El bambú que quiso peinar al viento

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“El viento de Madrid mata a una vieja, pero no apaga un candil”, pronuncia con pleno convencimiento de causa el refranero madrileño. A la chita callando, una mala corriente de aire se llevó a más de un rey, sacerdote, o Grande de España, de los que residían en el viejo Alcázar de los Austrias. ¿Qué no haría ese pérfido viento del Guadarrama con los humildes o los vagabundos, que campasen por los páramos matritenses?

 

Cuando la pléyade de cañas de bambú quedó alzada en el aire, lució espléndida contra el cielo de la calle. Las ocho varas fueron amarradas cada una a un barrote con tres brazaletes de alambre y tres precintos de plástico. Reposaban directamente sobre el suelo de la terraza, para que el murete de la baranda hiciera de contrafuerte, frente a un más que probable envite del viento del oeste; o sea, el que procede del Atlántico.

 

El color marfil de las esbeltas cañas armonizaba a la perfección con el viejo amarillo Nápoles de los muros de la Huerta. La estrecha pared parecía continuar sobre ellas, formando una suerte de biombo o persiana, que otorgaba mayor intimidad a esta terraza llamada Huerta. 

 

Cuando una ballena estornuda en el Estrecho de Magallanes, (entre la Antártida y la Tierra de Fuego argentina), se resienten las paredes de bambú en las terrazas del Madrid de los Austrias. No fueron necesarios más de dos vendavales, para que la rigurosa fila de cañas, alineadas en paralelo hasta entonces, se convirtiera en este cañaveral borracho a punto de derrumbarse. Las cañas torcidas por el viento formaban entre sí extrañas equis y rombos. 

 

Tuvo Faba pesadillas con las dichosas varas. Su alto sentido de la responsabilidad le hacía soñar  con viandantes, que aparecían ante él con la cabeza trepanada por una caña de bambú gigante. Derribadas por el viento, las largas cañas debieron transmutarse -en plena caída- en mortíferas lanzas, que hicieron diana en la coronilla de un desafortunado paseante. 

 

“¡Voy a terminar como Ben-Hur, arruinándome la vida por una maldita caña, caída desde mi terraza! Si hubiera galeras en estos tiempos, seguro que terminaba en una de ellas”, pensaba entre paranoias, el Faba afligido por sus peores sueños.

 

La Huerta del Retiro se encuentra en pleno barrio de Quartel de Palacio. Su vecindad con el Palacio Real queda manifiesta tanto en su nombre, como en su relación neurótica con el viento atlántico. Afortunadamente, durante el tiempo que estuvieron en pie contra los huracanes, no cayó a la calle ninguna caña. Y sólo cuando fueron retiradas de primera línea de baranda, pudo Faba volver a dormir tranquilamente.