El experimento de Pitesti. (O sobre el poder omnímodo)

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La cuestión primordial es vencer la amnesia. Todo ha de pagarse, de lo contrario no habrá futuro […] Perder la verdadera memoria equivale a perder el sentido de lo real […] El pasado no se puede falsificar […] Todos y cada uno de los que fueron exterminados siguen teniendo una palabra que decir.

Nadezdha Mandelstam

 

Presentación, por Jacinto Rivera de Rosales

Hay utopías, religiosas o sociales y políticas, que han querido ser llevadas plenamente a la realidad (“seamos radicales”) y que han creado en su interior diversos niveles de tormento y desolación. Parece que el hombre sólo pudiera vivir en el término medio aristotélico, evitando los extremos, dejando que las diversas fuerzas que lo impulsan se limiten las unas a las otras, si bien de manera flexible y oscilante según las circunstancias, y sin dejar que una de ellas, por muy bendita que parezca, ocupe todo el escenario. Pero los fanáticos suelen estar poseídos por un pensamiento lineal según el cual una idea-fuerza nos procuraría en su expansión ilimitada toda clase de bienes sin mezcla de mal alguno. Se anulan entonces otras necesidades esenciales del ser humano, que son trituradas en el camino, de modo que el ser humano queda desgajado de sí mismo. Por esa violencia, la pretendida idea-fuerza utópica es puesta a la postre al servicio de intereses privados y personales, que necesariamente se encuentran entonces en directa contradicción con otros y por tanto también con el bien general, la justicia y la convivencia.

Ha habido y hay regímenes teocráticos, al servicio de una religión, sobre todo si ésta es revelada por Dios o sus mensajeros. El intento de hacer a todos los ciudadanos santos, y además con la idea particular que el líder o el grupo dominante tiene de la santidad, convierte a la ciudad en un lugar inhabitable, como lo logró por ejemplo Savonarola en Florencia, o algunos grupos islámicos actuales. Los que no comulgan con esa creencia o no siguen sus preceptos tienen difícil la existencia. Podríamos hablar igualmente de las dictaduras nacionalistas, entre las que sobresale el nacionalsocialismo alemán de Hitler y sus campos de concentración. Allí es la idea que el líder o los dirigentes tienen de su comunidad la que impera sobre el destino de los individuos. Esta colectividad puede buscar su fundamento en la raza o bien en la procedencia cultural e histórica, y califica a los otros como ciudadanos inferiores, de segunda clase, o incluso como siervos o esclavos o carne de exterminio. Dicho nacionalismo puede manifestarse también en diferentes formas de colonialismo de un pueblo, que se considera superior, sobre otro.

Las utopías de la libertad absoluta, pensada como perteneciente exclusivamente al individuo, la que se daría en el liberalismo total, se encaminan, por su parte, hacia una contienda de todos contra todos y convierten al hombre en lobo para el hombre, porque no han comprendido que el modo de ser de la libertad racional humana no es sólo individual, sino también esencialmente comunitario.

En el otro extremo encontraríamos la afirmación de la igualdad de todos y del predominio completo de lo colectivo sobre la libertad del individuo pensado como virtud y justicia frente a la explotación de los pobres por los ricos. En este lado encontramos diferentes ensayos de sociedades comunistas, empezando por la rusa. Son hechos bien conocidos las sangrientas imposiciones dictatoriales de Lenin, de Trotsky y sobre todo de Stalin. Pero también podemos apuntar a Mao y su revolución cultural china, y sobre todo al gobierno de Pol Pot (Saloth Sar) y sus jémeres rojos, que, con la ayuda de los regímenes comunistas de China y de Vietnam, convirtieron a Camboya entre 1975 y 1979 en un manicomio de reeducación y torturas y en un campo de exterminio en donde cayeron cerca de dos millones de personas, una cuarta parte de la población, de las que más de doscientas mil fueron por ejecuciones extrajudiciales.

El libro que tiene en las manos el lector se sitúa en esta última clase de horrores, y en concreto en la Rumanía comunista, no aún la del bien conocido Ceauşescu, de trágico final, que fue secretario general del Partido Comunista Rumano de 1965 a 1989, sino la de su predecesor, Gheorghe Gheorghiu-Dej, secretario general desde 1944 hasta su muerte en 1965, pero bajo el gobierno de Petru Groza, que fue primer ministro de Rumanía de 1945 a 1952. Eran tiempos en los que Stalin imponía su ley en sus zonas de influencias. Groza logró en 1947 aplastar violentamente a la oposición y que el rey Miguel abdicara y se exiliara, instaurando la República Popular de 1948 a 1952 con una constitución similar a la de otros países soviéticos. En 1949 se definió finalmente al régimen como una dictadura del proletariado. Es en ese nuevo “orden” comunista, aún naciente y que llegó a implantarse de manera definitiva en Rumanía con Gheorghiu-Dej, en el que tiene lugar El experimento de Pitesti desde diciembre de 1949 a agosto de 1952.

Se trata de un intento de reeducación para la nueva realidad comunista, un proyecto con vistas a la generación del nuevo estilo de humanidad que se precisaba, pero lo que encontramos guarda similitudes con técnicas que los nazis emplearon en sus campos de concentración. Es como si asistiéramos a una variación del mundo de Saló o 120 días de Sodoma de Pasolini, claro que ya no a cargo de agentes fascistas, sino de comunistas con omnímodo poder, intentando anular al otro en su más íntima individualidad personal. Al leerlo no podemos evitar un enorme sentimiento de repudio y la idea de que lo demoníaco que somos y habita en nosotros aparece a veces de manera brutal y asoladora, o sea, la imagen del mal que podemos llegar a hacer, pues es muy posible que muchos de nosotros cayéramos en lógicas parecidas, sobre todo si sufriésemos refinadas manipulaciones y torturas. Por tanto, lo que hay que evitar es la estructura, esa distribución del poder que lo hace posible y permite que impere lo que en la serie de Star wars se ha dado en llamar el lado oscuro de la fuerza.

*    *    *

El experimento de Piteşti

Nos encontramos siempre bajo el signo de George Orwell quien, como todos sabemos, en su libro 1984 ponía entre los instrumentos clave del estado comunista el Ministerio de la Verdad, destinado a reescribir la Historia cada día. En los crematorios de ese ministerio desaparecían de forma incesante no solo los documentos auténticos sobre el pasado, sino también las sucesivas versiones elaboradas por el poder.

Desaparecían y desaparecen. Lo que se llama en la Europa del Este disidencia se define en primer término por hacer un llamamiento a la memoria, por arrancar los documentos del crematorio de ese ministerio, por transformar la ceniza en actos. Así es como Solzhenitsyn reconstruyó el gulag; reunió un testimonio tras otro, con los riesgos que sabemos, a la sombra de un Ministerio de la Verdad que continúa tamizando el pasado y la historia con sus enraizados malos hábitos.

Todo el mundo conoce hoy el Archipiélago Gulag. Todo el mundo sabe que, bajo la posible denominación de archipiélago M. A. I. [Ministerio de Asuntos Internos], este se ha extendido también a Rumanía. Pero lo que no todos saben aún es que en el archipiélago rumano existió una isla del horror absoluto, sin igual en toda la geografía penitenciaria comunista: la cárcel de Piteşti[1]. Allí empezó el 6 de diciembre de 1949 un experimento de som­bría originalidad llamado reeducación y cuya meta era la destrucción psíquica del individuo.

Ese experimento, que duró hasta agosto de 1952 y se extendió a otras prisiones de Rumanía, estuvo más sumido en el silencio y en el olvido que los otros crímenes cometidos en las cárceles rumanas, debido en especial a dos motivos. En primer lugar, la censura oficial funcionó de forma más drástica porque el proceso a los chivos expiatorios escenificado por los comunistas no pudo montarse lo bastante bien para realizarse a la luz del día y acreditar la versión que el Partido deseaba. En segundo lugar, y ahí está sin duda la clave del silencio, las víctimas de la reeducación fueron obligadas a convertirse, a su vez, en verdugos. Pues bien, el verdugo, incluso contra su voluntad y su forma de ser, no se apresura nunca a confesar sus crímenes. A lo largo del experimento de Piteşti, la categoría del testigo inocente sencillamente se suprimió.

Sin embargo, una especie de murmullo subterráneo sobre la reeducación en Piteşti circuló por las cárceles de Rumania. El libro de Dumitru Bacu[2], primer documento acerca de Piteşti, convertido ya en libro de referencia, se compone de testimonios individuales, fragmentados y transmitidos de boca en boca y de oído en oído por las prisiones, sin una visión de conjunto que en aquel entonces era imposible de obtener, pero que cuenta con la inmensa ventaja de la autenticidad (el propio Bacu fue preso político y sus fuentes son de primera mano) y de la buena fe. Solo que ese libro apareció editado en rumano el año 1963[3] (y, más recientemente, en inglés en Estados Unidos), cuando unos pocos testigos que estuvieron implicados en los hechos se decidieron a hablar. De suerte que nos proponemos completarlo –seguiremos refiriéndonos a él– mediante un dosier sobre la reeducación en Piteşti que nos llegó recientemente de Rumanía. Podría ser que de algunos detalles haya incertidumbre o sean aproximaciones (¿y acaso podría ser de otra manera dadas las condiciones en que esa investigación se llevó a cabo en Rumanía?), pero a nuestro juicio abarca todo lo esencial[4].

Antes de entrar en la materia viva e intolerable del experimento de Piteşti es menester fijar el plan previamente concebido.

Con Nikolski al frente, general y comandante supremo de la Securitate rumana durante dieciséis años (estando ya retirado se quejaba de que el régimen no le había reconocido sus méritos), esta puso a punto un plan para acabar con la resistencia moral de los presos políticos jóvenes, sirviéndose de un grupo de presos manejados por Eugen Ţurcanu, que aplicaría en el campo del derecho común las conocidas teorías de Makarenko. El infractor, consciente de ser un elemento desclasado y de que su única salvación es el apoyo del Partido, acepta la tarea de reeducar a otros que están en la misma situación que él para que vayan por el buen camino. En realidad, el Poema pedagógico de Makarenko consiste en la práctica de la tortura constante. En aquella época se torturaba en todas las cárceles de Rumanía. Pero, al volver del interrogatorio, el prisionero, o bien se encontraba solo en la celda –durante el tiempo que necesitaba para volver en sí– o bien era cuidado y animado por otros presos. Era muy sencillo, la reeducación consistía en meter en la misma celda a torturador y torturado y no permitirle a este último el menor respiro. Malraux decía en alguna parte que nadie podía resistir la tortura incesante, pero entonces no sabía que en Rumanía se encontraría el secreto para conseguir el pleno éxito: bastaba con obligar a los presos a torturarse entre sí.

Cuando se puso fin al experimento de Piteşti en 1952 hubo que encontrar una explicación, por mínima que fuera, para fijar responsabilidades. Se escenificó el clásico juicio a chivos expiatorios. Eso fue en 1954. Se montó tan mal que, en el último momento, se renunció a la publicidad inicialmente prevista. En el juicio, los presos-torturadores que se sentaron en el banquillo fueron solamente los que ha­bían sido legionarios (dejaron fuera a dos sionistas, a un exmilitante del Partido Nacional-Campesino, etcétera, etcétera) para que resultara acreditada la siguiente versión: a fin de dañar al régimen comunista, Horia Sima[5] transmitió a varios legionarios presos la orden de practicar el terror. Aprovechando la falta de vigilancia, lamentable por supuesto, de los funcionarios de la prisión de Piteşti, esos legionarios se dedicaron a torturar a otros presos y el Partido y el gobierno, conscientes de la gravedad de los hechos, en cuanto desenmascararon a los miserables instrumentos de ese grupo fascista, los llevaron ante la justicia y la Fiscalía General de la República.

Esa versión era tan aberrante –¿cómo iban a convencer a nadie de que el jefe de un movimiento había dado orden de liquidar a sus propios miembros?– que renunciaron a la publicidad prevista inicialmente en los periódicos. Esa versión solo se difundió por las cárceles, sin mucha insistencia, pues era difícil explicarle a un preso, que sufría en sus propias carnes la constante vigilancia de los guardianes, que en las celdas de Piteşti podía torturarse de forma ininterrumpida sin que la administración del establecimiento lo supiera. Dumitru Bacu relata en su libro una conversación que mantuvo en el invierno del 56, antes de ser liberado, con un director general del Ministerio del Interior que le dijo lo siguiente:

—En definitiva, es una cuestión bastante simple. Un grupo de estudiantes detenidos, agentes del imperialismo norteamericano, místicos, fanáticos y retrógrados se dedicaron a atormentar a sus compañeros para poner en entredicho a la administración penitenciaria y, a través de ella, al Partido. […] Habían recibido órdenes del exterior, de los que estaban en el extranjero y dirigían equipos de espías y saboteadores; querían, en el momento más adecuado, acusar al Partido de ser el iniciador y, por lo tanto, el culpable.

Pero como no se trataba de un interrogatorio propiamente dicho, sino más bien de una conversación, Dumitru Bacu puede permitirse replicar:

—Sin embargo, parece increíble. Las cárceles tienen un sistema muy estricto de vigilancia interna. ¿Cómo fue posible que ocurrieran esos horrores que usted cuenta sin que el Ministerio interviniese inmediatamente?

La respuesta vino como si ya se la supiera de memoria:

—Nosotros no sabíamos nada de lo que estaba pasando allí. Cuando nos enteramos tomamos las medidas oportunas… Los culpables han recibido un castigo ejemplar.

Bacu no pudo contenerse e intervino de nuevo:

—Llevo casi siete años preso. He pasado por casi todas las prisiones del país. He estado aislado y en celdas comunes. Nunca pudimos hacer el menor gesto sin que nos vieran los centinelas del pasillo. La rigurosa vigilancia a la que estábamos sometidos hacía imposible usar una aguja sin el permiso del guardián. ¿Cómo pudieron suceder esas cosas sin que los vigilantes lo pusieran en conocimiento de las autoridades políticas? ¿Es que en todas las cárceles donde ocurrieron actos de ese género no tenían ustedes personas de confianza que los pusieran al corriente de lo que allí estaba pasando?

Otra vez la consabida respuesta:

—La dirección de prisiones estaba en manos de unos oportunistas, enemigos del pueblo, que se infiltraron allí con intención de hacer daño. Ellos colaboraron con esos bandidos. Pero también recibieron el castigo que se merecían.

En esta ocasión, Bacu guardó silencio y dice en su libro:

“No le conté todo cuanto había averiguado yo sobre el experimento. Ni tampoco que los de la dirección de prisiones, a los que él consideraba unos ‘oportunistas’, no solo no fueron castigados, sino que los ascendieron de grado y función. Ni que, antes de ir a la cárcel de Gherla, Ţurcanu había presentado la famosa petición precisamente al ministerio del que mi interlocutor era funcionario. Ni que sobre la base de las declaraciones arrancadas en las sesiones de desenmascaramiento ha­bían tenido lugar decenas y decenas de juicios y que esas declaraciones ha­bían pasado antes por el ministerio… Y tantos otros detalles de los que todos habían tenido conocimiento porque se los comunicaron a su debido tiempo, pero ellos no tomaron medidas de ningún tipo”.

Encontramos esta misma versión en la novela El muñeco de arcilla, de Ion Lăncrănjan, en la cual un legionario le dice lo siguiente al personaje principal, el escritor Gheţea:

“Después le dijo cómo se destrozaron los suyos, sus antiguos compañeros, especialmente entre el 49 y el 53, el periodo más duro, como decía él. «No te voy a dar el nombre de la cárcel ni muchos detalles, pero allí, señor Gheţea, querido amigo, también hubo tragedias…». El director de cierta prisión había iniciado y organizado (con o sin aprobación, todavía no se sabía, «el caso está siendo investigado, por lo que yo sé») una especie de comando y puso de jefe a uno de ellos, los metió en la ‘autogestión’, como decía él. Al principio, las cosas eran interesantes, se había creado cierta libertad interior, pero luego, al cabo de dos o tres meses, resultó patente que todo había sido un engaño, ya que empezaron las autoacusaciones por todo tipo de causas, pequeñas al principio y luego de más entidad […] Se había sembrado la cizaña entre nosotros, la cizaña de la traición y la sospecha. Y empezamos a machacarnos, al igual que se tritura la tierra helada cuando se empapa de agua. Eso nos pasó a nosotros. Y ellos, los amos y los jefes de la cárcel, no decían nada. No se mezclaban directamente, aunque sí de forma indirecta y mucho. Lanzaban rumores falsos sobre cada uno de nosotros, nos metían subrepticiamente la serpiente de la duda para sembrar discordia y más desconfianza entre nosotros. ¡Y luego se quedaban mirando! Y esperaban los resultados, que eran graves, cada vez más graves. Porque nosotros habíamos pasado desde la autogestión al autoexterminio”.

Ion Lăncrănjan prescinde de una parte de la versión oficial, la orden procedente del extranjero, de Horia Sima, y la inocencia de las autoridades competentes que no se habían enterado de nada. En cambio, bajo la constante inspiración del Partido Comunista, mantiene la tesis del caso típicamente legionario de Piteşti. Otro personaje de El muñeco de arcilla le dice a Gheţea:

“Ellos, los legionarios, eran en su mayor parte un puñado de trogloditas y aventureros, gentes sin oficio ni beneficio, la hez y la escoria de la sociedad. Por eso cometieron atrocidades durante la rebelión[6]. Porque para ellos no había nada sagrado, no tenían ningún credo ni soporte moral. Y, luego, en la cárcel, se consumieron y destrozaron por las mismas razones […] Los exterminios de que hablaba Vicenţiu, en realidad autoexterminios, existieron, se practicaron. Pero no hubo solo esto. Hubo también otras cosas más crueles y quizá más características en cierto tipo de organización extremista y con disciplina paramilitar. Una de ellas se refiere a la delación, al chivatazo, pero no como un incidente, sino como sistema de trabajo y de existencia, como posibilidad de salvación”.

Pues bien, el experimento de Piteşti no fue un experimento típicamente legionario. Los legionarios no fueron los que lo practicaron y se exterminaron entre ellos. En el año 1949, Piteşti era una cárcel reservada a los jóvenes, más concretamente a los estudiantes universitarios que aún no habían acabado la carrera. Buena parte de ellos eran legionarios y el resto pertenecía a todas las formaciones políticas. Fue Nikolski el que allí inició la operación de destrucción psíquica de los presos sirviéndose de la ambición desmesurada y del espíritu demoniaco de uno de ellos que, durante un tiempo, formó parte de las Hermandades de la Cruz[7], pero que rápidamente se pasó a los comunistas e incluso empezó una brillante carrera en el Partido: Ţurcanu. Este organizó un equipo de prisioneros, de los cuales algunos habían militado en las juventudes legionarias y otros no. De los legionarios del grupo de Ţurcanu podemos citar a Alexandru Popa, Livinski, Mărtinuş y Nuţi Pătrășcanu. Pero ha­bía otros no legionarios importantes como Titus Leonida (antiguo militante de una organización nacional-campesina) y Fuchs y Steier (o Steiner), judíos presos por actividades sionistas. Ni ellos ni otros que luego fueron torturadores del equipo de Ţurcanu estuvieron implicados en el juicio para no menoscabar la homogeneidad de la leyenda. Como tampoco fueron juzgados en el juicio de las reeducaciones Bogdănescu (el torturador del Canal[8]), Enăchescu (que torturó a su propio tío hasta escupir sangre), Titus Leonida, Dan Diaca (que practicaba el célebre puñetazo en el hígado que le hacía perder el sentido inmediatamente a la víctima; tan es así que en la cárcel se le llamaba el puñetazo Diaca), Cori Gherman, socialista que llegó del extranjero en el 45-46 y uno de los reeducadores más crueles. Todos estos, además de Fuchs y de Steier fueron eximidos del juicio para no estorbar la versión oficial.

El objetivo de la Securitate al poner en marcha la reeducación en Piteşti no era solamente quebrantar las fuerzas vivas de un movimiento político (cualquiera que este hubiese sido), sino también aniquilar de forma metódica y sin posibilidad de recuperación la capacidad de oposición de la totalidad de los jóvenes presos.

Las ventajas a corto o largo plazo eran las siguientes:

En primer lugar, completar la investigación mediante las denuncias obtenidas por la tortura ininterrumpida y facilitar la detención de otros opositores que habían quedado en libertad.

Segundo, ligar entre sí a los presos-torturadores por su complicidad en el crimen. El principio es sencillo, lo encontramos en Los demonios de Dostoievski y a buen seguro que algunos de los que conocieron a Ţurcanu lo compara­rían con Verjovenski. Stavroguin, adivinándole el pensamiento, le dice a Verjovenski, que está preparando el asesinato de Shátov por su pequeña organización de revolucionarios:

“…convenza a cuatro miembros de un círculo de que despachen al quinto con la excusa de que es un soplón e inmediatamente los tendrá a todos atados, hechos un nudo con la sangre derramada. Se convertirán en sus esclavos, no se atreverán a rebelarse ni a pedirle cuentas”[9]. 

Repetimos que desde el momento en que el torturado tortura a su vez su condición de víctima desaparece. Nadie testificará porque todos están vinculados entre sí por la tortura. No existe ningún preso del experimento de Piteşti (excepto los que murieron torturados) que no cumpliera lo que le pedían, porque de lo contrario no saldría con vida. Pues bien, en la fase final de la reeducación le exi­gían que torturase a su mejor amigo. Cierto es que hubo casos extremadamente raros en que, por necesidades de la investigación, interrumpieron la reeducación de un preso, lo enviaron a Bucarest y lo tuvieron allí para interrogarlo hasta que concluyó el proceso de reeducación. Pero de los que se quedaron en Piteşti nadie pudo salir con las manos limpias. Por ello, antes de pasar a describir lo acontecido en Piteşti, conviene tener claro que de ese experimento, uno de los más inhumanos que jamás haya registrado una posible antología del sadismo, únicamente pueden ser acusados quienes lo iniciaron: en primer lugar, las autoridades comunistas con Nikolski al frente y, en segundo lugar, los primeros ejecutores, el grupo de veinte presos liderado por Eugen Ţurcanu, que comenzaron a torturar sin haber sido ellos torturados antes. A los otros, a los que se convirtieron en verdugos después de haber sido víctimas, ¿quién podía tener derecho a juzgarlos?

Así, un estudiante de Timişoara que, según decían sus compañeros y profesores, no solo era un excelente violinista y un fino literato (podía recitar de memoria a Saint-John Perse), sino también persona de una naturaleza sensible, casi femenina, y de gran pureza espiritual, cuando fue reeducado en Piteşti se volvió uno de los torturadores más sanguinarios y acabó condenado a muerte en el proceso de Ţurcanu. A su madre le habían dicho que el chico en la cárcel se había comportado admirablemente y que lo mataron precisamente por el empeño que puso en defender su dignidad. En medio de su sufrimiento, ese era el consuelo que le había quedado a ella. Hasta que un día alguien le contó la verdad o parte de ella. Desde entonces, la pobre mujer no hacía más que ir de casa en casa como una loca buscando a antiguos presidiarios, con la esperanza de que alguien le dijera que eso no era verdad.

Y sería menester que apareciera alguien no que le mintiera, sino que le hiciese ver que, cuando se rebasa el límite del sufrimiento, el hombre no puede seguir siendo hombre. Se convierta en lo que se convierta, sigue siendo víctima. El juicio se detiene en ese umbral de inhumanidad que fue el Piteşti de la reeducación incluso para las víctimas transformadas en verdugos. En cambio, los que iniciaron el experimento, las autoridades comunistas y los primeros ejecutores llevan consigo la responsabilidad por todos los demás.

Hemos de mencionarlos a todos ellos antes de empezar a describir la reeducación de Piteşti.

Por parte de las autoridades comunistas, en primer término Nikolski, jefe supremo de la Securitate hasta 1960-62 y, según todos los testimonios, el torturador más atroz de aquel tiempo. Y sus dos adjuntos: los coroneles Dulgheru y Sepeanu. Este último había estado en el frente ruso y estuvo acusado de haber fusilado allí a comunistas. Condenado y rehabilitado, él fue el responsable del intento de extender el experimento de Piteşti a la prisión-hospital de Târgu-Ocna.

Estos estaban en Bucarest. En Piteşti, en primer lugar el director de la prisión, el capitán Dumitrescu. Entre los paisanos de la ciudad tenía la reputación de persona fina y la gente incluso se sorprendía de que alguien tan delicado, buen bailarín, elegante, atractivo, buen jugador de bridge, tuviera un cargo tan incompatible con su sensible naturaleza. Cuando se puso fin a la reeducación en Pitești, el capitán Dumitrescu fue encarcelado en Mărgineni. Acerca de lo que pasó después, circularon rumores imprecisos por las cárceles. Al cabo de uno o dos años de finalizar el proceso de Ţurcanu, se advirtió la presencia de Dumitrescu en la cárcel de Văcăreşti. Algunos afirman haberlo oído gritar en su celda: “¡Habéis de saber que todo se paga en este mundo!”. Luego se le perdió la pista y no se ha sabido que haya recibido ninguna sentencia de condena. ¿Lo habrán liquidado acaso por lo mucho que sabía?

También estaba en la cárcel de Piteşti el teniente político Marina. Las sesiones de tortura constituían para él un auténtico alimento espiritual. Se pasaba horas y horas mirando por la mirilla y lo deleitaban en especial las sesiones de blasfemias anticristianas. Después lo internaron en la cárcel de Braşov y ya no se supo nada de él.

Enviado directamente a Piteşti desde el Ministerio del Interior para reclutar presos reeducados y llevarlos al Canal, el coronel Zeller, de la dirección general de prisiones, iba vestido con el uniforme de la milicia aunque pertenecía a la Securitate. Cuando Ana Pauker cayó en desgracia, él se suicidó; eligió un cementerio para saltarse la tapa de los sesos de un balazo.

Por parte de los presos: Eugen Ţurcanu. Quienes lo conocieron lo caracterizan principalmente por su espíritu demoniaco, por una inteligencia fuera de lo común y sus deseos de sobresalir a toda costa. Ya cuando iba al instituto, Ţurcanu trataba de satisfacer sus ansias de poder y los grupos de la juventud legionaria le parecían los más aptos para los objetivos que, de forma consciente o no, perse­guía. En 1940 y 1941 formó parte de las Hermandades de la Cruz. Muy poco tiempo, porque en cuanto la Legión fue declarada ilegal rompió toda relación con ella: no le apetecía nada sufrir persecuciones. Al contrario, tras el 23 de agosto[10], Ţurcanu fue de los primeros en afiliarse al Partido Comunista. Brillante estudiante de Derecho, fue uno de los agitadores de masas del Partido, era muy bien visto por los órganos locales y en 1948 fue miembro del buró provincial del Partido en Iaşi. Enviado a Bucarest a la Escuela Diplomática, destacó no solo por su brillantez en los estudios, sino también por el papel de informador que desempeñó con entusiasmo. Al parecer, dos estudiantes de Derecho fueron expulsados de la universidad por denuncias suyas: el que más tarde fue destacado filósofo Titus Mocanu y el futuro escritor Aurel Pintilie. Pero esa carrera de Ţurcanu que prometía ser brillante –estaba previsto que lo enviasen a Berna– se cortó de repente por un suceso que cambiaría su suerte, y no solo la suya. En las Hermandades de la Cruz, Ţurcanu había conocido a Bogdanovici, un legionario que continuó su actividad política en la clandestinidad, razón por la cual no acabó sus estudios (quizá ni acabase el bachillerato, aunque era de más edad). En 1945, Bogdanovici, que dirigía el Centro Estudiantil de Iaşi, se acordó de un antiguo hermano de la cruz al que conocía desde el instituto: Ţurcanu. Tuvieron un encuentro y este le dijo claramente que había ingresado en el Partido Comunista y que no quería saber ya nada del pasado. Y añadió que no los delataría a la policía a condición de que los legionarios no lo mencionasen a él nunca. Tanto Bogdanovici como los de su entorno que conocían la existencia de Ţurcanu respetaron el pacto. Cuando los legionarios de los centros estudiantiles de Bucarest, Cluj, Iaşi y Timişoara fueron detenidos el 15 de mayo de 1948, en una de aquellas noches de grandes redadas policiales en que los furgones celulares circularon a lo largo y ancho del país hasta la madrugada, uno de los jóvenes del centro estudiantil de Iaşi confesó a la Securitate, después de haber sido sometido a tortura, que Ţurcanu tomó parte en una reunión con Bogdanovici en 1945 o 46. Y eso bastó para que a este lo detuvieran y encerraran en Suceava y para que lo implicaran en el caso Bogdanovici con el res­to del grupo. Ţurcanu ni olvidó ni perdonó: Bogdanovici murió torturado por él durante la reeducación de Piteşti.

En Suceava, donde era conocido por el partido y por la Securitate, Ţurcanu gozó de especial benevolencia. No lo encerraron con los otros presos, sino que estuvo en una celda separada, prestó servicios como subalterno, le prometieron que le aplicarían circunstancias atenuantes en el juicio y una condena leve con suspensión del cumplimiento de la pena para que pudiese reanudar lo antes posible, aunque no al mismo nivel desde luego, su actividad como militante del partido en libertad. En aquel tiempo, en la cárcel de Suceava estaba teniendo lugar una especie de reeducación, pero de forma absolutamente pacífica. Bogdanovici, que tenía muchos problemas de conciencia por haber implicado a un montón de personas, aceptó la propuesta de leer a sus compañeros de encierro libros marxistas, hacer un adoctrinamiento ideológico en la celda. Algunos estudiantes lo siguieron, mientras otros lo tacharon de traidor. Ţurcanu no participó en esa actividad. Hacía de subalterno en el pasillo y observaba desde allí cuanto ocurría en la celda para luego, probablemente, informar a la dirección sobre el modo como se desarrollaba el experimento.

Sin embargo, el juicio del caso Bogdanovici no recayó en jueces comunistas sino en antiguos magistrados militares, quizá los mismos que habían juzgado antes a los comunistas y que luego se esforzaron por mejorar su hoja de servicios para que el nuevo régimen los siguiese manteniendo en el puesto. De modo y manera que aplicaban la pena en su grado máximo. De esta forma, Bogdanovici fue condenado a veinticinco años de trabajos forzados mientras que Ţurcanu lo fue a siete de prisión correccional. Todas sus esperanzas de rehabilitarse pronto se vinieron abajo. Encerrado en la misma celda con los otros, Ţurcanu se integró en el grupo de Bogdanovici e incluso se convirtió en una especie de adjunto de este en la reeducación marxista. Bogdanovici continuó con la operación para que no se dijera que había sido un oportunista y que la había empezado únicamente para obtener una pena más reducida. Pero Ţurcanu no podía conformarse con un papel de adjunto. En las discusiones se distinguía por su intransigencia ideológica y se convirtió en el más leninista del grupo. Atacó más de una vez a Bogdanovici por sus interpretaciones oportunistas y kautskistas. Iba más lejos y ponía en duda la sinceridad de la reeducación de Bogdanovici, lo que lo llevó a formar su propio grupo.

Suceava era una cárcel de presos preventivos así como un establecimiento disciplinario con celdas individuales para los que, en otras prisiones, eran considerados como irrecuperables. (Allí murió el “chivato” más heróico de Rumania, Luca Damaschin. Durante dos años simuló ser informador del coronel Koller para, en su condición de subalterno, salvar de la muerte a muchos presos de la cárcel de Aiud, dándoles una ración superior de alimentos. Cuando lo descubrieron, lo mandaron a Suceava como medida disciplinaria.)

Un día el grupo de Bogdanovici fue enviado a una cárcel de cumplimiento de condena y, en el camino, se detuvo en Jilava. Allí, Ţurcanu desapareció durante varios días. A la vuelta, afirmó haber estado en un interrogatorio complementario. En realidad, había estado en el Ministerio del Interior para entrevistarse directamente con Nikolski a fin de poner a punto un procedimiento distinto de reeducación. Ya en Suceava, Ţurcanu tenía un grupo de diez estudiantes absolutamente adictos suyos y prestos a pasar a la acción. Junto a otros reclutados en Jilava, Ţurcanu fundó la O. P. C. C. (Organización de Presos de Convicciones Comunistas), de la cual ningún preso, salvo los que la integraban, sabía nada. De dicha organización formaban parte unos veinte jóvenes. Los más conocidos eran: Alexandru Popa (alias Popa Tanu), el adjunto de Ţurcanu, estudiante de inge­niería agronóma en Iaşi y que fue uno de los elementos más terribles de la reeducación y que, durante un tiempo, se encargó de practicarla en Gherla. Por una serie de circunstancias sobre las que volveremos más adelante, se libró de la condena a muerte y vive pacíficamente en Rumanía. Otros eran: Livinski, Mătinuş, Titus Leonida, Nuţi Pătrăscanu, Fuchs y Steier. Había legionarios, pero también nacional-campesinos y sionistas.

Desde Jilava, ese grupo, junto a otros estudiantes llegados de Timişoara y Cluj, fue enviado a Piteşti donde estaban presos los estudiantes universitarios (entre ellos algunos estudiantes de bachillerato y obreros) que aún no habían acabado la carrera. Los que habían concluido los estudios fueron enviados a Aiud y así se libraron de la reeducación. Pero en aquellos momentos, ninguno de los presos, salvo el grupo de Ţurcanu, sabía lo que estaba cociéndose en Piteşti ni lo que significaba la reeducación. Lo más que podían pensar los procedentes de Suceava era en una reedición de la tentativa de Bogdanovici. Lo cierto es que hasta el 6 de diciembre de 1949 ningún preso de Piteşti sabía lo que le esperaba.

 

Este fragmento pertenece al arranque del libro El experimento de Pitesti. (O sobre el poder omnímodo) que, con traducción de Joaquín Garrigós, acaba de publicar la Ediciones Xorki.

 

Jacinto Rivera de Rosales es catedrático de Filosofía de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED), en Madrid

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[1] Extensos fragmentos de estas páginas se retransmitieron entre los años 1975 y 1976 en Radio Europa Libre. La primera edición del presente libro apareció [en lengua rumana, n. n.] en la colección Limite, París, 1981. N. del A.

[2] Se titula Piteşti. Centro de reeducación estudiantil, ed. Atlantida, Bucarest, 1991. N. del T.

[3] Se publicó en Madrid, en una editorial rumana de la diáspora. N. del T.

[4] El testimonio de G. Dumitrescu¸ El desenmascaramiento, publicado en lengua rumana en Occidente el año 1978, cuando el presente libro ya estaba concluido, no modifica a nuestro juicio su contenido. Pero es un libro de obligada lectura porque, en este tema donde los testimonios son tan escasos por los motivos que dejamos dicho, la descripción de una vivencia directa es insustituible. N. del A.

[5] Líder a la sazón del partido fascista rumano La legión del Arcángel San Miguel, también conocida como La Guardia de Hierro y Movimiento Legionario. Fue el sucesor de Corneliu Codreanu, asesinado por orden del gobierno rumano en 1938. N. del T.

[6] Se refiere a la rebelión legionaria de enero de 1941, que sofocó el general Antonescu, socio suyo de gobierno. N. del T.

[7] Organizaciones juveniles del Movimiento Legionario. N. del T.

[8] Alusión a un campo de trabajos forzados donde millares de presos políticos construían un canal en el río Danubio en condiciones inhumanas. N. del T.

[9] La presente cita de Los demonios procede de la edición de la editorial Alba, Barcelona, 2016, traducción de Fernando Otero Macías. N. del T.

[10] El 23 de agosto de 1944 se produjo el golpe de estado que desalojó a Antonescu del poder. Se formó un gobierno democrático y Rumanía rompió con el Eje y se pasó al bando aliado. N. del T.

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