De mi Diario: viernes 18 de junio de 2015, 3:45─4:12 p.m.

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Hay poesía en la imagen del escritor que se sienta frente a la máquina de escribir, con una resma de papel a uno de los lados y esboza, con lentitud, las primeras líneas de su novela.

 

A veces me da envidia leer sobre «la página en blanco».

 

Hay poesía en la imagen del escritor que se sienta frente a la máquina de escribir, con una resma de papel a uno de los lados y esboza, con lentitud, las primeras líneas de su novela.

 

Hay poesía en la conocida figura del escritor que arrancha la página de la máquina, la hace un bollo, la lanza al basurero, se frustra y con un portazo se lanza a las calles de París (o de Newyópolis) a buscar a la amante despechada o a emborracharse.

 

Frente a la pantalla de la computadora, solo te queda la sensación de que tienes todas las herramientas: se puede borrar y recomenzar, puedes consultar el diccionario, la web, puedes pedir ayuda a las musas que te esperan en el Messenger del Facebook. Si algo falla es 100% culpa tuya. No hay otros culpables, no existen las excusas. Las botellas y las amantes siempre estarán muy cerca ofreciéndote salidas tentadoras pero si fracasas eres solo tú: y nadie más que tú.

 

Esa mañana en mi despacho en el Bronx, en seis horas de tiempo de asesoría académica para los estudiantes del programa, entre visita y visita, en mi pantalla, pergeño un borrador de una historia fantástica que incluye una playa en el sur del Perú, un pueblo a lo Comala, un asesinato a lo Psicosis, un conductor perdido a lo Stephen King, traumas existenciales a lo Bellow y una manera de escribir de estilo entre vargasllosiano y ribeyriano que me entusiasma «¿Soy capaz de escribir esas lìneas? No jodas».

 

Claro que las líneas no se multiplican, la historia pierde interés y esa vaga atmósfera de carretera nocturna, de Panamericana con neblina que necesitabas transmitir se empieza a desvanecer y es reemplazada por las historias de los estudiantes que empiezan a aparecer por el despacho en busca de firmas de autorización y uno que otro consejo académico.

 

Así que la novela no sale. Las líneas se meten al final del día a un folder que dice «Novelas y cuentos» y marcho otra vez por el borde del Reservorio de Jerome Avenue, hacia mi automóvil, sintiendo que otro día más sin escribir, y en cómo habrá hecho ese maldito escritor para terminar 5 obras maestras y al mismo tiempo tirarse a la tía, a la prima hermana, a la modelo holandesa, a la hija de meganito y de sutanito, ser candidato a presidente, estrella de la tele, sacar el Premio Nobel y encima, a los 79 años, acostarse de una buena vez con aquella mujer con la que no podía pasear a solas durante décadas, salir en la revista Hola y aún tener tiempo para escribir otra─seguramente mala─novela llamada Cinco esquinas. Sospecho que lo mío tiene que ser envidia. Sospecho que su vida ha consistido en horas y horas de sacrificado tiempo frente a esa máquina de escribir que yo no tengo. Que tuvo una voluntad de hierro para apagar la computadora y sentarse a crear esos personajes que hicieron nuestra vida─de lectores─más feliz.

 

Y pienso en sus viajes de investigación, las mujeres hermosas que conocería en el Brasil mientras decía que buscaba datos para un novelón y la lluvia que empieza a caer por estas calles, en mi próxima novela que estoy seguro que mañana comenzaré a terminar de escribir.


Newyópolis, 18 de junio de 2015