El pintor y su criatura

0
203

 

 

Comenzaba a darle miedo la criatura que a su imagen y semejanza afloraba sobre el cuadro; había algo maligno en ella. Por su parte, el amarillo del fondo iba tornándose cada vez más impuro, más complejo, más turbio y -a la par- más rico pictóricamente. Sobre la pintura plástica inicial iban depositándose capas de diferentes óleos amarillos, aplicados para eliminar un falso verde del fondo, para corregir la postura de un hombro, o para ocultar cualquiera de sus arrepentimientos.

 

El óleo es una pintura atmosférica, diríase que gaseosa, pues derrama sus diferentes texturas y veladuras como una humareda o un conjunto de nubes en movimiento. Resulta fácil y tentador ocultar tras ella un estado de ánimo, o dejar volar la imaginación de los propios pigmentos al aterrizar sobre la superficie de la tabla. El pintor que deja bailar sus pinceles sobre el cuadro, va bien encaminado, aunque a veces esto signifique desembocar en un cuadro diferente.

 

La figura que empezaba a vivir dentro de la tabla, no anunciaba nada bueno con su mirada de hierro. La barba le iba creciendo en cada nueva versión del cuadro, como le sucedía al pintor pintándola. Además se mostraba desnudo, como lo estaba él, intentando dar vida a su autorretrato. Más que pintar, parecía que se amaran aquellos dos seres tan parecidos y tan contrarios. Y por si ya fuera poco compartir el mismo cuerpo, la criatura -además- ¡se estaba retratando con su propia cámara fotográfica!, lo cual equivalía a darle una patada en sus posaderas, como señal inequívoca de independencia.

 

Tanta simetría formal y vital, para desembocar en tanto antagonismo, comenzaba a inquietarle profundamente. ¿Se parecería más a esa figura al óleo, de lo que en realidad creía ver en el fondo de los espejos?