El año del pensamiento mágico

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Del mismo modo que los tejedores navajos dejaban un hilo suelto para que el alma del artesano no querada atrapada en la perfección de la pieza, quiero pensar que las imperfecciones y los errores de Jeannine Mestre en esta representación son una toma de tierra. Fallos que evitan la perfección que podría ser la muerte. Un precioso recordatorio de que es solo teatro. Y por eso tan extrañamente valioso. Quien lo probó, lo sabe.

 

El año del pensamiento mágico

 

Hay títulos que captan nuestra atención antes de que tengamos la menor idea de lo que esconden. El año del pensamiento mágico podría ser un osado ensayo de antropología cultural, una revisión de ciertas tendencias de la literatura latinoamericana en la segunda mitad del siglo XX, una novela llena de licencias poéticas, y hasta un libro de poemas. Lo que en principo lo hacía menos probable es que fuera una obra de teatro.

 

Y sin embargo en cuanto tuve noticia de que iba a ser llevado a las tablas en forma de monólogo sentí tal alegría que movilicé todos mis resortes para que se divulgara y tuviera al menos buena acogida, el beneficio de la duda para un público curioso que si no había leído el libro de mi admirada Joan Didion en primera instancia acabara desembocando en ella a través de una voz interpuesta. 

 

Cuando faltaban cinco minutos para que comenzara la representación en la Sala Margarita Xirgu (la sala pequeña) del Español éramos 17 espectadores. Pero antes de que se cerraran las puertas entraron de una tacada cinco mujeres y una pareja, y sumamos 24. Un inicio nada auspicioso. Y yo que pensaba que estaban llenando.

 

A Juan Pastor, el director, traductor y adaptador, amén de responsable del espacio escénico, y a Teresa Valentín-Gamazo, que firma el vestuario, les sedujo la representación que vieron en Londres. Encarnaba a la escritora la actriz Vanessa Redgrave.

 

El casting, la selección de actores, es un problema mayúsculo. Pese a la mitología, no todos puede interpretar todos los papeles. Aunque se esmeren, aunque su talento sea prodigioso.

 

Cuando supe que sería Jeannine Mestre quien haría el papel me agradó la elección. Pero ha sido un error. Y eso que desde el punto de vista físico, la edad, el acento, la presencia escénica parecían invitar a creer que era la actriz idónea. Pero no lo era.

 

Y sin embargo consigue que cuando caiga el telón imaginario (oscuro) muchos espectadores estemos embargados por la emoción. Y nos salten literalmente las lágrimas. Pero es a pesar de ella. Aunque también gracias a ella que lloramos.

 

Leyendo a Joan Didion en su lengua original nunca pensé que pudiera ser una persona antipática. Porque la voz que yo escuché de su forma de contemplar el mundo, su lucidez, su reconocimiento del autoengaño (es el caso de este pensamiento mágico), cómo relata la muerte súbita de John, su marido, y la enfermedad (y muerte: material, este último, incluido en el montaje) de Quintana, su hija, nunca pensé que tuviera esas inflexiones. Nunca pensé que la voz, la forma de mirar, de levantarse, de cambiar de tono… iban a resultarme tan ajenas. 

 

Cada lector se forma una película en su mente. Y ocurre aunque se trate de un ensayo. De una novela. De una obra de teatro.

 

Fue a pesar de Jeannine Mestre que acabé aceptando lo que su personaje tenía que decir. Pese a que su prosodia no solo no parecía castellana, sino a veces ni siquiera se entendía. ¿Era preciso demostrar su dominio de la lengua inglesa pronunciando los nombres y los términos anglosajones como una perfecta, y muy snob, WASP? Para eso mejor decir todo en inglés. Resulta extraño, doblemente falso (teniendo en cuenta la naturaleza conscientemente falsificadora del teatro) que leyera en español de la edición en inglés de Blue nights con la que se presenta en escena. No resulta verosímil. Evidencia la doble falsedad.

 

Una actriz avezada no puede cometer tantos errores. Sobre todo si no los integra en el personaje (como sí hacía, en este mismo espacio, Lolita Flores con Colometa). Porque aumenta el tamaño de la impostura. Te expulsa. Te rompe la suspensión de la incredulidad. Te chafa la identificación.

 

Y a pesar de eso, y del desagradable timbre, y del volumen de la voz en ocasiones, que llega casi a la estridencia, a la distorsión, con agudos que hieren como un berbiquí, al final, en los últimos veinte minutos, es como si hubiera aprendido a macerar la lengua, y con ella su personaje, con un canto rodado, y surgiera por fin armoniosa la voz de un cuerpo que ha terminado por acostumbrarse a la muerte de lo más querido, a la realidad, a la vida. Y puede por fin regalar los zapatos de ese marido porque sabe a ciencia cierta que ya nunca más los va a necesitar. Porque John no volverá. Como Quintana. Que tampoco volverá. ¿Es entonces la evolución natural del personaje, que de lo híspido, del desconcierto, del desequilibrio, que le rompe la voz, pasa a la serenidad? Es posible. Pero esa sutil lectura, en la que ahora reparo, ha de encontrar a un espectador extraordinario. Y no es mi caso. O no lo fue la noche del viernes.

 

Cuando, como su personaje, habla de la geología que cambia, pero permanece, y de la necesidad de dejar que los muertos se vayan río abajo, y de una pista de aterrizaje en medio de un maizal en Texas, en la que hizo escala la Cessna medicalizada (¿era una Cessna?) con la que volaba de regreso a Nueva York con su hija enferma, y se da cuenta de que su marido no va a volver nunca de la muerte, el teatro cumple su función clorofílica, su anagnórisis, y nos damos cuenta de que eso que nos ocurre esta tarde/noche de San Isidro en Madrid es irrepetible, algo que nos gustaría compartir con quienes más queremos, y que los seres queridos que han pasado por un trance semejante, o les está rondando la muerte, deberían estar sentados aquí, a nuestro lado, y con sus manos entre las nuestras.

 

Cuando conocimos a James Salter en un Starbucks de la calle 27 con Park Avenue South, casi esquina con nuestra casa en Manhattan, me dijo una frase que me sirvió para titular la entrevista que le hice para el Cultural de ABC a raíz de la publicación en España de su novela Años luz: «Puedes cambiar tu vida en este instante». A veces lo he recordado con una ligera variante: «Todo puede cambiar en un instante». Me sirve sin embargo para volver a Joan Didion, para hablar de la repentina muerte de John, su marido, en un apartamento de Nueva York, una tarde/noche en la que habían decidido cenar en casa, encender el fuego, y ella le estaba preparando su segundo whisky. En un instante, él se desplomó, y para ella comenzó su año del pensamiento mágico.

 

Acostumbrarse a vivir con lo irreversible de la muerte, y la ausencia de milagros, y de un sentido trascendente para todo esto, no debería asustarnos. Entiendo que muchos acudan a la religión para encontrar una suerte de consuelo. Un engaño para seguir viviendo. No es la mejor idea. Al menos, no para mí. Porque es ampararse en el pensamiento mágico. Explicable, pero un error.

 

El teatro nos permite experimentar emociones tan hondas y entender razonamientos complejos, y en ocasiones tan persuasivos, que esas funciones parecen depositarse en un espacio que tiene mucho que ver con el tiempo, y que yo llamo el lugar de la experiencia. A pesar de la imperfección de este montaje que la meritoria Guindalera ha llevado a la sala pequeña del Teatro Español, creo que las palabras de Joan Didion a través de la boca de Jeannine Mestre van a perdurar dentro de mí. Del mismo modo que los tejedores navajos dejaban un hilo suelto para que el alma del artesano no quedara atrapada en la perfección de la pieza, quiero pensar que las imperfecciones y los errores de Jeannine Mestre en esta representación son una toma de tierra. Fallos que evitan la perfección que podría ser la muerte. Un precioso recordatorio de que es solo teatro. Y por eso tan extrañamente valioso. Quien lo probó, lo sabe.