- Escapar del Estado, 2019
Ese día supe que el carro blindado no sería suficiente.
Me movía en esa camioneta desde hacía dos años. Empecé a usarla a partir de una gloria efímera, en la mañana soleada en la que fui a la sede del Ejército para recibir explicaciones por una investigación que yo había publicado el día anterior en Nómada, el periódico digital que dirigía. Durante la conferencia de prensa, el ministro sudaba, me esquivaba la mirada y se notaba que estaba inventando cualquier excusa para justificar lo injustificable: que el presidente de la República estaba recibiendo un sobresueldo ilegal por parte del Ministerio de la Defensa.
Disfruté doblegar a los militares y al jefe de Estado, al menos por un día, y grabé un video para resumir la victoria. Cuando terminé y salí de la sede militar, caí en cuenta de lo que estaba por venir: Si me había metido hasta lo más profundo del poder y le estaba apretando los testículos al monstruo, eso quería decir que habría una venganza. Era 2017.
Vendí acciones de Nómada para poder comprar un carro blindado para mí, otro para mi familia y una fundación me dio fondos para colocar una puerta blindada en la oficina del periódico, y así continuar haciendo periodismo independiente durante dos años y tres meses, 820 días. Pude seguir con el oficio hasta ese miércoles 11 de diciembre de 2019, cuando supe que la camioneta blindada no iba a ser suficiente. Un blindaje, claro está, protege de las balas. Pero no protege a nadie de un retén ilegal de la policía de un régimen autoritario, oscuro.
Ese miércoles era kemé, el día de la muerte en el calendario maya. Ese día, una semana después de la difamación en mi contra, agentes estatales publicaron una foto mía en internet. Era común que publicaran imágenes mías cuando estaba en restaurantes, en cafés, en calles, para recordarme que tenía vigilancia del Estado y de los fanáticos reaccionarios. Esta vez, la fotografía era distinta, preocupante.
Tenía un viaje familiar planificado para el 12 de diciembre, así que por recomendación de un ser querido fui a revisar si me habían arraigado. El trámite se hace en el cuarto nivel del edificio de Migración; dura 30 segundos. Aunque sólo estuve frente a ese escritorio durante medio minuto, un agente estatal me había tomado una foto y la habían subido a internet. La foto iba acompañada de otra imagen más preocupante: una orden de captura en mi contra.
La orden de captura era falsa; habían colocado mi nombre en un documento judicial de un antiguo caso de corrupción, de La Línea. Pero era la Guatemala de diciembre de 2019, con la camarilla del presidente Jimmy Morales, mafiosos y militares en el timón del barco, y estaba empezando la cacería contra quienes lideramos la lucha contra la corrupción y la impunidad, incluida la prensa. Meses antes había salido al exilio la anterior fiscal general, alertada por la DEA [agencia antinarcóticos de Estados Unidos] que el Gobierno y un narcopolítico la querían asesinar; en un plan tan concreto que incluso habían dejado salir de prisión al sicario que se encargaría de ella.
La noticia de la orden de captura falsa en mi contra la leí cuando estaba, por azares del destino, en el consulado de Noruega, a una cuadra de la Avenida Reforma. Me asomé a una de las paredes del patio, que separa la sede diplomática de la calle. La pared estaba cubierta con enredaderas, pero se podía ver hacia afuera. Todo iba a peor: había tres carros sin placas esperándome.
Nunca tuve miedo de ser periodista. Me enfrenté al Estado de Guatemala durante 20 años, pero ese día mi escudo protector invisible, mi prestigio social, había desaparecido por la difamación, y supe que los poderosos habían sentido el olor a sangre. Supe qué se siente que el Estado pudiera disponer de mi integridad física, de mi cuerpo.
Cómo explicar qué es el Estado de Guatemala y cómo nos ve a sus ciudadanos, sobre todo a quienes somos críticos. Nos ha considerado siempre sus enemigos. Guatemala –a pesar de ser un país pequeño y pobre– tuvo en el siglo pasado el segundo archivo de vigilancia más grande que se haya encontrado en el mundo, sólo detrás del archivo de espionaje de la Stasi de la Alemania comunista. En toda América Latina hubo dictaduras; la de Guatemala fue la peor. Hubo más masacres, más asesinatos y más desapariciones que en Argentina, Brasil y Chile juntos. Sólo desaparecidos: 45.000 almas. A la persona que hizo un recuento de esas muertes algunos años después, el obispo Juan Gerardi, lo asesinaron a sangre fría en una noche de abril de 1998. Así nos quiere el Estado de Guatemala a sus ciudadanos, desde siempre.
Esas capturas ilegales y desapariciones vinieron a mi mente ese 11 de diciembre, pues muchos de los militares que participaron en la guerra interna estaban de regreso en el Gobierno en el año 2019. O nunca se fueron. Después de estar contra las cuerdas por la lucha contra la impunidad entre 2008 y 2018, recuperaron el poder y tenían sed de venganza.
De ese Estado tenía que librarme ese miércoles.
Un retén policial era jodido porque me podían llevar a una prisión, a compartir celda con corruptos y asesinos a los que yo había ayudado a encarcelar con investigaciones periodísticas que habían sido base para casos de la fiscalía. Pero había algo peor que un retén policial y una cárcel con corruptos: un retén ilegal, de carros sin placas. Eso podía significar una condena que podía ir desde la tortura hasta una desaparición forzada. Aunque no hubiera cometido ningún delito, ni hubiera una denuncia, ni una orden de captura real.
Les pedí ayuda a los ángeles.
No podía contar con mi propio periódico para defenderme, pues estaba tomado por la corrección política y los reporteros se negaban a “usar” a Nómada para exigir mi derecho a la vida frente a la amenaza de una detención ilegal. La única que se movió para crear una alerta internacional con medios aliados fue Lucía, la subdirectora.
Necesitaba a un diplomático y a un abogado, que serían los complementos para la camioneta blindada. La mayoría de diplomáticos y abogados que conocía me dieron la espalda, porque nadie quiere defender a un cancelado. Tras muchos intentos fallidos, los conseguí. Los abogados José Pedro y Andrea llegaron al lugar, y las diplomáticas María y Ana me ofrecieron un carro de Naciones Unidas, blindado y con placas diplomáticas.
Mis héroes de esa noche eran variopintos. El abogado José Pedro estaba en sus cincuentas, tenía anteojos, calvicie y barriga. Dante, el piloto de la ONU, debe haber estado en sus cuarentas, estaba fornido y tenía bigote. Y la otra abogada, Andrea, mi amiga de infancia, tenía 37, es morena, atlética, de pelo largo y ojos negros, decididos. Los tres, unos valientes.
Esperaríamos hasta las seis de la tarde, porque a partir de ese momento, es inconstitucional que los agentes de seguridad del Estado ingresen a una casa particular. En el barrio donde vivía, esa ley podía ser útil.
—No podés ir a dormir a tu casa, ahí te van a encontrar –me dijo Andrea.
—Gracias, pero igual me rastrearían a donde fuera. Además, mañana salimos de viaje a España con mi esposa y tengo que hacer la maleta.
Serían diez minutos desde el consulado hasta mi casa. Pusimos en marcha el plan. Andrea iría manejando mi carro y saldría primero. El piloto y el otro abogado conducirían el vehículo de la ONU, conmigo dentro. Yo iría escondido entre los sillones delanteros y el sillón trasero de la camioneta con placas diplomáticas. Salimos del consulado.
—¿Todavía vienen atrás? –pregunté sobre los carros sin placas.
—Todavía.
Tomamos la Séptima Avenida, la Hincapié, las Américas, la Décima Avenida.
—¿Todavía?
—Todavía.
Conforme el plan, rebasamos a Andrea y frenamos frente a la puerta de mi condominio, uno de los más seguros de la ciudad. Salí de mi escondite detrás del asiento del piloto y asomé la cara por la ventana, para que el guardia de la garita nos dejara pasar. El plan funcionó. Llegué a mi casa. Con kemé respirándome en la nuca, pero llegué.
Al día siguiente era 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe y mi entonces esposa era muy devota. Salimos de madrugada rumbo al aeropuerto. Si me detenían ilegalmente, al menos sería de día. Una vez más, pedimos una mano a los ángeles. Pasamos por los controles de Migración sin problemas. El avión despegó. Supe que no podría regresar a mi país hasta que cambiara el Gobierno. Respiré, agradecí.
- El comienzo, 2001–2002
“¡Que el patojo se haga cargo de las cartas de los lectores!”, se le debe haber ocurrido a alguien de la redacción con una sonrisa burlona. Probablemente nunca se inventó un trabajo tan aburrido. En la prehistoria, los lectores de los periódicos leían las noticias impresas en papel, que llegaba cada mañana hasta la puerta de su casa, hasta el puesto de venta en la esquina o el semáforo. Como nadie leía por internet ni existían las redes sociales para que pudieran hacer comentarios o reclamos, los lectores enviaban cartas a las redacciones, firmadas con sus nombres y su número de cédula. Los periodistas del diario más grande e influyente del país estaban ocupados en menesteres como hacer investigaciones de corrupción, salvar el planeta, reportar asesinatos o comprender cómo los militares regresaron al poder por la vía democrática. Era obvio que no prestaban atención a las cartas de lectores que protestaban por un bache en la calle, por falta de agua en un barrio pobre, o porque un maestro no llegaba a dar clases a una escuela pública. Para hacerse cargo de una tarea tan nimia, siempre había un recién llegado. Mi antecesor llegó a ‘cartas de los lectores’ después de haber sido chofer del diario, y luego fue ascendido a fotógrafo. La vacante recayó bajo mi responsabilidad.
No era a eso a lo que yo me había apuntado. En realidad, a mis 18 años yo quería ser escritor, como Benedetti, y mi plan era estudiar Letras en la Universidad de la República en Uruguay. Mis papás, con sentido común, me sentaron en la mesa del comedor y me disuadieron. Me dijeron que no tenían dinero para enviarme a estudiar al exterior y me recordaron que sólo con el título de bachiller, uno no es nadie en el mundo profesional. Que quizás podía ser una mejor idea irme a estudiar fuera después de trabajar y completar una licenciatura. Me sugirieron buscar una alternativa a la literatura, porque eso no me daría para comer. Como buen primogénito, les hice caso. ¿Cómo puedo hacer para que me paguen por escribir?, pensé. Y encontré la respuesta: como periodista.
Logré colarme en la cincuentenaria y conservadora Prensa Libre. Pero ‘cartas de los lectores’ no era un espacio para que pudiera desarrollarse el gran escritor que yo quería llegar a ser. En el escritorio que me asignaron, refundido en una esquina, había una computadora negra y grande, como las de 20 años atrás, y un gavetero pequeño. El escritorio era mínimo. Si colocaba el teclado y mis antebrazos para escribir, no cabían las cartas de los lectores. Así es que sólo podía colocar el teclado sobre mis piernas y las cartas sobre el escritorio, abrirlas, leerlas, aburrirme, escogerlas, resumirlas, volver a redactarlas, y entonces enviárselas a Isaac, el corrector de estilo de anteojos grandes, vocabulario extenso y maneras delicadas.
En España tienen un dicho; bueno, tienen muchos. Aburrirse como una seta, como un champiñón, es uno. Buena parte de esos primeros meses en la redacción de la prensa me aburrí como ostra, champiñón o monje de clausura. Los reportajes que proponía para la sección dominical eran rechazados de tajo. “¿Hasta cuándo vas a seguir proponiendo esos temas pura mierda?”, me espetó un día frente a los demás un reportero senior. Tenía razón, mis propuestas eran superficiales y bobas. Supongo que por eso me habían asignado las cartas de los lectores.
Flotaba como náufrago en ese océano del tedio hasta que un día abrí una carta, de una lectora que se quejaba porque el alcalde del pueblo de Livingston estaba robándose el muelle público. ¡Una noticia! ¡Mi primera noticia! ¡El inicio de una investigación de corrupción después de un año!
—Myriam, Myriam, ¡tengo una nota! –le dije a mi editora, una andaluza grande, a veces ruda y a veces dulce. Volteó a verme con los ojos rudos, seria y se quedó esperando para que siguiera.
—¡El alcalde de Livingston se está robando el muelle público! ¿Puedo ir a cubrirlo?
—Eso no es una noticia, mi amor –cambió a los ojos dulces.
—Claro que sí. Se está robando un muelle público –insistí. Está en las cartas de los lectores.
—Martín, el gobierno del FRG se está robando el país entero, ¡¿qué carajos importa el muelle de un pueblo?! –dijo con los ojos rudos.
Tenía razón. Efraín Ríos Montt, un dictador de los años ochenta, había regresado al poder por todo lo alto en el año 2000. Encontró a un intelectual, populista, Alfonso Portillo, y juntos ganaron las elecciones para la Presidencia y lograron una mayoría en el Congreso. Los militares guatemaltecos, agrupados en el FRG, tenían una cualidad: además de matones, eran corruptísimos. Y se estaban robando el país entero.
Aunque mi editora tuviera razón, yo no iba a dejar esa tabla en medio del naufragio. Después de varios intentos de convencerla, le hice una propuesta.
—¿Puedo irme y regresar al día siguiente? ¿Sin piloto?
—No vas a parar, ¿verdad? Te vas en un día y regresás al siguiente, sin piloto y con Adolfo de fotógrafo.
Adolfo era mi antecesor en ‘cartas de los lectores’ y no tenía la reputación de ser el mejor de los fotógrafos, pero no podría haber escogido a un mejor compañero para la faena.
Salimos de la ciudad antes del amanecer. Recorrimos las seis horas que nos separaban de aquel pueblo perdido en las costas del Caribe. Estaba muy entusiasmado. Entrevisté a gente de organizaciones de la sociedad civil, a la oposición municipal, a los vecinos y, por último, nos enfilamos a una oficina para encarar al alcalde. El despacho quedaba en un edificio sin rastro de arquitecto. Ventanas pequeñas, sin ventilación, con un montón de documentos apilados y una recepcionista joven, con minifalda, muy caribeña.
El alcalde nos recibió en su oficina del segundo piso y parecía un personaje: gordo, trigueño, con camisa de cuadros, lentes fotogrey, bigote poblado, y a manera de bienvenida colocó sobre la mesa el sombrero y la pistola que llevaba puestos.
—¿En qué puedo servirles, señores? –preguntó.
Creo que fue la primera vez que miraba una pistola. Me temblaban las canillas. De alguna parte del cuerpo me salió la voz:
—Señor alcalde, perdone, es que dicen los vecinos que usted está privatizando el muelle público. Y antes de publicar cualquier cosa, queríamos confirmarlo con usted.
—¡Esas son babosadas de la oposición! ¡Mentira!
Empezó con un repertorio de explicaciones, excusas, acusaciones, insultos. Saqué la grabadora mientras anotaba diligente, en mi libreta de reportero, sin verlo a los ojos.
—¿Sabe qué? En vez de estar hablando de estas tonteras le voy a decir algo. Pero si quiere una bomba, apague la grabadora.
¿Una bomba? Con mis ojos de 19 años volteé a ver la pistola, la grabadora y presioné el botón de stop.
—¿Quieren una bomba? ¿Algo que valga la pena por haber venido hasta acá? ¿O les da miedo?
Miré a Adolfo, que bajó la cámara y dejó de tomarle fotos al alcalde, sin inmutarse.
—Todo el mundo sabe que Ríos Montt tiene una casa de playa aquí en Livingston. Y está construyendo una pista de aterrizaje para su chalet, con maquinaria estatal. Yo puedo llevarlos para que hagan fotos, pero no dicen mi nombre y a mí me dejan tranquilo con esas tonteras del muelle. ¿Se animan? ¿O les da miedo?
Adolfo me miraba, serio, sin emoción ni miedo. Le subí las cejas y el mentón, como preguntándole si se animaba. No obtuve respuesta, cediéndome la palabra y la decisión.
—Vamos –le respondí al alcalde.
El temblor de las piernas me saltó al ojo.
—Los espero mañana en el muelle, a las siete en punto.
Ríos Montt ya había sido señalado de ser uno de los responsables del genocidio contra la población maya entre 1982 y 1983. Masacres contra civiles desarmados, sólo en el área indígena del país. Él respondía que era el combate al terrorismo marxista. En 1999 logró los votos de la mayoría de los guatemaltecos con el eslogan: No miento, no robo, no abuso. Nunca había sido acusado de corrupción.
Salimos del hotel con Adolfo a las 6:50 de la mañana. Lo notaba muy tranquilo. Si yo tenía 19 años, él habrá tenido unos 30.
—Adolfo, ¿vos no estás cagado?
—No. Mirá lo que traigo en mi maletín.
Él iba manejando; yo, en el lugar del copiloto. Busqué el maletín negro atrás de su asiento. Lo abrí. En medio de las cámaras y los lentes había una pistola.
—¿Qué putas hacés vos con una pistola?
—Yo estuve de alta, mano, y si la cosa se pone dura, yo no me voy a ir solito al otro potrero.
—¡Yo no me quiero ir ni solo ni acompañado! Nos van a matar cuando sepan que tenemos una pistola, ¡Adolfo!
Necesitaba pensar en algo, rápido. Llegamos al muelle. Ahí estaba el alcalde con su panza, su sombrero, sus fotogrey y su pistola. Le propuse que, para pasar inadvertidos, y que no supieran que éramos periodistas, dijéramos que yo era su sobrino, que venía de Houston a visitarlo, y que Adolfo era guardaespaldas. Y que solo para el performance, mi nuevo guardaespaldas había traído una pistola. Al alcalde le pareció un buen plan. Tragué saliva.
El trayecto hasta la boca del lobo incluía cruzar Río Dulce. Sentí que tardamos años en llegar, pero habrá sido sólo una hora. Llegamos a Livingston y los vecinos se agolpaban para saludar al alcalde, tocarle la mano. ¡Profe, profe! ¡Bienvenido! Le tenían preparado un picop azul, algo viejo, nos subimos y enfilamos hacia la pista del chalet.
Era una pista en construcción, y en efecto, había maquinaria estatal. Tractores amarillos enormes, con los logos del Ministerio de Comunicaciones y de la Secretaría Ejecutiva de la Presidencia. Y muchos guardias de seguridad con pistolas, rifles y otras armas largas.
—¡Profe! ¡Bienvenido! ¿Qué lo trae por acá? –le preguntaron con una sonrisa los guardias y el jefe de seguridad.
—¡Cómo están muchachos, buenos días! Aquí traigo a mi patojo, un mi sobrino que me vino a visitar desde Texas, y quiero mostrarle la casa que tiene aquí el General, que quiere saber dónde es que se broncea la Zury, que lo tiene loco, y sólo la ha visto en fotos.
—¡Adelante, profe! Solo que los va a acompañar uno de nosotros, por seguridad.
Empezamos a caminar el alcalde, el guardia, el fotógrafo y yo. Nos acompañaban al menos dos pistolas y una metralleta. Caminamos unos doscientos metros y llegamos por la playa al chalet. Arena blanca, hermosa, el Caribe.
—Bueno, ¡una foto para el recuerdo! –gritó el alcalde y señaló a mi improvisado guardaespaldas. Nos colocamos los tres, el alcalde, el guardia y yo, en una esquinita del marco y Adolfo empezó a fotografiar. Usaríamos la misma estrategia para la pista y la maquinaria.
—¡Otra foto para el recuerdo muchachos!
En una esquina del marco, los tractores amarillos; en la otra, los muchachos y las pistolas, que parecían la portada de la película Ciudad de Dios.
El flamante general, pastor evangélico y presidente del Congreso resultaba ser tan corrupto como el resto de su alto mando. Construyendo con fondos públicos una pista de aterrizaje para su casa de playa.
Por seguridad, la nota salió firmada sin nuestros nombres, como Grupo Política y Poderes. El subdirector de Prensa Libre no tuvo las agallas de publicarla en la portada, sino en las páginas cuatro y cinco. Al día siguiente, el Congreso envió una aclaración diciendo que la pista era parte de un proyecto del Instituto Guatemalteco de Turismo, que había sido solicitado por el alcalde. Adjuntaban una carta en la que el alcalde –el gordo de la pistola– pedía el proyecto, con todo y su firma.
Me morí de la vergüenza. ¿Por qué había confiado Prensa Libre en un patojo de 19 años para intentar derribar la imagen de impoluto de Ríos Montt? Embargado de tristeza, fui con Adolfo a la cafetería del periódico, para contárselo.
—Era todo un show del alcalde para desviar nuestra atención –le dije.
—¿Vos no tenías una carta del alcalde sobre el muelle? –me respondió.
—Sí.
—Traétela y comparemos las firmas. La del muelle y la de los diputados, en la que dicen que pide la pista.
Me fui corriendo a la redacción. Adolfo intuyó bien. Las firmas no eran iguales. El Congreso había enviado una aclaración con una firma falsificada. Se armó la de san Quintín. Al día siguiente publicamos el caso de corrupción y el caso de la firma falsificada, ahora sí en primera página porque ya estaba de turno el director, Gonzalo. Le dimos una buena cucharada de bilis al corrupto de Ríos Montt.
—Bienvenido al periodismo –me dijo el colega que se había burlado antes de mí.
Dejé la sección de ‘cartas de los lectores’. Me ascendieron a reportero junior.

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