El comunista Barack Obama

0
238

 

«Acuérdate de lo que te digo, hijo. Todas las personas que te encuentres en la vida y que te digan que son de derechas, son unos hijos de puta».

 

 

Esas fueron las palabras –creo recordarlas casi iguales después de casi 21 años– con las que un ciudadano español, compañero de asiento en un bus de Flota Barrios camino a Santiago de Chile, me dio mi primera lección de política internacional. Era mi primer viaje solo, fuera del Perú. Cuando le dije mi nacionalidad, el hombre me resumió en tres ideas, lo que para él representaba a mi país: «Sendero Luminoso, Alberto Fujimori, el cólera».

 

 

He ido por muchos caminos, y si bien recuerdo el énfasis con que este compañero de ruta atacaba a las derechas me ha tocado ver mi cuota de desastres en las izquierdas.

 

Hace unos días, en The New Yorker, publicaban una sátira contra los billonarios. ¿Por qué burlarse y etiquetarlos –con mofa– como billonarios? He leído algunos artículos en The Nation y en El Diario La Prensa, que pretenden asumir la posición demócrata, desde una izquierda que pareciera ser renegada y vengativa. Esas posiciones también me resultan incómodas.

 

Desear que todos tengamos igualdad de oportunidades económicas; desear que el estado intervenga más  para evitar el abuso del que tiene dinero, para dotar a todos de mejores servicios de salud y educación; tal vez me ponga más a la izquierda que a la derecha, pero no podría etiquetarme con un color o colocarme en una esquina; menos aún apropiarme del símbolo de un partido.

 

 

En Audacity of Hope, el segundo libro publicado por el entonces senador Barack Obama, el hoy presidente hace una precisa reconstrucción de las divisiones que impiden la conversación entre republicanos y demócratas, entre conservadores y liberales. Hijo de una madre liberal que fue producto de los años 60s, pero nieto de unos abuelos demócratas pero conservadores hasta el punto de haber votado por Nixon (hecho que su hija jamás les perdonó), Obama cree entender que dentro de las divisiones entre una y otra posición política el ciudadano promedio de los Estados Unidos lo que añora es un país con cierto orden y estabilidad, con ciertas reglas que les permitan pisar seguros y presagiar el destino del país. Este orden se resquebrajó después de la intervención en Vietnam, cuando los jóvenes gritaron que no iban a pelear más guerras por otros, y la contracultura empezó a reclamar derechos para los grupos que hasta entonces habían permanecido más o menos en silencio, respetuosos del status quo: los gays, los latinos, los negros, los defensores del aborto, entre otros.

 

 

En un viaje por el estado de Illinois, que puede ser muy demócrata en Chicago pero bastante republicano en las zonas rurales, Obama creyó haber visto las imágenes de su madre y de sus abuelos, de los vecinos con los cuales creció. Gente que solo quiere paz para trabajar y un estado que les permita saber que si algo les sucede, si la tragedia golpea, no estarán desamparados.

 

 

La prosa de Obama es simple, sin adornos. Sin embargo, siempre mantiene un ritmo entusiasta, tan convincente como sus discursos. Describe sus primeros encuentros con los votantes, su primera visita a George W. Bush, la primera jornada de votación en el Congreso, con una vívida descripción de la Casa Blanca y del Capitolio, con el interior de las carpetas de los asientos garabateadas con los nombres de los senadores que antes se sentaron en ellas.

 

 

Obama describe el estilo político usado por republicanos y demócratas como un torneo pugilístico a lo «todo vale», donde no es importante encontrar o trabajar hacia el encuentro de concordancias, sino demoler al adversario. Aprovechar sus flaquezas –y algunas veces su ingenuidad y buenas intenciones– para destrozarlo y ganar puntos para su partido.

 

 

Es un libro muy bien escrito. No sólo una guía para su plan político –y ya vemos hoy lo difícil que le ha resultado conseguir buena voluntad de un congreso que desde el primer momento manifestó que «su único objetivo era que Obama no fuera reelegido presidente en 2012″–, sino también un testimonio de esperanza, un proyecto para quien quiera construir una carrera en política.

 

 

Obama describe en este libro las estrategias de desprestigio usadas contra otras iniciativas o candidatos demócratas, las mismas que utilizó la maquinaria republicana –entre 2008 y 2012–, desesperada por demoler su imagen. Menciona los comentarios de demócratas escandalizados por la bajeza de los insultos inferidos en programas conservadores (Rush Limbaugh, Sean Hannity, Marc Levin), y también su réplica, casi convencido de que estos individuos en control de los espacios ultra conservadores dicen lo que dicen no porque lo sientan ni estén convencidos de sus argumentos, sino para aumentar su sintonía y vender más ejemplares de sus libros.

 

 

Todo consiste en escuchar. Hay que estar dispuesto a aceptar que no todos tenemos las mismas prioridades: «No va a poder una conversación –dice Obama– hasta que algunos liberales no acepten que, para ciertos conservadores, disparar sus escopetas les provoca exactamente el mismo placer que a ellos les provoca poseer una pequeña biblioteca».

 

 

Sin haber aún terminado su libro, lo que me queda muy claro es que el presidente de los Estados Unidos es un hombre que no sólo está muy bien preparado para el cargo que ostenta, sino que también sigue creyendo en lo que lo atrajo a la política: crear oportunidades para todos, apoyar desde el gobierno a quienes lo necesitan, defender la libertad económica y religiosa del individuo, pero oponiéndose con toda su alma a que siga siendo la clase media trabajadora –y no la pequeña clase privilegiada– quien pague con sacrificios una deuda fenomenal, adquirida tras el desmanejo económico y las aventuras bélicas promovidas por el gobierno de George W. Bush.

 

 

Obama no es un comunista. Él cree en la mínima intervención del estado. Pero no estará jamás del lado de una minoría de ciudadanos pudientes, si se trata de sacrificar los privilegios ganados y las victorias políticas de la clase media, la clase trabajadora y las minorías.

 

 

Allí, en esa posición, también estoy yo.