La paternidad es rara [Una lectura de “Nadie sabe que esto es tierra de nadie”, de Percy Chávez Alzamora]

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La paternidad te forma en la paciencia y la espera y, así, reactiva recuerdos de la infancia, como un espejismo, en el que uno trata de boquear en medio del caos, el cansancio, el ruido y la pérdida del espacio propio. Es lo que va aprendiendo el peruano Percy Chávez Alzamora y de lo que da cuenta en Nadie sabe que esto es tierra de nadie (La Navaja Suiza,2021). Un libro breve que incluye citas, extractos de textos ajenos, canciones, listas de dudas y miedos, dibujos y que, por sobre todo, testimonia el fracaso del diario que el autor se propuso escribir para dar cuenta del nacimiento de su segunda hija, J. Todo comenzó con un diario ordenado, un registro con fechas, lugares y anotaciones periódicas. Pero, fiel a las turbulencias de la paternidad, el diario terminó convirtiéndose en “una libreta de anotaciones o cuaderno para todo”. Este libro es la reelaboración de todo ello. Con una cierta distancia, y con una cierta prudencia.

El amor y el humor son los grandes temas de este libro, en verdad, y sus dos puntos de fuga (comienzo y final). Y la paternidad el cascarón, el paisaje mental, físico y emocional, el marco interpretativo que sustenta (y provoca) las reflexiones meditativas. Así, este libro testimonia la condena de la escritura de un proceso de evolución personal, que va desde el desconcierto y la torpeza, pasando por la duda, por los deseos de huida (de ser otro) y arriba hasta el apacible puerto del amor (y el humor). Momento en el que Percy Chávez se da cuenta de que todo tiene que ver con un cambio de punto de vista, de perspectiva, que finalmente asume: el de la (insoslayable) paternidad.

Nadie sabe que esto es tierra de nadie trata también la cuestión de la revisión cultural, en el sentido de la búsqueda de referentes en las artes (el cine y la literatura, preferentemente, aunque también en la música) y no está exento de un cierto gracejo risueño -e incluso sirviéndose de la autoparodia-, que alivia la duda existencial del narrador (y que sirve para la complicidad con el lector). Aceptar, por ejemplo, el llanto bochornoso al que se abandona Percy justo al nacer Julieta, se plantea no en términos amorosos, sino como una liberación aterrorizada, lo que le sitúa más cerca de la ternura que, aunque no lo parezca, de un -quasievidente- cinismo de baja intensidad. En resumidas cuentas, que con su falibilidad nos conquista.

La paternidad arrincona la identidad del padre. Y, así, nos dice Chávez, ser padre “es dejarte vencer. Es claudicar”. De ahí que el libro sea necesariamente un puzzle de ideas, sensaciones, recuerdos y pensamientos recogidos un poco albur de las circunstancias. Incluye Percy Chávez una interesante teoría sobre las onomatopeyas (traída de Kaurismäki), sobre la expresividad de las cosas mínimas, y aplicada a la paternidad, que les recomiendo leer.

La paternidad, como el amor, cansa. Y es, también, un acto de fe. Es permanecer en un estado permanente de confusión y nace de la frustración (“por no llevar al futuro hijo dentro de uno”). La paternidad es melancólica y se fundamente, por ello, en la carencia. Pero también es una competición con la pareja por ver quién queda más tiempo al cargo de los hijos. La paternidad… es rara, concluye Percy Chávez, en este librito hermoso, tierno y despistado que hará las delicias de todos los padres primerizos (y abrumados).

Pueden comenzar a leerlo, aquí.

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