De viejos, retrasados y dólares

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1

 

Hank se prepara como cada domingo para ir al mercado de herramientas situado en el cruce de Anti-Muslims Hill y Shitstartshere Lane. Chelsea Blue duerme enroscada entre las sábanas, la melena rubia pegada al cogote por la humedad. No se levantará antes del mediodía.

 

Hank, duchado y afeitado, coge el coche. Está de buen humor después de hacerse una paja sobre el culo de su chica. Sintoniza su música favorita mientras enciende un Marlboro. Antes de salir comprueba por el espejo retrovisor que ningún desgraciado circula a 150km/h por el callejón. No ha recorrido ni 200 metros cuando divisa a un viejo. Camina torpemente a un lado de la calle, con un bastón. Calvo, encogido, de movimientos lentos, pero con la altanería suficiente para humillar a la criada filipina a la que no puede permitirse pagar a final de mes y que mantiene solo por las apariencias.  Hank da un leve bocinazo para indicar al viejo que se aparte. Éste, de repente, cae de forma aparatosa al suelo.

 

Hank respira hondo. Sale del coche. La mañana es calurosa. Una fila de coches empieza a agolparse detrás del suyo. Nadie se mueve. Ayuda al viejo a incorporarse. Comprueba que todo está en orden. Los pitidos se hacen más repetitivos y estruendosos. Los libaneses siempre tienen prisa por llegar a algún punto inútil del que inmediatamente desearán marcharse a otro peor. Hank echa un poco de alcohol en los rasguños que el viejo luce en la muñeca. Como un buen scout, se ofrece a llevarlo alguna parte, incluso a la iglesia. El maronita quiere saberlo todo: de dónde es Hank, dónde vive, por qué abandonó su Missouri natal por un barrio a medio asfaltar de Oriente Medio…Se baja del coche sin ni siquiera despedirse. San Maroun lo espera.

 

2

 

Chelsea Blue se ha pasado todo el día fregando viejas sartenes y tirando botellas de whisky. La casera acaba de visitarla con malas noticias. Sale al balcón y llama a Hank.

-Hank, cielo. ¿Has atropellado a un viejo esta mañana?

– ¿El hijo puta del viejo ha dicho eso?- escupe Hank.

– Ha visitado a la casera esta tarde y le ha contado que lo habías atropellado y que ahora tenía la muñeca inflamada.

-No le he tocado ni un pelo al viejo.

-Pues el tío afirma lo contrario- parlotea Chelsea Blue sacándose la braga de en medio del culo.

– ¿Y qué es lo que quiere?.

– Pues que va a querer Hank….-Suspira- Lo que quieren todos los libaneses. Pasta.

-Voy para ahí- Hank cuelga.

 

3

 

No tarda en llegar. Bobby, que ya va por su séptimo divorcio, viene con él. Ambos son buenos tipos. Les gusta beber y follar, como a todos. El viejo no se hace esperar. Se ha traído a su hijo temiendo que alguien le calzara unas buenas hostias. Se sientan en las sillas de plástico favoritas de Hank. No se les invita a nada. Chelsea Blue se desliza hasta la cocina a servirse un Gin Tonic. Por alguna razón se acuerda del maravilloso año pasado en Abu Ghraib. Vuelve a la sala de estar con los demás. El viejo ha cambiado su versión, ahora le falla la memoria, no sabe exactamente lo que sucedió. Cree que, quizás, el coche lo golpeó. El hijo que, físicamente acumula varios tipos de retrasos, observa con mirada perdida y enloquecida una foto en blanco y negro que cuelga de la pared. Mujeres musulmanas de luto lloran la muerte de sus hijos tras la guerra de 2006. Si llevara un arma encima,  tres cadáveres yacerían sobre el suelo. Kaputt. Fin de la historia. Por suerte, el padre parece mucho más centrado. Quiere ir al hospital y que Hank lo acompañe. También quiere que Hank le pague la factura aunque eso no lo dice.

 

-Ni se te ocurra ir con ese hijo de puta- Sostiene la rubia con diplomacia.

Hank llama a la empresa que le alquila el coche. El encargado no tiene la menor duda del procedimiento.

-Echa al viejo. Échalo a la puta calle.

– Ya…-Hank duda-, pero vive aquí al lado. No quiero malos rollos con los vecinos.

– Si no quieres mandarlo a la mierda ponle un billete de 50.000 liras en la mano y que se largue a su puta casa.

 

Bobby, entretanto, le pregunta al viejo cuanto cree que le costaría la visita al médico. El viejo echa sus cuentas: 100 dólares por la consulta privada, 50 por una crema, otros 100 por los masajes…Con unos 500 dólares recuperaría la memoria y se le reduciría la hinchazón. Chelsea Blue se refugia de nuevo en la cocina, le saca brillo a los cuchillos, le viene un sonido lejano de ladridos a través de la ventana…Eran tiempos mejores. En el salón, el viejo propone en esos momentos engañar al seguro y acordar que ha habido un atropello. Hank se niega, bastantes problemas ha tenido ya en el país desde que un día borracho lo pillaron enseñándole la verga a dos “empañoladas” a la salida de una mezquita.

 

El viejo continúa haciéndose el tonto en su silla. Presiona suavemente.

-Entonces, ¿qué podemos hacer…?.

Los dos miserables estudian atentamente la habitación. Necesitan saber cuánto se puede exprimir a un extranjero. Chelsea Blue, que nunca superó sus últimas pruebas psiquiátricas en el ejército, no entiende porque no se les puede amenazar de muerte y arreglarlo todo como la gente honorable. Pero Hank ya está cansado de tanta tontería.

-¿Cuánto dinero quiere?

El viejo se muestra ofendido. Él no ha venido a mendigar dinero, solo a robarlo. Hank le explica que es un simple trabajador, que entre sus últimas fianzas y los abortos que le ha pagado a Chelsea Blue, está tieso. No piensa soltarle más de 50 pavos al muy cabrón. Finalmente y con tono arrogante, el viejo se rinde –Ça va, ça va….- Agarra el billete y se levanta con mayor agilidad de la que poseía al llegar. Avanzan en procesión hacia la puerta. Su hijo, el retrasado mental, le susurra:

-Papá, ¿tienes el dinero…?