El monje y el suicida. En torno a ‘La explosión de la soledad’, de Erik Varden

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Al terminar el primer capítulo de La explosión de la soledad ya había salido disparado varias veces hacia muchas otras lecturas y pensamientos. Su autor es el joven monje cisterciense noruego Erik Varden. El título del libro gana sentido si pensamos que toda la tradición judía y cristiana surge, de alguna manera, para consolar nuestra soledad radical. Se trata de una declaración de intenciones que encontramos explícita en el primer libro que ambas consideran sagrado. “No es bueno que el hombre esté solo”. Ahí quizás comienza todo.

Pero yo venía porque en la página treinta y cuatro aparece la foto de un hombre joven, sentado con una pierna cruzada, que sonríe con satisfacción directamente hacia la cámara. No parece que está solo. Abraza a dos mujeres que están a sus costados, un poco por debajo de su altura, pero lo rodean también otras dos que están de pie. Las cuatro lo miran con devoción, generando un encuadre perfecto. Él, escritor y crítico sueco de éxito precoz, está en la mitad de los veinte; ellas son actrices que van a interpretar personajes de su obra. La vibración que emana la imagen no nos ayuda a imaginar que Stig Dagerman –hay varias traducciones de sus libros al castellano– se suicidaría poco tiempo después, a sus 31 años.

“No me atrevo a lanzar piedras a uno que cree en aquello que yo dudo, o a uno que adora la duda como si, ella también, no estuviera envuelta en oscuridad”, escribió, en un ensayo que llegó a ser su suerte de testamento. “Esa piedra me caería encima –continúa– porque de una cosa estoy seguro: que la querencia del hombre por el consuelo es insaciable”. El texto, que se puede encontrar en internet, lleva precisamente ese título: Nuestra necesidad de consuelo es insaciable. Varden, el monje que ahora es también obispo, confiesa que no puede sino ver en Dagerman a un hermano. Y no lo dice en universal, como si fuera un hermano más de entre la humanidad, sino en particular. Juntos recorren el capítulo, explorando unas palabras del mismo libro sagrado citado al inicio: que fuimos hechos del polvo hacia el que estamos regresando.

Varden, ciertamente, pone en contexto las inquietudes de Dagerman: su orfandad de sentido se tropezó con el horror de la guerra mundial y con los cantos de sirena de la gloria humana; desarrolló una agudeza que le permitió mirar con ternura a quienes esperamos la plenitud en falsos consuelos. Varden, el monje, ve en Dagerman, el suicida, a un hermano con el que se comunica desde lo que llama una antropología de la humildad: “Dagerman y yo podemos mirarnos el uno al otro con compasión, incluso con entendimiento. Lo que nos conduce a profundidades conocidas para ambos”.

Quizá sucede que veo en Dagerman a Medardo Ángel Silva, poeta ecuatoriano, el primero al que dediqué un trabajo de fin de carrera que ni siquiera lo llamaría discreto; él se disparó vestido de elegante traje a los veintiún años. Quizá veo en él a Alejandra Pizarnik, la mujer que me tomó violentamente da la mano esos mismos años –con sus diarios y sus textos que fotocopié enteros– para arrojarme por primera vez en la poesía; ella murió con sobredosis a los treinta y seis. Y después a otros que, mientras nos miramos con compasión, traen siempre a mi mente lo que escribió Camus: “Juzgar si la vida vale o no la pena de vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”.

Varden, en este capítulo, pone palabras a la experiencia de esa fraternidad posible, a la necesidad de hablar el lenguaje universal del consuelo. Al mismo tiempo, el monje-obispo invoca una nueva antropología de la humildad –que, no casualmente, proviene de la palabra humus, tierra– para, de frente la foto de la página treinta y cuatro, nunca lanzarnos al discurso indiscreto.

La explosión de la soledad, de Erik Varden. Editorial Monte Carmelo.

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