, de andar repitiendo que no se exculpa ni justifica, porque en su época las cosas sucedían así. Si Mujica Láinez hubiera estado seguro de su personaje, no lo habría hecho reivindicarse tantas veces “hijo de su tiempo”, de ese modo retórico que lo hace: los lectores de Bomarzo lo percibirían a más tardar tras el asesinato de su paje. Como perciben el latido de la Francia profunda los lectores del díptico de Heinrich Mann sobre Enrique IV, mediante la mera mención de sucesos. El fresco de Mujica Láinez recuerda más El bosque de la larga espera, de Hella Haasse, su obra capital sobre la vida del rey poeta Carlos de Orléans: polícromo, vistosoy plano, como un gobelino. A Bomarzo le habría convenido mejor un bajorrelieve. Pero sea. Y a partir de mañana, otra maratón de relectura sin perder compás en el plan trazado, 80 páginas por día: Paradiso. Previéndolo quizás, el canal Arte programó esta noche Fresa y chocolate.

 

Weiß/Colonia, 5.10. (1)

«Danke, Professor Edwards!» es el título destacado del diario, sobreimpreso a una foto de siete recién nacidos. El Nobel de Medicina a Robert Edwards llega tarde, él se encuentra tan enfermo que ni siquiera podrá acudir a Estocolmo para recogerlo, pero qué maravilla, por fin se lo dieron, a él que lo merece como casi ningún otro biólogo del siglo XX. Edwards, el genial descubridor de la fecundación in vitro, alguien a cuya investigación le deben la vida unos cuatro millones de personas, qué maravilla que haya vivido para conocer este momento de público reconocimiento universal. Y qué buen gesto el de la Academia Sueca, concedérselo en solitario, porque la única persona que podría, o mejor: tendría que haberlo compartido con él, su compañero en la gesta pionera, el ginecólogo Patrick Steptoe, murió en 1988. Y lo único que faltaba para redondear la buena noticia es que la reacción negativa del Vaticano no se ha hecho esperar: el presidente de la Academia Vaticana Por la Vida, Ignacio Carrasco de Paula (¡qué nombre, joder!), le echa en cara a Edwards haber contribuido con su descubrimiento a la comercialización de los ovocitos. Aun cuando me parece que ha hecho pichí fuera del tacho, el tal monseñor. Porque la lógica reacción vaticana sería la que muestra el chiste del día de Daniel Paz & Rudy en Página12, de Buenos Aires, un diálogo entre un cura y un cardenal: «El Nobel de Medicina fue para el impulsor de la fecundación in vitro». «Mmm… Reproducción sin sexo… ¡¡Suena bien eso!!»

 

Weiß/Colonia, 5.10. (2)

El cartero me trae un ejemplar de Miradas sobre América, I, la nueva antología de mi deuda estherna, con relatos de viajeros del siglo XIX por América Latina, y un servicio de entrega ultrarrápida llega casi simultáneo con el volumen de la correspondencia de Cortázar con los Jonquière, sus amigos porteños. Le escribo de inmediato a Esher y a Juan para agradecerles los respectivos envíos, y agarro la bici para ir a la oficina postal y despachar el mío a Graciela. Ya en el garaje vuelvo a comprobar que la rueda trasera está vacía, así es que la bombeo a tutiplén, pero después de hacer la gestión del correo me paso por el taller de reparación de bicis, donde el joven Berg trabaja ensimismado, quiero que le eche una ojeada a mi Hollandia, a ver si es que tiene un pinchazo. Lo saludo con un cómo-sigue y me contesta que todo lo bien que lo permiten las circunstancias. Cuáles, le pregunto. «Hace diez días enterramos a mi padre», me contesta. «Dios mío, no vi la esquela en el diario». «No hubo esquela». «¿Y qué pasó?» «Bueno, ya lo vio la última vez que estuvo aquí, hace un par de meses, ya estaba muy viejo, y ahora al final le falló el corazón». Le doy mi sincero pésame y regreso a pie a casa pensando en el viejo Berg, una de las primeras personas a quien conocimos en el pueblo. El viejo Berg Nació, reparó bicis, murió. Así despachaba a sus personajes Hamsun en Bendición de la tierra. Así lo hace también la vida.

 

Weiß/Colonia, 5.10. (3)

Le digo a Carmen, quien me acusa recibo y me comenta mi diario de viaje en mayo, cuando nos encontramos con ella en Madrid, que «he descubierto hace tiempo que mi manera de escribir es muy torera. Practico las banderillas al quiebro. Pero también la serie de verónicas rematadas con una media todo lo belmontina que puedo permitirme. Y también hay manoletinas mirando al tendido, y estocadas recibiendo, jugándomelo todo. Y por supuesto, las vueltas al ruedo con devolución de prendas. Lo que no hay, en la manera que puedo evitarlo, son saltos de la rana».

 

Weiß/Colonia, 6.10. (1)

Me levanto y, como es habitual y tengo orden de hacer, me tomo la tensión: 159/89. Gran susto porque mi Dr. Ruppert me ha puesto un techo máximo de 160/90, momento en el cual tengo que hacer testamento y llamarlo por teléfono (¿o es en el orden inverso?) Descanso despachando la correspondencia llegada. Me vuelvo a tomar la tensión 3 horas después: 145/75. Mi suspiro de alivio debe de haberlo escuchado Diny en lo de Montse, porque me llama para saber cómo sigo.

 

Weiß/Colonia, 6.10. (2)

Hoy comienza la feria del libro de Fráncfort. Dagmar me escribió que estará allí desde mañana jueves al sábado, que si nos podremos ver. Le respondí: «Cara Dagmarísima, la feria es: a) para los masoquistas, y b) para quienes no tienen más remedio que ir. Espero que sumercé se cuente en el segundo apartado. Yo, por mi parte, en ninguno de ambos. Fazit: No, no iré a la feria».

 

Weiß/Colonia, 6.10. (3)

En la sección local del diario, ayer, apareció una foto de Muhammed, el hijo menor de los vecinos nigerianos del piso de abajo, a quien conocemos desde que era como ahora nuestro Vincent. Es defensa del equipo juvenil de Bayer Leverkusen y la foto lo muestra en un duelo con un atacante del 1.FC Köln sub17: una estupenda foto que refleja bien su carácter, serio y resuelto. Hoy bajo con la página del diario a preguntarle si ya la vio, porque tengo la sospecha de que no. Me abre Fátima, su hermana mayor, y efectivamente la familia no tenía ni idea de esta publicación (no están suscritos al diario). Mientras regreso a casa por la escalera pienso que conozco a Fátima desde que era una niña y la he visto hacerse mujer, pero que siempre que nos encontramos, o es en el bus o yendo/viniendo a la parada, no como ahora, en la intimidad del hogar, sin la coraza del disfraz callejero; y recién así acabo de darme cuenta de lo muy hermosa y lo inmensamente atractiva que es. Alá se la conceda a quien merezca semejante regalo.

 

Weiß/Colonia, 7.10., primera hora del día

Paradiso es una de las más duras pruebas a que puede someterse un lector de lengua española. O le tiene un amor sin límites a esa lengua, o mejor que le regale el libro al primer pordiosero que pase. Por de pronto, tengo que reducir el pensum de lectura de 80 a 50 páginas diarias, para más no me da el cuero con esa prosa inaferrable, inasible y, para colmo, pegajosa. A veces termino de leer una página íntegra y ni siquiera soy capaz de decir de qué me estuvo hablando ese texto, si es que me estuvo hablando y no hipnotizándome con un sonsonete tan parecido a mi idioma materno que en el esfuerzo de concentrarme en qué me quiere decir, me adormila y me convierte en un sonámbulo librado a la pasión insana del narrador. ¡Lezama, cómo me limas!

 

Weiß/Colonia, 7.10.

Mario, Premio Nobel. Era hora. Le envío de inmediato un mail a Patricia:

«Querida Patricia, querido Mario, mi alegría no es para contada. No es tan sólo por lo personalmente merecido del Premio, es sobre todo por la justicia que se le hace a una obra tan granada, tan cartográfica de las estructuras del poder y de algunos destinos de resistencia individual, como parece ser que dice el diploma de fundamentación (acabo de leerla en la traducción alemana). Estoy alegre, alegre, “lo digo y no me corro”, para citar a vuestro César Vallejo. Un fuerte abrazo para los dos, y sigo con Vallejo: “un abrazo, emocionado. / ¡Qué más da! Emocionado… Emocionado…” Vuestro viejo amigo Ricardo». Añadí minutos después una posdata: «Esta noche en esta casa no se bebe nada más que whisky de malta de 16 años. Vale».

[Patricia me contesta desde Nueva York por la noche, veo el mail al día siguiente al abrir mi estafeta; me da las gracias en nombre suyo y de Mario, y comenta mi posdata: «¡Qué rico!»]

 

Weiß/Colonia, 8.10.

Mi columna de hoy en El Espectador, de Bogotá, es una chulería que raya en la indecencia. ¿Cuándo se ha visto en un diario, y en circunstancias como las presentes, una entrevista con Vargas Llosa de la que sólo se pueden leer las preguntas?  Pero es que quise darles una lección de petulancia a tantos como hay que andan diciendo que Mario es un petulante. Pa petulante yo, qué cojones. Y ya que estamos en materia testicular, qué cojones más bien puestos, hoy, los del Comité noruego para el Nobel de la Paz. Me recuerda el gesto de 1936, concediéndole ese premio, restroactivamente para el año 35, a Carl von Ossietzky, uno de mis héroes alemanes. Por supuesto que a la Nomenklatura Pekinesa, ese mandarinato de tecnócratas cuyos cerebros deben de ser un corso a contramano, le cae muy mal que en Oslo otorguen el premio a alguien a quien tienen encarcelado como disidente, pero lo esencial es que sepan que no pueden dictar su voluntad omnímoda fuera de sus fronteras. Y pronto, ojalá, ni siquiera dentro de ellas. Porque ninguna dictadura es eterna, salvo la cubana. ¡Viva Fidel! ¡Socialismo o muerte! ¡Verceremo’! (como gritaría Carlos Gardel). Lo de Fidel es ya tan grotesco… me recuerda el alucinante final de Viejo muere el cisne, de mi admirado Aldous Huxley. Me represento mentalmente al nuevo dictador gallego alimentándose exclusivamente de conservas de huevas de carpas que el PCC cultivará en piscifactorías dedicadas a garantizar la eterna vida del Coma Andante. Ay…

 

Weiß/Colonia, 9.10., primera hora de la noche

Qué partido épico el de esta noche, en el Estadio Olímpico de Berlín, Alemania vs. Turquía, con un público mayoritariamente ¡¡turco!! que abucheaba a cada momento a la estrella de los alemanes, Mesut Özil, nacionalidado alemán pero turco de familia Abucheado y abucheado hasta que clavó en las mallas turcas un magistral e inapelable 2:0, tras una perfecta lección de geometría dinámica, y hasta los turcos se le entregaron aplaudiendo: «Qué le vas a hacer, viejo, tendrá pasaporte alemán pero él es turco, es uno de los nuestros, y sólo con uno de los nuestros son capaces de ganarnos estos gringos», diría mi amigo turco Enver Gadura.

 

Weiß/Colonia, 9.10. (1)

Anoche, después de escribir la anotación anterior, prendí la tele antes de irme a dormir y me encontré con la primera parte del docudrama de Breloer sobre “el otoño alemán” [el de 1977, el que nos tuvo en vilo, con el secuestro y el posterior asesinato de Schleyer, el secuestro del avión de Lufthansa rescatado después en Mogadiscio, y las muertes en prisión de los capos de la banda Baader-Meinhof]. La materia y el tratamiento son sespirianos, como en el caso de The Godfather, esto y así es lo que hubiera escrito (filmado) Shakespeare, de vivir en nuestros días.

 

Weiß/Colonia, 9.10. (2)

Poniendo en orden un montón de fólders en soporte papel me encuentro una fotocopia con el anuncio de un programa de TV sobre aquella mujer ecuatoriana que le cortó el pene a su marido gringo para vengarse de los malos tratos físicos a que la sometía. Lo transcribo literalmente como ejemplo de irredimible mala redacción, que tergiversa todos los datos sin darse cuenta de ello y, para peor, sin que posiblemente los destinatarios del mensaje lo percibieran tampoco:

«Lorena Bobbitt, el juicio que ha conmovido al mundo. La mujer que se tomó la justicia por su mano para vengar continuas agresiones sexuales con una espantosa mutilación. Testimonios desgarradores con todos los detalles, la opinión de los psiquiatras y la descripción del cirujano que le reimplantó el pene».

Y bueno, convengamos en que reimplantarle un pene a una ciudadana de la que se sabe que nunca fue hermafrodita, es como para optar al Premio Nobel de Medicina. Pero ¿a santo de qué y por qué tenemos que apechar con que además nos describan al cirujano que lo hizo? ¿padecía alguna tara física –joroba, astigmatismo, pies planos– tan notable que lo ameritase?

 

Weiß/Colonia, 9.10. (3)

Cena de hoy: chile con carne a la argentina. Diny encontró la receta en una entrevista con un cocinero argentino que ha abierto recientemente un restaurante en Berlín, y de a deveras que se trata de unas preparaciones exquisitas, tanto la del guiso como la del chimichurri, también receta de Chakall (así se llama este émulo de Paul Bocuse, Juan María Arzak et alia). Mmmmmmmm… todavía me relamo… ¡¡Y sobró una porción!! ¡¡mi almuerzo para mañana!!  Y hoy, de postre, en la tele, en el canal Arte, el concierto inaugural de la nueva temporada de la Sinfónica de Los Ángeles, con Gustavo Dudamel por primera vez como director titular. Apostaría mi única corbata de Armani (y es un regalo de Rebeca) a que Pilar se encuentra entre el público. Cómo la envidio, carajo.

 

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2 COMENTARIOS

  1. ¿Porqué me late que tu

    ¿Porqué me late que tu columna «Yo soy como el picaflor» en El Espectador la tienes para darle pata a los foristas que se te pongan «sabidos»? A veces es más rico leer tus sopapos a algunos pendejotes, que la misma columna.

    Estoy craneando el porqué le «reimplantaron» el pene a doña Lorena… y pienso en las cópulas caninas callejeras, en que ambos permanecen por largo rato pegados, así la muchachada los agasaje a pedradas. ¿Será que al don de la doña le ocurría lo mismo que a los perros y doña Lore si quería quedarse pegadita pero sin perro?

    • Esa última es una posibilidad

      Esa última es una posibilidad que no se me había ocurrido, pero está descartada por el verdadero desarrollo de los acontecimientos, respecto del cual la redacción de la gacetilla es un verdadero disparate. Y en cuanto a que mis columnas en EE respondan a la finalidad que dices, te aseguro que no, de veras. Lo que pasa es que me pasa (vaya) lo que a Flaubert, que no puedo soportar la estupidez, y en los foros de EE parece haber ido a radicarse la flor y nata de la necedad colombiana. Realmente da pena comparar la calidad de (la mayoría de) las columnas con el nivel abrumadora y mayoritariamente abisal de los foros que concitan. Apasionante al mismo tiempo que penoso. Da la medida de un país esquizofrénico. Vale.

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