El cuarto Rey Mago

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Según iba adentrándose la noche de fin de año, en el pagano Belén del Retiro iban apagándose las luces, una a una, hasta quedar completamente a oscuras. Con este eclipse voluntario de alumbrado, se homenajeaba la partida del año viejo. Un telón de tinieblas y estrellas, iba cayendo lenta y parsimoniosamente sobre aquel escenario del tiempo, como si fuese la ceniza del Vesubio cubriendo mansamente a Pompeya.

 

Sólo en esta noche cerrada del año podía contemplarse, la presencia ligera del Buda de ébano, que acudía de incógnito, como todos los años, para visitar al niño divino, nacido en las templadas tierras de Galilea.

 

Si los otros tres Principales que acudían como él, a honrar a Jesús, eran Magos; Buda significa, (a pesar del oscuro avatar con que aquí se manifiesta), El Iluminado.  Su único presente y principal enseñanza era un enigma que se reducía a tres palabras: “Silencio, silencio, silencio”.

 

Antes de que la luz mancillase el cielo con la primera aurora del año, el Buda negro –radiante como un sol de carbón- se daba la vuelta, y comenzaba a marcharse, fundiendo su espalda con el Universo.