El corredor: El entrenamiento matutino

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Los velocistas y los saltadores no tenían nada que ver con ellos. Su arte giraba en torno a un único instante explosivo durante el cual todo se ganaba o se perdía. Quizá eran los descendientes espirituales de las tropas de asalto que se abrían paso en las trincheras

En el tercer piso de Doobey Hall se hallaba la habitación en la que Dick Doobey había dormido de niño. Ahora, en la maltrecha puerta de roble había dos fichas de tres por cinco cuidadosamente clavadas con chinchetas, una sobre la otra.

 

La primera decía en caracteres de una máquina de escribir Smith Corona:

 

Si puedes emplear el inexorable minuto

recorriendo una distancia que valga los sesenta segundos,

tuya es la Tierra y todo lo que hay en ella,

y lo que es más, serás un hombre, hijo mío.

 

—Rudyard Kipling, 1892

 

En la otra ficha ponía:

 

Rudyard Kipling corría una milla en 4:30.

 

—Quenton Cassidy, 1969

 

Se aproximaba el amanecer, y dentro de la habitación, el mismísimo Quenton Cassidy en persona dormía a intervalos irregulares envuelto en la esfera húmeda de sus peores miedos. Hay que reconocer que sus pesadillas no estaban exentas de cierta gracia. Una vez tras otra soñaba con el mismo tema, ya viejo y conocido: estaba en la última vuelta de una carrera y no había ni un solo corredor que no le estuviera dando una tremenda paliza. Él corría embadurnado de crema de cacahuete hasta la cintura y todos los demás lo adelantaban deslizándose a su lado con total facilidad. Trataba de usar las manos para agarrarse a algo que le permitiera impulsarse hacia delante, pero no servía de nada. ¿Qué era lo que iba mal? ¿Su entrenamiento no era el adecuado? ¿Dónde estaba su potencia?

 

Afortunadamente, se despertó. Lo hizo antes de que sonara la alarma, empapado en sudor de lo inquieto que estaba, pero enseguida se olvidó del sueño. Se sentó en el borde de la cama y comenzó a mover los dedos de los pies pensativamente, dejando que las telarañas de la ansiedad se desvanecieran en su cabeza llena de greñas. En el mundo consciente, vivía centrado en cuerpo y alma en la acción de cubrir distancias rápidamente a pie, una actividad en la que a decir verdad no tenía rival, salvo una docena de personas dispersas por todo el país, por el mundo incluso, que también se despertaban de la misma clase de sueños perturbadores. Quenton Cassidy conocía el nombre y el apellido de todos ellos.

 

Enfundado tan solo en los ligerísimos pantalones cortos de nailon que utilizaba para dormir, se acercó rígido y sin prisa hasta la ventana iluminada por la luz del amanecer y se quedó un momento allí de pie disfrutando aún medio dormido del pálido resplandor amarillo anaranjado que bañaba los robles americanos al otro lado de la ventana. La brisa ligera era lo bastante fría como para ponerle la piel de gallina. Aquel asunto de tener que madrugar le gustaba más bien poco, pero la idea de no hacerlo jamás se le pasó por la cabeza ni una sola mañana.

 

Quenton Cassidy medía casi un metro noventa y sus setenta y cinco kilos se extendían a lo largo de su complexión tal y como exigían las intensas necesidades diarias de su especial misión. Bajo la piel tensa fluía tranquilamente una musculatura lisa que le confería un aspecto de fortaleza liviana y elástica: la visión de un halcón joven y sin plumas.

 

En su cuerpo no había ni un solo ángulo o protuberancia superfluos; la forma había sido finamente cincelada, como si estuviera hecha a partir de madera erosionada por la acción de la arena de la playa, estriada con ángulos oblicuos y repliegues largos y delgados, delicado fruto de su firme dedicación. Incluso ahora, mientras permanecía completamente inmóvil en el resplandor del amanecer, los muslos con forma de lágrima invertida y la musculatura de las pantorrillas sugerían una única acción: velocidad constante y natural.

 

El dolor que le sobrevino al estirarse le resultó agradable. Se alejó de la ventana y volvió a sentarse en el borde de las sábanas arrugadas para ponerse las zapatillas de entrenar, unas Adidas Gazelle gastadas. Tenía la cara sonrosada, incluso a pesar de la suave luz. De nariz escandinava y pómulos afilados, su atractivo era cuestionable. El pelo desaliñado de color pardusco, aclarado por todas las horas que pasaba al sol, le caía de cualquier manera sobre la cara mientras se ataba las zapatillas con un doble nudo. Se enjuagó las manos en el lavabo (los cordones, depositarios de un sudor ancestral, olían como alguien que hubiera muerto detrás del frigorífico) y con un gruñido salió por la puerta y se marchó.

 

Quenton Cassidy era corredor de milla [1.609,34 metros].

 

 

Por las calles, muy temprano, el pequeño grupo de corredores bajó por la avenida de la Universidad y giró hacia el norte a la altura de la calle 34; debían recorrer un gran cuadrado de siete millas de longitud al que se referían indistintamente como “el circuito de la mañana”, “el curso de las siete millas” o “la loncha de beicon” (debido a la serie de colinas onduladas que presentaba). Cassidy corría en la cola del grupo, y sus zancadas eran tan relajadas que rozaban la torpeza. Para el corredor de milla, un ritmo de 6:30 era un traspié, pero la fatiga acumulada no le hacía desear nada más desafiante. Charlaba tranquilamente con Jerry Mizner, un corredor más delgado y moreno que lucía el verdadero aspecto de un hombre de larga distancia. Cassidy y él habían pasado por lo que ahora llamaban el “juicio de las millas”. Como sucede con los supervivientes de un naufragio, con los rehenes y con otra gente que ha tenido que enfrentarse a circunstancias difíciles, sentirse presionado fomenta un tipo de intimidad ajena a los sentimentalismos. Había veces en las que Cassidy y Mizner parecían capaces de leerse la mente el uno al otro.

 

—No creo que de verdad pueda hacerse –dijo Mizner.

—Es totalmente cierto. Puedo dormir como mínimo hasta la primera media milla. Estoy seguro. Dicen que los soldados pueden marchar cuando…

—Qué va…

—Bueno, en cualquier caso siento como si durmiera, y con eso me vale.

—Sentir y hacer son dos cosas diferentes. Lo dijo Platón, o Hugh Hefner…, fue algún filósofo.

 

A Cassidy, aquella rutina matutina no le producía ninguna satisfacción. Dormía intensamente y tenía un despertar lento. Las personas madrugadoras que aseguraban disfrutar con aquellas incursiones al amanecer le irritaban enormemente. Sin embargo, la charla ligera lo hacía todo más fácil, convertía la actividad en una especie de acontecimiento social, puesto que, así como cada categoría cuenta con sus privilegios, lo mismo sucede con el comportamiento apenas comprensible de los buenos corredores de fondo: cotorrean como loros.

 

Con ritmos que podrían pasmar y desalentar a cualquier corredor no profesional, por muy diligente que este fuese, los corredores profesionales mantenían toda clase de chácharas y se dedicaban a hacer payasadas. Cuando ocasionalmente pasaban volando junto a un gordito resoplante o un corredor de ruta entrado en años, de forma automática bajaban el volumen de la charla para no abrumar a nadie y evitar que los consideraran unos engreídos (esto no quiere decir que aminoraran la marcha en absoluto). Lo cierto es que respetaban a aquellos primos espirituales lejanos, pues eran quienes, entre todos los demás, podrían llegar a sentir un atisbo de comprensión por su dedicación. En cualquier caso, el parecido entre unos y otros era el equivalente al que hay entre un puma y un gato. Es la diferencia entre estirarse perezosamente sobre la moqueta y rondar por la jungla en busca de carne roja fresca.

 

—Supongo que enseguida sabremos quién ha llegado bien y descansado del fin de semana –dijo Cassidy. Se acercaban al punto que marcaba la mitad del recorrido.

—Tres intentos –dijo Mizner.

 

A pesar de la prohibición vigente de competir durante los entrenamientos largos, puesto que era una práctica que no tardaba en desmadrarse, algún joven corredor de vez en cuando salía disparado en pos de una victoria barata.

 

—Mira eso –dijo Cassidy, señalando la cabeza del grupo. Mizner miró hacia delante y sonrió al mismo tiempo que encogía los hombros, como queriendo decir “me da igual”.

—Calenturas de lunes por la mañana –repuso airosamente Mizner. Se refería a Jack Nubbins, que en aquel momento iba casi veinte metros por delante y seguía apretando. Era un prometedor estudiante de primer año procedente de los territorios de maleza y pinos situados al norte de Orlando, a quien numerosas escuelas habían tratado de cortejar hasta que descubrían que su expediente académico revelaba algunas deficiencias alarmantes. A su llegada a la Universidad del Sureste en periodo de prueba, se dedicó a repetir al resto de compañeros de primer curso en Doobey Hall: “Me llamo Nubbins y corro una milla en 4:12.3, pero monto a caballo mejor que eso y en otoño salgo a cazar jabalíes con mi abuelito, unas veces usamos armas y otras no. Encantado de conocerte”.

 

Los demás corredores, si bien fondistas o mediofondistas como él y acostumbrados a cierto grado de chaladuras, consideraban que Nubbins estaba como una chota y les resultaba absolutamente fascinante. Cassidy lo toleraba, pero pensaba que armaba demasiado escándalo al reírse y que abusaba de expresiones dialectales, como “amarrar cerdos” o “tiro a las entrañas”. Además, parecía que le faltaba un cierto… respeto.

 

—Sospecho que esta mañana no va a ser capaz de contenerse –farfulló irritado Cassidy. Algunos de los otros corredores intentaban alcanzar el ritmo de Nubbins y en el grupo empezaba a haber descolgados. La regla tácita que prohibía esa clase de competiciones tenía una sanción: los que se empeñaban en hacerlo podían encontrarse de repente en mitad de una carrera a vida o muerte con alguno de los alumnos mayores.

—¿Ayer hiciste veintisiete? –preguntó Cassidy.

—Sí.

—Entonces no querrás acompañarme, ¿verdad? Para echarnos unas risas.

—No.

—Lo suponía. Hasta luego.

—Hasta luego.

 

 

Nubbins había sido un prodigio en el instituto. Era verdad que había completado una milla en 4:12 y que había estado a punto de bajar de los 9:00 en las dos millas. Que un atleta escolar lograra aquellas marcas era sin duda un logro impresionante y había proporcionado a Nubbins un estatus indiscutible entre sus jóvenes compañeros. Un corredor tan potente como él, despojado de cualquier sentimiento de pertenencia al equipo y sin ningún tipo de control, se dedicaría en cuerpo y alma a destrozar a la mayoría de sus compañeros. Pronto representaría para ellos la cúspide, el competidor definitivo; siempre personificaría el límite de sus virtudes. Si su personalidad hubiera sido otra, habría aceptado aquella responsabilidad con cariño y gran modestia. Siempre y cuando él no dejara de ser el vencedor, se reiría y bromearía con ellos y les daría palmaditas en el hombro en procaz camaradería para luego, cada día, en la pista o en los recorridos, pisotearlos hasta la sumisión como quien no quiere la cosa. Mizner lo llamaba el “síndrome del líder”.

 

Todo el mundo competía contra sus colegas hasta cierto punto; que un compañero de equipo te superara en un entrenamiento diario no hacía presagiar nada bueno cuando lo que pretendías era comerte el mundo entero. Cassidy, no obstante, intentaba hacer entrar en razón a los corredores más jóvenes sin tener que recurrir cada vez a las comparaciones aleccionadoras. Era más fuerte que ellos, quería que lo supieran, pero no a base de insistir sobre ello. Hay tiempo, les decía; tiempo y más tiempo. Quería impartir algunas de las verdades que Bruce Denton le había enseñado: que no te conviertes en campeón solo por ganar un entrenamiento matutino y que el único camino es dirigir la ferocidad de tu ambición a lo largo de muchos días, meses y (si finalmente conseguías aceptarlo) años. El juicio de las millas; las millas del juicio. ¿Qué podía hacer para que lo entendieran?

 

Nubbins estaba lejos de ser un holgazán. Era rápido, luchador y tenía fuerza mental. Los nueve títulos estatales conquistados así lo atestiguaban. Como todos los buenos corredores, no regalaba nada. Cassidy sabía que daba las victorias por seguras desde hacía mucho tiempo, que estaba acostumbrado a mirar a los adversarios con una especie de compasión displicente para después dejarlos atrás sin despeinarse.

 

El sentimiento de desesperación gradual que ahora sentía era una experiencia nueva e incómoda. Nunca antes había corrido perseguido por una sombra innegociable. Aceleró un poco más, pero Quenton Cassidy (que llevaba una camiseta que ponía “Ser flaco es chic”) simplemente lo miró sonriente y afable.

 

—Te sientes bastante bien, ¿eh, Jack? –preguntó al exhalar.

—Nada mal, supongo. –Nubbins intentó devolverle la sonrisa.

—Bien –repuso Cassidy mientras aumentaba el ritmo unos diez segundos por milla. Un minuto después, cuando Nubbins se había casi acostumbrado al alarmante nuevo ritmo, Cassidy se lanzó a por doscientas veinte yardas de treinta y dos segundos. Estaban esprintando en toda regla por la acera a primera hora de la mañana. La cara de Nubbins se veía a la vez tensa y pálida. Era la vívida expresión de un hombre metido en un buen lío.

 

Volaban a un ritmo inferior a cinco minutos, lo bastante rápido como para sobresaltar a los peatones. Entraron en la última milla como una exhalación, se toparon con una alumna adormilada que se dirigía a la primera hora de clase y cada uno la rodeó por un costado: un montón de apuntes de biología salieron despedidos por los aires.

 

 

Mizner llegó trotando hasta los escalones del porche de Doobey Hall, donde Cassidy se había dejado caer para descansar.

 

—¿Qué? –dijo–, ¿tenemos un nuevo creyente?

—¡Y yo qué sé! ¡Jesús! No veas si es duro el cabrón. La próxima vez te encargas tú de él. ¿Sabes dónde se ha metido?

—Sí, lo pasé hace una media milla. Dijo que se iba a levantar pesas al gimnasio. ¿Es lo mismo que te dijo a ti?

—No, a mí no me dijo más que: “Aaack”.

—¿Aaack?

—Aaack. Justo antes de echarse hacia delante, agarrarse las rodillas y empezar a coger aire desesperadamente.

 

 

En el universo del corredor, igual que en el océano, existe una jerarquía de ferocidad. En el mar, la fulminante barracuda que se zampa al veloz jurel azul es a su vez comida por el impresionante tiburón mako. En la pista, estas posiciones relativas están más o menos establecidas en negro sobre blanco, y solo un precio tan contundente como elevado puede llegar a alterarlas. El orgullo necesariamente brota y crece, un orgullo que únicamente puede proceder del esfuerzo incansable de reblandecer la carne renuente, de meses de dolorosa trituración y combustión de todo aquello que pesa, que debilita las fuerzas y resulta inútil para que un cuerpo se asemeje a un proyectil. El corredor se vuelve casi altivo. Contempla a los que son más fuertes que él con respeto y miedo, mientras que se muestra simpático y tolerante con los que son más lentos (pisan un terreno que él ya conquistó hace tiempo). Deshacerse de un solo segundo se anuncia como si se hubiera producido un nacimiento en la familia.

 

Quenton Cassidy había corrido una milla en 4:00.3 y, a pesar de que el mundo del deporte había recibido esta hazaña con una actitud que rozaba la indiferencia, los corredores de milla que bajaban a cuatro minutos eran todavía una raza muy rara, tan excepcional como, pongamos, los astronautas. El nombre Cassidy aparecía en los libros de registro escolares un total de ocho veces, contando los diversos juegos atléticos. Aunque Jack Nubbins era un corredor joven con mucho talento, Quenton Cassidy había llegado a ver su espectro; bajo todas esas capas de melancolía y fatiga que tan bien conocía, generalmente solía encontrar algo más que un deseo indescriptible y efímero de adquirir trofeos de plástico. Nubbins y él ni siquiera jugaban al mismo juego.

 

 

—Buenos días, capitán Cassidy –lo saludó Michael Mobley, el lanzador de peso. Tenía el típico aspecto de tiarrón estadounidense. Su figura cercaba la mesa como si esta fuera de juguete.

—Buenos días, capitán Mobley –respondió Cassidy–. Enseguida me reúno con usted.

 

Probablemente Cassidy había sido el responsable de que los tres capitanes hablaran entre ellos con aquel exceso de respeto. Sentía una irreprimible afinidad por las tradiciones más simples.

 

El comedor de Doobey Hall era una muestra de lo que podría pasar si un avión de carga repleto de solomillo crudo se estrellara en un recinto lleno de leones. Varias decenas de atletas gritaban, reían, confraternizaban y se golpeaban unos a otros con la familiaridad simple y afectuosa que el deporte inculca en los grupos de jóvenes, y que consciente o inconscientemente echarán de menos durante el resto de su vida.

 

Reinaba un caos sumamente jovial, sobre todo teniendo en cuenta que la cantidad de calorías que ingerían resultaría más apropiada para el conjunto de una localidad de pequeño tamaño. Los corredores de fondo, que estaban relativamente delgados, comían  más de lo que uno podría pensar (Cassidy llenó la bandeja con tres raciones de huevos revueltos, dos tortitas, salchichas, casi un litro de leche y dos rosquillas para más tarde). Un coloso como Mobley, sin embargo, se limitaba a devorar alimentos con total determinación. Con una meticulosidad y una concentración inquebrantables, se sentaba y consumía.

 

—¿Tengo o no tengo que mantenerme fuerte? –decía–. Si no, tienes que ponerte con los esteroides anabólicos y la verdad es que no tengo muchas ganas de que se me encojan las pelotas y se me queden como dos cacahuetes. –Su risa sonaba como un bombo.

 

Los lanzadores de peso solían ser unos machitos engreídos, aunque en realidad eran bastante amables; su presencia física resultaba tan amenazadora que nunca necesitaban recurrir al abuso. Estos especímenes iban por la vida a su manera. Se dedicaban a lanzar bolas de hierro de siete kilos y veintiséis gramos a distancias más que considerables, a tirar discos de fibra de vidrio hasta donde se te perdía la vista y a impulsar lanzas puntiagudas de aluminio hacia el horizonte. Encarnaban el retorno más directo a los tiempos remotos en los que aquellas artes se ejercitaban para golpear y perforar la armadura de los enemigos, para derramar sangre a distancia evitando el cuerpo a cuerpo. Equivalían a la artillería pesada de la antigüedad. La confianza en uno mismo de los que se dedican a tales menesteres es enorme y no requiere el apoyo de ninguna bravuconería. Solo se temían entre ellos.

 

Los corredores de fondo eran mensajeros serenos. Se deslizaban por los senderos boscosos y los caminos de montaña del mismo modo que sus ancestros espirituales guardaban silencio durante largas horas mientras portaban algún mensaje cuya trascendencia no constituía más que un ápice de la considerable incertidumbre que sentían. Vivían dentro de sí mismos; se comportaban así desde hacía muchísimo tiempo y continúan haciéndolo a día de hoy.

 

Entre los lanzadores de peso y los corredores de fondo existía un gran respeto implícito que todos comprendían, pero que nunca se examinaba a fondo. Si bien es cierto que, de una manera u otra, todos los atletas abordaban los límites absolutos del cuerpo y el espíritu humanos; los fondistas, mediofondistas y los lanzadores de peso parecían compartir un modo especial de entender las cosas, y entre ellos reinaba una buena amistad.

 

Los velocistas y los saltadores no tenían nada que ver con ellos. Su arte giraba en torno a un único instante explosivo durante el cual todo se ganaba o se perdía. Quizá eran los descendientes espirituales de las tropas de asalto que se abrían paso en las trincheras y escalaban barricadas para liderar el ataque. Eran nerviosos, eléctricos, y pasaban de estar absortos con el éxito a verse atrapados en un pantano hediondo. Eran los maníaco-depresivos del mundo del atletismo. Constantemente se daban fuerzas a sí mismos a base de fanfarronería, tanto para afirmar un coraje decaído como para intimidar a sus oponentes. La intensidad de sus competiciones era feroz, casi cruel. Un saltador de altura está en el aire menos de un segundo y medio. La carrera de un velocista dura diez segundos. Un saltador de pértiga sujeta la catapulta de fibra de vidrio mientras contempla su labor mucho más tiempo que los tres segundos que permanece en el aire denso luchando contra la gravedad. Cassidy se compadecía de la intensidad de sus certámenes, pero a la vez sentía envidia. El gruñido, fruto del enorme esfuerzo, los músculos elásticos que respondían a años de entrenamiento y ejercicio explosivos, el cuerpo que salía disparado hacia arriba, cada vez más alto, y que giraba sobre un eje de técnica perfecta (tan rápido que si no supieras dónde buscar te perderías su belleza), el instante terrible con la mirada penetrante llena de odio hacia la temida barra negra y blanca –una obstrucción frágil, colmada de vergüenza y repugnante al tacto– y a continuación la caída libre (lanzando los puños al aire con alegría y alivio), de vuelta a los cuidados terrenales. “Sí, desde luego tenía algo”, pensaba Cassidy, particularmente en los calurosos días primaverales en los que él debía correr quince o veinte cuartos de milla en una pista pegajosa bajo el sol abrasador.

 

En cualquier caso, los compañeros de mesa de Cassidy contribuían a que las comidas fueran muy alegres. Mizner y él, todavía húmedos tras la ducha, terminaron de cargar las bandejas y se sentaron frente a Mobley, que parecía que comía con ambas manos.

 

—He oído que esta mañana os ha dado por espantar moscas –dijo Mobley sin dejar de comer.

—Vamos a ver, ¿qué interés pueden tener los detalles de una carrera matutina para un miembro del cuerpo de gorilas? Es algo que me supera –dijo Mizner, que sabía muy bien que Mobley no reaccionaba a los comentarios descarados. El gigante, con su metro noventa y ocho centímetros y sus ciento veinte kilos, apenas dejó de masticar. Levantó los ojos del plato con una expresión que no llegaba a reflejar fastidio.

—Por favor, capitán, asegúrese de mantener a raya a esos idiotas –pidió a Cassidy sin dejar de meterse media tortita en la boca, que tragó en el acto–. Este año tenemos posibilidades de ganar importantes metales en la liga y sus pajarillos van a tener que pelear para obtener buenas puntuaciones.

—Conque pajarillos, ¿eh? –intervino Mizner, golpeteando la mesa con la cuchara como si fuera un niño pequeño impaciente–. ¿Pajarillos? Tengo la suficiente capacidad mental para inflarme durante un par de meses y patearte el trasero.

 

La imagen que evocó semejante idea provocó una gran algarabía que rápidamente se extendió por toda la sala.

 

 

 

 

Este texto corresponde al capítulo 3 de El corredor, de John L. Parker que, traducido por Lucía Barahona, acaba de publicar Capitán Swing.

 

 

 

 

John L. Parker es un abogado y escritor estadounidense nacido en 1947. Graduado en Periodismo y Derecho por la Universidad de Florida, ha trabajado como abogado, periodista y columnista. Ha sido director editorial de la revista Running Times y ha escrito para Outside, Runner’s World y otras publicaciones especializadas, pero es conocido sobre todo por ser autor de la novela de culto El corredor (1978) y las más recientes De nuevo a Cartago (2007) y Carrera en la lluvia (2015). Basada en su experiencia como atleta universitario, la famosa trilogía de Parker narra las luchas de Quenton Cassidy, un apasionado corredor de media distancia, y logró un éxito sin precedentes en la comunidad de corredores. El autor dijo en una ocasión que se necesita un corredor para contar la historia de un corredor, por lo que tardó cerca de ocho años en gestar el libro: siete como corredor y uno para escribirlo. 

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Autor: John L. Parker