El pastorcillo que no quiso ser Mesías

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El pastorcillo Jesús gustaba de dormir al raso, bajo un cielo judío cada vez más cristianizante. Su rincón favorito era el bosque de cardos gigantes. Sus ramitas como rayos en torno a la alta flor, favorecían la comunicación con su padre: sólo en este lugar se le aparecía en sueños.

 

A Jesús le gustaba dormir junto a una piedra venida de una playa del otro lado del Atlántico.  Según el pastor dormido, se trataba de una esponja energética; hasta podría decirse que tuviera memoria por su aspecto de cerebro. El Mar Caribe es muy brujo, sus aguas están hechizadas, y la isla de Cuba -cuajada de negros- se halla en su centro. ¿Cómo no iban a estar impregnadas de este don, las piedras de sus playas?

 

De cómo llegó esta roca de las cien bocas a un bosque de cardos de Galilea, es todo un misterio. Algunos atribuyen su poder, a que se desprendió de un meteorito blanco. Si la memoriuda cubana tenía un pasado, el cardo no iba a ser menos. Nació y vivió bajo el puente de Santo Domingo de la Calzada, en el cauce seco del río Oja. ¿Habrase visto alguna vez un río con nombre más vinatero?

 

El pastorcillo de plástico, (que se negó a crecer, para no sufrir su suerte predestinada de Mesías), dormía plácidamente sobre el lecho rojo de un lápiz de carpintero. ¿Estaría conduciéndolo este río de vino recto, hacia su inextricable destino?