“El alma de Valle Inclán”: Divinas palabras

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La trayectoria de Rafael Álvarez “El Brujo” lo ha llevado a transitar con frecuencia por territorios hollados por pícaros y místicos, aunque, durante el reciente confinamiento a causa de la pandemia que nos aflige, se retiró en compañía de don Ramón del Valle-Inclán y se zambulló en Divinas palabras, obra cumbre del autor que en 1919 fue publicada como folletín en el diario liberal El Sol, en 1920 se editó como libro y en 1933 la estrenó en Madrid Margarita Xirgu. Un texto magistral que contiene arrebatadas ráfagas de esperpento sin serlo por entero pues, como señala la profesora de la Universidad de Illinois Leda Schiavo en su introducción a la pieza (Círculo de Lectores, 1990), en ella “se deslizan personajes incontaminados, pertenecientes a otro mundo imaginario: al mundo idealizado de las Sonatas o de Flor de santidad, por ejemplo”.

“Durante el confinamiento –escribe el actor y director en la presentación del montaje– me inspiró este hombre singular y de vida vibrante. Alivió mi melancolía y finalmente me curó de las drásticas circunstancias que estábamos viviendo. Viví con él la luminosa redención que confiere siempre a sus personajes. Y trabajé con el misterio sencillo de sus acotaciones en Divinas Palabras. Ellas han sido para mí las palabras de aquellos ciegos que contaban historias señalando en un puntero las imágenes de un telón. Aquí las tienen con algo de la máscara de su vida en este teatro del mundo”.

En el curso de su ramificado introito al espectáculo, El Brujo cita como las mejores dos biografías del autor: Valle-Inclán. El teatro de su vida –publicada en inglés en 1988 y en castellano en 1995– de Robert Lima, profesor emérito de español y literatura comparada en la Universidad Estatal de Pennsylvania, que ha estudiado muy en profundidad a Valle y también ha escrito sobre Borges y García Lorca; y Ramón del Valle-Inclán. Genial, antiguo y moderno (2016) de Joaquín del Valle-Inclán Alsina, nieto del escritor gallego. Aunque Lima cita que existen tres Valleinclanes: el hombre, el artista y la máscara, Álvarez dice que a él le bastan dos, el interno y el externo, y que ese Valle exterior, la imagen que proyectaba el eximio escritor y extravagante ciudadano en palabras del dictador Primo de Rivera, es su mejor creación, flor de leyendas inverosímiles, anécdotas inagotables e historias superlativas.

Imagen de El Brujo elegida para el cartel de su último espectáculo

Y a demostrarlo se lanza tras detenerse en detalles del entierro de don Ramón María, que tuvo lugar el 6 de enero de 1936 en el cementerio santiagués de Boisaca y en el que, como narra el gran bululú sobre el escenario, protagonizó un grotesco episodio el exaltado Modesto Pasín, que se lanzó sobre el ataúd para arrancar la cruz que lo remataba y acabó cayendo en la fosa, rompiendo la tapa del féretro y dejando al descubierto el cadáver. Quizás habría que indicar que esta tumultuosa y comentada escena del camposanto pertenece al ámbito de la floresta valleinclanesca y hay quien la tiene por incierta; el mismo Rafael Álvarez la pone en duda al asegurar que ningún periódico de la época registró el disparatado incidente parece que inventado en fecha posterior. Lo que sí está comprobado es que Pasín, pintor y escultor de filiación comunista que tenía entonces 32 años, fue fusilado por las tropas franquistas en diciembre del 36 y está también enterrado en Boisaca. Cosas de la vida; bueno, de la muerte.   

Pero volvamos al teatro propiamente dicho. El Brujo aprovecha las alusiones al cementerio para enlazar con el comienzo de Romance de lobos, cuando don Juan Manuel de Montenegro, a lomos de un caballo encabritado, se tropieza de noche con la Santa Compaña y pregunta: “¿Quién me habla? ¿Sois voces del otro mundo? ¿Sois almas en pena, o sois hijos de puta?”, y a partir de ahí se interna por un itinerario en el que, fiel a su arborescente estilo digresivo, trenza las claves de Divinas palabras y referencias de lo más diversas, desde asuntos de actualidad, punzadas políticas, o ironías sobre la pandemia.

Un espectáculo ciento por ciento “brujil”, sugestivo y brillante, que encantará a sus incondicionales, entre los que me encuentro, entretendrá y mucho a los neófitos, no defraudará a los devotos valleinclanescos y probablemente disgustará a quienes piensan que Rafael Álvarez manufactura siempre el mismo espectáculo. En sentido estricto y si no miráramos más allá, no les faltaría cierta razón, porque El Brujo es igual a sí mismo, pero también diferente en cada comparecencia. Sin apartarse del surco de su personal marchamo de encantador de audiencias, da lustre a las viejas formas del bululú, unos modos enraizados en las semillas atávicas de la actividad teatral que enlazan tanto con la peripecia nómada de los juglares como con las mañas cáusticas de los bufones.

Rafael Álvarez busca el alma de Valle-Inclán vestido con un frac blanco

Maestro de voz y gesto y vestido con un frac blanco, Álvarez da un curso sobre Valle-Inclán a través de la que el autor subtituló Tragicomedia de aldea. Dice, por ejemplo y tiene razón, que mucho de lo mejor de su escritura está en las acotaciones, esas maravillosas indicaciones que provocan sudores en los directores de escena sin imaginación y por eso se sostuvo durante bastante tiempo que el teatro del gallego era irrepresentable y estaba escrito para ser leído. En el terreno plástico, traza concomitancias esperpénticas entre Valle, Goya y El Bosco, habla asimismo de la vibración de la tragedia griega y de la huella de Shakespeare en la escritura teatral de Valle, y pasando de lo culto a la ironía a pie de calle, deja caer que la ministra de Igualdad, Irene Montero, suprimiría si pudiese frases como esta que el dramaturgo pone en boca de Marica del Reino: “¡Cuánta verdad que las mujeres somos hijas de la Serpiente!”. Pero también hace hincapié en que el autor se expresa a través de Mari-Gaila, la protagonista, mujer libre, atrevida, que desafía los corsés sociales y hace de su capa un sayo (del que se desprende cuando la refriega sentimental lo requiere).

En mi opinión, un trabajo de factura impecable de la cruz a la raya. Parco y bello escenográficamente como es marca de la casa; en esta ocasión, a cada lado del escenario hay situadas tres sillas de enea que parecen dispuestas para un recital flamenco y unas ristras de bombillas de colores, como de humilde verbena de pueblo, que van marcando la temperatura del recorrido. La iluminación de Miguel Ángel Camacho es soberbia, capaz de mimar la delicadeza de la luz lunar o las rojas reverberaciones de lo infernal. Y al volante de la música, el habitual e impagable Javier Alejano, que acota la acción alternativamente con un acordeón, un pandero y un violín. Una función para disfrutar.   

Título: El alma de Valle Inclán. Versión y dirección: Rafael Álvarez, El Brujo. Iluminación: Miguel Ángel Camacho. Vestuario: Gergonia E. Moustellier. Música original e interpretación musical: Javier Alejano. Producción: Hermina Pascual (Producciones El Brujo). Intérprete: Rafael Álvarez, El Brujo. Teatro Cofidis Alcázar. Madrid. 29 de agosto de 2020.

 

 

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Juan Ignacio García Garzón
Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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