Divina de la Muerte

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Divina

 

Harto de sufrir y bajar escaleras…

De sudar langosta gorda (porque hay que comer al vapor)…

y controlar el peso justo con Primitivo…

 

Definitivamente el ejercicio en directo no es lo mío, así que me arrojo a los brazos del cirujano y que él obre el milagro. Porque la estética se impone, incluso en el más allá. Si no de qué iban las momias a estar tan secas ¡tratamientos de adelgazamiento! Como Cleopatra, que murió envendada ¡pero qué tipín! O como San Pedro, que se le representa siempre con túnica ¡porque sale de la sauna!

 

Pues decidido a retocarme me fui a Vodafone a que me hicieran la permanencia y de paso me corté un poco los puntos. Aunque uno va a operarse, tiene que llevar algo de serie. Es como tomar el sol antes de ir a la playa. Hay que demostrar actitud. Y muy importante es el aseo íntimo, que una vez al baño no hace daño.

 

“Vive deprisa, muere joven y deja un bonito cadáver” y aconsejado por una madre: «cámbiate de muda no vayas a tener un accidente». Imagínense una autopsia y que al desvestir al muerto empiezan a ver fajas reventonas, piernas celuleitosas y rabadillas peluseras. O peor aún, descubren tu cuerpo dentro de 500 años y los científicos de algún documental estilo ‘Vejestigios del siglo XXI’ empiezan a ver lo mal alimentados que estábamos, las enfermedades tan primarias que sufrimos o tratan de averiguar qué hacía una oveja enterrada con el difunto…

 

Si tuviera un título noveliario sería de suspense o de humor y si pudiera viejar me gustaría llegar a los 90 con buena salud. Mi madre siempre me regañaba por ser un optimista, no por ver el vaso medio lleno o medio vacío, sino por creer que podía beber directamente de la botella. También desde pequeño empecé a desarrollar el gusto por la música, ya que carezco de oído y tacto para tocar cualquier instrumento. Me confieso disléxico habitual, de los que van al cine a leer y devora los bocadillos de los cómics. Así que, bienavenidos a este viaje en blogo porque la realidad que nos rodea es diferente según el cristal con el que se mira, pero quizá, haciendo la vista gorda, podamos verla sin cristal. Por tanto, lo que nos queda es tomarnos la vida con mucho rumor, que la certeza absoluta nunca la vamos a tener e, iluminados por la lámpara del genio, veamos las coincidencias y las coinfusiones cotidianas. Que ustedes lo pacen bien.