El cazador de arco iris

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Las auroras boreales de la Quinta de Santiago son tan irregulares como excepcionales. Se producen a plena luz del día, como reflexión de los rayos del sol sobre algún prisma óptico que encuentran a su paso. En este caso, el culpable pasivo de este fenómeno debió ser el bisel del viejo espejo, (que colgaba en el muro final de la Huerta), quien lo proyectaba en las paredes del interior de la Quinta.

 

A pesar de poseer unas raíces tan castizas, esta humilde criaturilla luminosa recuerda al logotipo de Windows, con su arco iris abanderado; y no deja de guardar cierto parentesco con el anuncio luminoso de Schewppes en el edificio Capitol de Callao.

 

Estos arcos iris domésticos sólo se producen algunos días aislados del año, y suelen repetirse durante varias jornadas. Por eso tienta cazarlos con una red fotográfica. Acontecen en luminosas mañanas de invierno, en torno a mediodía, y suelen durar unos minutos escasos. Se van estirando y diluyendo, hasta que terminan desapareciendo.

 

Atrapados en una cámara, estas criaturas con luz propia -aunque abstractas- pierden mucho de su misterio y encanto; sobre todo el factor sorpresa que les da tanta magia. Valga esta entrada como humilde testimonio de las diferentes huellas de sol, que pueden producirse en una casa orientada al Sur, a lo largo de todo un año.