El comandante desnudo

0
239

Internet nos permite hurgar no sólo en nuestro presente, sino además en el presente ajeno. Y no sólo gracias a ese patio de vecinas que es Facebook, (a Faba nunca le ha gustado mucho -o casi nada- frecuentarlo), sino a las numerosas páginas de Sitios Web en las que han podido referirse a esos nombres que compartieron nuestro pasado, a veces ardientemente.

 

Plantea Faba una pregunta que debe responderse con la máxima sinceridad cada lector a sí mismo:

       

       – ¿A quién ha tecleado primero en Google, cuando se le ha ocurrido perseguir el rastro de un antiguo conocido? ¿A sus compañeros/as de colegio?, ¿o, a los amores y los amantes perdidos?

 

Hay que decir que Faba en su búsqueda, se decantó por los primeros. ¿Qué sabrosos misterios guardará la infancia, para competir con tanta fuerza, contra la que reconocemos como la experiencia más gozosa de nuestra vida?: El Sexo. Volviendo a pronunciar un nombre y unos apellidos, se produce el sortilegio, y comienza a llenarse la boca de una saliva dulce y lujuriosa, que se va transformando por momentos en amargo acíbar, o en un veneno repugnante de fatales consecuencias, si no se escupe a tiempo.

 

Hay olvidos por erosión, y olvidos elegidos. Los amores culpables fueron apuñalados. No se les olvida, se elige no recordarlos, como se hace con los muertos más queridos. Sin embargo, los olvidos por erosión son inocentes, como lo son casi todos los niños. Merecen ser atendidos primero, por si se les puede recuperar, cuando hace ya tanto que se les dio por perdidos.

 

Comenzó a teclear los nombres de sus antiguos compañeros del instituto marino de su infancia, en la otra orilla del Mediterráneo. La oriunda Malta de Faba empezó a desplegarse tras todos sus compañeros localizados, como la carpa de un circo lo hace sobre sus acróbatas y trapecistas. Algunos de sus colegas habían regresado a la tierra madre tras sus estudios, y se habían reestablecido en la ciudad en la que compartieron la infancia.

 

        – ¡Guauau…!, exclamó Faba, oxigenado por la bocanada azul de África, que le estaban devolviendo estos virtuales reencuentros!

 

Al primero que tecleó, lo encontró convertido en dentista militar, en el mismo hospital donde el niño Faba inició un terrorífico idilio con la Odontología que aún no ha terminado. (De la misma forma que la gente podría resumir su vida en un puñado de canciones, Faba puede rememorar su pasado, gracias a todos los dentistas a los que ha visitado. Todos hombres, por cierto. Su último doctor bucal -y ya amigo- lo viene siendo desde hace más de dos décadas. Su consulta resulta para Faba, un idílico paraíso filantrópico, en medio de la feroz selva urbana.)

 

Pues si uno de los pocos amigos que no marchó a estudiar a la Academia de Infantería, terminó haciéndose médico militar, tras estudiar Medicina, ¿qué no sería de aquellos que eran hijos del Cuerpo o la Benemérita, y que ansiaban escalar jerarquías y mandos?, ¿ésos, hasta dónde habrían llegado?, preguntose Faba, intrigado.

 

Al segundo que fue a buscar tecleando su nombre completo, ya lo eligió una parte incontrolada del hemisferio derecho de su cerebro.

 

        – Taca Tín Tetín Tintirinín, (sonó cacofónicamente aquel nombre largo y creciente en el lenguaje musical que pronuncian las teclas al ser golpeadas.)

        – ¡Guauuuu!

        – ¡Cuántas páginas!

        – Militar. ¡Sí señor!, y de altos vuelos.

        – ¡Qué arriba ha llegado!

        – «Y lo que le rondará, morena».

        – Vestido de uniforme, y a pesar de esas arrugas, el pelo cano, y las entradas, sigue siendo apuesto. ¡Vaya, vaya!

 

Resulta vertiginoso reencontrarse con una persona a la que no se ha visto en los últimos 30 años. La última vez era un bonito muchacho y ahora está comenzando a hacerse viejo. Toda una juventud, por medio, desperdiciada.

 

Comenzó a ver sus fotos en la prensa, cuando juró como Gobernador Militar del archipiélago. Dentro del Ejército había escalado en el Estado Mayor, y a la par había participado como Mando en campañas de primera línea, en Bosnia y Afganistán, en los Cuerpos de Operaciones Especiales. Pura élite castrense. Toda una señora carrera.

 

Viéndolo de perfil ante unos micrófonos, con un faja azul y una banda blanca, vestido de gala y cargadito de medallas, el día que juraba su cargo, la mente gozosa de Faba comenzó a vislumbrarlo treinta años antes, saliendo desnudo de una ducha sin puerta, en el gimnasio de aquel soleado instituto de Malta. Estaba lavándose las manos, cuando descubrió a aquel atleta tranquilo caminando completamente desnudo por el vestuario. La sensación le resultó tan extraña y agradable, (nunca se había llevado demasiado bien con el tal compañero), que siguió lavándose con parsimonia, decidido a no abandonar aquella estancia mágica, mientras durara tan voluptuosa calma.

 

La juventud poseía a aquel cuerpo glorioso, para manifestarse; y el ojo mirífico del joven Faba estaba allí para detectarlo con clarividencia, como el que reconoce la presencia de Dios, (la Belleza), o la de alguno de sus radiantes Arcángeles. Era el primer hombre desnudo que contemplaba en su vida.

 

Todos se habían ido a clase hacía rato. Faba, rezagado, no oía más que la música del agua cayendo en sus palmas, mientras aquel deportista griego se secaba en lenta danza con su toalla blanca. Hasta que no se la anudó definitivamente a la cintura, ocultando los frutos de su cuerpo de argonauta, no desclavó del suelo sus pies el aprendiz de espía que ya era por entonces el joven Faba. Aunque llegaba tardísimo a clase, iba contento, le había sido revelada, por primera vez, la vida secreta de las estatuas. La desnudez regalada y el derecho a contemplarla, convirtió aquel episodio en el primer encuentro erótico de Faba.