Dian Fossey: una lección de amor

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Imagen montaje Pedro Pozas Terrados

Tras una dura jornada del seguimiento a una familia de gorilas y de haber encontrado y destruido varias trampas colocadas por cazadores furtivos, Dian Fossey llegó a su casa en el Centro de Investigación Karisoke creado por ella en 1967. Una casita de madera para ella confortable. Recogió un poco la casa y se preparó una cena rápida. Tenía que anotar los seguimientos del día y las incidencias. Sus ojos se cerraban de cansancio, pero quiso terminar las anotaciones con el fin de que no se le olvidara ningún detalle. A la mañana siguiente quería levantarse temprano para seguir realizando el seguimiento a la familia de gorilas que era nueva en la zona. Sacó el diario que también quería que quedara reflejado su desesperanza por el aumento de la caza furtiva y escribió: “Cuando te das cuenta del valor de la vida, tratas de pensar menos en el pasado y de concentrarte  más en asegurar el futuro”. No pudo seguir más y se acostó. Estaba rendida. Tenía 53 años y era el 26 de diciembre de 1985. Fueron sus últimas palabras, su último suspiro, su último mensaje a sí misma y al mundo. Cuando dormía profundamente, no se enteró que alguien entraba en su casa y con un machete de largas dimensiones, golpearon su cabeza brutalmente. Es posible que durante sus sueños pasara al otro lado sin enterarse. No lo sabemos. Dian había sido asesinada.

Y si, ella había sido fiel a sus propias palabras hasta el final. Había llegado allí de la mano del  Louis Leakey, antropólogo, para que estudiara a los gorilas de montaña, el mismo que pidió a Jane Goodall para el estudio de los chimpancés en Gombe y a Biruté Mary Galdikas a los orangutanes en Borneo. Cuando Fossey creó el Centro de Investigación, se dio cuenta de la gran problemática del furtivismo existente en la zona y que los gorilas a los que debía estudiar, estaban en peligro y reduciendo sus poblaciones de forma alarmante. Por lo que no sólo se dedicó al estudio de los gorilas a los que quería profundamente, sino que también comenzó a luchar contra el furtivismo, asegurando su futuro para las generaciones venideras.

Camilla de la Bédoyére, en su libro  “Nadie ha amado más a los gorilas” sobre la vida de Dian Fossey en la que se publican parte de las cartas que escribía a su familia, amigos y a otras personas, comenta que Dian acosó a los cazadores furtivos con un celo obsesivo. Pero con ello logró que el mundo se percatara de la difícil situación de los gorilas. Su heroica lucha ayudó a su conservación. En el libro de la referencia, se muestran numerosas fotografías en color de la vida de Dian en el Centro por el fotógrafo Bob Campbell, que estuvo un largo periodo con ella. Imágenes hermosas y bellas que relatan por sí mismas, el trabajo del día a día de Fossey.

Pero hoy tristemente, la caza furtiva ha aumentado de una forma considerable y tanto las Organizaciones medioambientales como Instituciones, se han olvidado de ellos hasta el punto que la Directora General de la Unesco ha declarado recientemente la situación crítica que pesa sobre las poblaciones de grandes simios y recientes informes independientes advierten de esta tragedia olvidada.

Bob Campbell, escribe en una amplia carta a Robert Gilka, de la National Geographic Society en la que transmitía sus preocupaciones que “Para cualquiera que no haya visitado esta zona, es verdaderamente imposible imaginar las duras condiciones  de vida. Creo que mucha gente tiende a recordar a Jane Goodall y los chimpancés, y tratan de igualar las condiciones de las dos investigaciones, cuando en realidad no podrían ser más distintas. Dian está bajo una gran tensión física, aparte de todos los otros problemas: la altitud, el clima, las condiciones del terreno, el carácter de los gorilas y muchas otras cosas hacen que este estudio sea particularmente difícil. Ha pasado por mucho en los últimos años y no creo que muchas personas hubiesen tenido narices de continuar como ella lo ha hecho”.

Imagen principal de Jeff McCurry – montaje Pedro Pozas Terrados

Valiente. Sin miedo. Enfrentándose a la dureza de la montaña y la humedad constante, a la caza furtiva, Dian se ha ganado el título universal en la defensa de la vida. La soledad tan alejada del mundo, rodeada normalmente de hombres que no entendían que una mujer fuera capaz de enfrentarse ella sola a la defensa de todo una gran extensión de montañas y su lucha contra la caza furtiva, poniendo en peligro su vida muchas veces tanto en la protección de los gorilas como en su seguimiento, sin duda alguna,  tuvo que desarrollar  un carácter fuerte para poder sobrevivir.

Pedro Cáceres, en su libro “Dian Fossey”, también nos muestra esa otra cara que tenía Dian, la no tan bonita pero que sin duda fue  la que le garantizó vivir en un mundo hostil sin protección alguna, sola entre las nieblas de unas montañas que albergaban unos grandes simios jamás estudiados de forma continuada y de los que acabó amándolos y considerándolos su propia familia.

Antes del asesinato de Dian, nos dejó un gran legado, un libro que habla de su experiencia en el Centro de Investigación, de la caza furtiva y del estudio de las poblaciones de gorilas. El libro se llama “Gorilas en la niebla” y nos adentra en ese mundo que ella solo conocía, con los sinsabores de la soledad.

Ya en su prefacio, reivindica la protección de los gorilas. “La conservación de cualquier especie amenazada ha de comenzar con medidas rigurosas para proteger su hábitat natural, descargando todo el peso de la ley contra la invasión humana” Eran otros tiempo y otros pensamientos, pero indudablemente en este punto Dian erraba, ya que las zonas protegidas donde se encuentran especies sensibles, se debe contar en todo momento con las poblaciones locales y pueblos originarios, en lugar de expulsarlos de sus tierras. Tal vez, este pensamiento que intentó poner en práctica, fue el que le llevó a ser odiada por algunos y asesinada.

Era sencillamente una amante de la vida. Había nacido para proteger al gorila de montaña y lo consiguió con  creces. Los salvó de su extinción, aunque hoy en día, de nuevo están en situación de peligro, pero ya no hay una Dian Fossey que de su vida por ellos y el resto de las poblaciones de grandes simios. Como decía ella “He construido mi hogar entre los gorilas de montaña”. Consiguió que su presencia entre ellos, fuera aceptada como miembro de la familia de gorilas. “El hecho de andar a cuatro patas o permanecer sentada cuando estaba cerca de ellos, no sólo me situaba al nivel visual de los gorilas, sino que además les transmitía la impresión de que no iba a inmiscuirme en sus asuntos”.

Dian Fossey, permanecerá en la memoria de todos los que nos dedicamos a la protección de las poblaciones en libertad de los grandes simios y en la lucha por conseguir sus derechos básicos para los que se encuentran cautivos que injustificadamente, son mantenidos de recintos de exhibición como negocio permanente y explotación de sus vidas.

Imagen de Wikimedia

Su valentía y amor que convirtió en su familia a los gorilas y en su hogar, su propio hábitat, merece que ella sea recordada por su incesante lucha en la defensa de los gorilas de montaña y como ejemplo de su tenacidad en proteger a sus poblaciones.

Ella descansa en el cementerio de gorilas, de sus amigos, que fueron muriendo y otros asesinados como ella, en la selva inhóspita de los montes de Virunga. Esa era su casa y en ella descansa, fundida en la tierra que absorbió también a sus queridos amigos.

Que las generaciones futuras la recuerden siempre el 26 de diciembre de cada año. Se lo merece. Una gran heroína que siempre será recordada.

Pedro Pozas Terrados es escritor, naturalista, dibujante, poeta, investigador, crítico, aventurero, animalista, ecologista y amante de la vida en todas sus formas. Director Ejecutivo del Proyecto Gran Simio en España y miembro del Comité Español de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), ambos cargos desempeñados de forma altruista. Ha escrito once libros, coautor de seis más. Posee doce cuadernos de campo (dibujos en lápiz) además de 400 láminas de dibujo y 50 en acuarela. Sostiene que la Tierra tiene que ser un ente jurídico con derechos propios recogidos en todas las constituciones de los gobiernos. Que los grandes simios deben ser considerados personas no humanas con sus derechos básicos y que todos los seres vivos tienen que ser respetados y tratados como seres sintientes.