El águila bicéfala

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Muchos de los que se han opuesto a Vladimir Putin atreviéndose a cuestionar su modo de gobierno están muertos, presos o en el exilio. Otros muchos han perdido sus trabajos, han sufrido amenazas y han visto cómo su patrimonio desaparecía. Hablamos de periodistas, activistas de derechos humanos, abogados, empresarios -sobre todo, oligarcas, pero también empresarios con un pasado menos cuestionable- y burócratas de alto rango.

 

Es lo que trata de explicarnos, entre otras muchas cosas, la periodista rusa Masha Gessen en su libro sobre Vladimir Putin y su régimen titulado El hombre sin rostro (Debate, 2012): la alta mortalidad por causas no naturales que lleva afectando desde hace más de una década a los opositores políticos y económicos del régimen es el reflejo del carácter de Putin y una consecuencia estructural del régimen que ha logrado implantar.

 

El título del libro, El hombre sin rostro, hace referencia a lo difícil que resulta establecer con precisión quién es realmente Vladimir Putin: ¿el funcionario de la KGB que, según algunos testimonios recogidos por Gessen, se negaba a aceptar sobornos? ¿O el tipo al que se le calcula una fortuna personal de varios miles de millones de dólares? ¿ El presidente que intentó introducir reformas en sus primeros años de gobierno? ¿O el político frío y calculador que con inusitada rapidez ha convertido Rusia en una cleptocracia piramidal presidida por él a modo de emperador?

 

Gessen combina en su libro un intento por esbozar el perfil psicológico de Putin con el relato de algunas de las historias más ignominiosas de su gobierno. Para tratar de entender quién es realmente Putin, Gessen analiza su biografía menos conocida. Desde que Putin era un crío que ya soñaba con entrar en el KGB -cuando lo consiguió fue para dedicarse a un serie de tareas aburridas e insustanciales- hasta su ascenso a las más altas esferas de poder con Yeltsin, tras su paso por el ayuntamiento de San Petersburgo en aquellos caóticos primeros años noventa.

 

A la hora de describir las características del cada vez más autocrático régimen ruso,  Gessen nos explica las historias de algunos rusos que osaron oponerse a Putin y a su régimen y que ahora, como decíamos, están en muchos casos muertos, en la cárcel o en el exilio. Gessen  acusa a Putin de haber dado la orden para que se llevaran a cabo algunos de esos asesinatos políticos. En el plano colectivo, Gessen también le acusa de haber gestionado como un déspota insensible crisis como la de la escuela de Beslán o la toma del teatro Dubrovka de Moscú, acciones en las que las fuerzas de seguridad rusa causaron cientos de muertos. También de haber convertido en el Cáucaso en un inmenso cementerio, sin respeto alguno por los derechos humanos. En el libro se documentan también los indicios que señalan al FSB como el responsable de -por lo menos- algunos de los atentados que se sucedieron en el país durante la segunda mitad de 1999, y de los que se acusó a terroristas chechenos: aquellos atentados servirían en parte para justificar el inicio de la segunda campaña chechena.

 

El libro de Gessen es un catálogo político de los horrores: la crónica de cómo Rusia se ha convertido en un estado controlado por dirigentes mezcla de estadistas y vulgares mafiosos.

 

Resulta curiosa la precisión que realiza Gessen al hablar del régimen de Putin, al que suele calificarse de cleptocracia. Gessen aventura que Putin sufre en realidad de un mal más refinado que el del cleptómano: la «pleonexia», el deseo insaciable de hacerse con todo lo que por derecho pertenece a otros. Una precisión que Gessen completa con la siguiente afirmación sobre Putin: «La codidica no es su principal instinto; es simplemente un instinto al que nunca puede resistirse». Algo similar me explicaba hace unas semanas Luke Harding -el ex corresponsal en Moscú del diario The Guardian, expulsado de Rusia hace un año por sus artículos críticos con el régimen- en una entrevista a propósito de su libro Mafia State.

 

Antes de que El hombre sin rostro entrara en la imprenta, Gessen tuvo tiempo de añadir un epílogo en el que narra ciertamente emocionada las protestas que se vivieron en diciembre de 2011 tras las elecciones legislativas. Como ha declarado en una entrevista al hablar de ese despertar de una parte de la población rusa: “El régimen de Putin, como otros regímenes similares, es piramidal. Lo que los manifestantes opositores consiguen saliendo a las calles es desmantelar los estratos inferiores de esa pirámide. […] Pronto -muy pronto, en mi opinión- muchos otros ladrillos serán retirados también de la base de esa pirámide y la entera construcción se derrumbará”. Habrá que esperar para saber si confirma el optimismo de Gessen. De momento, el régimen está haciendo lo posible para evitar un cambio.