El arte perdido del viaje

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Si escribo para encontrarme a mí mismo, para buscar mi naturaleza más íntima, viajo justo para lo contrario: para olvidarme de mí, para dejar de ser yo mismo por un rato. Esto no es ningún secreto, pero solo vale cuando uno viaja completamente solo y hacia lugares desconocidos donde, por supuesto, nadie te conoce tampoco.

Viajar solo te produce un sentimiento que mezcla la libertad suprema y la disolución del yo. Al volver del viaje, de regreso a tu hogar, dejas de ser “nadie” y vuelves a ser el de siempre, lo que significa, entre otras cosas, que las usuales obligaciones personales y los compromisos con los otros llueven sobre ti en cascada. En cierta forma, dejas de ser libre.

Javier Reverte. Suite italiana. “¿Es el último libro?”, Pensé cuando lo vi en una librería. Su último gran viaje, muy posiblemente, porque se publicó muy poco antes de su muerte, y él mismo ya dice nada más empezar: Los números no engañan y era consciente de que la vida se me iba escapando. Pero también de que el hecho de deambular por el mundo, cuando emprendes la marcha en solitario y guiado por alguna suerte de pasión, te hace recuperar un aroma de juventud perdida. (Sí, tranquilos, no voy a poner más citas de Reverte, o voy a intentar no poner más citas de Reverte, pero es imposible no empezar este artículo sobre el arte perdido de viajar sin hablar del alguien que ha hecho del viaje, y de contar el viaje, una obra maestra). Y, sin pretender faltar a mi promesa, tengo que añadir aquí una cita de Lawrence Durrell que recoge Reverte en su libro: “Vamos al extranjero para conocer caras nuevas en sitios desconocidos”. Solo eso. Simplemente eso. Caras nuevas en sitios desconocidos. Sin embargo, lograr eso es cada vez más difícil, porque cada vez hay menos caras nuevas en menos sitios desconocidos. Nuestros viajes se van reduciendo. Nuestras vidas se van reduciendo. Y si vamos de viaje, vamos con caras viejas a sitios viejos. O vamos con otras personas que son, en apariencia, como nosotros mismos.

¿Por qué digo esto? Un tío de mi mujer, ahora ya anciano, solía viajar por todo el mundo. Iba en viajes para turistas, de esos viajes que son todos igual y donde todos van con alguien, con sus amigos, con sus mujeres o novias, con su familia, pero él siempre iba solo, y siempre era el único que iba solo en el grupo. Lo que me pareció más curioso es que me contó que siempre acababa comiendo o cenando con la guía o el guía de turno, que normalmente era un nativo o nativa de la zona que hablaba castellano o ingles, en su defecto. Como todos los demás se sentaban en las mesas con sus acompañantes, él y la guía o el guía (aunque solía ser mujer) se sentaba juntos en una mesa y hablaban y se conocían mientras cenaban. Y yo me imaginé una de estas escenas… Estamos, por ejemplo, en China y hemos ido a ver unas famosas cuevas, pero somos un grupo de españoles que nos conocemos perfectamente porque somos amigos desde hace muchos años, y siempre vamos juntos a todas partes, y comemos todos juntos en la misma mesa y no tenemos contacto con la gente de la zona, ni siquiera sabemos nada de la guía que nos acompaña, que es un ser anónimo que mañana, en la siguiente excursión, será reemplazado por otra guía (ya digo que normalmente eran mujeres), de la que seguiremos sin saber nada. Y por otro lado, ahí tenemos a la guía y al tío de mi mujer, un occidental que viaja solo, metido en viaje de dos semanas con un grupo de occidentales dividido en diversos subgrupos de occidentales, haciendo todos las mismas fotos, casi hasta diciendo los mismos chistes, pero sin ningún contacto con la gente local, con la cultura local, más allá de lo elemental y lo tópico. ¿De qué hablarán ese occidental solitario y esa guía oriental mientras cenan y ven cenar a los demás? Están separados del grupo, una distancia más mental que física. Esa es la parte del viaje que me interesa. Puede que no hablen de nada en especial, pero al menos ese tío de mi mujer está viajando de otra manera, está viajando no solo para ver otras caras en sitios desconocidos, sino para conocer a esas otras personas, para saber algo de ellas (algo que no está en lo folletos turísticos), para conocer un mundo que no es el suyo, y que a veces es radicalmente distinto al suyo. Para eso es para lo que deberíamos viajar, no simplemente para repetir los mismos actos con la misma gente pero en un escenario diferente.

Pero viajar así cuesta, hay que hacer un gran esfuerzo. implica salir de tu zona de confort. Implica arriesgarse a que la aventura será mucho más incómoda o decepcionante o frustrante o aburrida o hasta peligrosa de lo que pensamos, de lo que nuestra pereza y nuestra prudencia nos tiene acostumbrados. Sí, con el tiempo nos hemos vuelto cada vez más perezosos, y cada vez más prudentes. Antes, de joven, podíamos subir una montaña o andar durante un día entero, ahora ya no hacemos esas locuras. Antes dormíamos en una tienda de campaña. Ahora si no es un buen hotel no nos movemos de casa. Supongo que el tiempo pasa y el tiempo pesa y que estas cosas son inevitables. Tengo que confesarlo: cada vez me cuesta más viajar. Y si esto me pasaba ya antes de la pandemia, ahora ya ni te cuento… Después de tanto tiempo metidos en nuestro relativamente cómodo y seguro hogar, ¿cómo volver a recuperar los hábitos del antiguo nomadismo?

Yo nunca he sido especialmente temerario, pero he hecho cosas que ahora no haría ni loco… Ir solo por las calles de Estambul, por la noche, en pleno toque de queda, y coger un taxi que pasa por la calle y pedirle que me lleve al hotel, fiándome por completo del conductor. Lo mismo que he andado también solo por Budapest a media noche, o he andado solo por Bruselas, cuando acababa de llegar a estas ciudades y no sabía bien por qué lugares debía ir y por que lugares no debía ir, y no he tenido miedo supongo que por el mismo motivo por el que, bien pensado, debería tener miedo: para mí todas las calles eran igual porque todas eran igual de desconocidas, y por tanto igual de peligrosas o de seguras. Hasta que empiezas a conocer la ciudad y ya vas sabiendo que hay lugares donde mejor no ir si no es bien acompañado por un nativo, o incluso que hay lugares donde mejor no ir de ninguna manera.

Como hay parques en los que uno no debería dormir, aunque en ese momento uno está tan cansado, que cualquier sitio es bueno para dormir un rato. Y al despertar resulta que tu mochila está a tu lado, donde tú la dejaste, y que nadie te ha robado nada, y los mendigos que te pedían cigarros hace unas horas y que te hablaban en un idioma que no conocías, y se reían y se reían y aceptan encantados la botella que les tendías, han desaparecido por completo, se han esfumado con la luz del día, pero tú estás bien, con lo poco que llevas de valor, con tu pasaporte, tu dinero en billetes de varios países, con tu cámara de fotos, y puedes ir a a la estación y subirte a otro tren. Y no piensas más en esa extraña noche, porque todas las noches de los viajes son extrañas, al menos mientras viajas en tren con una mochila, un mapa y ninguna prisa, ni ningún sitio en especial al que llegar, pero cien sitios maravillosos delante de ti, y un parque de Venecia o un parque de Montpellier o un parque de Dresde pueden ser mejores que el mejor hotel del mundo.

A veces el peligro era la misma naturaleza: como cuando anduve solo por los Pirineos, buscando una senda que se perdía entre la nieve, tratando de llegar al valle donde estaba la pista forestal que me tenía que llevar, a su vez, a la carretera que bajaba hacia Benasque, sabiendo bien que si no llegaba a tiempo me metería en la noche más oscura de mi vida, sin ninguna luz, caminando con dificultad entre la nieve, con el frío brutal de las montañas, y completamente desorientado. Y sin embargo en ningún momento dudé de que saldría al camino, y luego llegaría a la carretera y luego llegaría hasta la zona de acampada donde me esperaba mi tienda de campaña, mi saco de dormir, mi comida y mi agua, la seguridad del Campo Base, que era tal vez la diferencia entre vivir o morir… Y llegué. Y llegué tan bien que hasta hice autoestop y un hombre que bajaba desde los Llanos del Hospital me llevo en su coche los últimos kilómetros hasta la zona de acampada. Y allí me encontré a mis compañeros y nos contamos nuestras aventuras. Dos días antes nos había pillado una terrible tormenta, y la nieve te golpeaba en la cara como si fueran piedras lanzadas a una potencia increíble, y era imposible ver nada que estuviera a más de un metro de ti, y el viento te frenaba y te empujaba hacia el borde de la senda. Y no tuve miedo. No, en ese momento, la emoción de la aventura está por encima del miedo, pero el miedo llegó después, bastante después, cuando ya había vuelto a mi casa, cuando ya estaba en mi ciudad. Entonces empecé a tener miedo. Y el miedo no ha parado de crecer en todos estos años. Y cada vez viajo menos y mis viajes son menos intrépidos, más de “ir por casa”, más cómodos y meticulosamente organizados, menos caóticos y sorprendentes. Supongo que no soy el único al que le pasa esto… Y luego, encima, nos ha tocado la pandemia…

¿Quién viajará después de esto? ¿Viajaré yo? ¿Y cómo viajaré? Y otra pregunta, que es la peor de todas… ¿Para qué viajaré?

Lo más complicado de un viaje casi nunca es el viaje, sino las decisiones que lo preceden. O quizá sería mejor decir las indecisiones que el viajero padece hasta el momento de ponerse en marcha, y las dudas de todo tipo que lo asaltan y lo atormentan.

No, no he vuelto a citar a Reverte. Y no será por ganas, porque a Reverte habría que citarlo en cada párrafo. En este caso me he ido a la India en tren, o mejor dicho, estoy planeando un viaje a la India en tren, que es lo que cuenta Ignacio Carrión en su libro Vagón 14-24. Y tiene toda la razón… Lo peor del viaje es lo que pasa antes de salir de viaje. Y a veces las dudas y la angustia llega a ser tan fuerte, tan terrible, que hace que te rindas y no salgas de casa, que dejes la maleta sin hacer, que abandones toda esperanza de escapar.

Yo he dejado de hacer viajes porque no he podido enfrentarme a los preparativos, a su planificación, a la lenta y angustiosa espera, porque a veces uno no puede viajar cuando quiere, sino cuando puede, y se convierte en un coche de carreras colocado en la línea de salida, esperando y esperando a que le den la señal para empezar la carrera, y a veces la señal no llega, y uno espera y espera, y cada vez los días, las horas, los minutos, los segundos son más insoportables… Sí, yo he dejado de hacer viajes simplemente porque se retrasaron demasiado, y tuve tiempo de pensármelo dos veces, y tres veces, y cuatro veces, y si piensas demasiado en algo, dejas de verle cualquier sentido.

Lo más placentero del viaje es contarlo. Aunque solo fuera por eso, por contar un viaje que equivale a contar una vida entre paréntesis, solo por eso vale la pena el viaje y sus penalidades, incluido el esfuerzo que exige escribirlo con todos sus detalles, sin faltar a al verdad pero sin renunciar a la imaginación.

¿Lo más placentero del viaje no debería ser el viaje mismo? Vuelvo a citar a Ignacio Carrión. Él, como todo escritor, ha pervertido en viaje, convirtiéndolo en mera materia literaria. Pienso que tiene razón. Ya no puedo viajar si no es para contar el viaje. Ya no puedo viajar por el simple placer de viajar. He perdido la inocencia. Y la inocencia solo se puede perder una vez. Antes, por ejemplo, no viajaba para hacer fotos, sino hacia fotos al viajar. Hay una diferencia. Antes no viajaba para escribir un artículo. Ahora, si me voy de viaje, es porque tengo que escribir una artículo sobre lo que voy a ver, o sobre el viaje mismo. ¿Haría el esfuerzo de viajar si no tuviera en mente que el viaje debe ser productivo, y que su éxito o su fracaso dependerá del artículo o las fotos que me traiga de vuelta? He perdido el arte de viajar, el secreto del viaje, ese secreto que una vez perdido ya no se recupera jamás. Y ahora me pregunto, todos estos viajes que he estado planeando y planeando y planeando en estos meses de encierro obligatorio… ¿Los haré pronto? ¿Y para qué viajaré? ¿Seré como esos pobres yonkis que siempre quieren recuperar el placer perdido del primer chute? Eso nunca pasa, decía un personaje de una película que vi hace tiempo: Las invasiones bárbaras, que no iba de los bárbaros antiguos, sino de los bárbaros modernos, y del final de un mundo que es el final de un modo de vida, como suele pasar siempre. Ya lo decían Stefan Zweig y Josep Pla… Antes se viajaba de otra forma. Y eso, me temo, ya no volverá nunca.

 

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Nací en 1970 en Valencia. He vivido en Orihuela, Madrid, Bruselas, Alicante, Barcelona y Debrecen (Hungría). He escrito en muchas revistas, como: “Cuadernos del matemático”, “Hypérbole”, “Papel de Periódico”, “La Soga” , “Le Miau Noir”, “Circe”, “Kopek”, y “Jot Down” . También he ganado algunos premios, como “Miguel de Cervantes”, “Jaume Roig”, “Vila de Canals”, “Diputación de Castellón”, “Ciudad de Getafe”, “Cortes Valencianas”, “Marco Fabio Quintiliano”, “Dionisia García”, “Mariano Roldán” y “Villa de Cox”). He publicado novelas, libros de poesía, de relatos y de ensayo. También hago fotos.

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