El deseo

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¿Y qué hago con el deseo? le dije.

 

¿Y qué hago con el deseo? le dije.

 

Se quedó mirándome, explicándome con los ojos que se había vestido con ese vestido tan lindo, de colores, marcando su cuerpo, con esa flor tan blanca atrapada sobre la oreja, sólo para que salgamos esa noche por última vez y nos perdamos en el laberinto de los recuerdos que teníamos juntos en esa ciudad. Para nada más.

 

Ella había venido a despedirse, a desearme suerte en mi compromiso y regresar otra vez a vivir en Praga y mandarme postales y alguna vez, en el futuro–lo sé, dijo– invitarme a visitarla en una boda que celebraría entre los árboles, recogiendo setas de los bosques checos, comiendo galletas hechas en casa, bebiendo todo un fin de semana, con mi esposa y su esposo y los amigos de ellos, que serían muy bulliciosos y cantarían celebrando la vida.

 

Nos tomamos un par de cervezas. Me describió sus últimas clases de flamenco–cuyos pasos me enseñó alguna vez, a la luz pálida de una luna que se metía por la claraboya empañada de una habitación en Brooklyn. También me dijo, como si sirviera para algo contarlo, la tristeza de su último encuentro con el profesor de saxo, el uruguayo moreno que en algún momento había sido el amor de su vida. Me dio los detalles del viaje con sus padres –durante la semana que visitaron Nueva York– río arriba por el Hudson, en un ferry que cruzaba por la tarde desde el condado de Westchester hasta el de Rockland. Visitaron West Point, el parque de esculturas gigantes de Storm King, la mansión Vanderbilt y la tumba de Franklin Delano Roosevelt y su esposa–Eleanor, la lesbiana que la CIA detestaba– para terminar en los outlets con los otros turistas europeos («casi todos rusos» dijo, como justificando que a sus padres también les agarrara la locura de correr durante 2 horas por un centro comercial gigantesco a la caza de ofertas) y regresar de noche en un bote donde se celebraba una fiesta en varios idiomas y se lanzaban los fuegos artificiales mientras pasaban por las colinas de Inwood y se aproximaban a Manhattan.

 

Durante esa noche también le hablé sobre mis clases de literatura y aquellos autores que me ayudarían a aprobar un examen general de composición: Joyce, Beckett, Wilde, Woolf, Yeats, Dryden, Swift, Eliot, Pound (se disculpó otra vez porque había regresado a Praga sin abrir la copia de la edición Norton de Heart of Darkness que le había regalado por su cumpleaños).

 

Me preguntó cómo era mi novia y le di los detalles: le hablé de la felicidad y de las tardes en la playa, de los recuerdos que teníamos cruzando puentes oxidados y entrando a bares silenciosos en pueblitos muy callados de Long Island. Habíamos hecho un viaje hasta la frontera con Canadá, recorrimos los Grandes Lagos frente a Wisconsin y acampamos en los parques nacionales, entre sus paisajes empapelados con hojas de otoño.

 

Nuestros recuerdos son los que me agarran y me destrozan ¿sabes?, le dije. Ella chocó mi vaso de cerveza y me invitó a brindar, y yo le seguí contando que ella era aún, para mí, 8 años después de conocerla, la mujer que se reía como una demente, que me encontraba para fumar en los intermedios de las clases de inglés, en ese espacio estrecho entre la salida de emergencia y la calle 33, afuera del hotel que funcionaba también como salón de clases, donde nos apresaban 40 horas a la semana para transculturizarnos. Ella fumaba cinco o seis cigarrillos al día y su mejor amigo –un serbio ya mayor y dentista, un veterano de la guerra de los Balcanes que había visto morir soldados en hospitales de campaña antes de regresar a Belgrado sin paz y decidirse a volar hasta Nueva York acompañando a una novia que además de ser psicoanalista adoraba su sentido del humor–fumaba una cajetilla. Yo gorreba cigarrillos, porque como bien me dijo ella alguna vez, cuando le sugerí que no era fumador: «tú sí fumas, pero no compras cigarrillos». Para defenderme, dije que ellos sólo fumaban American Spirit que, si te acostumbraste–como yo–a los Marlboro, saben horrible.

 

Desde el bar, pasada la medianoche, agotados de haber hablado tal vez con demasiada franqueza de nuestro pasado, caminamos hacia la estación del tren donde yo tenía que despedirme.»¿Te acuerdas cuando nos echamos a dormir la siesta debajo de un árbol en Prospect Park?» «y nos picaron los mosquitos», dijo ella. «¿Te acuerdas que una vez me besaste a la salida del cine Angélica?» le dije. «Eres una bestia», me dijo ella.

 

Esa noche Newyópolis estaba lleno de luciérnagas. Empezaba a enfriar y nos prestábamos el calor, marchando por las veredas de la 125 pegados uno al otro, tocándonos. Algunas veces nos desvíabamos de la vereda para fijarnos en detalles tontos. Fueron apenas unas cuadras, hasta la esquina del brownhouse donde una vieja amiga le prestó un pequeño sofa. 

 

Antes de que me marchara, me pasó una mano fría por el cabello, puso un dedo sobre mi boca y me abrazó como he leído que suelen abrazarse los checos en esas partes de su tierra que aún no conozco, tras recoger cientos de champiñones y tomarse varios litros de cerveza. Ese abrazo, acompañado por las luces intermitentes que yo creía ver mientras nos parábamos muy cerca uno del otro en una vereda de Harlem, transformó mi deseo en una idea intangible que algunos, en esta ciudad –los he escuchado– llaman amistad.