El amor como coartada

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Tengo miedo de la pasión

Clarice Lispector, La pasión según G.H.

 

 

 

Este próximo mes de septiembre, la editorial Acantilado saca al mercado una nueva traducción de Chéri, la conocida novela de Colette. Obra que originariamente se publicó en 1920. Núria Petit traduce esta nueva versión del clásico de la escritora francesa.

 

La historia es sencilla y compleja a un tiempo. Como demuestra las diferencias existentes entre la novela de Colette y la adaptación cinematográfica que habría de hacer Stephen Frears en 2009, con Michelle Pfeiffer y Rupert Friend. El filme mucho más centralizado (como no podría ser de otra forma) en la sentenciosidad del diálogo y la certidumbre precisa de la trama.

 

Así, la narración de Colette es mucho más sutil, intimista y densa. Los sobreentendidos suceden ampliamente en los espacios interiores e importa menos el fastuoso decorado que, en la cinta de Frears, sirve además como retrato de época (y apunte irónico). Frears, digámoslo rápido, es mucho más superficial, plano y directo que la novela original. Hay además, varios temas de importante calado (el brillo producido por el amor, la percepción sensorial de la edad) que es imposible percibir en la cinta, dado que no hay un punto de vista subjetivo. Con todo, la película es meritoria y se deja ver.

En resumidas cuentas: hay mucha más vacilación, impulso y puntos de fuga (como le es propio a los sentimientos) en la novela, y más destino y regularidad mecánica en la película (como le es fisiológicamente propio al corazón).

 

La historia que nos cuenta Colette en Chéri es la del final de las demi monde y, por ende, de la belle époque. No exactamente cortesanas, sino más bien desclasificadas. Mujeres que viven al margen de la sociedad convencional de su tiempo y que, llegadas a una cierta edad, habiéndose satisfecho de la pasión para amasar enormes fortunas, están solas y con la sola compañía (social) de sus colegas.

 

Así, esta es la historia de dos eternas rivales: Léa de Lonval y Charlotte Peloux. Léa entonces (con 49 años), se hace cargo de la educación sentimental del hijo de Charlotte, Fred, a quien Léa llama amorosamente Chéri (19 años al comienzo de la novela). El aprendizaje dura 6 años (de 1912 a 1918) en los que Léa colma de caprichos y corre con todos los gastos del joven Chéri, hasta que la madre de este decide que es suficiente de vida licenciosa y, así, lo compromete con la hija de otra ilustre cortesana.

 

En este punto se produce una interesante inversión de papeles: Léa ha sido siempre la persona que saca beneficio de la situación, la misteriosa, quien utiliza el amor como coartada para el hedonismo y el lucro. Ahora, sin embargo, se da cuenta de que ha sido su joven amante –al decirle adiós- quien, en la relación, se ha comportado como una prostituta. En un momento, de hecho, Léa se lo reprocha, la cantidad de dinero que ella ha gastado en él (dándose la circunstancia de que él es bastante más rico que ella) y este le espeta: ¿Acaso no lo valgo?

 

El relato continúa con la huida de la ciudad de Léa (a Biarritz), dejando siempre entrever que se le ha largado con otro joven amante (y no solo para mantener intacto su orgullo sino, asimismo, para darle celos a Chéri) y la huida también de Chéri de su propio matrimonio, perdiéndose en la bohemia de las fiestas nocturnas parisinas y los brazos de otras mujeres. Hasta que ilusionada al saber que Chéri ya no está con su mujer, Léa vuelve a París.

 

Se produce un breve reencuentro entre Chéri y su mujer, que parece va a significar el final del tormento de Chéri (que no consigue olvidar a su amante), pero que es nada más que eso: una ilusión. Y es que, irremediablemente, Chéri regresa a los brazos de Léa, en lo que es el desenlace final de la trama: la toma de consciencia por parte de ambos personajes. Léa se da cuenta de que su oportunidad ya pasó (les separan demasiados años) y de que ha de dejar libre al chico. Y Chéri se da cuenta de que, al lado de Léa, acabaría siendo siempre un niño de 12 años.

 

Hay aquí un tema importante que merece ser destacado: la naturaleza filial –y hasta cierto punto incestuosa- de la relación entre Chéri y Léa. Y que se fundamenta en 2 razones: Charlotte Peloux, la madre de Chéri, nunca se ha ocupado (en términos de crianza, cuidado y afecto; no en el de proveer sustento) de su hijo, y Léa no tiene hijos. Así, Léa ejerce como la madre que nunca fue (ni podría ser ya) y Chéri se consigue a la madre cariñosa y que le colma de cuidados que nunca tuvo (diríamos que aquí la pasión del amor romántico, íntimo, claustrofóbico -pues hasta cierto punto es una relación clandestina-, pues, sublima el afecto del amor filial, aperturista y sincero).

 

La tragedia aquí, sin embargo, es que, aparte de este trasfondo, existe una realidad inescapable, y es que Léa se da cuenta de que, por vez primera el amor no es una coartada, sino que es amor verdadero. Le dice a Chéri “Qué tonta he sido al no comprender que eras mi amor, mi único amor, ese gran amor que sólo se vive una vez…”. A Léa no le quedan ya más oportunidades; sin embargo, a Cheri sí. De ahí el triste rugido penoso de la decadente desesperación que ha aceptar, finalmente, con resignación y silencio, Léa, en tanto que Cheri se marcha llenando «los pulmones de aire fresco, como un prófugo».

 

La idea del amor no ya como coartada, sino como una cárcel.

 

Esto tiene una segunda lectura y es la de si, en la visión de Colette es factible ese amor verdadero que aquí se nos presenta como imposible.

 

Quizá como para comprobarlo, la propia Colette, al poco de publicar Chéri, dejó a su segundo marido, Henry de Jouvenel, y se largó con su hijastro, de 17 años.

 

La literatura como un experimento previo a la vida, pero también como profecía autocumplida: Colette se volvió a casar, a los pocos años, una tercera vez.

*El libro se puede comenzar a leer aquí.

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