Dentro de los ‘bous al carrer’ en su año más siniestro

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Acaba de sonar el chupinazo y la gente aquí parece indiferente, como si no viniera una estampida de toros bravos. Aguardan en la carretera un tipo con fachaleco y otro con la camiseta del Valencia CF. También se mezclan peñistas, jubilados, centennials y muchachos hipertatuados. Todos miran hacia abajo salvo un niño que mira arriba porque su abuela, más allá de las barricadas, saluda desde el balcón. 

La irrupción de toros entre viviendas es una de las modalidades de los bous al carrer o toros callejeros, una fiesta popular con gran arraigo en la Comunidad Valenciana, donde cerca de 280 municipios celebran cada año alrededor de 8.000 festejos taurinos. El año pasado el sector esperaba cifras de récord –hablan de 12.000 festejos–, pero también enfrenta una cantidad insólita de trabas y conflictos que marcan un punto de inflexión para el futuro de la fiesta. El pueblo valenciano de Llíria simboliza dicho momento: su XVIII Semana Taurina acaba de ser expulsada de la plaza mayor. 

El nuevo emplazamiento se llama parking de ‘La Cultural’. Son las cinco de la tarde y los niños juegan a toros y toreros. Usan los dedos como pitones. Se revuelcan en la arena mientras los recortadores estiran los cuádriceps y las familias acomodan sus cojines en el graderío. Todo el espacio en sí proyecta una España sin fisuras y sin tensiones de clase, un lugar donde se practica una relajada exhibición identitaria con la bandera rojigualda –en camisetas y gorras– como orgulloso hilo conductor. 

El parking está rodeado de celdas portátiles o “cadafals” y sellado por barreras que se abren a la entrada de los animales. Del fondo aparece una cuadrilla de mozos empujando un furgón amarillo con protección metálica como de vehículo antidisturbios. Dentro se revuelve Gacetillo, el primer toro de la tarde. Los peñistas sacan un cartel que dice “Volem bous en la plaça!” (queremos toros en la plaza) y arrancan el aplauso de la grada. El peñista José Broza cuenta que la coalición municipal no les ha dado la opción de celebrar su fiesta en el centro. “Desde las 12 peñas y sus 500 peñistas intentamos hacer presión, pero no queremos entrar en guerras, lo dejaremos pasar hasta que venga otro gobierno y nos dejen volver a la plaza mayor”, sentencia. 

Tras la protesta empieza la verdadera acción. Se sabe que van a soltar a Gacetillo porque los niños y las mujeres desaparecen del coso. El recorte es cosa de hombres, sobre todo de 4 o 5 jóvenes provistos con zapatillas de atletismo, chaquetas a modo de capote y una condición física que les permite tentar al toro machaconamente. Salvo por alguna chicuelina vistosa el suyo es un deporte cardiovascular, casi futbolístico, de sprint y filigrana frente a un defensa de 500 kilos que puede dejarles postrados en una camilla. En Llíria hay recortadores locales y recortadores de pueblos adyacentes compartiendo su rato de gloria.  

El chaval más activo quiebra al toro y hasta le toca un cuerno para el jolgorio de las mil personas reunidas en el recinto. Aquí prevalece el consenso, pero en el Facebook de Llíria la fiesta es un foco de confrontación. De muchas publicaciones cuelgan debates largos y enconados entre los defensores de los bous y quienes denuncian un maltrato digno de la España negra. “Esto tiene los días contados”, escribe una lliriana, y la estadística quizás le dé razón: un reciente estudio para el Ministerio de Cultura muestra una gran mayoría de población española (71%) con interés nulo o escaso por el toreo. Sin embargo, ¿cuánto desinterés es concluyente?

Cabe recordar que el abolicionismo es casi tan viejo como la propia tauromaquia. Gaspar Melchor de Jovellanos contaba que Isabel la Católica vio una de estas fiestas y quiso proscribir “tan feroz espectáculo”, pero sus cortesanos la disuadieron envainando las astas de los toros en otras más grandes con las puntas vueltas adentro. Luego, muchos intelectuales como Pardo Bazán, Unamuno o Machado siguieron alimentando el pensamiento antitaurino –Pío Baroja llamaba al público “sucia morralla de chulos”– y otros como Hemingway equilibraron la balanza.

Quiere decirse que el debate sentimental ‘toros sí, toros no’ lleva siglos en vía muerta. Por cada informe probatorio del sufrimiento animal sale un veterinario argumentando que el toro segrega endorfinas bloqueadoras del dolor, y por cada campaña pro derechos de los animales aparece un ganadero situándose a la vanguardia del animalismo. El nuevo presidente de la Federació de Bous al Carrer, Germán Zaragozá, participaba en un reportaje de la emisora valenciana Plaza Radio y decía: “Nosotros somos los primeros interesados en cuidar al animal, hemos llegado a ponerles aparatos de aire acondicionado”. Y también decía: “Los toros desaparecerán cuando la gente deje de ir, no cuando les impongan que dejen de ir”. 

En Llíria la gente sigue viniendo y grita “¡ay ay ay!” cada vez que un toro enfila al recortador, pero los compañeros enseguida saltan para desviar la arrancada. Prima el espíritu de equipo. Mientras, en el cadafal, una chica fuma apoyada en un poste cuando su novio entra a la carrera. “Qué bonita la vaca, se ha pegado un buen porrazo”, dice excitado. Su novia le ignora. Permanece ajena al continuo traspiés de los animales: el segundo toro ha acabado varios lances con las patas mirando al cielo. Entonces el chico se gira y vuelve a la arena porque el cadafal no es más que un sitio de paso, una parada en boxes antes de buscar otro poco de adrenalina. 

Ese poco que a veces juega tan malas pasadas. En 2019 un hombre murió en Llíria corneado por una vaquilla, y en 2022 fueron nueve los muertos en festejos taurinos de la Comunidad Valenciana. Es el peor dato de la historia. Otro argumento contra la fiesta y su evidente brecha de seguridad. “Las cogidas mortales son por despistes, de gente no taurina”, dice José Broza, “nosotros este año en el pueblo hemos tenido tres cogidas, ninguna grave, como por ejemplo la de un señor que estaba grabando con el móvil y cuando el toro arrancó el señor no pudo meterse en los barrotes”. 

En los últimos tiempos se han abierto paso entre los taurinos tres argumentos dedicados a disculpar la siniestralidad: el mencionado despiste, la comparación con las muertes por ahogamiento –“en las playas muere más gente y nadie dice nada”– y el porcentaje entre fallecidos y festejos. De este último tiró la alcaldesa de Almassora, pueblo castellonense con la última víctima mortal, al afirmar que la cifra de muertes no ponía “los bous en entredicho”, sino “más bien al contrario”, dada la cantidad de actos taurinos festejados. Lo dijo tras el minuto de silencio institucional.

Pero en verdad la siniestralidad sí compromete los bous al carrer. Las aseguradoras han dejado de ofrecer una cobertura ilimitada para festejos como los bous embolats, de modo que algunos ayuntamientos se enfrentan a la difícil decisión de cancelar sus toros más emblemáticos o asumir el coste económico de los accidentes graves –más de 24.000 euros–, con lo que esto supondría para un exiguo presupuesto municipal. En Llíria de momento no han tenido problema para conseguir un seguro ilimitado que paga el ayuntamiento y cuesta alrededor de 5.000 euros. Descargan así a los peñistas para que sus cuotas –de unos 400 euros anuales– vayan en buena medida a la contratación del toro. Por alguno llegan a pagar 10.000 euros. 

Desde megafonía recuerdan que “la peña taurina no se hace responsable de los accidentes ocasionados en el festejo”. También repite una y otra vez que los menores de 16 años y los borrachos no pueden entrar donde los toros. Para controlar el correcto funcionamiento la peña debe disponer de al menos diez voluntarios. Son ellos quienes velan por la seguridad de los presentes. Mientras los recortadores trazan diagonales, un policía local asoma la cabeza por una puerta abierta en las traseras de los cadafals y un paisano le invita a entrar, pero el agente contesta: “Yo ahí no me puedo meter”. Luego sonríe y con las mismas desaparece. 

Los últimos compases de la jornada vespertina sirven para valorar el rendimiento de los animales, como un chaval que dice: “El toro muy bonito, pero era un perro”. O una peñista mayor que pregunta: “¿Estos dos toros se embolan a la noche? “¡Pero si no han abierto ni la boca!”. Después hay una dispersión generalizada y muchos acaban en el Mercadona con los carros llenos para recuperar las fuerzas o, como estas dos chicas, en los baños del mismo comercio para cargar otro tipo de energía. 

Porque los bous pueden ser el escenario de una buena jarana o pueden inspirar una lectura más elevada, propia de una tradición que se remonta al siglo XVII –en Chiva han hallado referencias a los bous al carrer en notas de 1648– y exige militancia casi desde la cuna. “En mi época los niños no teníamos móviles y esto era un juego más, pero ahora, o tienen contacto directo mediante peñistas, o es difícil que un niño entienda esto. La vida del toro es difícil de entender si no se escucha, y la sociedad hoy en día no escucha”, se lamenta Broza, quien termina pidiendo comprensión a este periodista: “No revuelvas esto y lo utilices para mal de la afición, ¿eh?”. 

Pero “esto” ya está revuelto, especialmente en la política municipal. Hace semanas la vicepresidenta Aitana Mas preguntó si “una fiesta en la que muere gente es una fiesta”, a lo que la Federació de Zaragozá respondió amenazando con denunciar a quienes prohíban los bous. Recurriría a los tribunales porque la ley está de su parte –la tauromaquia está blindada como patrimonio cultural–, sin embargo, según está ocurriendo, no se trata tanto de prohibir como de dejar de autorizar el uso de la vía pública para los toros, como ya han puesto en práctica los alcaldes de Valencia, Alzira o, desde el último verano, Tavernes de la Valldigna; todos ellos de Compromís. Llíria está gobernada por el mismo partido, pero su alcalde, Joanma Miguel, no quiere pisar este jardín. “Aquí autorizamos los bous al carrer porque forman parte de la tradición del pueblo y porque de momento son legales, así que lo que hay que hacer es cumplir con la normativa”, afirma. 

Son las once y media de la noche y ya se ven muchos párpados hinchados por el alcohol. El graderío ha dejado de ser de acceso libre y el ambiente no es tan familiar. En la arena está todo listo. Alrededor del toro hay un tumulto de gente que empuja, sujeta, tironea. Una mujer le corta la cuerda, desde megafonía exclaman “¡mujeres al poder!” y empieza una fiesta aún más ancestral, con un collar de cascabeles y dos pitones de fuego atravesando la penumbra de las celdas. El bou embolat es la atracción estrella, pero también la más polémica. Los entendidos dicen que el animal no sufre y que el fuego no quema sus ojos, en cambio ellos se ven a sí mismos como víctimas de maltrato institucional. ¿Quién está más acorralado? Por megafonía están pinchando Resistiré. No se sabe exactamente dedicada a quién. 

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