Directo al muslo izquierdo

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En la más deprimente montaña rusa de mi vida monté en un vagón que casi no vuelve a la casilla de salida. Una noche, como otras tantas noches, me encontraba en su casa a solas con la botella. Ella, que llevaba días con el cuello literalmente destrozado –no dormir y no hacer deporte conducen a que la salud se resquebraje– decidió alargar una cena en casa de Marylin que me sacó de quicio. Para colmo dejó de contestar el teléfono, hecho éste que me hizo plantarme en aquella vivienda ajena donde tras aporrear la puerta de manera violenta me abrió Cynthia: casi me caigo de espaldas. Porque ella nunca me informó de que el mayor peligro de la historia de la Humanidad se encontraba con ellas.

 

Crucé la casa, que no es precisamente pequeña –uno de los casos a estudiar por equipos de psicólogos prominentes es por qué jovencitos occidentales con sueldos kilométricos, de estatura mediana o baja, necesitan 900 metros cuadrados repartidos en diversas plantas para vivir; especialmente si resides en pleno corazón del Tercer Mundo (Camboya) y eres soltero– llegando hasta la terraza, donde Flower, en posición de contorsionista obseso sobre una silla endeble, bebida y no sé qué más, dormía en una posición tan lamentable para su espalda como destructiva para mi vista. Despertó sorprendiéndose al verme. La razón para que no contestara a mis mensajes y llamadas era simplista: su teléfono se cargaba en un enchufe a 20 metros de sus oídos. Pero la ira era triple: estaba bebida, fumada, en compañía de la serpiente de cascabel, y descuidando su cuello y espalda; que cuando la noche anterior estábamos juntos yo fui su muro de las lamentaciones, su masajista, su final feliz. En esos instantes de zozobra, absolutamente mamado, estaba cerca de perder el control. Marylin dormía.

 

–¿Qué hace esta zorra aquí?

 

–Pero Joaquín, ¿qué te pasa?

 

 

La zorra, por supuesto, era Cynthia, que bebía y fumaba a escasos metros de nosotros, en lo más parecido a una película dirigida por Pedro Almodóvar, donde el drama, casi siempre, supera al propio metraje de sus filmes. En esas, exijo que el peligro abandone la casa, que es cuando me entero que tras superar el bache mutuo se alojaba en la mansión de Marylin; pero que le quedaban sólo un par de días y que me fuera tranquilo que ya había encontrado piso donde mudarse. Pero claro, yo de allí no me iba sin mi pareja. Por lo que entré en un bucle violento-posesivo-alcohólico que tras una negativa de Flower –la enésima– a volverse a su casa conmigo –ojo al dato: fui a rescatarla con idea de que volviera a su hogar– trajo un crochet de izquierdas a su pierna ídem. Ira. Rabia. Creo que intenté dar a la mesa. Pero ya todo daba igual. Un pequeño moratón surgió de aquella agresión cuando yo no pego ni sellos y casi me rompo la mano, la cual rebotó contra su asiento –Debo aclarar que unas denuncias inventadas por malos tratos de hace ya más de una década casi me llevan al presidio. Que los que cuentan la verdad luego se suelen acostar más tranquilos­­–. Y ya puestos, aproveché la ola violenta-interpretativa para amenazar con lanzar una copa de vino a la cabeza de Cynthia. Recalco que ese hecho ni se produjo ni siquiera realmente se planteo en mi alcoholizada cabeza. Fue otro momento más del teatrillo en el que andaba metido y del que en vez de llevarme a Flower a su casa –la metáfora de un lago azul marino rodeados de orillas y vegetación­–, donde yo vivía hospedado para más inri, veía como se iban uniendo más y más personas a nuestra relación, cualquiera de ellas entre extrañas, perversas y vengativas. Luego el tiempo me dio la razón. Pero tampoco quiero adelantarles el final de estas memorias que comenzaron a escribirse cuando todos pensaban que yo no la tenía ni la tendría nunca. Me refiero a Flower.

 

Salí de aquella casa de los demonios nuevamente humillado, con Flower quedándose en la misma tras un nuevo numerito en plena vía pública, y marché hasta su apartamento de donde saqué las ropas y libros que había ido acumulando en las últimas semanas de montaña rusa. No dormí allí. Hubiera sido demasiado.

 

Ya en mi zulo, que olía a ropero viejo del escaso transito de personas y por tener siempre las ventanas cerradas, me puse a escribir algo dejándolo a los tres minutos. Luego intenté leer: creo que era ‘Cinco horas con Mario’, la insoportable novela de Miguel Delibes que creo que es el único libro que en el último lustro he sido incapaz de terminar. Porque la idea es buena; pero el resultado es pésimo. Así que no me quedó otra que ponerme a dormir. El vino y el altercado ayudaron a que consiguiera conciliar el sueño. Y la cantidad de crisis terminaron por convencerme de que aquella era solamente una más.

 

A la mañana siguiente me presenté en Trasañejo tras la clásica visita cordial al Mercado Central donde me avituallé de pescados salvajes, gambas de 20 centímetros, calamares y un buen surtido de verduras. Por lo que pueden apreciar, en ningún momento me sentí como el terrorista que tras decapitar a siete inocentes se va al siguiente pueblo donde en el primer bar invita a un par de rondas a los congregados. Nada más encender el ordenador, y cuando aún el aire acondicionado del restaurante no generaba suficiente frescor, saltó el dichoso sonidito de Skype, donde al abrir descubrí una ristra de mensajes de una Flower que pedía y exigía disculpas. Al unísono. El numerito de la noche anterior parecía que no iba a dejar poso definitivo. Aunque por supuesto, sí que lo hubo. Sólo hizo falta que el Grupo Tóxico analizara aquel error al que procuraron sacarle brillo. Marylin, que aparte de experta en genocidios –eso dice en público– también se consideraba entendida en maltrato del hombre hacia la mujer, prohibió a Flower quedar conmigo. O sea, nos teníamos que ver a escondidas. Al menos por unas semanas. Porque la vida siguió igual: Flower me volvió a dar las llaves de su casa por enésima vez, donde hacíamos el acto de manera inverosímil, y donde, a veces, también peleábamos de manera ardiente. Choque de trenes. Aunque yo siempre pensé que era un simple Regional Express comparado con ella.

 

Intentando convertir todo en una estadística, podría asegurar que dormíamos juntos cuatro días a la semana, si no cinco, que peleábamos un par de veces al día, casi siempre por medio del mensaje telefónico o Skype, y que todo eso había que aderezarlo con sexo en lugares públicos y privados, cambios de humor repentinos –en este caso casi siempre por su parte– y botellas descorchadas casi como pasos dados al andar, que contribuían a que nuestra estabilidad emocional-mental siempre andará cogida con alfileres. Más de una noche besé el moratón de su pierna izquierda. Ella se emocionaba. Un equipo de psicólogos seleccionados no hubieran dado con la tecla. Y entre tanto, Marylin llamaba a menudo y Cynthia lo hacía el triple de veces. “La soledad del yonqui”, me decía a mí mismo. “El egoísmo del depresivo”, continuaba. Y Flower, tan inteligente para otros temas, proseguía con su ayuda humanitaria a gentes que se levantaban más de 10.000 dólares al mes y que vivían en palacetes con los frigoríficos hasta las trancas de champagne y las trancas hasta el límite del pre-infarto.

 

 

 

Joaquín Campos, 14/05/14, Phnom Penh.