El hombre transparente

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El hombre transparente de la Huerta del Retiro no es un androide.

 

Aunque tiene piernas, no se sostiene erguido, le falta la fuerza de la vida.

 

Lleva miriñaque de tubo de vidrio verde, con letras en relieve. Se yergue en un ángulo casi recto, ligeramente inclinado hacia adelante; lo que lo emparenta con la Torre de Pisa, o un vigía de barco en su cofa. 

 

No se trata de una pareja de hombres musculados, sino de uno solo y su reflejo en el espejo, que sirve de linde a esta Huerta del Retiro. Sólo tiene dos dorsos, sin nalgas, nuca, cogote, ni espaldas; la parte posterior de su cuerpo la vendían con el fascículo de la semana siguiente, y nunca llegó a comprarse.

 

Este hombre bifrontal de plástico tiene dos pares de manos abiertas, y profundos ojos blancos. Al ser translúcido y hueco, la luz del sol lo traspasa.

 

La atmósfera azulada del recinto en sombra, plagada de transparencias y reflejos, le da un aire submarino a la escena, y transforma al hombre estriado en el mascarón de proa de un navío hundido, llamado Quinta de Santiago.