Diego Quejido

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La tercera parte, para mi gusto la más inolvidable, es una galería de retratos de la calle, hombres labrados por la intemperie y los sentimientos. En los retratos no hay nada simbólico. Mejor dicho, el símbolo no se separa en ningún momento de la textura de la carne. Estos acrílicos se limitan a expresar la ambigüedad de un semblante, la historia no escrita de épicas desconocidas.

 

Centro Cultural José Saramago, en Leganés. Media tarde y un sol de mil demonios. Una sala vacía después de un interminable estiaje da idea de lo escondidos que pueden estar hoy cualquier revelación, cualquier encuentro. Dentro de la sala donde el pintor Diego Quejido expone sus últimas obras, bajo el título Salta la chispa, encontramos una inicial multitud de cosas muy distintas: máscaras primitivas hechas con trozos de desecho, pequeños objetos que sugieren lejanía, un retablo simbólico de nuestros sueños y temores. También, sobre todo, algunos retratos del hijo del Hombre en colores vivos.

 

La exposición se divide en tres direcciones distintas. A un lado, esculturas de muy distintos tamaños. Quejido fija encuentros inesperados, anómalos, entre elementos descontextualizados. «Las barcas» son como diminutos veleros de piedra, hojas, madera o cartón. Aquí el artista se deja influir por la delicadeza de lo minúsculo, cerca quizás de algunos minúsculos lugares deseados de Santiago Mayo. Estas pequeñas naves varadas de Diego Quejido, ensambladas con materiales sencillos, sugieren una cierta pasión de viaje, de evasión y aventura. ¿Cómo fugarse si lo que nos rodea no son exactamente paredes, sino el miedo a encontrarnos fuera el mismo desierto? Tal vez sin ignorar esta pregunta, el joven artista bosqueja con materiales de desecho posibles moradas, sitios donde pararse, una nueva sede para nuestra inquietud errante. Con restos de la multitud urbana, se crea una sugerente yuxtaposición de elementos fortuitos. Un caballo rehecho con trozos de madera y su propio caballete, insectos antropomorfos, veleros insinuados con materiales sólidos reviven la relación entre lo inanimado a lo animado.

 

En otra pared, con un registro simbólico quizás cercano a algunos amigos de su generación, se expone una especie de altar de la diosa de la fertilidad, un híbrido de macho y hembra. «La chispa del encuentro» reconcilia opuestos: lo feo y la belleza, lo masculino y lo femenino, el viejo y el joven. Retablo de nuestros miedos y algunas apariciones, la chispa del encuentro permite que se abracen la alegría y la tristeza.

 

La tercera parte, para mi gusto la más inolvidable, es una galería de retratos de la calle, hombres labrados por la intemperie y los sentimientos. En los retratos no hay nada simbólico. Mejor dicho, el símbolo no se separa en ningún momento de la textura de la carne. Estos acrílicos se limitan a expresar la ambigüedad de un semblante, la historia no escrita de épicas desconocidas.

 

Curiosamente, también el rostro del hombre es hoy un amasijo, hay que recomponerlo con trazos aislados, gruesos, rápidos. Hay en estos retratos más gesto que definición, más aparición rápida que perfil. Si se quiere, hay una definición borrosa. El que es rubio e incluso apuesto, aparece en extraño claroscuro, como aquellos carnales retratos de cierto realismo sucio. El que es feo y pobre, viejo o decrépito, aparece nimbado, investido con la extraña aureola de los elegidos. Todos poseen están poseídos por la bella y breve fulguración de los perdedores. En todos ellos laten la dignidad y el misterio, manifestando el compromiso del artista con una humanidad en declive, al borde de todas las estadísticas. 

 

Es posible que también hoy, para que aparezca un rostro del hombre, haga falta suspender por un momento el narcisismo que retiene a cada cual en su nicho. Casi todos estos rostros está tocados por el viaje, las travesías, el dolor; tal vez el alcohol o las drogas. Y sin embargo, al borde de la perdición, todos esos hombres parecen salvados, rescatados para un limbo. Tal vez el simple hecho de ser mirados les permite existir, a ellos, apenas reconocibles en el estruendo y las luces urbanas.

 

Alta indefinición del hombre que resta, destellos de un alma que a duras penas resiste, Diego Quejido parece amar todos esos cuerpos. La viveza del color resalta el misterio del rostro, su aura tibia. La belleza popular recuerda que también allí hay dioses, aunque harto intrincados. Esta galería de retratos es a veces una imitación de los apóstoles de un Ribera, como si cada marginal, en virtud precisamente de su condición desahuciada, encarnara una promesa. El compromiso de Diego Quejido con el aroma y el color hasta la alegría de la pobreza es constante. Es de desear que ese compromiso logre mantener y ampliar la superficie pictórica que merece.

Ignacio Castro Rey es doctor en filosofía y reside en Madrid, donde ejerce de ensayista, crítico y profesor. Siguiendo una línea de sombra que va de Nietzsche a Agamben, de Baudrillard a Sokurov, Castro escribe en distintos medios sobre filosofía, cine, política y arte contemporáneo. Ha pronunciado conferencias en el Estado y en diversas universidades extranjeras. Como gestor cultural ha dirigido cursos en numerosas instituciones, con la publicación posterior de siete volúmenes colectivos. Entre sus libros últimos cabe destacar: Votos de riqueza (Madrid, 2007), Roxe de Sebes (A Coruña, 2011) y La depresión informativa del sujeto (Buenos Aires, 2011), Roxe de sebes (Fronterad, 2016), Ética del desorden (Pretextos, 2017). Acaba de publicar Sociedad y barbarie, un ensayo sobre los límites de la antropología en Marx.