El precio de la inmortalidad, o la penicilina de la tristeza

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Patrick Radden Keefe, periodista de The New Yorker, lanzó el año pasado en España su nuevo libro editado por Taurus y titulado El imperio del dolor. La historia secreta de la dinastía que reinó en la industria farmacéutica, consolidando una vez más su trayectoria de escritor de no ficción gracias a una rigurosa investigación y análisis de los síntomas más perversos del capitalismo americano: el monopolio de la industria farmacéutica. Ya mostró su talento en su anterior libro, No digas nada, sobre la cara más oscura del terrorismo del IRA.

“Al principio, los hermanos Sackler eran tres, (…): Arthur, Mortimer y Raymond”. Como si de un cuento bíblico se tratara, el autor nos lanza de lleno en el corazón palpitante de la América (léase Estados Unidos) más profunda, la historia de una familia judía de origen europeo cuyas vidas fueron catapultadas abruptamente al otro lado del Atlántico, en Brooklyn habitado por inmigrantes en las primeras décadas del siglo pasado. Extranjeros en tierra hostil que lograron en poco tiempo escalar los peldaños más altos de la sociedad norteamericana, para convertirse enseguida en el producto trivial del llamado sueño americano.

“La saga de sus vidas y la dinastía que fundaron [fue] también la historia de un siglo de capitalismo estadounidense”: desde la crisis de la Gran Depresión en 1929 pasando por el sentimiento de revancha que empujó a Arthur Sackler –el mayor de los tres hermanos– a capitalizar sus habilidades persuasivas volcándose en la publicidad de los nuevos medicamentos. Hasta comprar en los años 50 la empresa Purdue Frederick, que más adelante se encargaría de desarrollar sus propios fármacos gracias a la adquisición de los laboratorios Napp en 1966.

 

El auge de las empresas farmacéuticas 

En 1944, Arthur Sackler había llegado al hospital psiquiátrico Credmoor. El joven médico se encontró con una concepción desoladora de la enfermedad mental y unos tratamientos deshumanizantes, como el electrochoque y la lobotomía, utilizados tanto en pacientes con crisis psicóticas como en cuadros depresivos más leves. Arthur forma parte del grupo de médicos que ha comenzado a cuestionar las causas reales de las enfermedades mentales: ya no se trataría de una predisposición genética incurable sino más bien de un desequilibrio químico a nivel cerebral.

Asimismo, la venta de penicilina por parte de Pfizer, en un momento en el que las fuerzas armadas necesitaban ingentes cantidades de antibióticos, inauguró una época feliz para la industria farmacéutica. Después de la penicilina, la terramicina revolucionó la venta de antibióticos. Se trataba esta vez de un medicamento de “amplio espectro”, es decir, útil para un espectro más amplio de dolencias. En esa línea, la empresa farmacéutica suiza Roche decidió desarrollar un nuevo tranquilizante: el thorazine, con importantes efectos secundarios. El Librium (clordiazepóxido) lo habría sustituido con gracias a la estrategia comercial de Purdue Frederick. Enseguida será el Valium, que logrará el récord de convertirse en el “primer fármaco de la historia en alcanzar los cien millones de dólares de recaudación”. Se transmutó en la “penicilina de la tristeza”.

De ahora en adelante, Arthur Sackler impulsará una nueva forma de hacer negocios gracias al dolor de los demás a través de campañas publicitarias respaldadas por médicos pagados por la misma empresa farmacéutica, y merced también a unos lazos opacos con la FDA (la Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos, en sus siglas en inglés), quien debe aprobar la venta de fármacos en Estados Unidos aplicando supuestamente una ética de hierro. “La desquiciada realidad era que a Arthur le gustaban los limbos. Medraba en ellos. Había construido toda una vida sobre una base de límites poco definidos, identidades solapadas y conflictos de intereses. El limbo era su elemento”.

 

La era del dolor

Y si con la producción y venta de MS Contin por parte de la Purdue Frederick, que ahora se ha convertido en Purdue Pharma, la familia Sackler logra ganancias multimillonarias, será con la segunda y tercera generación de esta dinastía cuando la empresa familiar aparecerá en el punto de mira de las investigaciones federales. El OxyContin es un nuevo fármaco que en principio permite la liberación controlada de oxicodona, un producto nacido de la mente de Richard Sackler, sobrino de Arthur. 

Un proyecto sin duda lucrativo, si no fuera por la otra cara de la moneda: el OxyContin no solo contiene una cantidad mucho mayor de oxicodona en comparación con sus predecesores (Percodan y Percocet), sino que, además de ser adictivo, no dura las doce horas garantizadas en el folleto aprobado por la FDA, por lo que los pacientes no tardan en sobrepasar la dosis recomendada.

Se abrió así en Estados Unidos uno de los períodos más lúgubres después de la epidemia del SIDA. La oxicodona es un “primo químico” de la morfina y de la heroína: las campañas de venta despiadadas impulsadas por Richard Sackler, que a su vez había aprendido la lección de Arthur, llevan a los pacientes a volverse adictos a la oxicodona y asfaltan el camino hacia el consumo de heroína. El periodista Sam Quinones será el primero en relacionar las ventas de OxyContin con la epidemia de los opiáceos en Estados Unidos (Tierra de Sueños, Capitán Swing).

Y mientras un número exorbitante de estadounidenses fallecía por sobredosis, la familia Sackler se atrincheraba en su jaula de oro denunciando el clima de persecución contra una familia que lo había dado todo para el bienestar físico y mental del país. Un miembro del jurado, Jim Cooper, sintetizará en unas líneas la esencia de la filosofía Sackler: “Creo que fue Upton Sinclair quien escribió que a la gente le cuesta entender las cosas si su salario depende de no entenderlas”.

 

El imperio del dolor. La historia secreta de la dinastía que reinó en la industria farmacéutica. La historia secreta de la dinastía que reinó en la industria farmacéutica. Patrick Radden Keefe. Reservoir Books.

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