Diario de Buzz Lightyear. Visto y oído en Israel y Palestina

0
26

Diez días, casi minuto a minuto, por el territorio del conflicto eterno entre israelíes y palestinos, con la mirada atenta a cada signo, cada anuncio, cada voz, cada señuelo, el grafiti de una paloma con chaleco antibalas, rezos, armas y estancamiento

Barcelona, viernes, 17 de agosto, 2012

 

4.40 horas. Bus N 16 hasta la terminal 2 del aeropuerto de El Prat. Enlazo con el lanzadera. En el panel electrónico: “Próxima parada T1 Salidas”. Franqueo la puerta automática, en la que pone: “No empujar”.

 

5 horas. Vuelo 6793 de Iberia. En el mostrador de facturación (check in). En el cartel de arriba: “One world”. En el suelo encerado, esa frase: “Espere su turno”. Levanto la cabeza, y una extensa indicación: “En el caso de denegación de embarque o cancelación…”.

 

6 horas. “Por favor, deposite sus objetos personales en las bandejas”, me ordena el personal de Securitas, supervisado por la Guardia Civil. En la bandeja: cartera, cinturón, reloj, móvil, mochila. El ordenador Toshiba, en bandeja aparte. Paso por el detector de metales. No pita.

 

6.37 horas. Cruzo la puerta de embarque D 18.

 

6.40 horas. Me siento en las mesas de la cafetería Dehesa Santa María, “especialistas en productos ibéricos”, con esta invitación: “Antes de salir, disfruta del sabor ibérico”. En una de las patas del aeropuerto, entre los focos, el anuncio: “Apadrinar. Ignorar. Tú escoges”. Por los altavoces se da un aviso “importante”: “Por favor, esté atento a la información mostrada en los monitores. Por la megafonía de este aeropuerto no se realizan llamadas de embarque”.

 

7 horas. Tomo asiento en el número 31 E. Leo: “Abróchese el cinturón mientras esté sentado”. Leo: “Chaleco salvavidas debajo de su asiento”. Avión Airbus 340 con dirección a Madrid, y con un manual de emergencias titulado Para su seguridad. Hojeo la revista Iberia Ronda Magazine, “ejemplar gratuito para el viajero”. Escucho: “Tripulación, cerramos puertas”. El avión despega. “¡Bravo!”, grita el pasajero de delante. “Buenos días, señoras y señores, bienvenidos a bordo”, saluda el sobrecargo, amable por su displicencia: “Estamos a su disposición para atender sus peticiones”.

 

8 horas. “Atención, tripulación de cabina, preparados para el aterrizaje”, dice en voz alta el piloto. Aire acondicionado frío. Necesidad de mantas. Salgo por la manguera o shuttle. “El futuro está lleno de oportunidades”, muestra el eslogan del banco HSBC. En los corredores del aeropuerto de Barajas, me sitúo: “Usted está aquí”. Sigo la flecha de “Conexión otros vuelos”. Cruzo la puerta R. Llego al Airport Shopping, el dutty free: “Tus compras te harán volar”. Me siento en los taburetes de plástico de La Pausa, “especialistas al grill”. Un cruasán París, 1,90 euros. Un café con leche, 2 euros. “¡Pide tu helado!”, leo en el frigorífico. Paso por un nuevo arco del control de seguridad, justo en la puerta de embarque del avión que vuela a Israel. En la bandeja: cartera, cinturón, reloj, móvil, mochila. El ordenador Toshiba, en bandeja aparte. No pita. En un botón cercano al escáner, pone “pulsador de alarma”. Cojo el vuelo Tel Aviv Ely 8396 de Iberia.

 

10 horas. Embarco, boarding. Primero suben la clase Premium Platino, bussiness y bebés acompañados de sus padres. “Cuidado, suelo irregular”, queda escrito en el fuselaje. “La cortina debe estar abierta durante el despegue y el aterrizaje”, queda escrito en la cocina del avión. Leo: “No abrir las puertas cuando la luz roja de aviso esté parpadeando”. Leo: “Cabina presurizada”. Asiento 22 E. En mi asiento, publicidad de Global Assistance Allianz: “Cuidamos cada detalle de tu viaje”. Avión Airbus 319 B. Sin levantarme, leo: “Abróchese el cinturón mientras esté sentado”. Leo: “Chaleco salvavidas debajo de su asiento”. “Disculpe, señor, ¿puede cambiar de asiento? Mi amiga está en el 18 C”, me pide mi vecina. “No duden en solicitar nuestra ayuda. Mi nombre es Ángeles Gallego…”, se ofrece la sobrecargo, que informa del concurso de dibujo infantil a bordo. “Entrando en pista para despegue”, anuncia el piloto.

 

11.30 horas. “Esta comida no contiene cerdo”, dice la nota de la bandeja de comida. “¿Café, señor?”, me pregunta un azafato. Hay “wifree”. “En NH tu mundo es más libre”, asegura la publicidad en la bolsa del asiento. En el lavabo del avión: “Sírvase echar el pestillo. Por cortesía hacia el siguiente pasajero, use una toallita para secar el lavabo. Gracias”. Voz del comandante: “Buenos días, las autoridades israelíes han reforzado las medidas de seguridad en los vuelos comerciales. Por ello, deben permanecer sentados y con los cinturones abrochados. Gracias”.

 

13.44 horas (hora de España). Lectura de La revolución y el deseo, de Miguel Núñez, con esta dedicatoria: “A los hombres y mujeres perseguidos, torturados, encarcelados, asesinados tan sólo por amar la libertad”.

 

14 horas. “Buenas tardes, estamos llegando a Tel Aviv, comprueben que sus mecanismos electrónicos estén apagados y su equipaje de mano en correcta posición. Tripulación, preparando aterrizaje”, manda el comandante. Un bebé llora. Aterrizaje. Aplausos.

 

14.26 horas (hora española). “Tripulación, desarmar rampas” es la última frase del piloto que escucho. Aeropuerto internacional Ben Gurion. Publicidad en una lona que cubre una pared entera: “Heineken open your world”.

 

14.40 horas. Aduana, border control. Las preguntas del interrogatorio al que soy sometido: ¿A qué vienes? ¿Es la primera vez que vienes a Israel? ¿Adónde vas? ¿Te vas a mover por la zona palestina? ¿Hebrón, Nablús, Gaza? ¿Seguro que Gaza no? ¿Conoces a alguien en Israel? ¿Tienes intención de participar en actividades sociopolíticas? ¿De qué trabajas? ¿Este viaje tiene que ver algo con tu trabajo?

 

14.50 horas. Me estampan el sello en la página 18 del pasaporte, sobre la silueta de unas tortugas marinas: “Visa: visit permit. 17.8.2012. Por tres meses”. Otro sello en una hojita lo recoge una azafata más adelante. En el móvil aparece la compañía Cellcom. Me voy a la mesa 16 de maletas perdidas: Lost and Found. Se ha extraviado la maleta. Se ha quedado en Madrid. Mañana la llevarán a la dirección que les deje. Cambio la hora del reloj: una hora más.

 

16.40 horas. Cambio dinero en el aeropuerto, en el mostrador de Exchange: 1 euro igual a 4,79 shéquels; cobran comisión. El cajero Yehiel Nadav cambia 200 euros. En el recibo de “Exchange value”, se hace constar la cifra proporcionada, poco menos de mil ILS (shéquels, moneda israelí).

 

17.52 horas. Cojo un taxi hasta Tel Aviv-Jaffa (Jaffa es la ciudad vieja, sobre la que se fundó Tel Aviv hace justo un siglo, y ha quedado como reclamo turístico). Temperatura: 32 grados. El taxi me deja en el hostal Mugraby, “tourism & accomodation services”, en el 19 Allenby St. (www.mugraby-hostel.com), sin servicio de desayuno. “Fellow travelers, ILH welcomes you to Israel. ¿Qué eliges, un fin de semana salvaje en una ciudad que nunca duerme o una caminata por el desierto, en un oasis? ¿Tumbarte en la playa o bucear en unos magníficos arrecifes de coral? En Israel decimos: ¿por qué tienes que elegir? Nosotros lo tenemos todo, ¡y mucho más!”, leo en inglés en la recepción del antro.

 

18.39 horas. Voy a la playa Banana Beach, a 500 metros del hostal. En la terraza de Eat and Drink, el plato “spicy Israeli”, compuesto por dos huevos con una salsa de tomate picante, servidos con tahini, ensalada vegetal, olivas y pan de pita caliente. Me pido una Corona Extra, “la cerveza más fina”, que vale 4,120 ILS (más o menos, un euro). Un niño lleva puesta la camiseta del Barça con el número 10 de Messi.

 

19.13 horas. Se pone el sol.

 

20.30 horas. Ceno en el Pizza Bar & Coffee Mariano. Pizza M (mediana) por 25 ILS. Subo a la habitación 11 del hostal Mugraby. En las paredes, las normas: “Quiet policy; no alcohol policy; no visitors”. Para entrar, pulsar 1515#. Encuentro mi cama en la litera de dos pisos: “Bed number 9”.

 

 

Tel Aviv, sábado, 18 de agosto

 

9 horas. Showers. En el suelo, un mapa de Jaffa. En la salita, carteles propagandísticos de Jerusalén, “ciudad eterna”, y de Nazaret, “ciudad de la Anunciación”. Los árabes que aparecen en las estos carteles tienen incrustada en la frente una mirilla telescópica, reflejo del odio imperante. Publicidad de Dan Raisner Art Studio y Steakit (steak ‘n’ pitta). “No podemos guardar las bolsas ni las maletas porque no tenemos espacio en la oficina. Si vas a llegar tarde a tu vuelo, te sugerimos que encuentres una solución”, se lee en inglés en recepción, adonde aún no ha llegado la maleta perdida. Tomo un capuchino y un machiato (lo más parecido a un cortado) en un local sin nombre. Los cuervos (¿chorlitos?) graznan. Compro galletas de crema de avellanas. Vuelta al hostal Mugraby. El password para acceder a internet: maxiscrazy. Libros en la minibiblioteca (dos estantes mal puestos): Le Nouveau Testament; The Word, de Irving Wallace, y La morte di una madre, de Roger Peyrefitte. Busco una cabina de teléfonos para llamar a objetos perdidos del aeropuerto. Marco el 142 para las llamadas internacionales. No va. Una furgoneta trae la maleta perdida. “Is it for you?”, se interesa el conductor. “Is for me”, contesto, haciendo un okey con el pulgar hacia arriba. En la salita del hostal, tres ajedreces. En la cocina del hostal, una súplica: “Por favor, no dejar nada en la pica”. Sobre la nevera, pasta de la marca Santa Lucía. En la nevera: botellas de Nestea, azúcar blanco y mermelada. En el pasillo, en forma de ele, carteles exóticos de Perú (Machu Pichu), Japón (una geisha) y la India (un hindú).

 

13 horas. Salgo del hostal. No hay mercadillo en sabbat, día festivo de los judíos. Un grafiti de Bruce Lee. Vago por las calles Hamelkh George y Gedera. Comercios cerrados. Boutiques con vestidos de noche, de lentejuelas. Por el suelo, filas de hormigas y alguna cría de lagarto. Abundan las moscas. Pintada en una pared: “No hay miedo en el amor”. Debajo, alguien ha añadido: “Pero ten cuidado”. Unos lugareños juegan al backgammon. Se me cruza por delante un gato negro. Torres de alta tensión con la llamada: “Peligro de muerte”. Estoy en el barrio yemení de Tel Aviv. Compro en el supermercado In the city (8-24 horas, en Allenby con Ben Yehuda). Productos y precios, en ruso. Afuera, publicidad de Adidas. Al lado del mercado, la oficina de Turismo de Turquía y Moscú Consulting & Marqueting. Estación de bicicletas verdes para alquilar. Un barrendero de Sudán o Eritrea con chaleco reflectante naranja recoge los papeles tirados. Almeces plantados cada 40 metros. En la calle Ben Yehuda, el supermercado AM:PM está siempre abierto. Venden botellas de frappe. Está comprando una chica que viene de la playa con un camisón de cruces cristianas. Por delante pasa un grupo de chicas americanas que muerden sus Cornettos y que visten camisetas de Tailandia. Otras van en biquini. Un joven viste una camiseta con la cara de Clint Eastwood haciendo de malo. Pita el taxi blanco 15117, que atrae la atención de esa manera. En la calle, un iluminado habla solo con una cerveza Franziskaner en la mano. Otro iluminado, en pijama. Plantas de jazmín en algunos jardines interiores. Cláxons en la carretera. Un taxista levanta el dedo: “Que te jodan”, posiblemente piense. Un mendigo se tambalea. Adolescentes en bañador, con gafas de sol y botellas de agua en sus bolsos de playa. Vuelvo al hostal. Ducha. Me echo el gel acondicionador “humectante original que fortalece el cabello fino o delgado”, marca Folicuré, elaborado en Argentina, que han descuidado llevarse. Camino a la playa. De manos de una rubia muy mona, recojo el flyer del Grace O’Malley, “pub irlandés moderno, situado en el centro del bardcralk”.

 

18 horas. Knockin’ on Heaven’s Door, de Guns N’ Roses, suena de fondo. Se oye el peloteo de las palas en la orilla. Tomo una cerveza Carlsberg.

 

19.10 horas. El sol se pone. Música chill out en las terrazas, frecuentadas por Hare Krishnas. Suciedad. Cacas de perro.

 

21 horas.Normas de comportamiento (“etiqueta”) en el hostal: Embriaguez Parte 1: si has pillado un pedo, no entres en la habitación y enciendas las luces. Embriaguez Parte 2: si vas tan bebido que no encuentras la cama, no te tumbes en la primera que pilles. Embriaguez Parte 3: si has cogido una cogorza monumental, vete a vomitar al baño”.

 

22 horas. Tomo notas para entrevistar mañana a Mira Awad (extraídas de su web www.miraawad.com): “Andrea Bocelli y Noa. Jazz. Eurovisión 2009. Nace en Rameh (Galilea). Pink Floyd. Disco All my faces”. Dirección del lugar de encuentro: Café Montifiori, en 21 Sderot Yehudit (Yehudit Avenue).

 

23 horas. Fiesta en mi habitación del hostal, con literas para que duerman diez personas. Veo botellas de vodka Kremlyovskaya y zumo de arándanos. Oigo risas. En la habitación, dos ventiladores que nunca se apagan.

 

 

Tel Aviv, domingo, 19 de agosto

 

2 horas. Carcajadas. Más vodka.

 

9.30 horas. En la tienda Laro venden caviar, “producto del mar Caspio”. Voy al Café Bialik. Desayuno israelí: dos huevos (de tu elección), ensalada israelí, mantequilla, queso, zumo y café. Total, 44 NIS (shéquels). Junto a los lavabos, tarjetones de Zion, “fiesta reggae” y del blues de Robert Befour: “Es uno de los genuinos cantantes de blues vivos, y captura los sonidos del norte de Misisipi con una belleza salvaje”. De nuevo, al mercadillo Carmel. Abierto. Bebo zumo de granada. Rebusco en los souvenirs entre cremas del Mar Muerto. De fondo, canciones de Beyoncé.

 

12 horas. Portal del Salón de la Independencia en Rothschild Boulevard. Militares en la calle, a la sombra. Una yonqui pide dinero a los taxis 12375, 12012 y 01951. Tarjetas de clubes de alterne en la acera. Publicidad del burger bar Wolfnight, “a 50 metros”.

 

14.20 horas. Dirección Jaffa. En la calle, patinetes eléctricos y espejos de cuerpo entero. Temperatura: 34 grados. Desintegrado. Sediento. Hecho una piltrafa. Me espatarro en un banco, debajo de un pino, en el mirador de Jaffa. En los postes de señalización: Jardín de Ramsés, Plaza del Reloj, Museo de Antigüedades… Tres cañones como monumento. Mercadillo en la parte vieja, con alfombras extendidas sobre la chapa de los coches aparcados. Veo murciélagos en las bóvedas ruinosas de un edificio antiguo. Como humus y ensalada, con una Pepsi Max It, en el puesto llamado LBDO, con dos ventiladores de pie, marca Phoenix, que me dan aire en la cara. Canta un jilguero. Estacionado, un Land Rover de la Unesco. Bebo agua mineral. Alguien con una camiseta del Barça con la bandera de España pasa al lado de las sillas de la acera, junto con un militar que acarrea una bolsa de la cadena de ropa H & M. Veo una gasolinera de la empresa Yellow.

 

16 horas. Cojo el bus 240, que deshace el camino hasta Tel Aviv.

 

16.40 horas. Veinte minutos antes de la cita con Mira Awad, en el café Rothschild Roth, en el número 11 de Sderot Yehudit. Azúcar Hausbrandt. Terraza de la cafetería Montifiori.

 

17 horas. Entrevista con la cantante Mira Awad.

 

Un perro grande de pelaje mate y un gato pequeño y pardo se pelean en la terraza de la cafetería Montifiori, en el 21 de la avenida Yehudit. Mesitas con hules de cuadros blancos y azules. A las cinco de la tarde del domingo 19 de agosto, una mujer se quita las gafas de sol. Ojos de ágata. Ojos de miel. Vestido ligero, azul marino, de una pieza, con un escote que deja ver el tatuaje exuberante en forma de quetzal. Pendientes de fantasía de un metal parecido al circonio. Piercing en la nariz. Uñas pintadas de rojo incandescente. Sandalias del mismo color. “Lo que diga es lo mismo que lo que soy”, advierte. Según las notas, Mira Awad (www.miraawad.com) es una cantante árabe-israelí que nació en 1975 en Galilea y que hoy vive en Tel Aviv, ciudad juvenil, alocada y gamberra. En el 2009, participó en Eurovisión con Noa, con el tema There must be another way, y también actuó con el tenor italiano Andrea Bocelli. Le gusta el jazz y el rock de Pink Floyd, y la fusión de estilos diferentes, comenzando por el pop, flirteando con el blues y retozando con el tecno. Hace un año que presentó su disco All my faces (Todas mis caras), con el que estuvo de gira por España. Su tercer álbum aún es un proyecto: “No sé cuándo saldrá, pero estoy trabajando en él”, ruega, y alza los brazos como una imploración del alma. En varias ocasiones utiliza esta muletilla: “Escucha bien, que esto es muy importante”, y la recalca con un silencio estremecedor que deja en suspense la frase siguiente, que pronuncia en inglés y con soltura. Se pide una soda, que bebe con una pajita negra. Chupa el limón. La entrevista es en inglés, y me hace de intérprete la fotógrafa Marta Fernández.

 

—¿Qué se esconde detrás del título de Todas mis caras?

—El título de una de las canciones es el que da nombre al álbum. Las caras de Mira son muchas, no es una sola, porque los tipos de música que me han influenciado son muchos. En las canciones hablo de mis sentimientos, de mi vida personal e íntima, de lo que ocurre a mi alrededor, de la situación sociopolítica. Y para escucharlas todas, para ver todas esas caras, se ha de ser paciente.

 

—Relacionado con la situación del país, el 14 de julio del 2011 estalló el movimiento de indignados por una vivienda digna (el movimiento Rebelión de las Tiendas), que se plasmó en una acampada en el Bulevar Rothschild, la avenida que lleva el nombre de la dinastía de banqueros judíos alemanes…

—Esto es muy importante: todas las revoluciones empiezan por las personas, todas, pero, al final, siempre falla la organización, no hay líderes que les representen. Lo que ocurrió en Israel en el 2011 fue la mayor manifestación de este país [casi medio millón de ciudadanos ocuparon las calles], pero no pasó de un malestar. Así ha ocurrido en Egipto. Allí, los jóvenes, después de derrocar la dictadura [del militar Hosni Mubarak], no supieron ocupar los puestos vacantes. La disconformidad no tuvo salida…

 

—Pero la Primavera Árabe ha puesto patas arriba muchos países poco o nada democráticos…

—No soy nada optimista. La Primavera Árabe se ha centrado más en la religión que en los problemas reales. No ha entrado en la modernidad, pero estoy esperanzada, cruzo los dedos. [Cruza los dedos.]

 

—¿Eres una mujer comprometida?

—Claro, ha de ser así.

 

—¿Es difícil serlo, además, en Israel?

—Las mujeres de Israel son muy modernas, relativamente. Diferencio entre feminismo agresivo y feminismo inteligente. Yo no quiero ser como los hombres, por eso apuesto por un feminismo inteligente, porque tampoco quiero odiar a los hombres…

 

—Y…

—…Espera, que esto es muy importante: la mujer ha de decidir sobre su propio cuerpo. Yo provengo de una cultura cristiana, pero lo hago extensivo a cualquier religión: la mujer ha de decidir lo que quiere hacer con su cuerpo. Desgraciadamente, aún hay mucho camino que recorrer.

 

—Como en Afganistán.

—No hay que ir tan lejos, como en los barrios ultraortodoxos de Jerusalén.

 

—¿En qué te inspiras para componer?

—En mis sentimientos, en mi día a día, en las cosas que me dan pena.

 

—¿Cuáles son tus proyectos inmediatos?

—Buf, ¿mis proyectos? Hago muchas cosas. Estoy rodando una película, y un nuevo espacio de televisión, un programa de entrevistas novedoso: un cara a cara.

 

—¿Qué futuro le ves al eterno conflicto entre Israel y Palestina?

— [Entorna los ojos, parpadea, sonríe, suspira.] ¿Qué futuro le veo? Aún soy más pesimista que con la Primavera Árabe. Esto es muy muy muy importante, atiende, que no es complicado: tú y yo, en cinco minutos, nos ponemos de acuerdo. Si se quiere, si queremos, tras cinco minutos dejamos de discutir. Las discusiones, muchas veces, son artificiales. Paradójicamente, también estamos juntos. No es muy complicado. Pero los generales sólo saben hacer la guerra. La palabra paz se está banalizando. Hacer la paz no es la ausencia de la guerra. Hace falta un plan, una ruta. Israel tiene una responsabilidad con Gaza. Pero los generales quieren más la guerra, y riñen como unos niños con un juguete: ‘¡Es tuyo, es mío!’ [Mira zarandea sus gafas de sol, de montura violeta, parodiando una riña de hermanos]. Hace falta sentido común…

 

—La ONU ha activado varios programas en África para evitar las guerras con mujeres que hacen de mediadoras.

—Es que la mujer piensa de otra forma que el hombre, que sólo piensa…

 

—¿Te has planteado meterte en política?

—Ahora no, de aquí a diez años quizá. Ahora odio a los políticos.—Ríe y se acaba la soda.

 

—¿Cuál es tu sueño?

—Que haya calma.

 

El perro ladra con fuerza. Y el gato se refugia en los matorrales, vigilante. Como los israelíes y los palestinos. Nuestra relación está llena de muerte, llena de vida (de la canción Olaqatuna).

 

Enfilo la calle de Sheinkin, dirección al hostal. Un viandante lleva una camiseta Adishash. Veo un grafiti con este nombre: “No pasa nada”, y una A anarquista. Local de Strip Show Gogo Girls. Un cartel de tributo a Iron Maiden y AC/DC. En el portal de la casa de la acera de enfrente por la que voy, una pareja de novios se despide. Se da un beso. Cruza un rabino jasídico, con un caftán negro. Comercios de zapatillas Ipanema de Brasil. Quioscos de apuestas con tarjetas de tarots (hadas sexys), de toda clase de masajes y de danza del vientre (la palabra privado dentro de un corazón). Tiendas de ropa con el 50% de descuento. “Wifi Bus”, se lee en los autobuses. Un coche de bomberos hace sonar las sirenas. El Hello Kity en una bicicleta amarrada a una farola. Un señor con aspecto demacrado se acerca: “Ven, que te enseño mi casa”. La policía ahuyenta a un hombre sin camiseta que duerme en un banco. Una cartera de negocios tirada al lado de un palé. Un borrachuzo cruza sin mirar la carretera, bailando, y pide un shéquel por dejarse hacer una foto.

 

19.15 horas. El sol se pone. Oscurece. Compras en el supermercado In the city. Veo packs de cerveza con seis botellines. Marcas: Goldstar, Heineken, Becks, Carlsberg, Tuborg, Stella Artois, Guinness, Miller, Löwenbräu, Samuel Adams, Paulaner, Newcastle Brown Ale… Latas de cerveza, no botellines (unidades sueltas): Spaten München, Martens Gold, Pilsner Urquell, Kopel, Beck’s, Krusovice, Faxe, Baltika, Schless Krone, San Miguel, Murphys, Tuborg, Leffe, Edelweiss, Miller, Chang, Singha, Franziskaner, Benediktiner, Dominus (biere monastique), Gordon, Estrella Galicia… Vinos: Dominio de Ugarte, Mercedes Eguren, Casillero del Diablo…

 

21 horas. Cambia el código del hostal: 1212#. Un brasileño con acento mexicano que ha vivido dos años en Alemania, y que cursará Estudios Árabes durante el 2013 en la Universidad Hebrea de Jerusalén, ha ocupado la cama.

 

 

Tel Aviv, lunes, 20 de agosto

 

9 horas. Un hombre con una camiseta del Che lee la prensa en el Café Bialik. El ventilador Kennedy sacude el aire en la terraza. Pido un capuchino. Doy una propina de tres shéquels. Un todoterreno Hummer, de los de la guerra de Iraq, estacionado a 20 metros.

 

10 horas. Quedo con Roi Bet Levi (Montevideo, Uruguay, 1976), director de Punto Press, empresa de comunicación. En la calle, sucursales de apuestas Amsterdam. Locales donde se juega al blackjack. Roi hace de guía por la ciudad: Museo Rubin; Casa de Bialik, artista local; primer ayuntamiento; casas de estilo Bauhaus… Tomo notas de los comentarios de Roi: las películas se subtitulan al inglés en Israel; él hizo dos años de servicio militar en artillería; vive en Israel desde los cinco años; tiene un hijo de siete meses que se llama Emanuel; trabajó en el suplemento político de Haaretz; estudió Derecho y Filosofía, y realizó un posgrado de edición en la Universitat de Barcelona, en el 2003…

 

12.23 horas. Visito la primera planta de la redacción de Haaretz, periódico liberal, en la calle con el nombre de su fundador, Shoken. También se edita el diario económico The Marker. Paso por el control de seguridad. En la sección de Internacional del diario de hoy, información de The New York Times sobre una empresa sevillana que vende sombreros a judíos norteamericanos. En un estudio, la bandera del exgobernador Mitt Romney, candidato a la presidencia de los Estados Unidos por el Partido Republicano (“Creemos en América”). Existen reticencias para que las redacciones de papel y digital se fundan en una sola. El acceso a la versión on line es gratuito. Suscritos a la agencia Reuters. El diario, de formato tabloide, cuesta 2 euros. El editor del Haaretz, Uri Tuval (Jerusalén, 1974), hace un recorrido por las galerías y por la sección de Cultura, con un suplemento de 80 páginas el fin de semana. La sección de Política, en el sótano. Las noticias de Local se insertan en la revista Time Out. Un túnel subterráneo que cruza la calle lleva a la sala donde se hace el Marker. Pegatina de Tíbet Libre en una de las mesas. En el soporte de un ordenador, el cartel de campaña de Joe Biden, proObama. Un dibujo hecho por un niño en el corcho de la mesa de la secretaria, sobre la que reposa un manual de coaching. Las noticias sobre España se tratan como si fuera un semáforo en rojo. Total, entre Haaretz y Marker, 350 empleados de plantilla. Gerencia despedirá a 50 periodistas en breve. En el 2007, el magnate estadounidense Sheldon Adelson fundó el rotativo Israel Hayom (Israel Hoy), uno de los de mayor tirada del país.

 

14.33 horas. Comida en el restaurante Kitchen Market, de productos ecológicos, en el hangar 12 del puerto viejo de Tel Aviv, hoy paseo marítimo (“food, private, room, bar”). Veo a un comensal con la camiseta con el número 10 de Messi. Como con Adi Schwartz (Tel Aviv, 1974), corresponsal de la revista inglesa Monocle, y con el fotógrafo internacional Ajikam Sari (Jerusalén, 1972). La conversación discurre sobre Irán. Las palabras de Roi:

 

“No es broma, yo tengo un niño de siete meses y a mí no me hace gracia que Mahmud Ahmadineyad [presidente de la República Islámica de Irán] diga que va a tirar una bomba atómica sobre Israel. Ahora se han publicado en Israel las traducciones de dos libros de autores iraníes, algo insólito: El coronel, de Mahmoud Dowlatabadi (editorial AM OVED, “la nación que trabaja”, de Tirza Biron-Frid), y Mi tío Napoleón, de Iraj Pezeshkzad (editora Hilik Nadav). La capital de Israel es Jerusalén, siempre ha sido Jerusalén, es la única que hemos tenido”.

 

14 horas. Leo los siguientes rótulos mientras paseo, después de comer en el Kitchen Market: Belvedere vodka y Fastfood Gourmet. La mujer de Roi conduce un Seat Ibiza por la plaza de Isaac Rabin. En la parte de atrás del coche, su perro Hugo. En un parque, una chica lleva una camiseta de unos labios pintados con la bandera de Estados Unidos.

 

18 horas. Estación de autobuses de Tel Aviv. Cojo el bus 240, dirección Jerusalén.

 

19 horas. Centro comercial. Para entrar, paso por el arco detector de metales. En la bandeja: cartera, cinturón, reloj, móvil, mochila. Una mujer tiene un Smartphone con la funda de la bandera israelí. Mujeres con faldas largas, negras, hasta los tobillos. Hay que pagar un shéquel para ir al lavabo (“esta máquina no da cambio”). Dos soldados adolescentes con metralletas al hombro vigilan. Un judío con rizos (peyot) hace la ronda con una pistola en el cinto. Vestidos tradicionales. Kipás cogidas con pinzas al cabello. Señoras con vestidos campestres. Tiendas en las que se venden pendientes de oro. En la calle, suena un organillo con la música de El baile de los pajaritos, de María Jesús y su acordeón. Subo al Tren L1 en la Estación Central. Parada Damascus Gate. Niños que lamen polos y sorben coca-colas. Venta de pizzas por doquier. “Recuerda, valida el tique inmediatamente después de subir al tren”, leo en el tren. Cojo el bus 24 hacia Belén: al parecer, hasta allí llegan dos autobuses, uno que se queda en el checkpoint y otro que sigue adelante. En la estación de autobuses, enfrente de la Puerta de Damasco de Jerusalén, varios autocares atestados de árabes, con direcciones a Nablús, Hebrón, etcétera. No existen las colas. Bandadas de niños correteando. Griterío. Confusión. Papeleras llenas, desperdicios esparcidos por el andén. Basureros asiáticos. Los bebés berrean. Un olivo decorativo. Llamada a la pensión Sweat Dreams, en Belén. Contestan lo siguiente: “Dentro de 20 minutos estamos allí. Espera en la estación de autobuses, en la rotonda, que mi madre y mi hermana irán a recogerte en un rato”. Hora y media después, aún no han llegado.

 

21.21 horas. Junto al palmeral de la estación de autobuses, aparca una furgoneta Volkswagen blanca, con una pegatina en el maletero que tiene la forma de un pez; dentro, el nombre de Jesús. “Oh, mi nombre es Carmen”, se presenta la madre del propietario del hostal, Jamil, después de que despidiera a unos turistas franceses.

 

21.30 horas. Por la carretera leo el rótulo del New Palm Hotel. De copiloto, en la furgoneta, viaja la hija de Carmen, que se llama Madonna, como la cantante Madonna. Es la hermana de Jamil.

 

21.45 horas. Checkpoint, puesto fronterizo de control militar. En la garita, la barrera echada. Estoy delante del muro que divide Israel de Cisjordania. Veo el grafiti de una paloma con chaleco antibalas.

 

22.15 horas. Llego al primer piso de la pensión Sweet Dreams. El logo de la tarjeta de Sweet Dreams Hostel, en la calle de Bethlehem-Khlifat, es un sol sonriente con ojos de campana. El establecimiento está cerca de la televisión Al-Mahed, detrás de Aiad Grossery. En la tarjeta, el número de teléfono de la “land line”: 009722-2743049. El dueño de la pensión, 24 horas abierta, se llama Jamil. Leo la “pequeña guía de cosas que tienes que saber”, las normas de permanencia: “Por favor, ayúdanos a ahorrar agua en Palestina. Contamos con un tanque de reserva, pero el agua de Cisjordania se desvía hacia el lado Israelí bastante a menudo, entonces sólo tenemos lo que hemos logrado ahorrar por ese período de tiempo”. Jamil pinta su futura casa, en la puerta de enfrente de la pensión. Armado con una brocha, que moja en un cubo de American Paint. “Saliendo a la derecha, siguiendo la carretera, puedes cenar”. Me dirijo por el camino indicado, y me topo con la imprenta Al Andalus Press. Huelo a jazmín. Después de cinco minutos andando, doy con la pizzería Miller, en Belén. Pido una pizza de peperoni. Junto a la caja, el suplemento gratuito This week in Palestine, con información de la participación de Palestina en los Juegos Olímpicos de Londres. Pido un botellín de agua mineral Ein Gedi, con un ónix como emblema. Del balcón de la casa de enfrente cuelga un abeto navideño de plástico.

 

 

Belén, martes, 21 de agosto

 

5 horas. Altavoces con el rezo del Corán. La mezquita está a 30 metros de la pensión. “¡Alá es Grande, y Mahoma, su profeta!”, no cesa de repetir en árabe. Después, canta el gallo. Después, cacarean las gallinas. A una hora indefinida, repiquetean las campanas. Las urracas chirrían. El despertador suena a las ocho. Hace tiempo que estoy despierto. Me baño. “Por favor, no tirar el papel al váter porque las tuberías se atascan”, apunta la nota colgada en la puerta del lavabo. Wifi en la pensión: “conectándose a Cellcom Router”, veo en la pantalla de mi ordenador.

 

Subo al taxi de Tarek I. Khleif (un Mercedes 7400 amarillo). Diálogo sin sentido:

 

Yo.—How much?

Él.—Ok, ok.

Yo.—Pero ¿cuánto?

Él.—Yes, yes, good, good.

 

Por el camino, el taxista va recogiendo, a la vez, a señoras con velo, hasta llenar el vehículo. Llego a la estación de autobuses de Belén. Tomo el 21, con el tique número 183811 (cuesta 7 shéquels). “Oh Barcelona, no Madrid. Barcelona play as dance”, agregará alguien, efusivo.

 

9.33 horas. Checkpoint. Al autobús suben dos adolescentes con metralletas y con el dedo en el gatillo. El primero se aposta al fondo; el segundo inspecciona los pasaportes. Tras cinco minutos, se reanuda el trayecto. Las dos chicas jóvenes de los asientos de al lado sacan una especie de sermonario de sus bolsos de marca. Rezan y, a intervalos, envían mensajes en sus iPhones.

 

10.14 horas. Cojo un taxi hasta el café de Chakra, en King George, 41, que sale por 45 shéquels.

 

11 horas. He quedado con Leah Soibel, directora de The Israel Project (agencia de información en español), americana con acento argentino. De mis notas:

 

“Hacemos también recorridos en helicóptero, con algunos periodistas. En cuestión de minutos cruzamos el país, desde el Mediterráneo hasta la Línea Verde. Y estamos trabajando en proyectos con periodistas empotrados en familias árabes. A mí me llaman los amigos y los compañeros, preocupados por lo que ocurre en Irán. Que si tenemos que proveernos de máscaras de gas, que si habrá guerra… A Irán se le tiene mucho, mucho, mucho miedo. Sí que estamos hablando con los palestinos, aunque los puntos de negociación nunca han cambiado. Sí que veo una luz al final del túnel. Estamos colaborando en cuestiones de seguridad, entre las dos policías. En estos últimos cinco años, se han cerrado muchísimos controles de carretera, así los palestinos pueden llegar al trabajo. [Benjamín] Netanyahu está haciendo un gran esfuerzo. Ha propuesto la fórmula Paz a cambio de Dinero. Y funciona. Ha disminuido un 99% el número de ataques terroristas. Lo que quiere la gente es trabajar y no matarse, como en todos sitios. Seguramente, los militares con metralletas de los checkpoints lo que están deseando es disfrutar de su juventud. Hay cierta esperanza. Con la Primavera Árabe, se ha puesto fin a regímenes dictatoriales. Los pueblos de Túnez y Egipto, por ejemplo, han sufrido y han luchado por sus hijos. En Palestina, también hubo un conato de rebeldía popular, pero Hamás lo paró en seco. Ellos controlan todo y quieren que siga siendo así. No olvidemos que, además de organización armada, Hamás es un partido político. Temen perder el poder. Nosotros intentamos normalizar la situación económica de la Franja de Gaza, para que tuvieran una fiscalidad propia, pero a Hamás no le interesa, porque vive del contrabando. Se opuso. De macuto, a través de los túneles, ellos pasan coches, camellos… ¡Es increíble cómo lo consiguen! Todo en negro. Pero sí, tengo esperanza. En el 2002 hice un viaje, sola, en coche, por los países árabes (Egipto, Jordania, Siria…). Me di cuenta de que somos más parecidos de lo que nos creemos. Todas las familias buscan prosperar, eso es lo común. Es más lo que nos une que no lo que nos diferencia”.

 

11.45 horas. Voy al lavabo del Café de Chakra: “La felicidad no es un destino, es el camino” es la máxima que decora las puertas. Veloz, pasa una ambulancia de American Friends. Camino por la calle y veo el bar Jerusalén, el pub Putin, el restaurante Mandarín, con la bandera china ondeando en la azotea…

 

12.25 horas. Visito la Iglesia del Santo Sepulcro. La guía Lonely Planet marca las cinco últimas Estaciones de la Cruz con los números que van de la 10ª a la 14ª. Es fácil confundirse en el mapa con los números que van del 10 al 14. En la 10ª, Jesús es despojado de sus vestiduras. Pero en la 10ª, done no hay nadie, está la capilla de la Reparto de la Vestimenta. Traspaso la muralla de turistas rusos. Delante de la Cruz, tropiezo con un reclinatorio y casi caigo al suelo. Nadie me socorre.

 

13.30 horas. Almuerzo en la Cuarta Estación de la Vía Dolorosa (representa el lugar en el que se dice que Jesús vio a su madre entre la multitud). Pido un hot dog. Por la tarde, callejeo.

 

19.15 horas. Oscurece. En la Puerta de Damasco, cojo el bus 24. “Pasa, pasa”, apremia el conductor. No paga nadie. La mitad de los pasajeros, mujeres con niños. Atasco. Dirección Belén.

 

20 horas. Cruzo el checkpoint a pie. Subo una rampa. En la garita, un militar joven no da abasto. La gente se cuela por la derecha. Puertas giratorias como las de los parques zoológicos, que provocan aglomeraciones. Cruzo un pasillo. Otra puerta giratoria. Otra puerta.

 

20.30 horas. Cojo el taxi 160253, de Agoup Musalm. Le pregunto el precio: “No problem, no problem”.

 

9 horas. Pizza en el Miller. El cuñado del dueño deja un contacto para ofrecer sus servicios como guía en Nazaret.

 

 

Belén, miércoles, 22 de agosto

 

5 horas. Rezos. El gallo canta.

 

9 horas. Por la ventana veo a los niños en la calle, jugando con pistolas de plástico. Cuatro crucifijos en la pensión Sweet Dreams, uno de ellos encima de la pica, en la cocina.

 

10 horas. Iglesia de la Natividad, a un kilómetro de la pensión, cuesta arriba. Me siento en la terraza de The Square Restaurant & Coffee Shop, con la divisa de “vivir, amar, comer”. Se venden camisetas del Barça. En un coche, el ambientador tiene forma de árbol de Navidad, con la bandera de Estados Unidos. Veo curas. “No entrar con armas ni mascar chicles en el interior de la Iglesia en la que nació Jesús”, leo en el cartel de la Iglesia de la Natividad. Jesús nació a tan sólo seis kilómetros de Jerusalén y de un checkpoint. Plaga de turistas rusos, como de langostas. En el punto exacto en el que nació Jesús, un pope recoge en un cepillo los donativos. Dólares con la cara de Abraham Lincoln a 20 centímetros de la cuna de Jesús. En una de las columnas del claustro franciscano, en la Iglesia de Santa Catalina, alguien ha grabado con un objeto punzante: “Yo amo el dinero”. “Bienvenidos, ¡una oportunidad única! Anote su nombre y los de sus amigos en la Sala Conmemorativa de la Iglesia de la Natividad”, leo en una pancarta.

 

11.30 horas. En el puesto de vigilancia de la Iglesia, con guardas de la Autoridad Nacional Palestina, una fotografía del raïs Yasir Arafat y de Mahmud Abás, actual presidente de Palestina, y, al fondo, la Cúpula de la Roca.

 

12 horas. Vuelvo a la plaza de Manger de Belén. Veo un rótulo de Singapore Airlines. Me pierdo por el zoco, en el que hay casetas con arsenales de armas de juguete, alfombras con Spidermans, colchas de la casa Al Aksa Textil Eco., y ancianas sentadas en taburetes con cestos de higos, pepinos, uvas y tomates. Un niño con una camiseta del Barça con la publicidad de Qatar Foundation. Paraditas de cedés con películas de Aladino, Alí Babá y El Pájaro Loco. Veo pegatinas en los transformadores de luz con un puño cerrado y los colores de la bandera, y pegatinas de Palestina como el Estado número 194 de la ONU. Una anciana carga un ventilador. Venta de mochilas de Bob Esponja y con el número 10 de Messi. Mujeres con niqás. Veo sucursales de Arab Bank y Arab Islamic Bank. Por la calle, fotos con los prisioneros “Alm Wbdat”. Tienda de Kids Club, con Winnie the Pooh. Local de Stars & Bucks (copia de Starbucks). Carretes de Kodak en las tiendas. Carteles electorales de Mahmud Abás. Antenas parabólicas en los tejados. Matrículas verdes en los coches. Bigotes de Íñigo en los hombres. Tienda Zamussi, fuera ya del zoco: ventiladores de la marca Universal, Bluestar…; lavadoras Whirlpool, Hoover, Samsung, Bosch, Bauknecht, Miele…

 

14 horas. En una esquina, arde la basura, y el fuego devora un coche. Lo apagan con botellas de agua. Tumulto. “Alieia ama Palestina Libre”, pone con tiza en una pared. Tienda de ropa Dallas. Teteras de latón. Puestos callejeros de higos. Un buzón del Palestine Post, cuyo logo es una paloma; el plumaje, con los colores de la bandera.

 

15.58 horas. Restaurante Afteem, cerca de Manger Square. Enmarcada en un cuadro, esta introducción: “Refugiados desde 1948. El destino a veces juega malas pasadas a muchas personas, como a Míster Saliba Salamech y a su familia. En 1948 emigraron de Jaffa a Belén, lugar de nacimiento de Cristo. Se asentó en Belén e inició un negocio de venta de comida, como falafels, humus y kebabs”. Al lado de los lavabos, una litografía con Don Quijote y Sancho. 1122334455, el número del código wifi. Servilletas con la flor de jazmín: “Bon Appétit”.

 

17 horas. International Center Peace. Colgados, cinco relojes con sendas horas de Nueva York, Estocolmo, Belén, Moscú y Tokio. Un letrero del Quds Bank MasterCard, “a peace of mind”. En la plaza de Manger, una pancarta enorme en la que pone: “Volver es nuestro derecho y nuestro destino”. Entro en The Nativity Store, comercio regentado por Many Tabash. El belén de madera más económico, por 20 shéquels (“You prefer in dolars?”). Lo rebaja a menos de la mitad. También vende Papa Noeles. Compro un agua Arwa, “vitalidad”.

 

19 horas. Vuelvo a la pensión. En la frutería de debajo de la pensión, el propietario duerme sobre un jergón, al lado de las patatas. Manzanas. “Cerveza Taybeh por 12 shéquels solamente”, leo en un posit, en la nevera.

 

23 horas. Jamil, el dueño de Sweat Dreams, cuenta sus experiencias para pasar el muro que divide Israel de Cisjordania. Se casa dentro de tres semanas. Luego viajará a Estados Unidos para estudiar Teología. Por su parte, el padre de Jamil relata los milagros en Belén.

 

 

Belén, jueves, 23 de agosto

 

2 horas. Se apagan las luces de la habitación después de horas charlando.

 

5 horas. Rezos.

 

10.07 horas. Cojo el bus 21 hacia Jerusalén (cuesta 7 shéquels). Letreros del Bank of Jordan.

 

10.25 horas. Checkpoint. El autobús se vacía. Sólo se permite que se queden las mujeres con los pequeños. Se revisan los pasaportes antes de volver a subir. Una veinteañera con metralleta pregunta por la hoja en la que está el sello de la Visa. “Ok”, suelta. Veo el muro. Tras el muro, ya en la ciudad, versiones de cuadros de Kandinski decoran las atarjeas de la calle. Leo estos nombres en la calle: segway, self service, helados Magnum Infinity, share happy…

 

11 horas. The Coffee Bean & Tea leaf (est. 1963), en la calle Helene Mamalka, en Jerusalén. Me tomo un capuchino. A unos metros, pegatinas de “ultras comunistas”. Pasa un punky. Una chica sentada en la misma terraza que yo lee en un e-book. Publicidad de American Express. Una tienda de Zara.

 

12 horas. Visito el cenáculo. El chico de la entrada no tiene ni idea de qué lugar sagrado resguarda y si eso es The Last Soup (La Última Cena, en inglés). No hay nadie.

 

13 horas. Puerta de Sión. En un puesto de souvenirs, camisetas “Don’t worry, be Jewish” y “Superjewish”.

 

13.30 horas. “Queridos visitantes, estáis cerca del Muro de las Lamentaciones, donde la Divina Presencia siempre descansa”, leo en la cola para acceder a la Explanada de las Mezquitas, a escasa distancia del Muro de las Lamentaciones. Detector de metales para entrar en la Explanada, acceso por el lado judío. El segundo turno de visita para turistas es de 13.30 a 14.30 horas. Si no eres musulmán, sólo puedes entrar por aquí (hay una contraseña para saber si practicas el islam). Adentro, alfombras, cipreses, picnics, zapatos y siestas.

 

14.30 horas. Como a todo el mundo, me echan con malas formas: “¡Fuera, fuera, no, no, fuera!”. Se acabó la visita de turistas.

 

17 horas. Quedo con Jordi Matas, de Pau Sempre, organización que colabora con la Fundación Socialismo Sin Fronteras. Conversación sobre la Línea Verde, sobre los asentamientos en el barrio árabe, sobre la reconstrucción de casas en Jerusalén Este…

 

17.15 horas. Acompaño a Jordi hasta Al Arab Youth Hostel 2000. En el primer piso, un póster de Yasir Arafat. En un mueble, el mapa israelí de Cisjordania, actualizado en el 2011. Tal como nos habíamos citado, espera, puntual, el Dr. Meir Margalit, “city council member”, según su tarjeta profesional. Él me empieza preguntar. Transcribo mis notas del encuentro con el señor Margalit:

 

“¿Dónde has ido? ¿Con quiénes has hablado? ¿Con quién más? ¿Cómo se llama? The Israel Project es una organización de corte derechista. Pero ¿qué quieres hacer? Soy yo el que te tiene que preguntar, no al revés. Nosotros trabajamos con periodistas pacifistas de izquierda, de la asociación Active Stills… [Galerías de la web: Internacional, Lucha en Israel, Ocupación, Derechos Humanos en los territorios ocupados]. Miki Krastman, director del Departamento de Fotografía de Bezalel, hace fotografía política de protesta”.

 

Prosigue Meir:

 

“Nosotros no haremos gratis una ruta con periodistas de la UAB, pero lo haremos bien. Este futuro taller de prensa ¿cuándo será?, ¿cuántos vendrán?, ¿qué harán?, ¿qué temas tocarán? Nosotros no sabemos qué pasará con Irán. Tú necesitas a alguien aquí. Si quieres hacer una historia que recoja las opiniones de la gente de la calle, sumamente heterogénea, te saldrá distorsionada. Compra el libro de Ana Carbajosa Las tribus de Israel. Ella ha hecho un listado de los perfiles de acá: sefardíes, askenazíes, etcétera, planetas distintos. Si os interesa eso, igualmente, hace falta una persona de acá. Roberto lleva el campo de trabajo y la corresponsalía de Alternative Information Center. Suerte”.

 

18.30 horas. En la Puerta de Gung de Jerusalén, una bolsa abandonada. La policía, con metralletas, acordona la zona. “¡Atrás, atrás!”, conminan con las culatas.

 

19 horas. Atasco impresionante. Se obliga a los conductores a que salgan de los coches para aumentar el perímetro de seguridad.

 

19.30 horas. Explosión controlada del objeto sospechoso. Los hombres vestidos de negro y con rizos corren para ver qué ha quedado de la bolsa. Ellas, vestidas como pastoras, rezan frente a la muralla.

 

20 horas. Bebo agua de San Benedetto, con una golondrina en la etiqueta. Tienda Al Andalus Bookshop. Cojo el bus 21 hacia Belén. “¿Cuánto?” “Sit, sit, no problema”.

 

21.45 horas. “Precaución: vehículos por los dos lados de la calzada”, recomienda una señal de tráfico.

 

22.11 horas. Checkpoint 300. “Mantén limpia la terminal”, se aconseja de un poste. Subo la rampa. “Prohibido fotografiar”, dice el cartel. “Se acerca a un punto de inspección. Prepare sus documentos para la inspección”, pone en los anuncios. Cruzo la barrera. El soldado no mira. Cruzo la puerta como la del zoo. Salgo. Una cajetilla de tabaco L & M en el suelo. Subo otra rampa. Un estacionamiento con vallas de policía. Otra puerta como la del zoo. Me adentro en un largo pasillo. Al final, un puesto de frutas. Cojo el taxi 160253, de Agoup Musalm. Paso por delante de The Wall Galery, con grafitis sobre Leila Khalid, de mujeres artistas por la paz, etcétera. Veo un Chevrolet. Veo la Belén Nissan Store. Veo olivos. Veo un letrero del Housing Bank. Llego al hostal.

 

 

Belén, viernes, 24 de agosto

 

5 horas. Rezos.

 

9 horas. Cojo un taxi hasta la estación central de taxi-buses de Belén, pequeñas furgonetas que hacen largos recorridos, previo acuerdo del precio que pagar. Paso por delante de un concesionario de Mercedes-Benz. Por la ventanilla, veo asnos y ovejas, y un letrero en el que pone “USA Collect”. Negocio el precio para coger un taxi-bus hasta Jericó y luego hasta la frontera con Israel, para ir hasta Masada, la fortaleza de los zelotes de la que se hizo la serie Los antagonistas: Masada, protagonizada por Peter O’Toole, quien interpretaba al general romano de la X Legión Cornelio Flavio Silva. En la frontera entre Israel y Cisjordania, pasado ya Jericó, venta de crema de caviar y dromedarios quietos como estatuas. Cojo el autobús 421 hasta Masada, con una Minnie Mouse de peluche en el retrovisor interior. “Prohibido ir con tacones y con zapatos”, se dibuja en la puerta. Pasajeros con Ipods, escuchando música.

 

10.47 horas. “Aminore, barrera de seguridad”, leo desde la ventanilla. “Stop barrier.” Paisaje de piedras. Erial. Me llega un sms al móvil: “Orange te desea una feliz estancia en el Jordán. Disfruta de nuestro 3G+ Network con la mejor cobertura, los mejores precios y los mejores servicios, y siéntete como en casa”. Parada de Masada.  Nuevo checkpoint. Autocares de la compañía Sindbad repletos de turistas.

 

12.06 horas. Para subir a la antigua ciudad de Masada, pago los 75 shéquels del tique del funicular con capacidad “80+1”, construido en Berna (Suiza). Turistas japoneses y rusos. Piso Masada. Calor abrasador. Un turista saca de su mochila un Buzz Lightyear de juguete y le hace una fotografía sobre una de las rocas (el personaje de Disney dará título a esta crónica), acto que remite a la película Amélie (Jean-Pierre Jeunet, 2001). Entre los muros semiderruidos de Masada, un vaso del McDonald’s, restos del turismo de masas. Calor. Sol.

 

15.30 horas. Cojo el funicular para bajar. “Ahana, un regalo por cada compra”, se lee en la tienda de regalos Ahana, por la que obligatoriamente has de pasar para salir. Fuera de la tienda de souvenirs, autocares de Galilee Travel. Calor abrasador.

 

16.05 horas. Pierdo el autobús de las 16 horas. Último autobús hasta Jericó, a las 17 horas, “consulta los días festivos”, pone en la hoja informativa. La parada de autobús, a 20 metros del control de seguridad. Paraje desolado. Hace calor. Sol de muerte. Se agota el agua natural de la botella marca Jericho.

 

17.27 horas. Por fin, llega el autobús que va a Jericó. Duermevela en el asiento, interrumpido por sacudidas del autocar. En la carretera, paneles de “Cuidado, desprendimientos” y “Precaución, curvas peligrosas”. Veo el puente de Husein, que te conduce a Jordania. Parada en una gasolinera con puestos de dátiles. Compro una sandía entera por 45 shéquels.

 

18 horas. Regateo para alquilar un taxi:

 

Yo.—How much to Belén?

Él—Wait a moment, please.

 

18.07 horas.

 

Yo.—One hundred shéquels?

Él.—Impossible.

 

18.14 horas.

Yo.—One hundred and thirty shéquels, no more?

Él.—Wait a moment, please.

 

18.30 horas.

 

Él.—Ok, in five minuts.

 

18.45 horas.

 

Él.—This is your driver to Bethlehem.

 

 

Belén, sábado, 25 de agosto

 

11 horas. Pregunto por un Coffee Shop. Cojo un taxi hasta la plaza Manger. Los franciscanos beben cerveza en la terraza de The Square Restaurant & Coffee Shop, con la divisa “vivir, amar, comer”. Veo la entrada del Hogar del Niño Jesús. Arañas entre las piedras.

 

13.24 horas. Me subo a la furgoneta Volkswagen blanca hasta Tel Aviv. Conduce Carmen, la madre de Jamil, de la pensión Sweat Dreams. De copiloto, Rachel, amiga canadiense de Jamil, abogada. Para en una gasolinera: 30 euros por 20 litros de gasoil. Pegatinas de rosarios en el capó de la furgoneta. A 300 metros, checkpoint por el que nunca ha pasado Carmen.

 

14 horas. Probamos a cruzar el checkpoint. Retén de militares. Pego el pasaporte al cristal de la furgo.

 

Él.—Where are you from? —dice uno de los militares, con uniforme marrón.

Yo.—Barcelona.

Él.—¡Oh Messi, oh, gol, gol. Ja ja ja. Go, go!

 

Durante el trayecto en furgoneta hasta Tel Aviv, Rachel instruye sobre el asentamiento de Bezabel. Por la ventanilla, veo anuncios del Bank Hapoalim y de Jerusalem Luxury Properties (construcciones de alto standing). Carmen se detiene en Jerusalén para recoger a Madonna, Jamil y su novia. Los fotógrafos Ivan Llop y Marta Fernández, con quienes viajo, les harán un reportaje fotográfico de preboda. Carmen mete la furgoneta en La Salle School, en el barrio armenio de Jerusalén, en cuyo aparcamiento hay un Seat León “autoemoción” con el parasol marca Carisma. Estoy en la New Gate de Jerusalén.

 

15.45 horas. “Dentro de siete minutos viene Jamil”, dice Carmen.

 

16.15 horas. Llega Jamil, el novio, con su hermana Madonna y su futura mujer, Claudine. Extramuros, la policía pide la documentación a un hombre en la Puerta de Damasco.

 

17 horas. Por la carretera, publicidad de Hanevim Court, “new Luxury Apartments”. Excitado, Jamil huele el olor del mar Mediterráneo. Claudine, la novia, se maquilla en la furgoneta con una barra de carmín.

 

17.10 horas. Llegamos a la ciudad vieja de Jaffa. Una figura de Napoleón sostiene el menú de un restaurante. Claudine se viste un falso traje de novia en los lavabos públicos de la Community Tourist Police Center. Mientras espero, como un hot dog en Hahalfanim Street. En la calle, un niño lleva la camiseta de Messi y otro niño, la de Kaká. Una camarera lleva unos tejanos de la marca Sexso. Bebo agua mineral Neviot. Jamil, el novio, viste de CX3; Claudine, la novia, de Alfred Angelo, con unos zapatos púrpura de tacón de aguja marca Quliol (“all man made materials made in China”). Ivan y Marta disparan sus cámaras Canon para hacer las fotos de preboda en los jardines de Jaffa: fotos con un perro que se llama Pepe; fotos en el Puente de los Deseos, con pegatinas de Antifaschistische Aktion y Autocares Royal Tours a un paso (matrículas israelíes amarillas con el IL de Israel sobre fondo azul) y cáscaras de pistachos en los listones de madera; fotos de preboda en las rocas; fotos en la playa de Tel Aviv (leo: “Swimming prohibited” y leo “Nestea wonderful”). Entremedias, primera llamada al hostal Mugraby, para reservar habitación esta noche: es sábado y, en Sabat, nadie trabaja: “Llama más tarde”.

 

19.10 horas. Cae el sol. Fotos de preboda en la orilla del mar. Él la coge. Ella se deja coger. Él la agarra por la cintura. Ella se suelta y echa a correr. Él se ríe. Ella se moja los pies. Se besan con dulzura.

 

19.13 horas. El sol se va. Un cantautor ruso ameniza la noche en el paseo marítimo. En Kudamin Square, segunda llamada al hostal Mugraby. Acabadas las fotos y hechos una sopa los novios, subo a la furgoneta Volkswagen blanca. Además del pez con el nombre de Jesús y de los rosarios, una pegatina de Apple en el maletero. Veo murciélagos en las bóvedas ruinosas de un edificio antiguo. Veo patinetes eléctricos.

 

21.35 horas. Carmen me deja en Allenby 19, en el hostal Mugraby. Un borracho mea en la puerta y rompe una botella. El casero del hostal me pide el pasaporte. 100 shéquels la noche. Código para acceder al hostal, 3030#. Tercer piso. Dentro, busco la puerta número 2. “Quiet policy; no alcohol policy; no visitors. Por favor, no te dejes nada después del check out, a las 11 horas”, leo en las normas del hostal, pegadas a la pared. En la nevera, alguien ha dejado este mensaje, en inglés, junto a una mínima despensa: “¡No bebas! Esta agua tiene los microbios de Dina. Y he lamido las manzanas”. En la salita, los libros: Face a la justice, de Caryl Chessman; Forraederi på højt plan, de Wilbur Smith, y El Nuevo Testamento, en hebreo.

 

22.20 horas. En un puesto callejero, pido una Pizza M (mediana), al lado del Joey’s bar, y con música de Metallica. Tarjetas de prostitutas por la calzada. Veo una lavandería “24 horas”. Contraseña de internet del hostal: goodmorning. El aire acondicionado está al máximo.

 

 

Tel Aviv, domingo, 26 de agosto

 

10.30 horas. Bicicletas eléctricas en la calle. Compro cruasanes de chocolate en el supermercado AM:PM City Market (“¡Podemos hacerlo mejor!”). Paso por delante de la joyería de Eli Paz, con precios en ruso. Para un  camión de Coca-cola. Veo una A anarquista grabada en el tronco de un árbol. En la Calle Bialik, el Café Diemme. La camarera tiene tatuada una cruz griega en el antebrazo. Un vendedor me ofrece los pósters de Kaká y de Messi. Cajetillas de tabaco Gauloises en algunas mesas de la terraza del Diemme. En la calle, jaulas de reciclaje con botellas de plástico, de cedés y de deuvedés. Paso por delante de la tienda de saxofones de Brandford Marsalis. En el Change, una hucha de la Torah Mitzvot Foundation: “People helping people. 24 h Service”. Change: 1 euro=4,92 shéquels.

 

11.45 horas. En el mercado Carmel, música de Julio Iglesias y Fruta Tropicana. Se venden camisetas de Ronaldo con la imagen de TV3 en el brazalete (!?). Los comerciantes insisten: “Where are you from?”. Venta de Health & Beauty Dead Sea Minerals y venta de Lando (“Red Label. Filter cigarettes”). Propaganda de clases de taichí, judo y wushu. Unos árabes se dan cuatro besos.

 

13.09 horas. En la Yerushalayim Beach, biquinis blancos, biquinis fucsias, biquinis rojos. Una tienda de Gelato Ice. Un chico sin camiseta y con kipá. En la playa, sol, bronceados, un mendigo. Lectura de La revolución y el deseo, de Miguel Núñez: “¡Miradle! ¡Este es Creix, el policía torturador, el responsable de la locura de Lucas Morales y de tantas otras víctimas de su criminalidad!”.

 

15 horas. Cojo el bus 10, con publicidad de plantas relajantes de valeriana. Voy a la casa de Roi Bet Levi, de Punto Press, en la calle de Arlozorov.

 

18 horas. Brasería M & R. Kétchup Heinz. Tomo notas. Habla Roi:

 

“Colina de los Gritos en los Altos del Golán, con los drusos; cuatro puntos neurálgicos en este conflicto: a. Jerusalén; b. Territorio; c. seguridad, y d. refugiados, de los que nadie habla; ¿quiénes son los refugiados?, ¿cuál es el punto final?, ¿quién es el líder de los palestinos, Mahmud Abás o el líder de Hamás, Ismail Haniye? Ahora están con lo de un país para dos pueblos, algo imposible. ¿Has encontrado a algún palestino autocrítico? Yo, no. La violencia es una mala hierba; donde puede, crece. Hay que cortarla de raíz”.

 

20 horas. Roi menciona al cantante de rock Deri Sajarov; las letras de sus composiciones se inspiran en poesías de la Edad Media. Me da el contacto del portavoz del Ejército, “head of the Latin America and Asia Desk IDF Spokesperson”, capitán Roni Kaplan. Roi me recomienda Sefarad, libro de Antonio Muñoz Molina.

 

20.14 horas. En la plaza Isaac Rabin, el homenaje: “En este lugar fue asesinado, el sábado 4 de noviembre de 1995, Isaac Rabin. La paz es su legado”. En el monumento, piedras del Golán, en su recuerdo, porque él combatió allí.

 

21.23 horas. En casa de Roi, el suplemento Calcalist, con la portada de color de rosa, dirigida al público femenino. Visito el centro de ocio Arta-asiya. Leo: “Delicatessen”. Leo: “Soho 100% design shop”. “Are you Spanish? ¡Olé!”, exclama el director de cine Eytan Fox. Puestos de Vaniglia Ice Cream y de Anita, “la mamma del gelato”. Veo la fachada de The Suzanne Dellal Centre for Dance and Theatre. Tag en una pared: “¿Qué será?”. En el local de copas Jajo, temas de Luz Casal y de Lhasa de Sela. Tomo una Craft Beer. Bebo un vino Flam Blanc.

 

11 horas. Compro un sándwich de pollo en Aroma Coffee. Take away.

 

23.44 horas. Cojo el taxi 12500 hasta el aeropuerto Ben Gurion. A mitad de recorrido, checkpoint, para comprobar si soy árabe. Un chaval con una metralleta me cachea con la mirada.

 

24 horas. La carrera sale por 150 shéquels. Estoy en la Terminal 3. Información de Aviation Services Law. “We accept foreign currancy”, se señala en el Burgeranch. Publicidad de Swarovsky (“presents kingdom of jewels 2012”). 012WIRELESS_BEN_GURION_AIRPORT. En la pantalla, el vuelo 3751 de Iberia.

 

2.40 horas. Hago cola.

 

2.55 horas. Revisión de pasaportes. Se detiene en el mío. Empieza el primer interrogatorio:

 

“¿Quién es Jesús? ¿Eres tú? [Examina atentamente mi fotografía de carné.] ¿De dónde vienes? ¿Qué has hecho en Egipto? ¿Por qué fuiste a Egipto? ¿Dormiste en casa de alguien allí? ¿Por qué estuviste en Argelia? ¿Para qué fuiste a Argel? ¿Sólo era una conexión hasta los campamentos de refugiaos del Sáhara, como dices? ¿Por qué has estado en Marruecos? ¿Cuál es tu maleta? ¿La has hecho tú? Y ¿cuánto tiempo estuviste en Marruecos? Ok, espera un momento aquí”.

 

3.10 horas. Viene otro señor con cara de corvina, consumido por la atonía de la rutina. Segundo interrogatorio, que dura un cuarto de hora:

 

“Venga un momento conmigo, tengo unas cuantas preguntas que hacerle. [Me aparta.] ¿Por qué has estado en Egipto? ¿Tiene alguna relación especial con Egipto? ¿Tiene a algún conocido allí? ¿Cuánto tiempo estuvo en Egipto? ¿Con quién fue? ¿Con quién ha dicho que fue? ¿A qué se dedica? ¿Por qué ha estado en Argelia? ¿Qué hizo allí? ¿Qué son esos campamentos? ¿Estuvo en Argel? ¿Qué hizo allí? ¿Cuánto tiempo estuvo allí? ¿Era sólo una conexión para ir a Tinduf? ¿Qué conflicto es ese del Sáhara Occidental? ¿Tiene a algún conocido en Argelia? ¿Tiene relaciones con ellos? ¿Con quién fue? ¿Dónde durmió? ¿Qué es una jaima? ¿Qué hizo? ¿Por qué ha estado en Tánger? ¿Cuándo fue? ¿Conoce a alguien en Tánger? ¿Cuánto tiempo estuvo allí? ¿Para qué fue? ¿Con quién fue? ¿Esta maleta es suya? ¿La ha hecho usted o alguien le ha ayudado? ¿Siempre ha estado la maleta con usted? ¿Alguien le ha ofrecido algún regalo? Perdone, pero tengo miedo de que pueda llevar una bomba. Pase la maleta por este escáner”.

 

3.30 horas. Pegatina en la maleta con el código de barras 5202779441. Revisión de la maleta con un bastón azul como una badila metálica, que detecta substancias peligrosas. “¿Lleva aparatos electrónicos?”, me pregunta uno de los miembros del personal. “Deshaga la maleta. Abra aquí”, ordena.

 

3.35 horas. Ok.

 

4 horas. Segundo control de seguridad. Pertenencias depositadas en la bandeja: teléfono móvil, cinturón, cartera, mochila… El ordenador Toshiba, en bandeja aparte. No pita.

 

4.15 horas. En el border control, enseño el pasaporte. Me estampan el sello en la página 18 del pasaporte, sobre la silueta de unas tortugas marinas: “Exit 27.8.2012”.

 

4.25 horas. Paso otra barrera para que comprueben el sello del pasaporte.

 

4.35 horas. Estoy en el duty free. Embarque en la puerta C 9, on time.

 

5.20 horas. Me siento en la cafetería Segafredo, “un caffé per amico!”. Publicidad de “Orange Passport”.

 

5.45 horas. Embarque. Ya en el avión, en el asiento 20 F, escucho las voces: “Buenos días, les habla el sobrecargo…”. Acto seguido: “Buenos días, les habla el comandante…”. A las cuatro horas, vuelve a hablar: “Tripulación, preparando cabina de aterrizaje”.

 

10.40 horas (hora de España). El Airbus aterriza en Madrid. Aplausos. “¡Santa tierra española, olé, Manolito!”, exclama la argentina del asiento de detrás. Estoy en la Terminal 4 de Barajas. “Por favor, no se apoye en las puertas”, leo en el autobús lanzadera que recoge el pasaje al pie de la escalinata para descender del avión. Señal: “Conexión otros vuelos”. Paso por el border control, me pongo en la cola de “Ciudadanos UE/EEE/CH” (Unión Europea/Espacio Económico Europeo/Confederación Helvética). Letreros de “Muestre su tarjeta de embarque” y “Por favor, no use el móvil durante el control”. No tengo nada que declarar. Voy a la Puerta J, “11 minutos”. He de coger un tren que enlace con el vuelo a Barcelona: “Próximo tren en dos minutos”. “Las puertas se están cerrando. Por favor, aléjese de las puertas y agárrese a las barras”, pone en las vitrinas. Sigo la información de pantalla para coger el vuelo 6764 de Iberia. Otro puesto de control, con escáner. Deposito en la bandeja los objetos personales: móvil, cinturón, cartera… Securitas revisa el equipaje, supervisado por la Guardia Civil. El trágala religioso.

 

12 horas. Tomo asiento en el 30 C. “Señoras y señores, mi nombre es Mercedes… Hay unas luces que se iluminan en caso de emergencia”, informa Mercedes, la voz del avión. En mi asiento, una oferta de “Tu momento en el cielo”, con el Menú Cielo (“refresco+sándwich vegetal o Panini”) y el Menú Nube (incluye pringles). Al habla la autoridad: “Señoras y señores, les habla el comandante… 28 grados. El tiempo es bueno en Barcelona”.              

 

 

 

Jesús Martínez Fernández es periodista. En FronteraD ha publicado, entre otros artículos, ‘West Side Story’ suena con fuerza en el cuartel de El Bruch,  Cenizas gitanas en Hungría, Corazón de hierro, La suma de dos da 89. Paquistaníes en Barcelona y Facebook d. C.

Print Friendly, PDF & Email

Autor: Jesús Martínez