El Balneario

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◆ Cuando se acerca un desastre, la gente se pone nerviosa. El Magistrado está tranquilo. En absoluto lo incomoda la guardia de corps que no le quita ojo de encima ni a él ni a los enemigos de la “República”, todavía libres y siempre al acecho. El Monarca ha envejecido y no tiene descendencia. Como preludio a lo que probablemente pasará en todo el país, un funcionario de un organismo situado en un territorio comparable al dominio más pequeño de la corona impuso allí su propia ley. Por El Balneario patrullan soldados armados. Hay menos veraneantes, aunque eso no significa que no sean bastantes, antes acudían en demasía.

El tiempo se ha vuelto inusitadamente riguroso: veranos frescos y lluviosos en exceso e inviernos gélidos y cada vez más largos; ya nada es como antes. Solo las aguas sulfurosas, siempre echando humo. Y el águila real blanca que vuela alrededor de El Balneario. Es un ave blanquecina. Tiene un siglo. Algunos habitantes dicen (y aportan testimonios orales transmitidos de generación en generación) que existe desde hace mil años. Es difícil creerlo, por más que ellos así lo afirmen ante los recién llegados. “¡El Balneario morirá con el águila, si es que eso sucede algún día!”.

Las gentes del lugar no lo pasan mal. Gracias a los forasteros que vienen a curarse todo tipo de enfermedades y, muy especialmente, a jugar a la ruleta y a apostar en las carreras de caballos. En El Balneario existe el único casino auténtico del país; hay también por ahí, a orillas del mar, algunos garitos pequeños. Hipódromo, solamente aquí. El Monarca no soporta los juegos de azar, las apuestas y el desenfreno: tan solo en la capital ha construido siete iglesias. El Balneario, por su voluntad, es el signo vivo del mal, necesita un ejemplo, pero cada vez son más los que no creen en la virtud y emprenden, para un día o un mes, el camino a El Balneario. Incluidos los cortesanos, más y más curiosos. “¡Cualquier día, hasta el rey se marchará allí!”, dicen las malas lenguas. El Magistrado hace años que lo espera: el estado está en quiebra y no puede aguantar sin el dinero que El Balneario suministra a la tesorería. Basta con tomar en cuenta la construcción de iglesias (varias decenas en todo el país) y el mantenimiento de pintores, músicos y astrólogos, cada vez más numerosos. Por no hablar de los uniformes de los oficiales, que abundan más que los soldados, las visitas de los dignatarios al extranjero, la recepción de todo tipo de embajadores o las obras de caridad. Y los errores administrativos.

Al otro lado de la montaña el dinero llega limpio: todo en este mundo nace del pecado. Si en lugar del Monarca hubiese un presidente, la comprensión de este ante las actividades del Magistrado, no siempre claras, probablemente sería la misma: nadie mata la gallina de los huevos de oro. El Magistrado se basa en la lógica del soberano y los habitantes de El Balneario, ni buenos ni malos, en la del Magistrado.

Una mañana de junio. El ave está en su lugar, signo de constancia. El sol, por fin, no quema mucho para alegría de los turistas que circulan arriba y abajo de la Calle Mayor. Las damas se abanican despacio, sus acompañantes cuentan cosas interesantes; los que fuman ahuyentan, de vez en cuando, el humo con la mano. No lejos, en un almacén, se sacrifican dos terneros para el Hotel; al otro lado de la calle, un viejo se está muriendo, solo e impotente; en otro tiempo fue el terror de El Balneario. En la terraza del Teatro, el Actor está preparando su gran representación, la última, y en el ayuntamiento se revisan las listas de impuestos. En realidad, el Teatro está cerrado por falta de fondos. Pero el Actor, hasta no hace mucho, ha­cía él solo tres representaciones semanales. ¡Un chalado! Y no es el único en El Balneario. Por ejemplo, el Filósofo se dedica, desde hace muchos años, únicamente a criar conejos. Quiere demostrar que el hombre nació bueno, pero que se volvió agresivo porque lo empujaron a ello. Razón por la cual alimenta a sus orejudos con yerba mezclada con carne picada. “¡Al final, harán pedazos a un perro!”, dice. Tampoco el Buscador de oro está en su sano juicio, pues lleva diez años por donde Cristo perdió el gorro y, salvo algunas pepitas del tamaño de una lenteja, aún no ha encontrado nada. En cuanto al Novelista o al Eremita, ¿qué podría decirse? ¿Y del Héroe? Quizá Darling esté más en sus cabales, pero ¿qué podemos esperar de una vieja bobalicona?

El magistrado. Los de aquí me odian. Soy lo opuesto a sus fracasos. Sé lo que quiero. Lo sé. Tan solo les he hecho bien. Incluso al Actor. El Novelista dice que solamente mal. Opinión de un plumífero obsesionado por la posteridad. Un cagatintas que sueña con seguir existiendo, después de la muerte, durante uno o dos siglos y con aturdir, hasta la obsesión, a no sé cuántas generaciones de niños con sus libros de paparruchas. Hay que instaurar el Orden, en parte lo he conseguido. Por eso me opuse siempre a las leyes que venían de arriba. A las montañas de papel, kilos, toneladas, si tenemos en cuenta las infinitas instrucciones y disposiciones complementarias. A la burocracia que vuelve tarumba a este pueblo ya de por sí bastante alelado. Redacto ordenanzas breves y claras. Al alcance del último de sus habitantes. Eficaces. Soy uno de los padres de la población. El Balneario tiene muchos padres. Solo padres. ¡Su madre es la patria! Un camelo de los patrioteros que se inventan toda clase de sintagmas para subyugar lugares y almas. Conciencias. Vidas. “¡Nuestra querida patria! ¡Nuestro querido reino!”. O “¡Nuestra querida república!”, si al frente de esta nación se hallara un presidente. Virtual tirano. A mí me consideran un déspota. Puede ser, pero he dado mucho. Por eso me quieren los habitantes, aunque algunas veces, desconcertados, querrían estrangularme. Construí el Hotel, reparé la Iglesia, la Escuela femenina, el Hospital. Soy copropietario del Hipódromo y, por encima de todo, constructor y dueño del Casino, la mina de oro de El Balneario. Ayudo a los tullidos y a los ciegos. Nunca a los holgazanes. Tengo a los descontentos en un puño; están escondidos y planean liquidarme por mano ajena porque tienen miedo. Corruptos. Todos están manchados con algo. Trabajan; bestias de carga que apenas si esperan arrancar un puñado de alfalfa del primer sembrado que encuentran para llevárselo a la boca. Eso les hace engordar: el hurto. Las raterías. Las rapacerías, porque no son capaces de dar un golpe por todo lo alto. Me atrevo a dejar el Banco sin vigilancia porque nadie lo va a atracar; tampoco aquí le roban a nadie la cartera del bolsillo. Solo piensan en tejemanejes que les permitan conservar su apariencia de personas decentes. Para tomarse la libertad de señalar con el dedo a otros. A mí. Al Alcalde o al Médico. Al Jefe de las Guardias Reunidas. A los comerciantes. O sea, a todos los que se esfuerzan día y noche para que El Balneario funcione bien, la mayoría miembros del Consejo…

Quiero imprimir un espíritu nuevo a estos lugares. Recibí una educación esmerada. Hablo tres idiomas. Me he leído bibliotecas enteras. He visitado metrópolis, grandes museos, catedrales… He asistido a espectáculos inolvidables. Aquí me juzga un actor ingenuo. ¡Detrás de la inocencia fermentan futuras vilezas! También Judas, Bruto y Hamlet (¡menudo hipócrita!) pasaron por la edad del candor: fueron niños buenos, unos mocosos que lloraban a lágrima viva cuando alguien mataba a una gallina. ¿Y qué salió de ellos? Está claro, el Actor es de la misma cuerda y lo único que persigue es minar la autoridad legítima. El mal de su bienhechor. El rey me desea lo mismo, pero no lo dice. Nadie apoya mejor que yo sus perjudiciales fantasmagorías. Significa que tengo poder y he de ejercerlo.

El actor. Dame fuerzas, Dios mío, para hacerlo. Para morir bebiendo la cicuta, como Sócrates. Un papel perfecto en mi última representación. Viejo e inútil, tengo que desaparecer. Siempre hubo algo que me fue adverso, una telaraña de acontecimientos, de fuerzas. Y, desde luego, mi carácter; incompatible conmigo mismo, me he preparado el fracaso desde hace mucho. Trato de transformarlo en un triunfo. Cuando llegué a El Balneario, en la primera representación me sacaron a hombros. Interpreté el papel de Mefistófeles, era joven. El público me encontró diabólico; creo que se trataba más bien de su inclinación a lo maléfico. Después de la función, me golpearon con flores al igual que, en otra ocasión, esas mismas manos me pegaron con bastones. Dos manifestaciones opuestas del desconcierto con que viven los de aquí. El signo de la confusión: no saben diferenciar al actor de su personaje. De una sublime banalidad. El arte de aturdir a un pueblo. El Magistrado se da cuenta de cómo están las cosas. Cada uno de nosotros tiene su escenario. No somos adversarios, no nos soportamos. Ya desde el principio, en las estrellas, se decidió que la tierra sería muy pequeña para que cupiésemos los dos al mismo tiempo. Y tampoco el Filósofo ni el Novelista se llevan bien, eso es por su culpa. Se creen demasiado importantes.

El novelista. ¿Qué se puede escribir sobre este sitio estúpido donde todo el mundo viene solamente a retozar mientras los del lugar no saben cómo complacerlos para, a cambio, vaciarles los bolsillos? Apesta a perfume, a bebida barata y a pedos. Si uno no se muere de joven, es casi imposible que no acabe siendo un tarambana. O que llegue a algo. Como el Actor. Como el Filósofo. Hace mucho que ya no publico, me llaman el Novelista en son de burla, pero sí que escribo. El Magistrado me propuso, a través de un propio, que redactase una crónica de El Balneario. Y de esta manera tener un dinero seguro, comer de verdad y vestir de verdad. ¡Que escribiese un bonito libro sobre su gobierno para la posteridad! No está en su sano juicio. Al Actor aún lo entiendo. ¡Se cree Ricardo III, IV, Hamlet! E incluso a Caravella, la única a la que, al fin y a la postre, cabalgarán todos los hombres de la urbe menos uno. Diríase que estos lograrán lo que no logró un escuadrón: ¡amansar a una yegua! En cuanto al Filósofo, las cosas son más complicadas, podría yo escribir siquiera un cuento. ¿Cómo voy a escribir bien del Magistrado, mi enemigo mortal? En cierta ocasión me compró tres manuscritos y los destruyó delante de mí. Los quemó. El primero se lo vendí porque yo estaba enfermo. Él tenía intenciones de abrir una editorial y mi propuesta le pareció interesante. Me pagó bien. El precio de diez libros. No podía creerlo. Le ofrecí dos libros más y, una noche, después de leerlos me llamó para que fuese a verlo a su casa. Me dijo que yo era un enemigo de El Balneario y también enemigo suyo, tras lo cual tiró los tres libros a la chimenea. Ardieron enseguida. Unas lenguas azules de lumbre se extendían hacia la mesa y la ventana, todo en medio de una nube de fuego, como si hubiese arrojado sobre las brasas alquitrán y azufre. Para sobrevivir, había intentado un pacto con el diablo; le ofrecí mis esfuerzos, pero no mi alma. Porque antes del desastre recibí una carta-orden en la que se me pedía que lo reescribiese todo, pues bien, me negué a cambiar siquiera una coma. “¡Lo escrito, escrito está!”, fue mi respuesta. Incluso Pilatos se mantuvo firme y rechazó una proposición parecida. ¡Yo no podía quedar por debajo de él! Tenía las hojas y las fichas, habría podido rehacer todos los manuscritos, pero la redacción inicial, letra por letra, no era capaz de repetirla. Se me habría escapado algo, habría añadido alguna palabra. Me habría implicado en una autocompilación. No moví un dedo para salvar mis papeles del fuego. Los mundos que había inventado. Que había vaticinado. Porque los había aniquilado mucho antes, con los Magistrados y todo, solamente con la punta de la pluma. No tuve ningún gesto incontrolado. Sentía cómo crecía, cómo alcanzaba mi auténtica dimensión. La del criminal perfecto. En lugar de la palabra que construía, potenciaba a la que mataba.

  • Estás mirando por la ventana de la habitación. Enfrente se extiende el bulevar. Hileras interminables de automóviles; columnas fragmentadas acá y acullá por los semáforos de los cruces. Si abres el tragaluz, te invaden el ruido y el humo. Te dejan sordo. Te sofocan. Eres el blanco al que hay que disparar. Enciendes la radio, el televisor, abres el periódico. Tan solo amenazas. Te felicitas por no tener teléfono. Estás escribiendo una novela. En El Balneario, gracias al Magistrado, has prohibido el automóvil y el aparato de radio. En la fecha en que situaste la acción no existía la televisión: habría sido la primera de la lista. La gente ve que su paraíso es un infierno y viceversa; contemplan en directo guerras, golpes de estado y revoluciones. Asesinatos. Ejecuciones. Arrellanados en la butaca. Tendidos en esterillas. Batiendo la mayonesa. Quitándose los piojos. Haciendo hijos.

Estás escribiendo una novela para librarte de tus obsesiones. Ni siquiera piensas en quién la publicará y menos aún en los lectores. Tampoco ellos piensan en ti cuando escribes. Eso si no es que tienes hambre o frío. Miedo. Asco. Ya no respetas a nadie. Ni nada. Has azuzado a los de El Balneario contra el Poder y, lo que es más grave, a unos contra otros. Tenías la posibilidad de escribir un libro limpio, la gente se ha hartado de porquerías. No, no se ha hartado, eso lo sabes. Se nutre de su propio sufrimiento. Del odio. Adora la abyección, aunque no lo reconozca. Husmea miasmas pestilentes. Seguro que no hay nadie que no desee conocer de primera mano el milagro que produce un pinchazo de heroína, pero pocos se atreven. Los buenos leen sobre la moral, el amor y la patria. Sobre la justicia. Son peligrosos, pueden equivocarse fácilmente. ¡Créales la imagen de un poder al que hay que odiar y la de un Artista borracho y chiflado! La de un Filósofo degenerado y un Eremita pecador. Ningún personaje positivo. En cierta medida, Darling. Porque es vieja, acusa fatiga y no es esencial en la novela. Y, un poquito, el Héroe, pero solamente por sus proezas pasadas, que tú ni siquiera citas: supones que se sobrentienden. Has perfilado un Novelista que solo vale para que lo lleven al paredón y un Magistrado paranoico. En un marco tal, Caravella solo puede ser una puta barata. Algún día te juzgarán…

◆En El Balneario, el carnaval dura nueve días. Empieza el segundo domingo de agosto. Los preparativos duran todo el año y en los últimos meses se intensifican; se preparan ropas nuevas, se ceban reses, faisanes de jaula y capones. Se escriben invitaciones, se dibujan cientos de carteles y se entretejen guirnaldas con flores tardías de montaña. Se confeccionan y pintan antifaces. La guarnición completa sus pertrechos de fuegos artificiales y reparan las sillas de los caballos; los trompetas les sacan brillo a sus instrumentos y la banda de música de las Guardias Reunidas, impresionante, interpreta constantemente valses y marchas triunfales. Se encalan los árboles. Se cierran contratos con circos ambulantes y aumentan las existencias de champaña, coñá blanco y licores.

También el Actor se prepara. Presentará en la plaza del Teatro la representación de El fracaso de Sócrates. Texto, dirección e interpretación. Seguro que saldrá con algún disparate, es su estilo. ¿Acaso en otros tiempos, en una función, cuando el Teatro existía de verdad, interpretando el papel de Hamlet, no hizo lo que hizo y, no obstante, acabó la historia en pie? En su versión, el príncipe, en lugar de morir, mató a estocada limpia a todos sus enemigos para a continuación soltar ante todo el público una ola de indignación:

“¿Es que no os alegráis de que me haya salvado? Esta noche han muerto muchos, culpables e inocentes. ¡Hamlet ha vencido a su destino! ¡Miradme! ¡Tocadme! ¡Golpeadme con los bastones! ¡Tiradme huevos podridos! ¡Matadme vosotros! ¡Asesinos! ¡Criminales! ¡Asesi…!”.

Entonces, salió vivo de milagro porque la gente enfurecida se abalanzó sobre él con idea de hacerlo trizas. Lo perdonaron, pero hicieron otras barrabasadas, casi todas las funciones en las que actuó acabaron en escándalo. Por su culpa cerraron el Teatro. El Consejo de El Balneario lo decidió, el Magistrado encontró la fórmula jurídica adecuada. Es el hombre de la Ley, no lo pueden acusar de haberle ajustado las cuentas, tal y como afirman desde entonces el Novelista y el Filósofo, menudos pendencieros, Dios sabrá de qué viven, porque no producen nada. Flacos y malos, un par de fantasmones, casi nadie los aguanta. Ni tampoco los tienen en cuenta, sobre todo en vísperas de la fiesta, cada vez más cercana. Todas las noches de carnaval, por iniciativa del Magistrado, se lanzan decenas de miles de luciérnagas. La última noche se tiran más que en las otras ocho juntas. Una nube incandescente. Por ello, hace siete años se montó una incubadora en la que, siguiendo un método descubierto por el mismísimo Magistrado, se crían todos los veranos más de dos millones de insectos-luz. Los gastos recaen sobre los moradores, porque ellos contemplarán a las luciérnagas en las noches-maravilla. Incluso se hacen listas para que acudan muchos (entra dentro de sus obligaciones ciudadanas), ya que un carnaval no es nada sin mirones. Su número ha de ser mayor que el de los intervinientes, que ya son bastantes: músicos, gimnastas, acróbatas y bailarines. Reinas de la belleza de treinta ciudades, atletas y magos, domadores de osos, jinetes, tragasables y yoguis. El Magistrado, cuarta persona en la jerarquía aparente de notables de El Balneario después del Alcalde, del Jefe de las Guardias Reunidas y del Comandante en jefe de la guarnición, quiere demostrar que, con toda seguridad, es el primero.

¡Ningún habitante pertenecerá a ningún partido! Eso dispuso en cierta ocasión el Consejo de Cofradías que, durante años, rigió los destinos de El Balneario. La autoridad que lo dispuso se disolvió; la aparición de hombres como el Magistrado, el Arquitecto (fallecido hace dos meses) o el Doctor, animados de nuevos ideales, aceleró su final. Así surgió el Consejo, órgano moderno de dirección que, no obstante, juzgó conveniente que toda la población siguiera observando la norma de abstenerse de la política. Conque, en las listas para las elecciones locales, los candidatos figuran como independientes. Los ganadores son siempre hombres del Magistrado quien, de esta manera, dispone de su propio Pequeño Gobierno. ¡Subsidiariamente, el número 4 dirige un partido inexistente! Los militantes no cotizan ni participan en las asambleas, sino que vigilan. Las estructuras simples son las más eficaces. En El Balneario, el trabajo funciona bien: la Tesorería General no recibe de ninguna parte mayores ingresos (en relación con el número de habitantes). El Rey lo sabe.

En carnaval, ha de quedar patente que El Balneario es un estado dentro del estado; vasallo, ciertamente, pero con un conjunto de libertades que nadie puede arrebatarle. Los cuatro Consejeros de la corona y los Consejeros gubernamentales, todos ellos invitados de honor, llegarán una vez más a la conclusión (que transmitirán a sus superiores) de que un país bien parcelado y administrado regionalmente es preferible a un reino unido y pobre. También el Monarca y el Primer Ministro concluirán que El Balneario representa un modelo interesante, una excepción que no puede convertirse en regla. Conclusión hábil que oscila entre el halago y la advertencia.

Cuando se hace de noche, la luna está al otro lado de la montaña. Las luciérnagas liberadas prorrumpen de forma caótica: relámpagos vivos y deslumbrantes. Pero no todas vuelan. Un sinfín, enjambres enteros, se posan en las personas, los objetos de alrededor, los árboles o los caballos de los oficiales. Hombres-luciérnaga, mujeres-luciérnaga, sillas y botellas-luciérnaga, el Magistrado-luciérnaga, ya que alguien se cuida siempre de que muchas se posen sobre él. Champaña-luciérnaga. Corceles de oro. Durante un cuarto de hora se apagan las luces en todo El Balneario; los espectadores encomian a grandes voces los extraordinarios insectos y la idea de semejante espectáculo.

Después, vuelve la luz y las luciérnagas palidecen, incluso se vuelven incómodas porque se meten en todas partes, caen en los alimentos preparados para el banquete nocturno. Unas personas especialmente encargadas para ello, se disponen a ahuyentarlas con gigantescos abanicos, a aplastarlas y barrerlas. Con un salabre grande y tupido podrían recuperarse millares de insectos y aprovecharlos la noche siguiente. Pero los organizadores saben que unas luciérnagas cansadas no brillarían tanto al otro día y les costaría volar, lo cual podría tener consecuencias negativas para el espectáculo. En la noche de despedida, todavía se cuidan menos: hasta que llegue el carnaval siguiente se criarán más, pues hay una preocupación permanente. Ya hay preparadas dos incubadoras. En una de ellas se tratará de reproducir en cautividad a las mariposas nocturnas.

El héroe. No puedo creerlo: ¡La patria se ha acordado de mí! ¡La patria! ¡Casi no puedo soportar esta palabra! He recibido por correo una medalla conmemorativa. ¡Como si yo comiera metal! En el Consejo, el Magistrado se opuso terminantemente a que me dieran un cargo. Cuando la matanza, me movilizaron en el acto. Jamás funcionó el Casino mejor. Llegaba el fin de mes, se jugaba con desesperación. “¿Qué clase de cargo?”. Gritaba como un poseso, se oía desde la calle. “Mañana querrá otro el Novelista. Y el Actor y el Filósofo. ¡Hasta Caravella pensará en uno! ¡El estado no tiene por qué favorecer a todos los pelagatos! ¡Ni a otros menesterosos! Si están en esa situación es porque no se han esforzado mucho. ¡Más valdría que el Filósofo se dedicase a criar conejos con otros fines y que el Actor sentara la cabeza en vez de estar todo el santo día canturreando a tontas y a locas! ¡Ahora resulta que tenemos también un Héroe! ¿Ya no ve bien? Puede ser, con esas cosas no se pueden gastar bromas. Pero hay muchos que no ven como debieran y no hacen caso de su defecto. Cuando veía con normalidad, ¿por qué no ahorró unas perrillas? Dirán que solo tiene un brazo y que le costará encontrar trabajo. Le ofrecieron un puesto de sacristán. Y dijo que él había tragado humo de azufre y no iba a tragar ahora de mecha y de incienso. ¿Y qué le gusta a él? ¡Quizá solo emborracharse el Día de la Victoria y escupir en la pared del ayuntamiento cada vez que pase por allí!”. ¡Eso es lo que hago, escupir en toda esta cloaca de mierda porque estaba a punto de reventar! Unos siete mil idiotas como yo luchamos durante meses para mantener el frente lo más lejos posible de El Balneario. De la caja de caudales del reino, porque no hay nada que funcione mejor en este país que los juegos de azar. Mientras nosotros moríamos como moscas, perdíamos brazos y piernas (e incluso la razón), os metíais en la mierda hasta el cuello. Aquí, en este culo pestilente, la ruleta siguió girando: la ametralladora, como la llamábamos nosotros. También aquí hubo duros combates; no es nada fácil jugar día y noche. Tampoco sentir una martingala. ¡Me tienen por héroe! ¡Qué imbéciles! Si permanecí en mi puesto fue porque no tenía adónde huir; cuando te tiran cañonazos, no se puede ser valiente. No hubo lucha, hubo una carnicería. Estaba convencido de que, si no mataba a nadie, saldría con vida. Perdí un brazo, señal de que, sin quererlo, herí a alguien. Me proclamaron Héroe porque, de los cuarenta hombres de El Balneario que participamos en la guerra, yo fui el único que volvió. Me agasajaron durante días seguidos. Me sirvieron todo el champaña que había: por eso me emborracho siempre el Día de la Victoria, en recuerdo de aquello. Una vez al año me llevan a hombros, en brazos, me lanzan al aire, me escurro y caigo al suelo; como una bandera que se enarbola en una fiesta, me menean, me besan y me arrojan al final del festejo. Soy un juguete…

  • ¡Has reducido al Héroe al silencio! En la construcción de la novela no es un personaje importante. Él luchó como supo y consumió sus energías. Volverás a sacarlo a colación solamente para pintar al Magistrado con negros colores. En cambio, quieres darle al Novelista una dimensión que esté a la altura del lugar (y del papel) que, en condiciones normales, ha de tener un escritor en una sociedad moderna. Porque estás insatisfecho con la categoría social que se reserva al escribidor. En realidad, como profesión, ni siquiera existe. El nomenclátor de oficios publicado en tu país no menciona el de escritor. Sí hay una mención: la de escritor de vagones; se trata de un individuo casi analfabeto al que contratan para que escriba con tiza en los convoyes ferroviarios letras y cifras, por regla general las mismas, para identificar luego las partes componentes. O sea, los vagones. Quizá las cosas estén así porque en este mundo no hay escuelas que les den a quienes se gradúan un certificado de poeta. ¡O de novelista! Una vez se intentó algo así y fue un fracaso. Conque, como desde el punto de vista de las necesidades del estado no existes, pensaste en hacer tu propio estado. Uno pequeño, fácil de controlar. Como eres un vanidoso, quisiste que fuese un estado dentro del estado. ¡Una república en un rei­no! Liderada por un tirano. Por un tirano iluminado. Que, en lugar de luchar contra el monarca, lo compra. No te gustan los países extensos, los imperios. El poder central pierde fuerza en relación con la distancia. Un espacio reducido se puede someter a una única voluntad. Gobernarás a través del Magistrado. Serás un opositor a través del Filósofo, del Actor, del Héroe, etcétera. Y asesino a través de…

Por el momento, no sabes quién matará al tirano. También morirán otros.

Si te aburres o crees que has escrito un número considerable de páginas, puedes lanzar por los aires a El Balneario. Encontrarás ocasión. O provocar una mortífera epidemia. Incurable y vergonzosa. Una especie de supersida. Algo por el estilo. Un final a medida de una comunidad sodomizada.

Pero el desarrollo de los acontecimientos no estará sujeto a tu voluntad. ¡Porque El Balneario no lo inventaste tú! No eres el Creador, sino el Escribidor. Reúnes los datos del campo informativo del planeta. ¡Acepta la idea y considérate muy afortunado! Te inscribes en frecuencias casi inaccesibles. Indetectables con aparatos corrientes; solo las percibe un puñado de elegidos. Coges y metes en la página señales destinadas solo a ti. Nadie en tu lugar puede escribir El Balneario. No te conviene: construyes la novela tú solo, no te la dicta nadie. Es una ilusión; si te dan el Nobel, que sepas que eso será tan solo la confirmación de que copiaste correctamente el manuscrito cósmico.

En tu historia, también el Novelista está escribiendo un libro… ¿Y si con él, en la realidad, gana el Goncourt?

El filósofo. Cada vez estoy más cansado. He basado parte mi vida en la convicción de poder convertirme en inmortal. Era joven; me veía la piel nítida, te­nía un pelo abundante y reluciente, los dientes intactos, esperaba incluso que me salieran algunos más, las muelas del juicio. Tenía paso ágil y vista de águila. Meditaba profundamente, convencido de ser una forma hiperconsciente de recorrer el espacio. El tiempo. Mi propio Padre, Hijo y Espíritu Santo. Así pues, ¿cómo iba a morir? Los hombres fenecían porque, educados en el espíritu de una existencia efímera, accionaban en su interior un mecanismo que anulaba la voluntad de vivir. ¡Mediante un inusitado esfuerzo psíquico, tenía que bloquear el sistema letal! Para ello estudié centenares de escritos bíblicos, tibetanos, hindúes, amerindios y esenios; hablé por los pueblos con una multitud de patriarcas, algunos en el poder; me interesé por los animales inmortales que se describen en los bestiarios. Todo ello para librar de la destrucción a un conglomerado de huesos, de músculos y de linfa. De vísceras. De piel. Fue mi periodo estúpido. El Novelista afirma que ahora estoy pasando por uno extraño. ¡Nada de eso! Crío mis conejos, bebo aguardiente de abeto y estoy empeñado en formular un modelo filosófico nuevo. Único. Aceptado por todos los mortales. Busco palabras que coloco en una sucesión lógica infalible. El Magistrado domina El Balneario a base de frases. Sus ordenanzas son obras maestras en la materia; latigazos perfectos. Claras. Breves. Convincentes. Penetran en la mente de las personas como si ellas mismas las hubiesen elaborado. Salvo el Actor, ¿se ha alzado alguna vez alguien de forma ostensible contra sus edictos? ¿O salvo el Novelista? ¿O yo mismo? Porque todos nosotros comprendemos la Orden también mediante las palabras, pero de otra manera; desorientados, la preparamos…

◆ Desde hace un tiempo se dice que, por lo visto, el Magistrado conoció muy bien a Caravella en otros tiempos. Antes de que ella se estableciese en El Balneario. Y que se comportó como un cerdo; los cuentistas lo ampliaron: dijeron hijo de perra. El Actor utiliza un término indecente. En resumidas cuentas:

Hace mucho, unos diez años, cuando Caravella contaba tan solo dieciocho y todo el mundo la llamaba por su nombre verdadero, el Magistrado, con ocasión de hallarse en una ciudad costera por razón de su cargo, fue novio suyo. Todo el Golfo conocía sus amores, parecían haber perdido el seso. Un verano alocado; insoportable porque, de lo contrario, el Magistrado no se habría ido sin avisar. Regresó en invierno, lo esperaban; unos meses después volvió a desaparecer. Había conocido a una condesa pianista. Duquesa. O algo por el estilo; tenía un “de” entre los apellidos. Y de nuevo el desaparecido volvió, pero todo había acabado. No logró acercarse ya a su amada ni con dinero, tal como hacían, desde tiempo atrás, los del puerto. En vano insistió y lloró; para la que después se llamaría Caravella ya no significaba nada, había demostrado ser un bribón.

Quizá sean habladurías. El Filósofo cree que no. Caravella, cuando alguien lo saca a colación, se ríe y elude el tema. Está un poco tristona, ha perdido parte de sus clientes; los salidos que no quieren estar a malas con el Magistrado. Solo uno no renunciaría a ella, aunque el mundo se pusiera del revés. El Eremita.

 

Este texto forma parte de El balneario (Staţiunea) que, con traducción de Joaquín Garrigós, acaba de publicar la editorial Verbum.

 

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Alexandru Ecovoiu (Bucarest, 1943) es un escritor que debutó tras la revolución del 89, pues nunca quiso poner su pluma al servicio del régimen comunista ni hacer concesiones, y es una de las figuras literarias que pisa con más fuerza en el mundo de las letras rumanas de hoy. Ha recibido los premios literarios más importantes del Rumanía (donde, por el momento, todavía se dan de acuerdo con la calidad literaria y no por razones de mercadotecnia), el de la Academia Rumana, el de la Asociación de Escritores Rumanos y el de la Unión de Escritores. Tres de sus libros se tradujeron al español: Los tres niños Mozart (AdamaRamada Ediciones), Saludos (Pre-Textos) y El orden (Ediciones del Subsuelo).

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