Lengua, verdad y música
En todo lo anterior me he guiado, a propósito, por la costumbre neuropsicológica de centrarse en un conjunto de tareas o funciones discretas, que pueden definirse y medirse, ya que esa es la manera en que se recopila información acerca del cerebro y ese es el estilo habitual para reflexionar sobre él. Pongamos ahora la mirada en todo este material desde otra perspectiva. Me gustaría unirlo todo y proponer que las diferencias entre los hemisferios no son solo una curiosidad sin importancia, un puñado de datos neuropsicológicos, sino que en realidad representan dos aspectos del mundo coherentes cada uno por separado, pero incompatibles entre sí.
Esto nos llevará de forma natural a explorar por qué tenemos el lenguaje: ¿para comunicarnos, para pensar o para qué? ¿Y cuál es el papel de la música? Las respuestas a estas preguntas, ¿arrojan alguna luz sobre la expansión asimétrica de los hemisferios izquierdo y derecho?
Lo nuevo y lo familiar, y dos tipos de conocimiento
Uno de los hallazgos mencionados en el último capítulo fue el gran descubrimiento de Goldberg y Costa, confirmado por investigaciones posteriores, de que cualquier tipo de experiencia nueva, ya sea música, palabras, objetos de la vida real o construcciones imaginarias, activa el hemisferio derecho. En cuanto algo empieza a resultar familiar o rutinario desciende la implicación del hemisferio derecho y, al final, la “información” se convierte en competencia exclusiva del hemisferio izquierdo.
Parece lógico que la conclusión habitual sea considerar este funcionamiento como una especialización en el procesamiento de la información, según la cual los “estímulos novedosos” los trata sobre todo el hemisferio derecho, mientras que de los rutinarios o familiares se encarga el izquierdo. Pero este modelo presupone ya de entrada, como cualquier otro, la naturaleza del objeto observado (en este caso, una máquina de tratamiento de la información). Pero ¿qué encontraríamos si utilizáramos un modelo distinto? ¿Surgiría, tal vez, otra conclusión?
Propongo observar de otra manera la función que cumple el cerebro en la formación de nuestra experiencia del mundo. Esto implica centrar la atención en la propia naturaleza del conocimiento mismo.
Utilizamos la palabra conocer con, al menos, dos sentidos muy distintos. En uno de ellos el conocimiento viene a ser, en esencia, el encuentro con algo o con alguien, por tanto con una “otredad”, como queda implícito en la expresión “conocimiento carnal”. En este sentido, decimos que conocemos a alguien cuando tenemos experiencia de él o ella, de modo que “percibimos” quién es como individuo distinto de los demás. Esta manera de conocer permite captar el carácter único, individual, del otro. También se trata de un conocimiento exclusivamente “mío”. Si otra persona preguntara “¿cómo es?”, podríamos intentar describirla con unas cuantas palabras (“chispeante”, “vivaz”, precisadas con expresiones cuantificadoras como “bastante”, “un poco”, “muy”, etcétera), pero pronto cundiría la frustración de que estos términos generales no parecen cumplir de verdad el objetivo. Luego cabría recurrir a narrar algunas de sus vivencias o sus dichos. Se podría recurrir a una fotografía, porque los rostros nos dicen mucho. Pero si, aun así, se nos sigue preguntando, al final habrá que decir: “Mira, queda con ella, yo te la presento”. Esta forma de conocimiento es “mía” no solo en el sentido de que es difícil de transmitir, sino también porque hay algo de mí en su esencia. Lo que sé de esa persona viene mediado por el hecho de que fui yo quien tuvo un encuentro con ella. Otra persona podría atribuir más relevancia a otros rasgos, lo que conduciría a conocerla como alguien bastante distinto. Pero también sería raro que cada persona que la conociera encontrara en ella a alguien totalmente diferente, porque eso implicaría que no existe una entidad subyacente estable que conocer. Lo esperable es que haya algún consenso entre quienes la conozcan. Este es el primer tipo de conocimiento que nos viene a la cabeza cuando hablamos acerca de una persona viva.
Espero que algunas de estas ideas le suenen tras lo expuesto en el capítulo anterior. Ciertos aspectos parecen familiares. Esta es la forma en que nos acercamos de manera natural al conocimiento de un ser vivo. Tiene que ver con el hecho de que son individuos, lo que conduce a la captación de su carácter único; es algo “mío”, personal, y no una cosa que pueda entregar a otra persona sin variaciones; y no es fijo ni seguro. No se encierra con facilidad en palabras; el todo no se capta enumerando sus partes sin más (“chispeante”, “vivaz”, etcétera); tiene algo que ver con la persona corpórea (la fotografía); se resiste a los términos generales; tiene que experimentarse; y el conocimiento depende de la interacción (un encuentro). Todos estos son, de hecho, aspectos del mundo “según” el hemisferio derecho.
Este tipo de conocimiento se deriva del encuentro de un ser o cosa, como un todo, con otro. Pero hay otro tipo de conocimiento, el que proviene de armar cosas a partir de sus piezas. Se trata del conocimiento de lo que llamamos hechos [nótese que tanto la palabra hechos como datos implican algo que está terminado, completado, dado que factum y datum son ambos participios de pasado]. Esto no suele funcionar bien si de lo que se trata es de conocer personas. Por ejemplo, “nació el 16 de septiembre de 1964”, “vive en Bogotá”, “mide 160 centímetros”, “es pelirroja”, “tiene pecas”, etcétera. Lo normal tras leer los datos es tener la sensación de que no se conoce de verdad a la persona. Esos datos pueden provenir de un archivo policial o constar en uno de esos perfiles cursis de las revistas de sociedad (“último libro leído”, etcétera). Además, da la impresión de que se estuviera describiendo un objeto inanimado (“mueble cajonera, dos cajones pequeños sobre tres grandes, patas redondas, de alrededor de 1870, 75 × 56 × 71 cm”) o quizá un cadáver. Este es el único tipo de conocimiento que admite la ciencia (aunque algunos de los mejores científicos han encontrado triquiñuelas para acceder al otro tipo). Se trata de un conocimiento de dominio público: el horario de los trenes de cercanías, la fecha de la batalla de Trafalgar, etcétera. Su ventaja es la certeza, porque son datos fijos, no cambian dependiendo de quién los obtenga ni del momento en que se midan. Por tanto, el contexto es irrelevante. Pero este conocimiento no brinda una buena idea del conjunto y apenas aporta una reconstrucción parcial de ciertos aspectos del todo.
Estos conocimientos tienen su utilidad. Cuentan con la gran ventaja de ser repetibles. Sus cualidades son opuestas a las del tipo de conocimiento anterior y se asocian con el hemisferio izquierdo: afinidad con lo no vivo; manejo de fragmentos de información independientes entre sí; carácter general, impersonal, fijo y seguro.
Por supuesto, ambos tipos de conocimiento pueden aplicarse al mismo objeto. Mi conocimiento de alguien puede mejorar si conozco su edad, estatura y lugar de nacimiento, pero eso no es en absoluto lo que yo entiendo por conocer a alguien. Estas dos maneras de conocer algo son tan diferentes que en muchos idiomas se las designa con palabras distintas: la primera, por ejemplo, con el latín cognoscere (‘conocer’), el francés connaître, el alemán kennen; la segunda, con el latín sapere (‘saber’), el francés savoir, el alemán wissen… y así sucesivamente. Me refiero a que, al igual que wissen sirve a veces para personas y seres vivos, kennen puede aplicarse a mucho más que a las personas que conocemos. Este tipo de conocimiento puede ayudarnos a entender, más que simplemente a acumular información, una gran cantidad de cosas del mundo, animadas e inanimadas. De hecho, hay indicios claros de que solíamos hacerlo en el pasado, pero ahora hemos perdido la costumbre o incluso la capacidad (véase la segunda parte de este libro).
Consideremos un ejemplo de entidad aparentemente no viva que requiere conocerla en el sentido de kennen, y no en el de wissen: pensemos en una pieza musical. Acercarse a la música es como entrar en contacto con otro ser vivo, y las investigaciones sugieren que entender la música se percibe como algo similar a conocer a una persona; de manera natural, atribuimos características humanas a la música, incluyendo edad, sexo, rasgos de personalidad y sentimientos. El carácter empático de la experiencia musical la asimila al encuentro con una persona más que con un concepto o una idea que pudiera expresarse con palabras. Es importante reconocer que la música no simboliza significados emocionales, lo que requeriría que fuera traducida; sino que los metaforiza, los “traslada” directamente a nuestra mente inconsciente. Tampoco simboliza cualidades humanas: las transmite directamente, de modo que actúa sobre quien la escucha, que responde en consecuencia como si de un encuentro humano se tratara. Dicho de otro modo, conocer una pieza musical, al igual que conocer otras obras de arte, es una cuestión de kennenlernen. Al llegarnos a través del hemisferio derecho, estas creaciones vivas nos parecen de naturaleza esencialmente humana. En otro libro defendí que las obras de arte (música, poemas, pinturas, grandes edificios) solo pueden entenderse si apreciamos que se asemejan más a personas que a textos, conceptos o cosas. Pero esta percepción es antigua: ya Aristóteles, por ejemplo, comparó la tragedia con un ser orgánico.
Quizá Goldberg y Costa nos estén descubriendo algo que trata no solo sobre la novedad y la familiaridad, sino también sobre dos formas diferentes de conocer a través de los dos hemisferios. Conocer algo en el sentido de kennen significa no conocerlo nunca del todo en el sentido de wissen, ya que seguirá cambiando, evolucionando, revelando nuevos aspectos de sí mismo y, por tanto, es siempre algo nuevo, aunque familiar, en el sentido original de encontrarse entre nuestras cosas escogidas, aquellas con las que mantenemos una relación estrecha, nuestra familia (que, en latín, literalmente hacía referencia a lo que es propio del “hogar”). Saber (en el sentido de wissen) es fijar algo para que sea repetible y repetido, para que se convierta en familiar en el otro sentido: rutinario, inauténtico, carente de la chispa de la vida. Creo que lo que se podría deducir de su estudio es que la primera aprehensión de cualquier cosa se produce en el hemisferio derecho, mientras sigue siendo algo nuevo y, me atrevería a sugerir, mientras todavía la estamos conociendo (en el sentido de kennenlernen), pero que pronto pasa al hemisferio izquierdo, donde se convierte en familiar, en el sentido de que ahora es algo conocido (gewußt) y, por tanto, cierto y seguro (gewiß). Al conocimiento del todo lo sigue muy pronto el conocimiento de las partes.
Jung dijo que “toda cognición es similar al reconocimiento”. Con esto quería decir que solo llegamos a saber algo en el sentido de “conocer” (wissen) al reconocer (erkennen) algo que ya sabíamos (kennen). Durante el proceso se vuelve claro, familiar lo que antes era latente, intuitivo. Creo que esto es una expresión del mismo proceso que Goldberg y Costa describen a nivel neurológico: lo nuevo se convierte en viejo. De hecho, Nietzsche va más allá y capta la cuestión clave cuando expresa una idea similar: “Es a través del “saber” [erkennen, ‘re-conocimiento’] como llegamos a tener la sensación de que ya sabemos [wissen] algo; por tanto, significa combatir un sentimiento de novedad y transformar lo que parece nuevo en algo viejo”.
Como dice Gregory Bateson, todo conocimiento tiene que ser conocimiento de la distinción y, por lo tanto, implica algo más que la propia esencia. Del mismo modo, podría decirse que toda experiencia es experiencia de la diferencia. Ni siquiera a un nivel sensorial podemos experimentar nada a menos que haya un cambio o una diferencia: los nervios sensoriales se “fatigan” con rapidez y nos acostumbramos, por ejemplo, a un olor o a un sonido. Los sentidos responden a la diferencia entre valores, a valores relativos, no absolutos. (Parece que el conocimiento y la percepción y, por tanto, la experiencia, solo existen en las relaciones entre las cosas. Tal vez, de hecho, todo lo que existe solo lo haga en las relaciones, como las matemáticas o la música: hay aspectos de la física cuántica que apoyarían esta manera de ver las cosas).
El hecho de que el conocimiento surja de las diferencias implica que solo podemos llegar a comprender la naturaleza de cualquier cosa, sea lo que sea, por comparación con otras ya conocidas, procediendo a observar las semejanzas y diferencias. Sin embargo, al igual que todo cambia de naturaleza, aunque sea solo un poco, cuando cambia de contexto, lo que elegimos para comparar una cosa determina qué aspectos de ella se destacan y cuáles quedan en un segundo plano. Así, comparar un partido de fútbol con la visita a una casa de apuestas pone de relieve algunos aspectos de la experiencia, mientras que si se compara con ir a la iglesia se destacan otros. El modelo que elegimos para entender algo determina lo que encontramos. Si bien es cierto que nuestra comprensión es un efecto de las metáforas que elegimos, también es cierto que es una causa: nuestra propia comprensión guía la elección de la metáfora que se emplea durante el proceso de entendimiento. La metáfora elegida es a la vez causa y efecto de la relación. Así, la forma en que pensamos sobre nosotros mismos y nuestra relación con el mundo ya se revelan en las metáforas que elegimos inconscientemente para hablar de todo ello. Esa elección afianza aún más nuestra visión parcial del asunto. Nos hallamos, pues, ante la paradoja de que parece que estamos obligados a entender algo (incluidos nosotros mismos) lo bastante bien para elegir el modelo apropiado antes de haberlo llegado a entender de verdad. El primer salto determina dónde aterrizaremos. [Cuando se describe al hombre como un lobo, todos “los rasgos humanos que puedan describirse sin esfuerzo en “lenguaje de lobo” se realzan, y los que no, se relegan a un segundo plano. La metáfora del lobo suprime algunos detalles, enfatiza otros; en resumen, organiza nuestra visión del hombre. Supongamos que observo el cielo nocturno a través de un trozo de cristal muy ahumado en el que se han dejado algunas líneas limpias. Entonces solo veré las estrellas que caigan en las líneas previamente preparadas en la pantalla, y los astros que vea estarán organizados por la estructura de la pantalla. Podemos concebir una metáfora como una pantalla, y el sistema de “lugares comunes asociados” a sus palabras focales como la red de líneas sobre la pantalla…”. Si describo una batalla como una partida de ajedrez, “el vocabulario ajedrecístico filtra y transforma: no se limita a seleccionar, sino que además hace que destaquen aspectos de la batalla que podrían no verse en absoluto a través de otro medio” (Black)].
Si partimos de un universo puramente mecánico y adoptamos la máquina como modelo, descubriremos que (oh, sorpresa) el cuerpo, y el cerebro que contiene, son máquinas. A alguien que porta un martillo todo le parecen clavos. Pero como solo podemos conocer las cosas en función de otras cosas que conocemos, toda “explicación”, por convincente que parezca, no es más que un modelo, una comparación de algo con otra cosa. Todo lo que podemos decir, por ejemplo, cuando intentamos interpretar los datos de un escáner para entender lo que hace el cerebro cuando imito la acción de otra persona es que parece haber algún tipo de correlación entre lo que observamos que ocurre en mi cerebro (por ejemplo, un “punto caliente” en un escáner cerebral que sugiere un aumento del metabolismo en el lóbulo frontal derecho) y la experiencia que estoy teniendo al mismo tiempo. Sin embargo, la naturaleza de esa correlación sigue fuera de nuestro alcance, porque se da en una sustancia única, que es el cuerpo humano, que no se puede comparar con nada más para entenderla, excepto otros cuerpos vivos, lo que no nos lleva mucho más lejos. Se puede comparar con una máquina, si se desea, pero la analogía resultante solo puede ser pobre en todos los aspectos excepto, por supuesto, en lo que el cuerpo y una máquina tengan en común, y eso es todo lo que revelará la comparación (el truco está en que para aquellos que se han creído este modelo como el camino hacia la iluminación, todo lo relacionado con el cuerpo parecerá cada vez más mecánico y, así, el modelo se les antojará cada vez más adecuado: la elección original parece finalmente confirmada como un ajuste perfecto). Hablar de “funciones” y “mecanismos” nos lleva por este particular sendero. El modelo de la máquina es el único que le gusta al hemisferio izquierdo porque, recordémoslo, está especializado en herramientas y máquinas. La máquina es algo que ha sido ensamblado por el hemisferio izquierdo a partir de sus piezas constituyentes, por lo que solo es comprensible en términos de sus partes; la máquina no tiene vida y sus elementos son inertes; los taqués no cambian de naturaleza según el contexto.
Quiero tratar de apartarme un poco de la cuestión de qué “funciones” realizan los hemisferios supuestamente mecánicos para pensar en ellos de un modo global, como si tuvieran una disposición o actitud ante el mundo, una “visión” del este, por así decirlo. Ya sé que esto significa sugerir que pueden compartir algunos aspectos de la vida mental humana, pero ¿en verdad es tan raro como suena o no es, acaso, más extraño suponer que todo lo que hacen es computar como máquinas? Si es cierto que la consciencia, sea lo que sea, surge de la mera complejidad de la actividad neuronal interconectada, ¿por qué los hemisferios, las dos masas neuronales mayores y más densamente autointerconectadas, cada una de ellas equivalente a la mitad del cerebro y cada una capaz de sostener la vida consciente por sí misma, no podrían tener algunas de las características de la consciencia normal? Los hemisferios separados de los pacientes con cerebro escindido tienen cada uno una personalidad distinta, con gustos y preferencias característicos, según defiende una de las personas más entregadas al estudio de estos pacientes. El inconsciente, aunque no es idéntico al hemisferio derecho, mantiene sin duda una asociación más intensa con él. En consecuencia, cabría esperar que los hemisferios separados tuvieran cada uno su personalidad y sus valores: como escribió Freud, el inconsciente es “un reino particular de la mente con sus propios impulsos de deseo, su propio modo de expresión y sus mecanismos mentales peculiares que no están en vigor en ninguna otra parte”.
Esto no es más que otro modelo y, como todos los modelos, debe tomarse como lo que es: una comparación, no una identificación. Lo más que cabe esperar de él es que destaque algo, al menos algo distinto, en cierta medida, a lo que pone de manifiesto el relato cognitivista convencional. Aplicar a cada hemisferio un modelo diferente, no el de una máquina, sino el de una persona, revela aspectos distintos y aporta una idea sobre cada hemisferio como un todo, más que como un conjunto de piezas ensambladas.
Lo que nos dice el lenguaje sobre los hemisferios
Lo que pensamos sobre el mundo y lo que sabemos de él está, nos guste o no, mediado en gran parte por el lenguaje, así que merece la pena examinar más de cerca la naturaleza del lenguaje y su relación con los hemisferios cerebrales. Es probable que esto nos diga mucho sobre las diferencias hemisféricas, sobre cómo se relaciona cada hemisferio con el mundo en general e incluso sobre cómo se relacionan los hemisferios entre sí, ya que cada uno es nada menos que una versión del mundo, un tipo de experiencia que tiende un puente entre lo físico y lo abstracto, lo inconsciente y lo consciente, lo implícito y lo explícito.
El lenguaje es competencia de ambos hemisferios y, como todo lo demás, adquiere significados diferentes en cada uno de ellos. Cada hemisferio lo utiliza de forma diferente y, dependiendo del uso que le dé, destaca aspectos distintos.
Volvamos a la estructura del cerebro y echemos otro vistazo a esa extraña asimetría en la región parietal izquierda, donde se dice que reside el lenguaje. ¿No es obvio que esta zona cerebral se dedica a esto? ¿Qué problema tiene esa explicación?
Si bien es cierto que la expansión del hemisferio izquierdo se asocia ahora con las funciones del lenguaje, la creencia de que esa expansión se produjo porque la requirió el desarrollo del lenguaje plantea dificultades. [No soy el primero en plantearse si la diferencia fundamental entre los dos hemisferios está en el lenguaje. Por ejemplo, el destacado neurólogo y neuropsicólogo Elkhonon Goldberg, cuyas investigaciones han tenido una influencia enorme tanto en mí como en otras personas, escribe: “Los hechos básicos que vinculan el lenguaje con el hemisferio izquierdo no se discuten. Sin embargo, se plantea la cuestión de si esa asociación estrecha con el lenguaje es el atributo principal del hemisferio izquierdo o si se trata de un caso particular, una consecuencia más de un principio más fundamental de la organización cerebral”. A continuación, llama la atención sobre las investigaciones que sugieren que los animales que no tienen lenguaje pueden exhibir una especialización hemisférica, y concluye que “el principio fundamental de la organización cerebral” entre los dos hemisferios es que el derecho se ocupa de la información novedosa, y el izquierdo, de la información conocida]. Por un lado, los registros fósiles de humanos primitivos más tempranos, muy anteriores a la época en la que la antropología sitúa el desarrollo del lenguaje, ya muestran este patrón típico de asimetría cerebral. Aún más sorprendente es el hecho de que algunos de los grandes simios y, posiblemente, otros grandes primates como los babuinos, que claramente carecen de lenguaje [se considera que las capacidades lingüísticas de los simios, incluso de los que han recibido un entrenamiento intenso, son inexistentes], ya muestran una asimetría similar a la del cerebro humano, con un agrandamiento en la misma zona del hemisferio izquierdo que en los humanos se asocia con el lenguaje. El planum temporale, que en los humanos está ciertamente asociado con el lenguaje y suele ser mayor a la izquierda que a la derecha, es también más grande asimétricamente, y de nuevo a la izquierda, en los orangutanes, gorilas y chimpancés. Y la torsión de Yákovlev también está presente no solo en los humanos fósiles, sino en los grandes simios.
Además, los conocimientos actuales acerca del funcionamiento del cerebro humano indican que no es verdad que el lenguaje dependa de un hemisferio, sino que se distribuye entre los dos. Si bien es cierto que la mayor parte de la sintaxis y el vocabulario, el meollo del lenguaje, residen sobre todo en el hemisferio izquierdo, es, sin embargo, el hemisferio derecho el que se encarga de las funciones lingüísticas superiores, como comprender el significado de una frase u oración completa en su contexto, la entonación, el significado emocional, así como el empleo del humor, la ironía, las metáforas, etcétera. Pero, si es el hemisferio derecho el que, en términos lingüísticos, pinta el cuadro, sigue siendo el hemisferio izquierdo el que sostiene la “caja de pinturas”. Si se produce un derrame cerebral en el hemisferio izquierdo, el pintor del hemisferio derecho se queda sin materiales. De ahí la vieja creencia de que el hemisferio izquierdo era “dominante”: en su ausencia no se pinta ningún cuadro, no hay discurso coherente. Pero ya no se sostiene el argumento de que el lenguaje tenga que residir en un solo lugar, que es lo que justificaba la explicación de la expansión del hemisferio izquierdo.
Entonces, ¿a qué se debe la expansión del hemisferio izquierdo? Se ha sugerido que tal vez sea consecuencia de la lateralidad. Pero esto plantea otro interrogante: ¿por qué hemos desarrollado la lateralidad derecha? La suposición habitual es que el ser humano es un animal que fabrica herramientas y que, por tanto, necesita prestaciones adicionales para ello, lo que requería especialización. Pero no está nada claro que la adquisición de más habilidades se beneficie del hecho de producirse con una sola mano. Los operarios hábiles podrían serlo aún más si tuvieran la oportunidad de utilizar las dos manos igual de bien, y el cerebro no está sujeto a ningún requisito de tipo económico que implique que la mejora en la destreza de una mano deba hacerse a expensas de la otra. Sin embargo, es un hecho evolutivo que, para usar y hacer, tendemos a preferir la mano derecha, que está controlada por el lado izquierdo del cerebro; en realidad, por una parte del cerebro que, casualmente, está muy cerca del área de Broca, la región del hemisferio izquierdo que se ha convertido en el poder expresivo de la sintaxis y el vocabulario, o sea, cómo damos nombres a las cosas y cómo los juntamos luego.
Además, si nos fijamos de nuevo en los simios superiores, resulta que algunos de ellos empiezan a preferir la mano derecha para agarrar cosas, a pesar de que, aunque utilicen palos y piedras, no son en verdad fabricantes de herramientas en el sentido humano. [La existencia o no de pruebas concluyentes sobre si los chimpancés son diestros no es fundamental para mi argumentación, aunque hay indicios en ese sentido (Hopkins, Cantalupo, Freeman et al., 2005; Hopkins y Fernández-Carriba, 2000; Byrne y Byrne, 1991, 1993; R. W. Byrne, 1995; McGrew y Marchant, 1992; McGrew, Marchant, Wrangham et al., 1999; Marchant y McGrew, 1996). Los chimpancés parecen tener una distribución de la lateralidad a medio camino entre la esperable por azar (“no sesgada”) y la de los humanos, que está sesgada hacia la derecha. De hecho, parece existir una “deriva hacia la derecha” en la interacción con el entorno en una amplia gama de especies (véase McManus). Aunque miembros individuales de otras especies pueden mostrar una preferencia por una pata concreta, esta suele ser aleatoria y, por tanto, tiende a distribuirse equitativamente entre la izquierda y la derecha en el seno de la especie, con aproximadamente la mitad de los individuos con preferencia por la pata derecha y la otra mitad por la izquierda. Los primates son los primeros en los que esto empieza a no ser cierto: los primates muestran ya el típico patrón humano de preferencia general por la mano derecha. Sin embargo, los primates no tienen lenguaje. Por supuesto, tienen la capacidad de la comunicación social, pero lo hacen sin utilizar palabras, sin el lenguaje tal y como lo entendemos nosotros. Es más, incluso los intentos sostenidos de los humanos por enseñar a los primates a comunicarse utilizando un lenguaje simbólico de cualquier tipo han dado como resultado, en el mejor de los casos, un éxito muy limitado, como sucedió con Washoe, un chimpancé que tras años de entrenamiento llegó a dominar unos 130 símbolos, sin ninguna sintaxis reconocible, en claro contraste con la compleja sintaxis del lenguaje humano y su vocabulario medio de unas 75.000 palabras (Oldfield, 1966, p. 341)]. Es poco probable que haya alguna asimetría en sus cerebros debida a la necesidad de espacio para albergar las complejas habilidades requeridas para la fabricación de herramientas. El hecho de que tiendan a dar prioridad a la mano derecha debe tener otros motivos.
Lo más extraño es que, al parecer, podría no tratarse en absoluto de una expansión. Es solo que hay una inhibición de la expansión deliberada en el área correspondiente del hemisferio derecho. E incluso conocemos los genes responsables. El investigador que los encontró comenta: “Es seguro suponer que la asimetría que acabó dando lugar al lenguaje es poco probable que surgiera a causa del lenguaje […]. Es probable que apareciera por alguna otra razón y que, básicamente, el lenguaje se beneficiara de ella”.
La lateralización de la función del cerebro y la asimetría de su estructura se produjeron sin intervención ni del lenguaje ni del diseño de herramientas. No estoy diciendo que, una vez que la asimetría hemisférica se aceleró en los seres humanos, no tuviera nada que ver con el lenguaje o la destreza manual: es obvio que sí. [Así, Toga y Thompson concluyen, con cierta discreción, que “está claro que la asimetría cerebral, la lateralidad del lenguaje y la lateralidad manual están interrelacionadas, pero de una forma compleja”]. Lo que quiero decir es que no es posible que estos factores hayan sido los motores causantes del fenómeno. Las asimetrías asociadas con el lenguaje y con la destreza manual deben ser epifenómenos de alguna otra cosa, de algo más fundamental, más primitivo. Pero ¿qué?
Los orígenes del lenguaje
Para entender mejor esta asimetría tenemos que dar un paso atrás y preguntarnos por qué tenemos lenguaje. Es imposible imaginar un mundo sin lenguaje, y la lengua es el medio a través del cual valoramos todas las cosas, incluida la propia lengua. Por eso, centrar esta pregunta resulta mucho más difícil de lo que pudiera parecer a primera vista. ¿Qué es el lenguaje? ¿De qué plan forma parte? ¿Tiene algo en común con la lateralidad?
Podría pensarse que es obvio que el lenguaje se desarrolló para la comunicación. Pero ni siquiera esto es tan evidente como parece. Hace entre trescientos mil y cuatrocientos mil años, si no más, el Homo heidelbergensis, antepasado común del Homo sapiens y del Homo neanderthalensis, contaba ya con un cerebro grande y con un aparato fonador comparables a los de los humanos modernos y, aunque no podamos estar seguros de la fecha más temprana en que surgieron estas características, es muy posible que fuera hace medio millón de años. Sin embargo, hay indicios que apuntan a que el grado de manipulación sofisticada de símbolos que requiere el lenguaje no se desarrolló hasta mucho más tarde, quizá haga tan solo cuarenta mil años, pero en cualquier caso no antes de hace apenas ochenta mil años, cuando surgen de repente y con profusión los primeros artefactos culturales, junto con pruebas de representación visual, y los humanos comienzan a adoptar el enterramiento ritualizado de los muertos. [Véase Tattersall: “Este salto de la mente hacia la manipulación simbólica es lo que más nos diferencia de otras formas de vida en la tierra; y esta capacidad es, evidentemente, algo que surgió de forma bastante abrupta, como subproducto de algo más, y no a través de un proceso de ajuste gradual a lo largo de las generaciones”. El objeto simbólico más antiguo conocido, una placa de ocre con grabados geométricos, tiene casi ochenta mil años y procede de la cueva de Blombos, en el sur de África (Henshilwood, d’Errico, Yates et al., 2002). Las primeras conchas perforadas, que sugieren una ornamentación corporal simbólica, aparecieron más o menos hacia la misma época en la misma región, junto con pruebas de comercio de materiales valiosos y de extracción de sílex (McBrearty y Brooks, 2003)]. Parece, pues, que durante la mayor parte de la historia de la humanidad, a pesar de tener un gran cerebro y una inteligencia presumiblemente elevada [en general, la correlación entre el tamaño del cerebro y la inteligencia sigue siendo sólida en todas las especies y dentro de las poblaciones humanas. Véase el metaanálisis más completo de las investigaciones sobre la relación entre el tamaño del cerebro y el CI realizado hasta la fecha: McDaniel, 2005], los seres humanos conseguían comunicarse de manera satisfactoria sin el lenguaje tal y como lo entendemos. Es cierto que no eran grupos civilizados en el verdadero sentido de la palabra. Pero sobrevivían y prosperaban como animales sociales, viviendo en comunidad. ¿Cómo lograban una comunicación adecuada nuestros antepasados, si no era mediante el lenguaje?
Para responder estas preguntas hay que analizar otra curiosidad más del registro fósil.
Sabemos que el lenguaje hablado requiere no solo un espacio suficiente en el cerebro para albergar el diccionario y la gramática, sino también características muy específicas del aparato fonador (no solo las cuerdas vocales, sino, además, los elementos articulatorios de la lengua y la boca) que permiten articular una amplia gama de sonidos. A ello hay que añadir un grado considerable de control respiratorio que permita construir frases largas, fluidas y articuladas, y modular con sutileza la entonación a lo largo de una sola respiración. Todas las lenguas conocidas requieren estas características. Los monos y los simios carecen de ese control, y esa es una de las razones por las que los intentos de enseñarles a hablar han sido tan infructuosos. Solo las aves pueden imitar el habla humana, mientras que nuestros parientes más cercanos no son capaces: el aparato fonador de las aves, o siringe (literalmente, “flauta”), y su sofisticado control de la respiración, explican por qué.
¿Cuándo desarrolló el ser humano estas capacidades? Podría pensarse que es imposible determinar en qué momento de la historia humana nuestros antepasados desarrollaron el sofisticado control del aparato vocal y la respiración que poseemos ahora. Sin embargo, algunas observaciones ingeniosas permiten una deducción fiable. El nervio hipogloso, que controla la lengua, tiene que llegar hasta ella atravesando una abertura en la base del cráneo llamada canal condilar anterior. La carga de trabajo de un nervio se refleja en su grosor, y, a su vez, el diámetro del orificio por el que pasa indica el tamaño del nervio. Por lo tanto, midiendo ese canal en la base del cráneo podemos hacernos una idea muy aproximada de cuánto trabajo articulatorio tenía que hacer la lengua del “dueño” del cráneo. Lo mismo ocurre con el canal vertebral torácico, que conduce los nervios que controlan la respiración hacia los músculos de la pared torácica. Y lo que encontramos, como cabría esperar, es que los simios y los monos tienen canales mucho más pequeños que los humanos modernos tanto para los nervios de articulación como para los de respiración. Pero, y aquí está la extravagancia que invita a la reflexión, el examen de los primeros esqueletos humanos, muy anteriores a la época en que creemos que surgió el lenguaje, revela tamaños de canal casi indistinguibles de los humanos modernos. ¿Por qué?
La respuesta más probable es una sorpresa y requiere que la mayoría de nosotros efectúe un pequeño cambio de plano. La explicación de este sofisticado control y modulación de la producción de sonido, en ausencia del lenguaje que conocemos, es que tenía que tratarse de una especie de lenguaje no verbal en el que había entonación y fraseo, pero no palabras verdaderas: ¿y qué es eso, sino música?
Existen similitudes significativas entre la música y el lenguaje, lo que, cuando menos, sugiere un origen común. Por ejemplo, muchos aspectos sutiles del lenguaje están mediados por regiones del hemisferio derecho que también intervienen en la interpretación y la experiencia de la música. Además, estas regiones del hemisferio derecho son homólogas a las zonas del hemisferio izquierdo que intervienen en la producción y comprensión del lenguaje: se encuentran en la “misma” posición en el otro lado del cerebro. La música y el lenguaje presentan una arquitectura común, construida a partir de frases entonadas relacionadas por una especie de “sintaxis”, aunque la sintaxis de la música tiene más que ver con la forma general de toda la pieza a lo largo de muchos minutos (o, en el caso de Wagner, horas: estas larguísimas “frases” musicales de Wagner encuentran, no obstante, su paralelo lingüístico en las frases de su admirador, Thomas Mann, cuya longitud es tan extraordinaria que obliga a tener presentes durante minutos los sujetos y las oraciones subordinadas, mientras se espera el verbo o la conclusión de la oración principal), que con la relación específica entre elementos que se siguen unos a otros con rapidez dentro de una progresión lineal. Tanto en la música como en el habla, la frase es la unidad básica de estructura y función, y tanto las frases del habla como las musicales tienen melodía y ritmo, características ambas que desempeñan un papel crucial en su expresividad. Existe incluso una estrecha relación semántica entre la música y el lenguaje: las frases musicales transmiten significados específicos que, en caso necesario, asociamos de manera intuitiva con palabras concretas.
Sin embargo, la interpretación de los orígenes del lenguaje depara un consenso mucho menor y las especulaciones han seguido uno de los tres caminos que expongo a continuación. Hay quienes creen que la música es una derivación inútil, o un epifenómeno, del desarrollo del lenguaje. Otras personas, por el contrario, creen que el propio lenguaje se desarrolló a partir de la comunicación musical (una especie de canto). Por último, hay quien sostiene que la música y el lenguaje se desarrollaron como entidades independientes pero paralelas, a partir de un antepasado común, que se ha denominado “musilenguaje” (o, también, “musilengua”). En mi opinión, la última opción es difícil de distinguir de la postura de “la música fue lo primero”. Lo digo porque, aunque el “musilenguaje” pueda no haber sido una música muy sofisticada, debe haberse parecido más a la música que al lenguaje referencial y, para que pudiera considerarse un “lenguaje” en algún sentido, debería haberse basado en lo que consideramos los aspectos musicales (los aspectos no verbales) del lenguaje, como el tono, la entonación, el volumen, el ritmo y el fraseo. La mera existencia del concepto de “musilenguaje” pone de manifiesto hasta qué punto los aspectos musicales de la lengua contribuyen al significado, puesto que podrían constituir por sí solos la base para comunicar significados.
Lo que nos enseña el registro fósil es que, como ya he dicho, el control de la voz y la respiración necesarios para el canto surgieron, al parecer, mucho antes de que fueran necesarios para el lenguaje. Pero ¿hay alguna razón, aparte de esta, por la que debamos adoptar la opinión de que la música fue lo primero?
Lengua o música: ¿qué fue primero?
Disponemos de algunos indicios orientativos al respecto. En primer lugar, la “sintaxis” de la música es más simple que la del lenguaje, menos evolucionada, lo que sugiere un origen anterior. Y, lo que es más importante, la observación del desarrollo del lenguaje en niños confirma que, en efecto, los aspectos musicales del lenguaje son los primeros en desarrollarse. La entonación, el fraseo y el ritmo aparecen antes; la sintaxis y el vocabulario, después.
Los recién nacidos ya son sensibles a los ritmos del lenguaje; prefieren esa manera tan extendida de hablarles a los bebés que exagera lo que se denomina prosodia, la música del habla. Las madres se dan cuenta de esto y amplían las variaciones tonales, ensanchan el repertorio y elevan el tono general del habla, además de ralentizar el tempo y enfatizar el ritmo, y lo hacen desde el nacimiento. Los recién nacidos son capaces de reconocer el timbre y la entonación de la voz de su madre, la prefieren a cualquier otra [es más, los bebés son sensibles a los aspectos musicales del habla incluso antes de nacer: si una madre repite una historia corta dos veces al día durante las últimas seis semanas y media de embarazo, su hijo recién nacido preferirá oírla antes que otra que no haya escuchado (DeCasper y Spence, 1986). “El útero es un filtro acústico que conserva las entonaciones del habla de la madre”: agradezco a Vaneechoutte y Skoyles (1998) que me hicieran reparar en este punto, y en su exposición sobre “las guerras lingüísticas” se incluye un interesante y sugerente estudio de este tema] y pueden distinguir la entonación característica de su lengua “materna”, que de nuevo prefieren a otras. Estas capacidades para distinguir las inflexiones características de una lengua, o incluso de un hablante individual, no son signos de un talento innato para el lenguaje como tal: se basan en aspectos del procesamiento holístico del hemisferio derecho, capaz de hacer discriminaciones finas en patrones globales y que tiene poco que ver con el procesamiento analítico del lenguaje por parte del hemisferio izquierdo. De hecho, incluso los primates son capaces de identificar voces individuales utilizando tales rasgos. Por tanto, estos procesos en los recién nacidos tienen que ver más bien con la activación de áreas del cerebro que se encargan de los aspectos no verbales y musicales del habla. Existe el principio (no del todo fiable) de que “la ontogenia recapitula la filogenia”, es decir, que el desarrollo de los individuos de una especie sigue un curso similar al desarrollo de la especie en su conjunto: un ejemplo sencillo es el desarrollo temprano de una cola en el embrión humano, que más tarde se retrae. En la medida en que este principio pueda regir en este caso, la música es anterior al lenguaje. Salomon Henschen hizo una observación al respecto: “La facultad musical es filogenéticamente más antigua que el lenguaje; algunos animales poseen facultades musicales, y las aves muy en especial. La música también es ontogenéticamente más antigua, ya que el niño empieza a cantar antes que a habla”.
En última instancia, la música consiste en la comunicación de la emoción, y esta es la forma más fundamental de comunicación que en la filogenia, así como en la ontogenia, fue y es lo primero. Las investigaciones neurológicas apoyan con firmeza la hipótesis de que “nuestro amor por la música refleja la capacidad ancestral de nuestro cerebro de mamífero para transmitir y recibir sonidos básicos con contenido emocional”, nuestra habilidad para la prosodia y el movimiento rítmico que surgen intuitivamente cuando el cuerpo participa en la expresión de las emociones: “La música se construyó sobre los mecanismos prosódicos del hemisferio derecho que nos permiten la comunicación emocional afectiva a través de las entonaciones vocales”. Es de suponer que estos “mecanismos” fueran cruciales para la supervivencia del grupo. También es probable que tuvieran raíces profundas: “Las profundas sacudidas emocionales que genera la música –escribe el influyente antropólogo Robin Dunbar– me sugieren que la música tiene orígenes muy antiguos, muy anteriores a la evolución del lenguaje”.
Esta conclusión no goza de aceptación universal. Hay varios motivos para ello, entre los cuales destaca uno de carácter genético. Todo desarrollo debe corresponderse con una ventaja evolutiva. El lenguaje, se argumenta, proporciona una enorme ventaja por el poder que confiere a su poseedor, pero ¿qué tiene que ver la música con el poder, qué ventaja puede aportar? Aparentemente, la música no te coloca en posición de asestar un golpe de gracia al rival ni parece una forma de promover la supervivencia de tus genes (a pesar de las frecuentes apelaciones, poco convincentes, a lo que podríamos llamar el “factor Tom Jones”). Así pues, la música se ha considerado una “exaptación” del lenguaje sin sentido evolutivo: es decir, se trata de una adaptación para un propósito muy diferente de una habilidad que se desarrolló en sus orígenes por sus ventajas competitivas en un área. Del mismo modo, la mecanografía podría considerarse una exaptación de la habilidad digital desarrollada para fabricar herramientas: no fue la presión por publicar más que los colegas lo que hizo que se desarrollara la habilidad en primer lugar, como tampoco tenemos piernas para dar empleo a los sastres. La música tiene que ser, en este sentido, una derivación irrelevante de algo con más ventaja competitiva, es decir, el lenguaje: Steven Pinker lo considera así e incluso sugiere que la música es tan absurda y autocomplaciente como la pornografía o el gusto por la comida. [“La tarta de queso posee un poder sensual sin parangón en el mundo natural, porque es un brebaje con una megadosis de estímulos agradables que hemos creado con el propósito expreso de pulsar nuestros botones del placer. La pornografía es otra tecnología del placer. En este capítulo sugeriré que las artes son una tercera […]. Sospecho que la música es un pastel de queso auditivo” (‘The meaning of life’, en Pinker, 1997)]. Sin embargo, las pruebas no apoyan que la música sea una exaptación del lenguaje, sino más bien lo contrario. Si el lenguaje evolucionó más tarde, parece que lo hizo a partir de la música. Así pues, el problema evolutivo persiste (espero ofrecer una posible resolución de este problema a su debido tiempo).
No solo la genética tiene dificultades con esta idea. Ahora se piensa más bien que la música es algo periférico, cuando no inútil. Todos tendemos a arquear una ceja cuando se hace referencia a nuestros antepasados como los “neandertales cantores”. Pero lo cierto es que muchos teóricos del lenguaje, entre ellos Rousseau en el siglo XVIII, Von Humboldt en el XIX y Jespersen en el XX, han considerado probable que el lenguaje se desarrollara a partir de la música, de modo que las teorías desarrolladas por Mithen y otros en el siglo XXI no nacen de la nada.
En cualquier caso, no debería sorprendernos que podamos utilizar medios no verbales, como la música, para comunicarnos. Si la idea parece chocante se debe, en parte, a la forma en que los occidentales vemos ahora la música: hemos perdido el sentido de la posición central que la música ocupaba antaño en la vida comunitaria, y que todavía ocupa en la mayor parte del mundo. A pesar de que no hay ninguna cultura humana que no tenga música y en la que la gente no se reúna para cantar o bailar, hemos relegado la música a un segundo plano. Podemos pensar que la música es una experiencia individualista, incluso solitaria, pero eso es raro en la historia del mundo. En las sociedades con estructuras más tradicionales, la interpretación musical desempeña un papel integral e integrador, no solo en las celebraciones, las fiestas religiosas y otros rituales, sino también en el trabajo y el ocio cotidianos; y es, sobre todo, una interpretación compartida, no solo algo que escuchamos de manera pasiva. [Como psiquiatra occidental, cada día pregunto a la gente por sus intereses y aficiones. Siempre que mencionan la música, les pregunto si cantan o tocan algún instrumento, y hace tiempo que aprendí a esperar que casi nadie diga otra cosa que no sea que le gusta escuchar música grabada]. Tiene un poder vital para unir a las personas, ayudarlas a ser conscientes de que comparten humanidad, sentimientos y experiencias, y unirlas de un modo activo. En nuestro mundo, la competencia y la especialización han hecho de la música algo compartimentado, alejado del núcleo de la vida. Oliver Sacks escribe al respecto:
“Este papel primordial de la música se ha perdido en cierta medida hoy en día, cuando existe una clase especial de compositores e intérpretes, y el resto de nosotros hemos quedado reducidos a menudo a escuchar de manera pasiva. Hay que ir a un concierto, a una iglesia o a un festival de música para recuperar la emoción y la unión colectivas de la música. En esas situaciones parece darse una unión real de los sistemas nerviosos…”.
Pero si resultara que la música conduce al lenguaje, y no el lenguaje a la música, eso ayudaría a comprender por primera vez el hecho histórico, de otro modo desconcertante, de que la poesía evolucionara antes que la prosa. [Así lo sugirió por primera vez Vico en su Scienza Nuova en 1725, y más tarde Herder, Rousseau, Humboldt y muchos otros teóricos, y lo confirman en el caso de la literatura griega, por ejemplo, Dover y sus colaboradores (Dover, Bowie, Griffin et al., 1997, p. 10). También se ha afirmado específicamente en relación con el hebreo, el latín, el árabe, el islandés antiguo, el inglés, el castellano y el alemán: por ejemplo, Mazari (2006, p. 62). Benedetto Croce no solo respaldó este punto de vista, sino que llegó a afirmar que “el lenguaje es siempre poesía, y […] la prosa (la ciencia) es una distinción no de forma estética, sino de contenido, es decir, de forma lógica”]. La prosa se conocía al principio como pezos logos, literalmente “logos que camina o andante”, en contraposición al logos danzante habitual de la poesía. De hecho, la poesía primitiva se cantaba, así que la evolución de la habilidad literaria progresa, si esa es la palabra correcta, desde la música del hemisferio derecho (palabras que se cantan) hacia el lenguaje del hemisferio derecho (el lenguaje metafórico de la poesía) y, después, al lenguaje del hemisferio izquierdo (el lenguaje referencial de la prosa).
Es probable que la música sea el antepasado del lenguaje y que surgiera en gran medida en el hemisferio derecho, donde cabría esperar que apareciera un medio de comunicación con los demás que fomentara la cohesión social.
Este capítulo pertenece al libro del mismo título que, con traducción de Dulcinea Otero-Piñeiro, ha publicado la editorial Capitán Swing.





