El gran asunto pendiente

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Lo dice Jacobo Siruela en un libro excelente y muy sorprendente, El mundo bajo los párpados. «La separación entre la realidad física y psíquica es nuestro gran asunto pendiente.»

 

Y en otra parte: «Al parecer, los descubrimientos de la mecánica cuántica no han hecho una gran mella en la mentalidad científica y humanista, ya que de momento no parece haberse asumido aún la crisis epistemológica de la era posmoderna, pues se siguen aplicando mecánicamente a la realidad las viejas fórmulas ideológicas del materialismo decimonónico, como si estas siguieran intactas.»

 

No se puede decir mejor. Ya que este es, a mi modo de ver, uno de los grandes problemas intelectuales de nuestro tiempo: QUE LA ÉLITE CULTURAL HA DECIDIDO NO ACEPTAR LA ERA POSMODERNA Y SE HA QUEDADO ENQUISTADA EN EL PASADO.

 

Este enquistamiento, este triunfo definitivo de la nostalgia, no había sucedido nunca antes en la historia. Quizá en momentos de gran cambio cultural como en el Renacimiento. Ya que el cambio que estamos experimentando es de ese calibre, o quizá de un calibre aún mayor.

 

La élite cultural, científica, humanista, política, ideológica, se ha rebelado contra el cambio de paradigma que suponía la posmodernidad y ha pretendido seguir viviendo en una especie de modernidad suspendida… suspendida como un cadáver en animación suspendida, un cadáver cuya vida es meramente nominal.

 

Hay un dato que debería bastar por sí solo para demostrar que la posmodernidad no sólo existe (negar su existencia es ya un tópico del mandarinato cultural) sino que es algo nuevo, sustancialmente nuevo y distinto de cualquier otro paradigma anterior. Consiste en observar quién se opone más ruidosamente a la posmodernidad y por qué.

 

El «racionalista» se opone a la posmodernidad porque esta es «irracional», acusación absurda por cierto pero muy eficaz cuando se esgrime con la debida actitud de superioridad moral. El científico la acusa de ser anticientífica, aunque la posmodernidad no es anticientífica en absoluto, sino relativista. No niega la «objetividad» de la ciencia, sino que afirma que la ciencia siempre se mueve dentro de paradigmas epistemológicos. El «progresista» en política, en fin, afirma que la posmodernidad es «reaccionaria» simplemente porque la posmodernidad ya no sigue creyendo en el «gran relato» del marxismo.

 

Sin embargo, los que no son racionalistas ni progresistas ni marxistas sino todo lo contrario, se oponen a la posmodernidad casi con la misma pasión. Para el tradicional, la posmodernidad es inmoral y confusa, una especie de «todo vale» que pone patas arriba todos los valores. Para el religioso, la posmodernidad, con su relativismo y su perspectivismo, es algo casi más aborrecible que el tradicional materialismo.

 

En suma, que tanto la «ciencia» (aunque no toda la ciencia, claro está) como la religión, tanto la izquierda canónica como la derecha canónica, ven en la posmodernidad su peor enemigo. ¿Por qué? Porque la posmodernidad viene a destruir sus creencias más arraigadas, sus mitos, sus respectivas fes. El rechazo de la posmodernidad proviene, en realidad, de aquellos que profesan creencias religiosas, ya sea la religión en el sentido clásico (en Europa el cristianismo) o bien esa otra religión llamada «racionalismo ilustrado marxista» que es la maldición que está destruyendo cualquier posibilidad de la izquierda de modernizarse y convertirse en una fuerza verdaderamente útil en el mundo contemporáneo.

 

El estudio de la conciencia es el siguiente paso que debemos emprender, del mismo modo que la ciencia desde hace más de un siglo ha emprendido el apasionante reto de estudiar los fundamentos de la materia. Confundir el estudio de la conciencia o del mundo psíquico con la religión de antaño, con sus normas, sus amenazas y sus cilicios, es un error trágico y tan grueso que parece imposible que no sea intencionado.

 

No podemos sino saludar con admiración y gratitud la aparición de un libro como El mundo bajo los párpados, una obra escrita con arrojo, pasión y brillantez, en la que Jacobo Siruela afirma que el estudio de los sueños, como el de los demás fenómenos psíquicos, es la pieza que falta en el horizonte de nuestra indagación intelectual, y que dicho estudio deberíamos tomárnoslo muy en serio.

 

 

 

 

 

 

Madrid, 1961. Escritor. Estudió Filología Española en la Universidad Autónoma de Madrid y piano en el conservatorio. Fue pianista de jazz y profesor de español. Vivió en Nueva York durante unos cuantos años y en la actualidad reside en Madrid con su mujer y sus dos hijos. Es autor de las novelas La música del mundo, El mundo en la Era de Varick, La sombra del pajaro lira, El parque prohibido y Memorias de un hombre de madera y del libro de cuentos El perfume del cardamomo. Ganó el premio Bartolomé March por su labor como crítico literario. Ha sido además crítico de música clásica del diario ABC, en cuyo suplemento cultural escribe desde hace varios años su columna Comunicados de la tortuga celeste. Su ópera Dulcinea se estrenó en el Teatro Real en 2006. Acaba de terminar una novela titulada La lluvia de los inocentes.

1 COMENTARIO

  1. Magnífico artículo Sr.

    Magnífico artículo Sr. Ibáñez, tan profundo en lo cognitivo como elegante en lo estético. ¡Ojalá muchos se dieran cuenta! Espero nos comente pronto cómo ayuda esta nueva percepción  a nuestra felicidad, no sólo queremos tener razón, queremos disfrutarla. ¿Qué le parece el recientemente fallecido Mandelbrot?

    ¿Puede dar la referencia editorial del libro de Siruela? Gracias

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