Edipo en la hoguera de su destino

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¿Qué oscura llama anima el mito de Edipo para que haya pervivido por los siglos de los siglos instalado en algún lugar secreto de la conciencia universal? Sigmund Freud, que lo utilizó como una de las claves para fundamentar el famoso complejo que es uno de los conceptos primordiales y más conocidos de su teoría del psicoanálisis, señalaba que si esa tragedia nos conmueve hoy como lo hizo hace dos mil quinientos años es porque, por encima del conflicto entre el destino y la voluntad humana que palpita en su argumento, nos inquieta la naturaleza terrible de lo que revela, pues aborda algunos de los tabúes ancestrales inscritos en la conciencia colectiva de nuestra especie: el incesto y el asesinato del padre para ocupar su lugar jerárquico.

La tragedia de Edipo es probablemente el más claro ejemplo de cómo, desde aquellos antiguos textos, nos llega un escalofrío cardinal que nos explica y nos contiene, aunque hayan sido escritos hace veinticinco siglos. Sentimos que el latido de las viejas palabras, renovadas o reinterpretadas, nos incumbe porque están amasadas con el lenguaje del corazón y hoy vibramos con las mismas pasiones y las mismas incertidumbres que los seres humanos que las escucharon por primera vez.

Yocasta (Mina El Hammani) y Edipo (Alejo Sauras) en un momento de la función (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

La más antigua mención a Edipo de la que se tiene constancia se encuentra en la evocación de los muertos que aparece en un capítulo de La Odisea. El gran Sófocles es el dramaturgo de referencia cuando se menciona al aciago rey de Tebas, que también fue abordado teatralmente por Séneca y posteriormente, tras mantenerse vivo en la tradición oral europea, interesó a autores tan dispares como Corneille, John Dryden y Nathaniel Lee, Voltaire, Martínez de la Rosa, Hugo von Hofmannsthal, André Gide, Jean Cocteau… Además hay alguna aproximación narrativa y poética al héroe trágico, protagonista también de varias óperas y otras composiciones musicales, y de alguna película como Edipo Rey, dirigida por Pier Paolo Pasolini en 1967.

Creo que está fuera de toda duda que los clásicos alimentan las raíces del mundo en que vivimos, aunque no siempre sepamos reconocernos en el espejo de sus enseñanzas, tantas veces aterradoras. Paco Bezerra (Almería, 1978), una de las más destacadas y sólidas firmas de nuestro panorama teatral, se ha atrevido a asomarse a ese espejo tan sugestivo como pavoroso para acercarnos la vibración esencial de la tragedia desde una perspectiva contemporánea que nunca pierde de vista los moldes clásicos. Su hondo y hermoso texto es también inquietante por la tensión con la que se adentra en una maraña de enigmas cuya resolución abrirá las puertas a la desgracia y la devastación, pero también a la verdad profunda en la que el protagonista se encontrará por fin a sí mismo y resolverá su conflicto personal. 

Edipo entre las llamas de su destino (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

Este Edipo, que camina a través de las llamas, como subraya el subtítulo de la obra, nos habla de las ignoradas culpas familiares, la fuerza del destino y el imperio de las leyes. La ironía cruel de un fatum del que no puede escapar lo convierte en un héroe condenado al exilio y el sufrimiento. En línea con el modelo primigenio, busca una verdad que no quiere ver y que lo aniquilará, pues el conocimiento para el que los ojos físicos no le sirven produce dolor, pero el dolor también conduce a la sabiduría. Bezerra, que demuestra un gran dominio de la elipsis a la hora de exponer las líneas de un argumento sobradamente conocido, indaga en el peso que tiene el pasado en los males del presente y constata la soledad primordial del torpe ser humano, aplastado por el peso de fuerzas a las que es ajeno y condenado a repetir y expiar una y otra vez los mismos errores, pues una tragedia desencadena otra. Llevando la contraria a Sartre, viene a subrayar que el infierno no son los otros sino que permanece agazapado en la conciencia abisal de uno mismo.

Bezerra plantea una estructura circular que incide en lo dual, como queda claro al final de la función cuando, golpeado por la verdad desgarradora, Edipo constata: “…hay que aceptar que, a la par de horrible, la mayoría de las veces, la vida es atroz y perversa. Tan perversa que, en ocasiones, parece una broma de mal gusto. Y lo parece porque, un día, para nuestra sorpresa, descubrimos que no por ser inocentes dejamos de ser culpables; que no por ser víctimas dejamos de ser verdugos; y que no por ser la presa dejamos de ser el cazador. Sí, se puede ser la cara y, a la vez, también se puede ser la cruz de una misma moneda, y la prueba está aquí, la prueba soy yo. Yo, que, tras descubrir que soy el veneno, resulta que, también, soy el antídoto; yo, que, tras descubrir que soy la tormenta, resulta que, también, soy la calma; yo, que, tras descubrir que soy el problema… resulta que, también, soy la solución”. Una dualidad que inunda de sentido y vertebra una propuesta en la que resulta crucial el misterioso personaje oscuro con el rostro oculto tras un yelmo, que aparece al principio y al final, y vendría a ser la contrafigura pesadillesca del protagonista o su reflejo imaginado en ese envés de la vida que llamamos sueño.  

Entre lo vivido y lo soñado, Edipo se reencuentra consigo mismo (Foto: Jero Morales / Festival de Mérida)

Luis Luque, cómplice de Bezerra en multitud de aventuras escénicas, ha entendido muy bien el carácter de la obra y lo potencia en escenas tan potentes y bien resueltas, en el texto y en la puesta en escena, como la de la Esfinge. El director mueve estupendamente a los actores apoyándose en las pautas coreográficas de Sharon Fridman y logra que sobre el montaje se cierna una turbadora sensación de amenaza, a lo que contribuye decisivamente la inspirada partitura de Mariano Marín. Por poner una pega, comentaré un detalle pijotero que sin duda se resolverá con el rodaje de la función: creo que se deberían administrar mejor las pausas en los parlamentos de los intérpretes para colocar las oportunas cesuras en los pasajes donde lo indique la respiración del texto, algo necesario para que los diálogos resulten fluidos y no entrecortados como sucede en alguna ocasión. En ese plano interpretativo, el Edipo de Alejo Sauras va de menos a más y culmina en un final formidable que demuestra su talla como actor; magnífica la Yocasta de Mina El Hammani, tentadora Julia Rubio como cabeza visible de la Esfinge, y bien, en general, el resto del reparto con algún momento de calidad desigual. 

La magistral luz lunar de Gómez-Cornejo, capaz también de incendiar el escenario cuando procede, inunda de onírica consistencia el espectáculo, aliada con la bellísima, imponente y nada artificiosa escenografía de Monica Boromello, cargada de resonancias mediterráneas en un juego de contrastes entre el blanco y el azul que se prolonga en el vestuario de Almudena Rodríguez Huertas y en el gran trabajo videográfico de Bruno Praena. 

Título: Edipo. A través de las llamas. Autor: Paco Bezerra. Dirección. Luis Luque. Escenografía: Monica Boromello. Vestuario: Almudena Rodríguez Huertas. Iluminación: Juan Gómez-Cornejo. Música original: Mariano Marín. Videoescena: Bruno Praena. Coreografía: Sharon Fridman. Maestro de máscaras: Asier Tartás Landera. Coproducción: Festival de Mérida, Pentación y Teatro Español. Intérpretes: Alejo Sauras, Jonás Alonso, Julia Rubio, Mina El Hammani, Álvaro de Juan, Jiaying Li, Alejandro Linares y Andrés Picazo. 67º Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida. Teatro Romano de Mérida. Mérida (Badajoz). 11 de agosto de 2021.

 

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Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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