Desconocidos habituales

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Ilustración de Antonio Alcaide

Todas las mañanas lo veía de pie a un lado de la puerta; acodado en una mesa alta, fumaba y bebía café. Al principio pensaba que solo madrugaba para eso, para decorar el bar. Pero un día, por salir con retraso de casa, descubrí que se quedaba en la calle para chocarle los cinco a un niño que cogía enfrente el autobús del colegio. Era de esas personas a las que, de tanto verlas, terminas conociendo, aunque no tanto como para que desaparezca la posibilidad de equivocarse con los prejuicios.

Desde que se impuso el confinamiento, los desconocidos habituales han desaparecido de nuestras rutinas. Ya no nos cruzamos con esas personas ante las que, como mucho, levantábamos las cejas —aunque supiéramos más de ellas que de algunos familiares—. El calvo pero engominado, la que fumaba en la puerta de la autoescuela, la camarera de la cafetería… ¿Cómo llevarán todos la cuarentena? ¿Cómo serán los veranos que están recordando estos días? ¿Se acordará de la media de pan de pipas con aceite, tomate y jamón?

Al parecer, el único desconocido con el que me cruzo soy yo mismo: leo lo que antes no me interesaba y veo las series y las películas como el que está frente a una obra. Por eso escucho más la radio, que me permite mirar el techo al mismo tiempo. Soy mi desconocido habitual, en definitiva. Aunque tiene sentido que no me apetezca lo que antes me apetecía: hacer algo tan solo para matar el tiempo no es lo mismo que hacerlo por algo más.

Ya hemos hecho un mes con la cuarentena, pero a mí esta relación se me está haciendo larga. Los días se convirtieron en semanas y las semanas se han convertido en mes, pero ya he tenido suficiente: una relación en la que se cuentan tanto los días no puede ser buena. No tengo ganas de más aniversarios. Además, ya pienso hasta en los desconocidos de siempre: qué ganas de volver a verlos y seguir optando por no conocerlos.

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