Existen palabras que, desde el momento en que las conocemos, expanden su significado a medida que pasa el tiempo. Vuelven a nosotros para resonar con fuerza renovada y matices diferentes, muchas veces de manera inesperada, aunque en el fondo seamos conscientes de que nunca nos han abandonado. Hace más de quince años, en mi primer viaje a África, concretamente a Senegal, leí una joya del profesor Ferrán Iniesta, su libro El pensamiento tradicional africano. Regreso al planeta negro (Catarata, 2010). Un texto que he leido varias veces y que he consultado en innumerables ocasiones, y que me ha permitido abrir una mínima brecha de comprensión en lo que he observado y vivido en diferentes partes del continente. En uno de los capítulos, Iniesta explica el término mandinga Fanga, que podría ser traducido como «fuerza bruta» o «brutalidad» y que aplica a aquellas élites africanas que durante 500 años han traicionado a su pueblo, olvidando el bien común y buscando su propio beneficio.
La Fanga es el poder absoluto y absolutista de aquellos dirigientes del Estado que se han puesto al servicio de sí mismos, de su lucro inmediato, pero también del de los esclavistas y los colonizadores occidentales. Alejados de la autoridad tradicional, que se vivía no solo como un privilegio sino como una responsabilidad, olvidaron el bien para sus comunidades y sus gentes, imbuidos de un individualismo y un egoísmo extremos. La Fanga es la fuerza bruta ejercida por gobiernos corruptos que, desgraciadamente, sigue rigiendo los destinos de diferentes países. Sin mirar mucho atrás para recordar los gobiernos pasados de Mobutu Sese Seko en la República Democrática del Congo, Idi Amin en Uganda, o Jean-Bédel Bokassa en República Centroafricana; podemos ver cómo a día de hoy se eternizan los mandatos dictatoriales de presidentes como Teodoro Obiang en Guinea Ecuatorial, Denis Sassou-Nguesso en la República del Congo, Paul Biya en Camerún, Yoweri Museveni en la misma Uganda, o de partidos políticos como la FRELIMO en Mozambique. Todos ellos envilecidos por la riqueza obscena que acumulan con la connivencia de regímenes como los de Estados Unidos, Rusia o China (a cuyos mandatarios, por cierto, también hace honor el término Fanga) mientras sus ciudadanos sobreviven en la miseria.
Todo ello se me hizo presente hace unas semanas, cuando visité la exposición Proyectar un planeta negro. El arte y la cultura de Panáfrica, en el Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA), que aborda el concepto de panafricanismo desde diferentes puntos de vista y con distintas manifestaciones artísticas. Entre las cerca de 500 piezas de un centenar de artistas, me topé con una obra del fotógrafo camerunés Samuel Fosso titulada Le Chef: celui qui a vendu l’Afrique aux colons. En ella se puede ver a un hombre ataviado con pieles de felino y una gran cantidad de joyas mientras sostiene un ramo de flores y sus pies descalzos se apoyan desnudos entre un par de zapatos rojos y un bolso de cuero negro rebosante de material textil.

Creo que la fotografía capta con certeza pero también con ironía y profundidad el concepto de Fanga, desde el mismo título que la encabeza, pero también con detalles como esa mirada perdida detrás de unas gafas que parecen no dejar ver el mundo que rodea al protagonista. Un hombre que, por otro lado, acapara recursos naturales en su mano, y hace gala de sus riquezas sin tapujos, enmarcado en los colores de unas telas africanas que parecen representar el alma de las gentes que pueblan el continente, sobre las que se deja retratar sin la más mínima consideración. Delante de la imagen, se podría ambientar perfectamente esta conversación teatralizada que Léa, la protagonista de mi novela Lugar común (cuyo primer capítulo se titula Fanga), mantiene en un momento del libro:
«MI PADRE: La Fanga es una fuerza que nace del varón adulto, del padre biológico que ha estado presente desde tiempos primigenios, pero que tras la llegada del hombre blanco se ha desatado con poder irreductible…
MI MADRE: …es una energía ilimitada y amoral que, una vez desencadenada, se convierte en un peligro para la sociedad y sus individuos…
YO: …es un veneno que ha corroído los valores de los pueblos africanos, intoxicándolos de individualismo y hedonismo…»




