Del sentimiento épico del clima

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Las nubes dinosaurio pasan por el cinerama turquesa de la Huerta del Retiro, como si se hubiesen escapado de algún Museo de Ciencias Naturales. Las cañadas para estos viejos saurios errantes, cruzan por encima del Madrid de los Austrias, en dirección a las Huertas del Prado y el Parque del Retiro, en su viaje hacia Valencia, puerta del Mediterráneo.

 

Si no flotaran ni se desplazaran con esa alta velocidad de nube, se diría que fueran nubarrones de comedia de Don Paco Nieva. Nubes de cartón de falla para ser quemadas; nubes futuras de Transilvania, en ruta hacia el valle del Castillo del Conde Drácula; nubes de película del oeste coloreada; nubes bestias y deformes, con largos picos para devorarse, y largos pescuezos por los que engullirse.

 

Por muy colgada del cielo de un Belén que parezca esta manada de nubes; más que pasar, cabalgan por el otro lado de los cristales. Surgen de profundas resacas de viento, tras una fuerte tormenta que ha dejado limpia la atmósfera, y cierto aroma de azogue en el aire. La urgencia de su desplazamiento produce tanta inquietud como la misma tormenta, aunque sea en plena mañana.

 

Este cielo agitado y revuelto, (más propio de Nosferatu, que de una capital del sur de Europa), transforma la apacible Quinta de Santiago en la mansión de Cumbres borrascosas. Las nubes dinosaurio despiertan un sentimiento épico del clima, porque pueden vaticinar tanto la guerra como la gloria.