Doble desembarco teatral polaco en Madrid: fascinación y fastidio

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Rescatamos el teatro de las sombras cuando nos deja sin palabras. O llenos de palabras que nos gustaría compartir con quienes no han estado con nosotros en ese instante fugaz de tiempo. Porque es una emoción tan genuina que se parece demasiado a una experiencia real. De hecho, es una experiencia real, que transcurre en un espacio determinado de tiempo y se desvanece a medida que se vive. Aunque no se trata de la vida, se parece mucho a la vida. Y ahí no estoy diciendo nada acerca del mérito que tiene que una obra de teatro (o una pintura) se parezca a la vida. Ese puede ser un gran demérito. Porque para la vida misma ya la tenemos a ella. Al arte le pedimos algo más. No en vano se trata de una estilización, de una lectura de la vida, de una interpretación, invención, recreación, impugnación de la vida.

Así ocurrió Ante la jubilación, de Thomas Bernhard, que en una habitación se escenificaban las vidas de tres hermanos (que podían ser perfectamente austriacos, perfectamente alemanes) encerrados en su teatrito de sombras. Duraba cuatro horas, pero podía haber durado más ese escenario recreado hasta el hiperrealismo, y sin embargo perfectamente irreal, como se encargaba lúcidamente de subrayar el perímetro rojo que marcaba la frontera entre el escenario y nosotros, entre el escenario y ellos. Cuarta pared no vulnerada, pero no por ello menos inquietante.

No me podía sustraer a la fascinación de las palabras destiladas como con lejía y humo por Thomas Bernard, a la puesta en escena de Krystian Lupa (que también firma la escenografía y la iluminación, que son parte cardinal de esta radiografía moral. Aunque no se puede dejar de subrayar el espacio sonoro de Roger Ábalos y los fantasmagóricos y reveladores audiovisuales de Lukasz Twarkowski), y tres actores en la cima de su arte y –en este caso– en su íntima depravación: Mercè Aránega (Vera), Pep Cruz (Rudolf) y Marta Argelat (Clara).

Es lógico que empezara a llover mientras avanzaba la función sobre los escombros de la humanidad y un atroz álbum familiar en el que la infancia, los eventos, los viajes… se entremezclaban con estampas del ascenso político y militar de Rudolf, su cercanía con Heinrich Himmler, fotos de su vida en el campo de concentración, e incluso de los cadáveres o de los precadáveres (“¡qué mal aspecto!”) de los judíos que iban a ser explotados hasta la extenuación, o gaseados, o después de haber sido gaseados.

De esta obra y de este montaje hay que seguir pensando y escribiendo hasta altas horas de la noche.

*   *    *

Tendría que volver con Krystian Lupa. Con el tiempo. Con el silencio. Con la apariencia de vida y sus mixtificaciones. Con el manejo de la luz y de la emoción. Con el como si. Tendría que pensar en qué hay que hacer para que los actores lo hagan así.

Pero no podrá ser esta noche. Ya no.

*   *    *

La verdad nos fascina mientras nos esquiva. Nos gustaría estar seguros, pero no nos fiamos. E interpretamos la realidad y los hechos a través de una lente teñida de prejuicios.

Lukasz Twarkowski y el Teatro Dramático Nacional de Lituania se plantean servirse de tres historias para mostrarnos cómo la imagen lo es todo, una idea recurrente en Lokis, que explica su confusión deliberada de planos, sonido estruendoso, luces estroboscópicas, la mezcla de ingenuidad y cinismo, ultravanguardia y arbitrariedad. Porque el resultado, pese al fervor y los aplausos del público que resistió a mi lado (estoico o hedonista, es difícil decirlo: no hice una encuesta), tras tres interminables horas más veinte minutos, no está a la altura de lo que se dice y como se quisiera decir: Lokis, de Prosper Merimée; el asesinato de Marie Trintignant a manos de su pareja, el cantante Bertrand Cantat, que la dejó herida de muerte al golpearla en un hotel de Vilna, y la historia del fotógrafo lituano Vitas Luckus, atormentado por el KGB, que mató a un amigo y se suicidó. Pero hay que leer sobre ello al margen de lo que ocurre en escena para hacerse una mínima idea cabal de ese mejunje.

¿Se adecúa el fondo a la forma, y viceversa? Twarkowski quiere huir de la causalidad precisa y también de la trama al uso. Aquí hay otras fuerzas contemporáneas y muy poderosas en juego. ¿Cómo se fabrican las imágenes de la gente, cómo se modifican, cómo se empotran para siempre?

Estos espectáculos internacionales vienen precedidos casi siempre de una fama que los hace circular por la pista de circo que es, también, el teatro contemporáneo. ¿Que no te gusten espectáculos tan supuestamente bendecidos de antemano por otros públicos y otros críticos supuestamente avezados te incapacita para disfrutar del teatro que rompe y rasga la escena, que va más allá, que te interpela con el vigor del rock, del vídeo roto, de los actores que llegan a un límite expresivo?

Empieza la obra de la manera más informal. Dirigiéndose el director, y sus principales colaboradores, y algunos de los actores, a nosotros, al público, en ruso, en inglés, en lituano, en polaco, con fragmentos traducidos, y fragmentos dejados al albur de la noche. Parece una forma desenfadada de plantear los grandes temas que Lokis plantea. ¡Ay…!

*   *    *

Estás completamente equivocado. Por supuesto que no necesitas tantas actividades culturales. El mismo sintagma es una aberración. El indicio de que esto no puede seguir así. Tienes que parar. Por tu propia salud mental. Ya basta. Ya es suficiente. Ya has visto suficiente. Ya has oído suficiente. Si quieres puedes seguir atiborrándote de periódicos. Todos los días. O una vez a la semana. Pero ¿de verdad necesitas aturdirte con las imágenes y los sonidos de Lokisese montaje vacuo, estridente y tan pretencioso de Lukasz Twarkowski? ¿Cómo es posible que grandes teatros nacionales se dejen fascinar por jóvenes tan osados y que en realidad no tienen nada que decir (o demasiado que decir al mismo tiempo en una sobrecarga de emociones, planos, palabras, imágenes, sonido: saturación onírica, emocional) hasta que aciertan con lo que tienen que decir?

Así andamos. Dando tumbos.

Mientras que en Ante la jubilación no tenemos nada más que a tres actores hablando, actuando, en un único espacio, milimetrado, como la luz, como la música, como las proyecciones, y es toda una impugnación del horror, de las convenciones sociales, de las apariencias, del doble lenguaje. Y todo lo que se puede hacer en el teatro está cuestionado ahí en una bandeja de hierro colado y palabras que queman el paladar y la retina.

He aquí mi hipótesis: Lukasz Twarkowski es mucho mejor cuando es contenido, cuando es dirigido, cuando es utilizado por su propio bien, sometido a unas directrices y a unas pautas, como hace Krystian Lupa. Cuando se le deja campar a sus anchas se emborracha, dilapida talento y dinero, se pone a desparramar, se gusta, se escucha y enreda y se enreda hasta desencadenar un bodrio hinchado hasta la saciedad como este intragable Lokis. No, gracias. Pero puede que esté estupendamente equivocado, porque solo he visto este Lokis fatigoso, y las fascinantes y espectrales imágenes que compuso para el montaje de Krystian Lupa sobre una obra devastadora de Thomas Bernhard (Ante la jubilación) que todavía me da vueltas en la cabeza. Esta

 

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