Doble, por favor

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Fotografía tomada por un amigo que se vino arriba

Acordamos volver a casa pronto, pero no volvimos pronto, tal y como esperábamos. Las mentiras constituyen un aliño magnífico para los fines de semana. «Una copa y nos vamos a casa; esta vez en serio, eh», nos decimos, y horas después, ya borrachos, reconocemos estar ante uno de esos momentos en los que, irremediablemente, tenemos que disfrutar de la vida hasta el final de la noche. Nada le viene tan bien a un viernes como una presunta prohibición.

Después de meses encerrados, salimos de casa con la idea de que retomábamos, por fin, nuestra doble vida: engordar durante los últimos dos días de la semana todo lo adelgazado durante los cinco anteriores. Al parecer, vivir empatando volverá a ser lo normal. Estuvimos cerca de confundir los sábados con los lunes, estuvimos cerca del abismo, pero la libertad —no sé si definitiva o provisional— nos ha sido finalmente concedida.

Aun así, las nuevas limitaciones y la certeza de que muchos desoyen las instrucciones gubernamentales obstaculizan la relajación total. «¿Es obligatorio llevar mascarilla por la calle?», me pregunto cada vez que salgo. Además, saludar desde lejos a los amigos con los que vas a cenar no ayuda a creer en la nueva normalidad; al principio, cuesta soltarse.

Pero entre las ganas y el alcohol, pronto volvimos a las conversaciones y al ánimo de siempre; entre pescado frito, algo de carne y ensaladilla rusa, retomamos la ligera nostalgia, los futuros posibles y los qué tal está no sé quién. En definitiva, nos olvidamos de la pandemia mundial por un rato. Comer con amigos constituye un paréntesis vital maravilloso; a veces estás tan a gusto que te da por mirar al cielo, y alguno incluso se pone creativo y fotografía lo que ve. Todos tenemos derecho a sentirnos artistas de vez en cuando.

Al día siguiente nunca se sabe muy bien de qué se habló, pero se sabe que se habló mucho, como si lo fueran a prohibir. ¿De qué hablaremos tanto cuando nos juntamos? El fin de semana pasado, al levantarme también sentí algo que me animó a pensar que, efectivamente, la vida estaba volviendo a parecerse a lo que era: los excesos provocaron que me levantara hinchado, como un ruso envenenado. Parece que la realidad nos ha dado un respiro: cruzar los dedos sirvió de algo.

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