El arte de bordar a mano

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Mantelerías, sábanas, mantones de manila... toda una vida cosiendo para ganar “algo de dinero” y también “independencia”. Lleva quince años jubilada. El pasado 10 de mayo cumplió ochenta y uno, pero los años no son reflejo de su espíritu, aún joven y vivaz

Rosaura García García (Campaspero, Valladolid, 1935) pasó veintisiete años con una aguja y un bastidor como oficio. En realidad había comenzado mucho antes, en el colegio, cuando la costura era clase obligatoria. Ya entonces había manifestado un gran interés por enhebrar hilos. “Me relajaba”, dice con entusiasmo, como quien intenta convencer de algo que no resulta creíble para muchos. Lleva quince años jubilada. El pasado 10 de mayo cumplió ochenta y uno, pero los años no son reflejo de su espíritu, aún joven y vivaz.

 

Nació en una época convulsa, un año antes de que estallara la Guerra Civil. Al acabar la contienda Rosaura pudo ir al colegio, y a los catorce fue a un internado en Peñafiel –un pueblo a diecisiete kilómetros del suyo– para estudiar “cultura general”, y en el que también recibía clases de costura por las tardes. “En aquella época las mujeres no estudiábamos. Si una familia se lo podía permitir, solía enviar a estudiar a la universidad solo al mayor de los hermanos varones. Demasiada suerte tuve en poder hacer la enseñanza media”, cuenta. Al cumplir los dieciocho regresó al pueblo para ayudar en las tareas de la casa. “Trabajar no estaba bien visto, a no ser que realmente lo necesitaras. Coser era la única forma de ganar algo de dinero para mis caprichos. También de lograr algo de independencia”. Para muchas mujeres era el único oficio que podían hacer desde casa.

 

Empezó haciendo ajuares de novia, algún mantel y juego de cama para familiares, “pero nada por lo que cobrara un duro”. Cuando era joven todos los veranos ayudaba en su casa una mujer llamada Eulalia. Su marido, Faustino, trabajaba en el campo con el padre de Rosaura, Jesús, y durante la cosecha se necesitaban más manos. Cuando la pareja se hizo mayor y se trasladaron a Valladolid, Eulalia, a la que siempre se le había dado bien bordar, comenzó a trabajar para una tienda popular de Barcelona. Fue ella quien le introdujo en el mundo de la costura. Como sola no podía hacer frente a todos los encargos, delegó en Rosaura. Primero fue poco a poco, pero en 1973 empezó a trabajar oficialmente para la tienda. Entonces tenía treinta y ocho años.

 

Primero comenzó bordando mantelerías, cientos de ellas, y algunos juegos de camas, siempre siguiendo los mismos patrones. Desde Barcelona le enviaban modelos ya hechos. Ella copiaba los dibujos e ilustraciones sobre un papel vegetal. A continuación, hacía pequeños agujeros con una aguja sobre las líneas delineadas. Luego pasaba una piedra pómez sobre la parte posterior, para alisar y eliminar las virutas desprendidas por los huecos. Por último, derretía la parafina –una sustancia similar a la cera– sobre la que vertía unos polvos de color azul, y mojando una especie de almirez con la mezcla y con un poco de gasolina, se iba calcando el dibujo sobre la tela que se quería bordar.

 

Rosaura enseña algunos de los modelos que hizo durante está época. Tiene los ojos de un tono azul grisáceo, amarillo en el iris, que según la luz parecen violetas. Muestra una mantelería de “punto de lagartera” de color rosa y blanca, muy complicada de hacer si se borda sobre una superficie lisa, ya que se cose “sin dibujo, solo contando los hilos”. De una caja de cartón extrae otro mantel “de lazo” que según ella tuvo “mucho éxito” y en el que usaba hasta tres tipos de hilos: el de algodón, grueso y suave; el de perlé, brillante y trenzado; y el mouliné, conocido como “hilo de varias hebras”, porque contiene hasta seis. Algunos de los lazos y florituras incluyen simientes, unos “nuditos” que de lejos parecen pequeñas perlitas incrustadas en la tela. De otro armario trae un juego de sábanas de punto de cruz, un bordado que, a diferencia del resto, se ha puesto de moda en los últimos años, y en el que usaba un solo cabo de las seis hebras de un hilo.

 

Habla de remates de frivolité, de macramé, de vainica… palabras que los jóvenes no han escuchado nunca y que probablemente jamás oirán porque bordar a mano es una rareza hoy en día. “Nunca me ha gustado la máquina de coser”, expresa como si fuera lo más normal del mundo. “Los tiempos han cambiado. En un pueblo como este podría seguir recibiendo encargos de gente mayor. Pero lo cierto es que este oficio está en vías de extinción. La gente no tiene tiempo. Va con prisas y todo el mundo prefiere comprar rápido en tiendas de moda”. Se refiere a las marcas low cost, a todas las tiendas de multinacionales como Inditex. “Pero la artesanía se hace esperar”, señala.

 

Rosaura vive sola, no tiene hijos y tampoco ha estado casada. Es la tercera de una familia de cuatro hermanas. Elegante, siempre erguida, tiene porte de bailarina. Dice que se parece a su padre, del que recuerda que un día le entrevistó Miguel Delibes, cuando este viajaba por los pueblos de Castilla. “Las mujeres decían que no parecía un ‘hombre de campo’”, cuenta riendo. Si hay una palabra para definir a Rosaura es “independiente”. No se arrepiente de no haberse casado. “Vivo la soltería. La vivo porque me gusta”, expresa orgullosa con un cierto tono reivindicador.

 

Conforme Rosaura despliega las telas y enseña los detalles y sus métodos uno se da que cuenta de que bordar no era una mera salida para ella. “Me encontraba feliz”, asegura, a diferencia que en el campo. “Me ha tocado ir a trillar y segar alguna vez, pero no me gustaba. Lloraba y todo”, dice. Y era muy exigente con sus trabajos: “Si hacía una puntada mal, la tenía que deshacer”.

 

La casa en la que ha vivido siempre, donde nació ella, su padre y su abuelo, y que lleva más de 150 años en pie, se encuentra en una de las calles principales del pueblo vallisoletano de Campaspero. En un balcón de la segunda planta, acristalado, luminoso y acogedor, de apenas tres metros cuadrados, está el rincón donde Rosaura pasaba ocho horas al día bordando, acompañada siempre de su fiel amigo: la radio. Con la voz de Luis del Olmo de fondo: “el tiempo se me hacía corto”. También escuchaba novelas rusas y españolas narradas en Radio Nacional, así como el programa de Fernando Argenta de música clásica, que presentaba con Araceli González Campa.

 

Cubriendo una mesa hay un bordado blanco de crochet, más conocido como “de ganchillo” porque se cose con un instrumento que lleva tal nombre. A lo largo de la antigua casa, adornando muebles y espacios, también hay encajes de frivolité, de malla y de bolillos. Cada uno de ellos tiene diferentes métodos de bordados. El último se elabora con hilos que, enrollados a unas bobinas, se entretejen entre alfileres clavados al “mundillo”, un cojín sobre el que descansa al bordado, y que van formando el diseño.

 

Con el tiempo la tienda de Barcelona cerró y Eulalia también se jubiló, pero para entonces Rosaura ya era muy conocida y recibía encargos directamente. A comienzos de los noventa comenzó a bordar la obra de la que se siente más orgullosa: los mantones de manila. Aprendió por sí misma observando algunos modelos. “En la fiesta de las Águedas del 5 de febrero las mujeres sacaban los pañuelos. Pensé que algunas querrían tener uno”, cuenta. Y no se equivocó; le llovieron los encargos. “Venían clientas de Madrid y hasta de Andalucía, por el boca a boca”, dice.

 

Rosaura conserva cinco mantones que hizo para ella. Los extrae de unos rollos de cartón donde los mantiene envueltos para que no se arruguen, y los extiende sobre una cama. La tela de seda brilla con intensidad y su tacto es liso y suave. Los flores y sus ramas son de colores vivos: azules eléctricos, celestes, verdes esmeralda, violetas, rosas… Siempre de tejido blanco, ya que el fondo negro, como ella dice, “hace más daño a la vista”. Los hay de diferentes tamaños. Los más largos llegan a medir hasta cuatro metros, uno por cada lado, sin contar los flecos. Uno de ellos tiene bordado un pavo real con sus llamativas plumas extendidas. Otros dos son dicromáticos, de color beige y un blanco ligeramente plateado.

 

Para bordarlos utilizaba la misma técnica de calco, y después tan solo necesitaba una aguja, un bastidor y muchas horas de trabajo. Asegura que para los de mayor extensión tardaba más de dos meses en acabarlos. La mayoría de ellos están bordados con tres hebras del hilo mouliné. Los flecos se los enviaban desde Sevilla.

 

“Este es el revés”, dice señalando un lado que aparentemente es idéntico al otro. Si uno lo observa detenidamente apreciará que los “cordones”, nombre con el que se refiere a las finas ramas de las flores, de una forma apenas perceptible, son ligeramente más irregulares por detrás. “Las clientas apreciaban que se pudieran llevar de ambos lados”, afirma. En una época en la que soñar alto no estaba al alcance de todos, Rosaura reconoce que le hubiera gustado diseñar. “Yo no he sido una creadora. Quizás si hubiera ido a Barcelona, habría tenido un profesor…”.

 

En una libreta antigua, cuyas hojas empiezan a desprenderse, tiene apuntados los encargos de toda una vida. Alrededor de mil pedidos realizados durante veintiséis años. Aquí apuntaba los precios y, muchas veces, hasta las horas realizadas. El mantón más caro que cobró, ya al final de su carrera, fue de 240.000 pesetas, lo que hoy en día serían unos 1.442 euros. Al lado de la cifra aparecen anotadas un total de 251 horas trabajadas. Los primeros pañuelos que había vendido rondaban tan solo entre las 60.000 y 70.000 pesetas. Nunca cobró en euros, ya que los últimos meses antes de retirarse en mayo del año 2000 aún se podía pagar con la antigua moneda. Más tarde continuó bordando mantones por algún tiempo, pero solo para ella o familiares. “Seguían viniendo para encargarme, pero les decía a todas que no. En el pueblo se hubieran enfadado si les hacía solo a algunas”, afirma. Además, empezaba a no ver bien. Demasiado esfuerzo de la vista durante tantos años. Hoy vive dignamente con una pequeña pensión de poco más de 600 euros, feliz, conservando en su casa auténticas obras de arte que el tiempo dirá si aumentan su actual valor.

 

 

 

 

Cristina Veganzones (Torremolinos, 1993) es graduada de Periodismo por la Universidad Complutense y máster de ABC, periódico en el que ha trabajado. Para estar ocupada también se matriculó en Ciencias Políticas, carrera que estudia por placer. En Twitter: @c_veganzones

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Autor: Texto y fotos: Cristina Veganzones