Diez años on-line (1)

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El paisaje de esta década, que ha resultado la mejor y la peor de mi vida, la más luminosa y también la más oscura, ha sido internet. Cuando a mediados de enero de 2000 me compré un ordenador nuevo, un portátil, no sospechaba que me estaba comprando a la vez el barco para navegar por otro mundo; otro mundo que se convertiría en el Mundo.

 

Nos ha tocado ser pioneros de internet. Yo había llegado incluso a ser pionero de la televisión, porque a mi familia llegó un poco tarde. Recuerdo vagamente un día de la primera infancia en que mis padres me llamaron para que viera el aparato recién instalado. Emitían La Casa del Reloj y con los años me ha gustado pensar que la Casa del Reloj era la propia tele. Como el Tiempo, su dominio parecía incuestionable. No sospechábamos que pudiera surgir algo capaz de destronarla. El otro día se me ocurrió que su declive ha sido (o está siendo) como el del Imperio Romano.

 

Aunque a partir de un determinado momento la sensación fue de avalancha, al principio internet fue colándose como las goteras del vecino de arriba. Recuerdo la primera vez que tuve que mandar un archivo y me dijeron: “tienes que hacerlo por attachment”. Hacía mis envíos por medio de una compañera de la biblioteca en que yo trabajaba. Una vez me sentó ante su ordenador y la primera dirección que introduje fue la de la página de Marisa Monte. Fue en 1997. Meses después me puse conexión en casa, pero mi cacharro, un armatoste antiguo, sólo me daba para usar el correo. En una ocasión tuve dificultades, fui a preguntarle al técnico y me respondió: “Necesitas una descarga de Netscape”.  Recuerdo mi shock ante la frase. Todo en ella me sonaba a chino, menos “necesitas”; parecía, ciertamente, que lo que necesitaba era someterme a una tortura de Fu Manchú.

 

Los dos amigos que se lanzaron a navegar a lo grande fueron Andújar y Weil. Andújar desde su casa, Weil desde los cibercafés (Weil se convirtió, de hecho, en un apóstol de los cibercafés). Yo los escuchaba con interés, pero, como nunca he estado ávido de novedades, no tuve ansiedad por seguirles. Con ello, pienso ahora, le gané tres años a la época anterior: mantuve una península de tierra por encima del mar que ya lo iba anegando todo. No me arrepiento. No me identifico con el afán de adelantarse a un tiempo que, de todas formas, nos va a poner a todos en la punta. Cuando estalla el runrún de lo novedoso, me gusta rezagarme un tanto. Concentrar el paladar en las últimas ondulaciones del mundo viejo, esas languideces que ya se disponen a meterse en su ataúd. Confieso que las acompañé hasta el último instante. Hasta que yo, también, pasé por encima de ellas.

 

Y entramos en internet, como quien dice.