Universo eleganteEl Proyecto Manhattan y sus consecuencias. Historia de la física cuántica, III.

El Proyecto Manhattan y sus consecuencias. Historia de la física cuántica, III.

  1. Hiroshima y Nagasaki 

Cuando en la primavera de 1944 Groves se sintió seguro del éxito de la misión, se dirigió al general H. H. Arnold, el principal responsable de la Fuerza Aérea estadounidense, para que le proporcionara bombarderos y todo lo necesario para el lanzamiento. Tampoco en este aspecto se iba a dejar nada a la improvisación.

A pesar de la gran demanda existente en el Pacífico, Arnold puso a disposición de Groves un escuadrón de los aviones más grandes de que disponía Estados Unidos: los B-29. Estos se recibieron en octubre y desde ese momento se ensayaron en ellos los tres modelos de carcasa contemplados para los proyectiles. El Grupo de Balística de Los Álamos investigó los problemas relativos a la seguridad de la tripulación, cuestiones como la onda expansiva que podía resistir la aeronave o la maniobra para alejarse todo lo posible de la detonación (por cuestiones de eficacia, esta debía tener lugar antes de llegar al suelo). Otro asunto crucial era elegir el objetivo, u objetivos, del ataque.

En una serie de reuniones celebradas en abril y mayo de 1945, el Comité de Objetivos, del que formaban parte militares y científicos (como Oppenheimer y von Neumann), identificó en un primer momento cuatro posibilidades: Kioto, Hiroshima, Yokohama y el arsenal de Kokura. A estos se añadió la población de Niigata, como reserva. Muchas y muy variadas fueron las consideraciones realizadas a la hora de efectuar esta selección. Por una parte, se deseaba lanzar los artefactos sobre ciudades (no centros industriales, que eran demasiado pequeños y estaban muy dispersos) que no hubiesen resultado demasiado dañadas durante bombardeos previos (de Tokio apenas quedaba en pie el palacio imperial). También se contempló desde el inicio la idea de que el blanco afectase lo más posible a la moral de la población. Asimismo, se pretendía que, en palabras de Leslie R. Groves (1962: 267), “el primer blanco fuese de un tamaño tal que el daño quedase confinado dentro de él, de manera que pudiésemos determinar claramente el poder de la bomba”. Otra restricción era que el ataque tenía que completarse de manera visual, sin ayuda del radar, porque había que reducir al mínimo las posibilidades de perder un “envío” tan valioso. Era conveniente, además, que la explosión tuviese lugar hacia el centro urbano y no en las afueras, donde los edificios estaban más dispersos y eran menos localizables. Aparte de los anteriores requisitos, el objetivo debía tener relevancia militar. El 28 de mayo, se decidió reducir la lista a (por orden de prioridad): Kioto, antigua capital imperial, Hiroshima y Niigata. En el último momento, se prescindió de la primera de estas localidades. Sus numerosos tesoros artísticos y su significado cultural en el país nipón podían alimentar un excesivo resentimiento entre los japoneses e inclinarlos, en la difícil posguerra que se avecinaba, hacia los soviéticos. Como alternativa, se añadieron Nagasaki y Kokura.

Una pregunta fundamental es si Estados Unidos estaba decidido por completo a utilizar armas nucleares. “Cuando comenzamos a desarrollar la energía atómica –escribió Groves (1962: 265) en sus memorias–, Estados Unidos no estaba en absoluto decidido a emplear armas atómicas contra ningún otro poder. Sin embargo, con la activación del Proyecto Manhattan la situación empezó a cambiar. Nuestro trabajo fue extremadamente costoso, tanto en dinero [2.000 millones de dólares] como en interferencias con el resto del esfuerzo bélico. Según pasaba el tiempo, al ir invirtiendo más y más dinero y esfuerzos en el proyecto, el Gobierno se convenció cada vez más de que era necesario utilizar la bomba […] Como lo expresó sucintamente Mr. Henry Stimson [secretario de Guerra], el Proyecto Manhattan existía ‘para llevar la guerra a un final feliz más rápidamente de lo que se podría con otros medios y así salvar vidas norteamericanas’”.

Este último argumento ha sido empleado con profusión, tradicionalmente por el lado norteamericano, para justificar que Truman ordenase el lanzamiento. Según este relato, los dirigentes de Estados Unidos manejaban la cifra de medio millón de vidas de soldados aliados salvadas con esta decisión. Sin embargo, la apertura de archivos ha demostrado que los cálculos militares reducían ya entonces esa cantidad a cincuenta mil.

Estaba también el temor a los soviéticos. Se ha llegado a afirmar que las bombas atómicas se lanzaron más contra la Unión Soviética que contra Japón. Un aspecto importante a tener en cuenta en este sentido es que en la conferencia de Yalta (febrero de 1945), Roosevelt y Churchill, deseosos de obtener la ayuda de Stalin en el frente japonés, cedieron ante las demandas de este, que se comprometió a actuar en el Pacífico entre dos y tres meses después de la derrota de Alemania. La disponibilidad de las armas nucleares y la creciente percepción del “peligro rojo” modificaron la situación de forma drástica. Ahora, Estados Unidos veía la posibilidad de poner fin a la guerra antes de que Moscú pudiese entrar en ella, lo que les habría dado los argumentos necesarios para negarse a cumplir lo prometido en Yalta. De este modo, era urgente lanzar las bombas atómicas. Similar prisa, pero por los motivos contrarios, apremiaba los soviéticos. De hecho, Stalin firmó el 7 de agosto, tan solo un día después del ataque sobre Hiroshima, la orden para que el Ejército Rojo comenzase el 9 su ofensiva contra las fuerzas japonesas en Manchuria.

Así, el 6 de agosto de 1945, un bombardero B-29 estadounidense (el famoso Enola Gay) despegó de la isla de Tinian con una carga mortífera, que lanzó sobre Hiroshima a las 8:15, hora local. Se trataba de “Little boy”, una bomba atómica de uranio, de unos 4.500 kilogramos de peso y de una potencia equivalente a trece mil toneladas de TNT. Su efecto fue devastador. Virtualmente todo lo que había en un radio de quinientos metros de la explosión fue incinerado. Los edificios situados a una distancia de hasta tres kilómetros resultaron destruidos. Un espeso hongo de humo ascendió hasta los doce kilómetros de altura. A finales de ese año, el número de víctimas mortales se estimó en 145.000 personas. Muchas otras llevaban, en forma de radiación, la muerte en su seno. Cinco años más tarde, los muertos sumaban los doscientos mil.

Tres días después (11:02 hora local) le tocaba el turno a “Fat man”, un artefacto de plutonio. Pesaba algo más que su predecesora, unos cinco mil kilogramos, pero tenía la misma potencia. Su objetivo fue Nagasaki. Fallecieron 70.000 personas, menos que en la ocasión anterior debido a una serie de errores en el lanzamiento.

La reacción inicial en Tokio ante el primer ataque fue de confusión. Hasta el día siguiente no empezó a quedar claro que la destrucción de la ciudad había sido causada por una sola bomba. Las dudas que todavía alimentaban algunos medios desaparecieron por completo el día 9, con la explosión sobre Nagasaki. Surgió entonces un agrio debate en el Gobierno japonés sobre los términos de su rendición. El partido favorable a la paz tan solo insistía en que se respetasen las prerrogativas del emperador, mientras que los militaristas añadían otras condiciones. En la mañana del 10 de agosto, Hirohito, en una iniciativa sin precedentes, se inclinó por la postura de los pacifistas. Su decisión se comunicó de manera inmediata a los Aliados, pero estos insistieron en que también el monarca debía estar sujeto a la autoridad del Comandante en Jefe de las fuerzas de ocupación.

El 14, la casa imperial decidió aceptar esta exigencia y el 16 se ordenó a las tropas japonesas que depusiesen las armas.

Con la rendición de Japón terminaba la Segunda Guerra Mundial, una contienda que por entonces ya estaba ganada en realidad. No obstante, si se cerraba una puerta (un problema), se abría una ventana. La disponibilidad de armas nucleares condicionó en lo sucesivo las relaciones políticas internacionales entre las grandes potencias, lo que es tanto como decir que la vida en una gran parte del planeta se vio afectada por ello. La ciencia, sin la cual no se habría podido crear semejante instrumento, también sintió las consecuencias en sus propias carnes.

  1. El Informe Smyth 

De manera sorprendente, el 11 de ese mismo mes, cuatro días antes de que Japón se rindiese y pusiese fin a la segunda guerra mundial y cinco después de lanzar la primera bomba atómica sobre Hiroshima, el Gobierno de Estados Unidos hizo público un informe sobre los antecedentes del Proyecto Manhattan (el descubrimiento de la fisión del uranio y las investigaciones posteriores) y su desarrollo, hasta la fabricación de armas nucleares. El documento recibió el título de Atomic Energy for Military Purposes: The Official Report on the Development of the Atomic Bomb under the Auspices of the United States Government, 1940-1945 (Smyth 1945) y su autor fue el decano de la Facultad de Física de la Universidad de Princeton, Henry de Wolf Smyth (1898- 1986). Este científico estuvo implicado de diversas maneras en los trabajos estadounidenses en este frente e incluso sirvió como asesor del Proyecto Manhattan. Por ejemplo, fue él quien propuso el método de separación electromagnética de los isótopos 238 y 235 del uranio, que se utilizó para enriquecer la primera muestra de material fisionable.

En agosto de 1944, Groves lo incluyó en un comité para el estudio de las políticas que podía implementar el Gobierno una vez acabada la guerra. En esa agencia y en otras, Smyth defendió la publicación de un informe sobre el Proyecto destinado al público en general. El poderoso Vannevar Bush estuvo de acuerdo y, con la aquiescencia de Groves, pidió al propio decano de Princeton que lo redactase.

Una vez salido el texto de imprenta, la reacción social fue tan grande que la Oficina de Publicaciones del Gobierno no pudo atender la demanda. El director de Princeton University Press, Datus Smith, propuso a Smyth publicar el escrito en forma de libro en la propia editorial universitaria y este aceptó. A pesar de las limitaciones de papel entonces existentes, el volumen apareció tres semanas después de entregado el manuscrito: fue, como señalé, el 11 de agosto y enseguida se convirtió en un éxito de ventas. La primera tirada, de 60.000 ejemplares, se agotó el mismo día de su lanzamiento. A finales de 1946, se habían vendido 103.000 copias. Smyth retuvo los derechos de autor para evitar que otros los reclamaran, pero no puso obstáculos a que se reprodujera el texto y lo dejó en realidad en el dominio público. Más tarde, manifestó que su “balance financiero por el Informe es menos dos dólares, la tarifa para obtener el copyright”. 

También en el Reino Unido, país que había colaborado de manera muy estrecha con Estados Unidos en la fabricación de la bomba atómica, se publicó el informe Smyth en 1945, a cargo de “His Majesty’s Stationery Office, Londres”.

Atomic Energy for Military Purposes fue varias cosas a la vez: una introducción a la física nuclear y a la historia de la radiactividad; una crónica de los esfuerzos para romper el átomo mediante el bombardeo con partículas; un resumen de la organización de diversos grupos de investigación y una descripción del modo en que el Proyecto logró producir un arma atómica en tres años.

La buena disposición del Gobierno estadounidense a la hora de hacer público un asunto tan sensible para la seguridad nacional no fue del agrado de todos. Uno de los críticos fue el físico británico James Chadwick, descubridor, recordemos, del neutrón en 1932. Este participó en las investigaciones sobre la fisión del uranio que se llevaron a cabo en el Reino Unido, antes incluso que en Norteamérica, y pasó parte de la guerra como colaborador del Proyecto Manhattan. En realidad, antes de autorizar la publicación del texto de Smyth, el escrito fue revisado por Richard Tolman, físico del Californian Institute of Technology, quien eliminó detalles esenciales para fabricar las bombas. Por ejemplo, no se decía nada de uno de los avances más importantes en el proceso, la implosión, que fue decisivo sobre todo para el artefacto de plutonio. En la “Introducción”, el general Groves incidía en este punto (Smyth 1945, 1946: 17):

Toda noticia de carácter científico que actualmente puede ser puesta en conocimiento del público sin violar las normas de la seguridad nacional, está incluida en este volumen. Ningún pedido de informes complementarios, directa o indirectamente vinculados con el proyecto, puede ser formulado por particulares u organizaciones. Toda persona que revele o facilite el proporcionar informes complementarios, por cualquier medio y en cualquier lugar sin autorización, está sujeta a penalidades severas que corresponden al Acta de Espionaje.

Desde esta perspectiva, se puede afirmar que el propósito de dicho expediente no era proporcionar información sobre los avances conseguidos, sino establecer los límites de lo que se podía decir y, sobre todo, revelar. Aun así, la memoria ofrecía algunos ‘Datos definitivos y generalmente conocidos sobre la fisión’, disponibles tanto en Estados Unidos como en otros países en junio de 1940. Entre estos, figuran los siguientes (Smyth 1945, 1946: 50-51):

    1. Los fragmentos de la fisión poseían una energía cinética muy elevada;
    2. la fisión del uranio se podía producir por medio de neutrones rápidos o lentos (los denominados de velocidad térmica); en particular, neutrones térmicos provocaban la fisión de uno de los isótopos del uranio, el U-235, pero no del U-238, y los neutrones rápidos tenían menor probabilidad de causar la fisión en el U-235 que los neutrones térmicos;
    3. para ciertas velocidades de neutrones existía una gran sección eficaz de captación en el U-238, produciendo el U-239, pero no fisión;
    4. en el proceso de fisión se emitían neutrones de alta velocidad;
    5. el promedio de neutrones liberados por fisión era, aproximadamente, de entre uno y tres;
    6. neutrones de alta velocidad podían perder energía por choques inelásticos con núcleos de uranio sin que se produje ninguna otra reacción nuclear;
    7. la teoría semiempírica de Bohr-Wheeler (desarrollada por ambos durante la estancia de Bohr en Princeton) explicaba bastante bien la mayoría de los datos conocidos y hacía, además, nuevas predicciones.

El último capítulo, el XIII (‘Sumario general’), finalizaba con una sección titulada ‘Los problemas ante la opinión pública’ (Smyth 1945, 1946: 276-277):

“Nos encontramos con un explosivo que está lejos de haber sido perfeccionado completamente. Ahora las futuras posibilidades de tales explosivos son aterradoras y sus efectos sobre las futuras guerras y los asuntos internacionales revisten importancia fundamental. Aquí está un nuevo instrumento para la humanidad, un instrumento de un poder destructivo inimaginable. Su desarrollo suscita muchas preguntas que tienen que ser contestadas en el futuro inmediato.
Debido a las limitaciones de seguridad militar, no hay posibilidad para el Congreso y el pueblo de discutir estas preguntas. Estas han sido tomadas en cuenta seriamente por todos los interesados y debatidas fogosamente entre los científicos y las conclusiones alcanzadas han sido comunicadas a las más altas autoridades. Estas preguntas no son preguntas técnicas, sino preguntas políticas y sociales, y las contestaciones dadas a las mismas pueden afectar a toda la humanidad durante varias generaciones. Pensando en ellas los que colaboraron en el proyecto han estado actuado como ciudadanos de Estados Unidos profundamente interesados en el bienestar de la humanidad. Ha sido su deber y el de los oficiales superiores responsables a quienes se había encomendado mirar, más allá de los límites de la presente guerra y de sus armas, hacia las últimas consecuencias de estos descubrimientos. Esta fue una responsabilidad harto onerosa. En un país libre como los Estados Unidos, tales preguntas deberían ser debatidas por el pueblo y las decisiones tomadas también por el pueblo mediante sus representantes. Esta es una de las razones que explican la publicación de este informe. Es un informe semitécnico, que esperamos permitirá a los científicos de este país ayudar a sus conciudadanos a alcanzar decisiones sensatas. El pueblo del país debe ser informado para permitir a los científicos descargar su responsabilidad”.

Eran palabras sensatas, pero, como demuestra la historia posterior, no fueron escuchadas No está de más recordar que Smyth fue el único miembro de la todopoderosa Atomic Energy Commission (un organismo que monopolizó todo lo referente a la energía nuclear durante años) que votó en contra de cancelar el permiso de Oppenheimer para acceder a secretos nucleares.

Un último apunte. En el ‘Informe Smyth’ no se hacía mención ni de Hiroshima ni de Nagasaki.  

  1. El Informe Franck 

Antes de que se lanzasen las bombas atómicas sobre Japón, en la primavera de 1945, cuando ya se vislumbraba el final de la contienda, James Franck, el físico de Gotinga que renunció a su puesto en protesta por las leyes raciales de Hitler y que en última instancia se instaló en Estados Unidos, donde formó parte también del Proyecto Manhattan, comenzó a preocuparse por las consecuencias de emplear el nuevo armamento. Animó a otros compañeros en este programa a alzar la voz y en junio se formaron seis comités bajo los auspicios de Arthur Compton, del Laboratorio Metalúrgico de Chicago. Franck dirigió el de Implicaciones Sociales y Políticas, del que eran miembros Donald Hughes, James Nickson, Eugene Rabinowitch, Joyce Stearns, Glenn T. Seaborg y Leo Szilard. El 11 de junio produjeron un informe que enviaron en secreto al jefe del Departamento de Guerra. En él, advertían sobre los peligros de utilizar armas atómicas y recomendaban que no se hiciera. Señalaban, asimismo, el riesgo de que se produjese una proliferación nuclear después de la guerra (en especial, una carrera armamentística con la Unión Soviética) y se mostraban a favor de un control internacional de la energía procedente de la fisión. Compton y Franck intentaron entrevistarse en Washington con el secretario de Guerra, Henry Stimson, pero no lo lograron, así que dejaron el documento en su oficina. No existe ninguna evidencia de que el presidente Truman llegase a conocerlo.

El Informe Franck fue una manifestación de la reacción surgida entre bastantes físicos del Proyecto Manhattan, que eran conscientes de los peligros producidos por la existencia de las armas atómicas. De hecho, en diciembre de 1945 (el primer número se publicó el 10 de ese mes), algunos de esos científicos fundaron una revista, The Bulletin of the Atomic Scientists, como órgano desde el que tratar de esas consecuencias. Entre los fines fundacionales de la publicación figuraba urgir a los investigadores nucleares a contribuir al diseño de políticas nacionales e internacionales relacionadas con la energía procedente de la fisión. Del mismo modo, se les pedía que ayudaran a difundir la comprensión entre el público de lo que significaban las bombas de Hiroshima y Nagasaki. Da idea de la amplitud de su línea editorial el hecho de que en ella se publicara la confrontación entre Albert Einstein y Edward Teller, en el número de marzo de 1950. Bajo el encabezamiento general de ‘What the scientists are saying’, aparecieron los artículos de Einstein, ‘Arms can bring no securiry’, y de Teller, ‘Back to the Laboratories’, un texto que volverá a aparecer.

No obstante, el caso más célebre fue el sucedido a Oppenheimer. Lo veremos más adelante.

  1. El proyecto nuclear en la Unión Soviética 

Poco después de que Estados Unidos lanzase sus bombas atómicas sobre Japón, Moscú comenzó por vía de urgencia un programa destinado a fabricar sus propias armas nucleares. Como veremos, hubo que improvisar en algunos apartados, pero el hecho de que en la década comprendida entre 1925 y 1935 se produjesen contactos relativamente frecuentes entre físicos occidentales y soviéticos fue una gran ayuda. Es representativa en este sentido la VI Conferencia de Física, celebrada en agosto y septiembre de 1928 en varios lugares de la URSS. Organizada por Abram Ioffe, que ya apareció en HFC-2, asistieron al encuentro los siguientes científicos extranjeros: Léon Brillouin (Francia), Gilbert N. Lewis (Estados Unidos), Paul A. M. Dirac y Charles G. Darwin (Gran Bretaña) y Max Born, Ernst Pringsheim, Karl Scheel, Robert W. Pohl, R. Ladenburg y Peter Debye (Alemania). Como se vio en HFC-2, hacia 1930 existía en la Unión Soviética una generación de investigadores realmente notables: Igor Tamm, Yakov Frenkel, Lev Landau, Dmitri Ivanenko y Vladimir Fock. Pronto llegaron otros, como Yákov Zeldóvich, Isaak Pomenranchuk y Nikolái Bogoliúbov.

En este ámbito en concreto y en el de la física en general, cabe atribuir una gran parte del progreso logrado en la Unión Soviética, un desarrollo del que da muestra la fabricación de armamento atómico, al Instituto Físico-Técnico de Leningrado, dirigido por Ioffe. En diciembre de 1932, cuando terminaba el annus mirabilis nuclear, estable- ció dentro de ese organismo una pequeña sección destinada al estudio del núcleo atómico. Del 24 al 30 de septiembre de 1933, varios miembros del centro (Fock, Ivanenko, Tamm y el especialista en rayos cósmicos Dmitri Skobeltzyn) organizaron la primera Conferencia Soviética de Física Nuclear, con la mitad de las contribuciones a cargo de científicos extranjeros (Dirac, Francis Perrin, Guido Beck, Victor Weisskopf y Otto Frisch). En 1934, ya existían cuatro equipos en el Instituto dedicados a este campo, en los que trabajaban muchos de los futuros líderes del proyecto atómico soviético, incluido Igor Kurchátov (1903-1960), que fue nombrado en 1942 director del programa para la fabricación de armas nucleares. Otros centros de Leningrado eran el Instituto del Radio, que contó con el primer ciclotrón europeo, el cual comenzó a funcionar de manera parcial en 1937 (el mismo año que se construyó un aparato así en el Cavendish), y el Instituto de Fisicoquímica, dirigido por Nikolay Semenov, ganador del premio Nobel de Química en 1956 por sus trabajos de la década de 1930 sobre cinética de las reacciones (la existencia de la escuela de Semenov, de la que era miembro Zeldóvich, fue muy importante para establecer las condiciones de un proceso en cadena en el uranio). Existían otros laboratorios fuera de la ciudad báltica. Así, estaba el Instituto Físico-Técnico Ucraniano de Járkov, que ya apareció en HFC-2, en el que se repitió, por primera vez en Europa, el experimento de Cockcroft y Walton de desintegración artificial del átomo.

En Moscú, destacó el Instituto Lébedev de la Academia de Ciencias (antes estuvo en Leningrado), dirigido por Sergei Vavilov. Aquí se efectuó el importante descubrimiento del efecto Cherenkov, que reportó el premio Nobel de Física de 1958 a P. A. Cherenkov, I. M. Frank e I. Tamm. Al igual que Ioffe, Vavilov se interesó por la física nuclear y logró que la Academia de Ciencias, la institución científica más importante de la URSS, organizase a finales de 1938 un comité permanente sobre el tema, el cual dio paso en junio de 1940 a una Comisión del Uranio. Las noticias que llegaron a ese organismo en febrero de 1939 acerca del descubrimiento de la fisión reforzaron esta línea de investigación, que a partir de entonces no fue descuidada en la Unión Soviética.

Bajo la batuta de Yákov Zeldóvich (1914-1987) y Yuli Khariton (1904-1996), el conocimiento de un aspecto tan esencial para controlar la energía nuclear como la reacción en cadena avanzó de forma considerable entre 1939 y 1940. Incluso se ha llegado a afirmar, es probable que con cierta exageración, que de no haber sido por la guerra, que forzó al Gobierno de Estados Unidos a poner en marcha un gran programa nuclear, la primera reacción en cadena controlada habría tenido lugar en Moscú y no en Chicago. Khariton y Zeldóvich se plantearon la misma pregunta que se habían formulado Frisch y Peierls: ¿cuánto uranio-235 puro era necesario para alcanzar la masa crítica? En un artículo que enviaron en 1941 a Uspekhii fizicheskikh nauk señalaban: “Para producir una reacción en cadena en uranio liberando cantidades de energía tremendas, sería suficiente con aproximadamente diez kilogramos de uranio-235 puro”. No obstante, la guerra comenzó antes de que se publicase el texto y este no fue impreso hasta cuarenta años más tarde (la estimación en este caso era un orden de magnitud superior a la de Frisch y Peierls, que daban la cifra de un kilogramo).

La invasión alemana significó la evacuación de las instituciones científicas de Moscú y Leningrado, que terminaron por ubicarse, junto a centros dedicados a otras disciplinas y procedentes de otros lugares, en Kazán y en las ciudades industriales de los Urales. Allí, los investigadores soviéticos pasaron a ocuparse de los problemas más acuciante de la guerra, como el radar y la protección de navíos frente a minas marítimas, asuntos a los que se dedicó, por ejemplo, el Instituto de Ioffe, ahora a orillas del Volga.

La reanudación del programa atómico se debió en gran medida a la insistencia y perspicacia de Gueorgi Nikoláyevich Fliórov (1913-1990), integrante de uno de los cuatro grupos nucleares del Instituto de Ioffe. En 1940, llevó a cabo, junto a Lev Rusinow, una serie de experimentos que demostraron que se emiten más de dos neutrones durante la fisión del uranio y, esta vez en colaboración con Konstantin Petrzhak, descubrió la fisión espontánea, esto es, sin bombardeo de neutrones. Este fenómeno había sido predicho por Frenkel, Bohr y Wheeler, pero no había sido observado nunca. En noviembre de 1941, Fliórov, que estaba destinado a la Fuerza Aérea, se dirigió al Comité de Defensa del Estado para recalcar la importancia del problema del uranio. Sus llamadas de atención no tuvieron éxito en un primer momento pero no cejó en su empeño. En febrero de 1942, fue destinado al aeródromo de Voronezh, donde pudo acceder a la biblioteca de la universidad. Quería ver la repercusión que había tenido su descubrimiento de 1940 en la literatura internacional, en especial en la norteamericana. Además, había publicado una pequeña nota en Physical Review con su hallazgo. En su búsqueda bibliográfica, Fliórov se encontró no solo con que su trabajo no era mencionado, sino que los nombres de Fermi, Szilard, Teller, Wheeler, Wigner y otros físicos nucleares habían sido eliminados de las listas de publicaciones. No era difícil concluir que la investigación atómica en Estados Unidos había pasado a ser un asunto secreto. De inmediato, redactó una carta dirigida a Stalin en la que señalaba que era preciso “no perder tiempo para fabricar una bomba de uranio”.

Al mismo tiempo que se producían estos desarrollos científicos, tenían lugar otros en el campo del espionaje.

Como hemos visto, en 1941 los británicos habían progresado más que nadie en los principales asuntos subyacentes a la construcción de una bomba atómica. Ese mismo año, el Gobierno soviético comenzó a recibir información acerca de estos avances. El 25 de septiembre de1941, Anatolii Gorskii (nombre en clave Vadim), un miembro del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD) que residía en Londres, transmitió información acerca de la reunión secreta que había tenido lugar nueve días antes para discutir el Informe MAUD. Su mensaje enumeraba varios puntos importantes tratados en ese encuentro: que era muy posible que la bomba estuviese lista en dos años; que se preveía que su detonación tuviese una potencia equivalente a 1.600 toneladas de TNT o que Imperial Chemical Industries había recibido un contrato para producir hexafluoruro de uranio. Ocho días más tarde, Gorskii afirmó que había obtenido una copia completa de la memoria elaborada para el Departamento de Guerra. El Gobierno soviético sabía ahora que el Reino Unido había decidido dar los pasos necesarios para fabricar armamento nuclear y que se iba a centrar en el procedimiento de difusión gaseosa para separar los isótopos del uranio.

Es muy probable que la fuente de la información fuera John Cairncross, apodado el “Quinto hombre” de los llamados “Cinco de Cambridge”. Cairncross fue, reclutado por Gury Burgess cuando era un estudiante en la universidad de esa ciudad inglesa en la década de 1930. Entró después en el Foreign Office, pasó al Tesoro y de ahí, en 1941, a secretario privado de lord Hankey, ministro sin cartera en el Departamento de Guerra y presidente del Comité Asesor para Asuntos Científicos del Gabinete; como tal, estuvo a cargo de la recepción del Informe MAUD.

Sin embargo, los mensajes de Gorskii no tuvieron efecto inmediato en la política soviética. El motivo es que llegaron a Moscú menos de un mes antes del gran pánico de mediados de octubre, cuando la mayor parte del Gobierno fue evacuado a Kuibyshev y miles de personas abandonaron la capital.

Hasta marzo de 1942, los líderes soviéticos no reaccionaron ante las informaciones recibidas. Lavrenti Beria, desde 1941 presidente del Consejo de Ministros, informó de ellas a Stalin y al Comité de Defensa Estatal. En mayo, se tomó la decisión de reanudar el pro-grama atómico y se nombró director del mismo a Igor Kurchátov. A finales de año, el Comité de Defensa emitió un decreto por el que se establecía un laboratorio nuclear dentro de la estructura de la Academia de Ciencias.

La decisión de embarcarse en un proyecto en este campo, uno de cuyos fines era la producción de armas atómicas, es en principio sorprendente, ya que fue tomada en uno de los peores momentos de la guerra, cuando Leningrado sufría un angustioso asedio. No se esperaba en modo alguno que este esfuerzo constituyese una ayuda en ese sentido. Incluso Fliórov señaló a Stalin que la producción de armamento nuclear podía tardar alrededor de una docena de años en dar frutos. El propio Kurchátov, que antes de la guerra había figurado entre los más ardientes defensores de las investigaciones en este terreno, cejó en su empeño nada más producirse la invasión alemana, convencido de que existían otras tareas más urgentes. La explicación más probable reside en el panorama político internacional que Stalin y las autoridades soviéticas manejaban en aquel instante. No esperaban derrotar al Reich y vislumbraban una tensa posguerra en la que las grandes potencias (Alemania, Estados Unidos y el Reino Unido) se encontrasen, por decirlo de alguna manera, “al acecho”. En tal situación, disponer de bombas atómicas podía marcar la diferencia. Además, todo parecía indicar que esos mismos países ya estaban inmersos en programas encaminados a la fabricación de tales artefactos. La Unión Soviética no quería encontrarse en ese escenario en una situación de indefensión. En consecuencia, fue la percepción del peligro de proyectos similares en otros Estados la que impulsó a sus dirigentes en esta dirección. Algo muy parecido, como hemos visto, a lo que ocurrió en Estados Unidos, donde se creía que Alemania podía estar cerca de disponer de estas armas.

En febrero de 1943, a instancias de Pervukhin, comisario de Industria Química durante la guerra, y de Kurchátov, se estableció el programa nuclear soviético, con la creación de un laboratorio en el que se concentraría toda la investigación en este campo. De nuevo, Kurchátov fue nombrado director. Estas decisiones se tomaron cuando se libraba la batalla de Stalingrado (los alemanes se rindieron el 2 de febrero). No es sorprendente que en aquellas condiciones el proyecto soviético fuese muy modesto; nada que ver con las gigantescas dimensiones del esfuerzo norteamericano.

En cualquier caso, el desenlace final se alcanzó el 3 de septiembre de 1949. Ese día, uno de los aviones B-29 que la Fuerza Aérea estadounidense utilizaba para analizar el aire sobre Japón, Alaska y el Polo Norte, encontró, en unas muestras tomadas sobre el Pacífico Norte, cerca del país nipón, evidencias de la primera explosión nuclear soviética. Había tenido lugar el 29 de agosto (“Joe 1”, la denominaron los norteamericanos).

  1. La bomba de hidrógeno 

La primera explosión atómica soviética significó el comienzo real de la carrera armamentística. En Estados Unidos, Ernest Lawrence y Edward Teller defendieron la idea de que había que contraatacar y desarrollar un nuevo artefacto capaz de superar al de la URSS. Se trataba de fabricar una superbomba, mucho más potente que las de 1945 y basada en la fusión del hidrógeno, esto es, en procesos similares a las reacciones termonucleares que tienen lugar en el interior de las estrellas. En estas, se parte de elementos ligeros para producir otros más pesados y se emiten al mismo tiempo cantidades prodigiosas de energía. La principal reacción que tiene lugar en la bomba de hidrógeno es la siguiente (H² = deuterio; H³ = tritio; He⁴ = núcleo de helio-partícula alfa; n¹ = neutrón):

H³ + H² → He⁴ + +17,6 MeV

Esta idea se remontaba a los primeros tiempos del proyecto nuclear durante la guerra, pero no se había avanzado en esta línea al no establecerse un programa adecuado. [En un seminario sobre la teoría de la bomba atómica, celebrado en julio de 1942, Teller aventuró la posibilidad de que se pudiera utilizar un explosivo de fisión como detonante de otro de fusión. En 1944, defendió la idea de que era posible fabricar un artefacto de implosión que utilizase deuterio y tritio como combustible. Sobre Teller y la bomba de hidrógeno, véase su autobiografía (Teller 2001), así como Blumberg y Panos (1990: caps. 14 y 15). Acerca del desarrollo de la superbomba, véase Galison y Bernstein (1989)]. Sin embargo, en 1949 la comunidad científica norteamericana no estaba tan unida como en la década anterior. Se produjo una clara división de puntos de vista. Oppenheimer se opuso a la propuesta, lo que a la postre llevó a la AEC; la organización civil que, como vimos, asumió en enero de 1947 el control de los asuntos nucleares en Estados Unidos, al dejar de existir el Manhattan Engineer District, a declararlo un riesgo para la seguridad en 1953 y negarle el acceso a los secretos atómicos. Por el contrario, Lawrence desarrolló una intensa campaña en favor del nuevo armamento y visitó en persona la AEC, el Comité Conjunto de Energía Atómica, el Departamento de Defensa y hasta el Congreso. Por su parte, Teller (1950) realizó un agresivo llamamiento a sus colegas con el ya mencionado artículo ‘Back to the Laboratories’, en el que equiparaba la situación internacional existente en ese momento con la de 1939. Para el físico húngaro, la decisión de emplear la bomba de hidrógeno era responsabilidad de los políticos, no de los científicos. En su opinión, el hombre de ciencia no era “responsable de las leyes naturales. Su trabajo es averiguar cómo operan esas leyes. El trabajo del científico consiste en encontrar la manera cómo estas leyes pueden servir a la voluntad del hombre. En cambio no es su tarea determinar si una bomba de hidrógeno debe construirse, ni cuándo o cómo debe usarse”. En una clara alusión a las actividades de otros investigadores en ese momento (como Pauli), Teller añadió: “nuestra comunidad científica ha estado de luna de miel con los mesones. Las vacaciones se han terminado. Las bombas de hidrógeno no se construyen por sí solas”. De manera análoga, Luis Álvarez dijo en junio de 1951 (citado en Herken 2002: 233): “Cualquiera que dedique su tiempo a trabajar sobre mesones es poco menos que un traidor”.

Si se toma esta frase en su sentido literal, habría que concluir que uno de los “traidores” fue Richard Feynman. Veamos lo que quiero decir con esto.

El 29 de marzo de 1951, John Wheeler, director de tesis doctoral de Feynman en Princeton y gran amigo suyo desde entonces, le escribió la siguiente carta (Feynman 2006: 97-98):

como detonante de otro de fusión. En 1944, defendió la idea de que era posible fa- bricar un artefacto de implosión que utilizase deuterio y tritio como combustible. Sobre Teller y la bomba de hidrógeno, véase su autobiografía (Teller 2001), así como Blumberg y Panos (1990: caps. 14 y 15). Acerca del desarrollo de la super- bomba, véase Galison y Bernstein (1989).

Querido Dick:

Conozco tus planes de pasar el próximo año en Brasil. Espero que la situación mundial lo permita. Quizá no lo haga. Mi estimación personal es que hay al menos un 40 % de probabilidades de guerra para septiembre y sin duda tú tendrás tu propia estimación de probabilidades. Quizá estés pensando en lo que harás si la emergencia se agrava. ¿Considerarás la posibilidad de entrar en un programa completo de trabajo termonuclear en Princeton al menos hasta septiembre de 1952?

Los Álamos ha pedido a Princeton que eche una mano en este asunto. Voy a ir allí a tiempo completo a finales de mayo para darle un empujón. Spitzer, Schwarzschild, Ford y Toll van a dedicarle la mitad de su tiempo. Otros van a dedicar parte del tiempo. Spitzer, Hamilton y yo estamos encargados del reclutamiento activo. La universidad ha dejado disponible un gran edificio separado. Los Álamos ha preparado un borrador de contrato. John von Neumann, Goldstein y Ritchmeyer estarán activamente implicados en el trabajo, especialmente en lo relativo al MANIAC de Princeton. El trabajo de Princeton, lejos de representar una degradación del esfuerzo de Los Álamos, ha sido requerido para ayudar a que Los Álamos pueda hacer todavía más. No puedo discutir su viabilidad en esta carta, ni varias ideas nuevas y excitantes que se han manejado por aquí las últimas semanas. Están en una línea bastante diferente de la que Bob Christ planea seguir. A Edward Teller y a mí nos gustaría describírtelas en persona para ver si no crees que es urgente para la defensa de este país que el más prometedor de estos esquemas sea desarrollado lo antes posible.

Las razones siguientes me hacen pensar que podrías considerar seriamente esta petición para que nos prestes tu ayuda:

Incluso sin aprovechar la fuerza termonuclear, las bombas atómicas forman una parte importante del potencial bélico de este país. En el pico de producción durante la segunda guerra produjimos cuatro kilotones al día de altos explosivos convencionales. En una medida tosca y muy arbitraria de la energía total liberada, este producto representa una quinta parte de una bomba atómica convencional al día, o en setecientos días, 140 de las antiguas bombas atómicas. En comparación, toma la conjetura de cualquier periódico sobre la producción de bombas atómicas. Entonces pregúntate si hay alguna justificación para la filosofía puritana de muchos físicos nucleares (“La física es interesante: por ello no debemos trabajar en ella en caso de guerra: es mejor olvidar la física y decir a los almirantes y generales cómo hacer esto y aquello táctico y estratégico”). Evidentemente, hay mucho que hacer en este sentido. Se puede lograr incluso un factor dos de ganancia. Pero ¡qué asunto tiene a los mejores físicos del país luchando tontamente por un factor dos cuando están en juego factores de cinco o de veinte! Si lo hacen, ¡el país podría pensar que habría que dar el desarrollo de las armas atómicas a los generales!

La tarea de Princeton es ser la fábrica de ideas y hacer el diseño principal. Los Álamos trabaja también estos campos, pero también en llevar todas las fases y prácticas del proyecto hasta el final. La escasez de personal para evaluar la idea y el diseño primordial es para mí terrible. Tú supondrías en porcentaje más diferencia que cualquiera otra persona en el mapa nacional.

Pretendemos reunir en Princeton un grupo de tamaño supercrítico que llegue realmente a alguna parte.

Pienso trabajar a tiempo completo y confío en que tú también pudieras considerarlo debido a la urgencia de la situación internacional. No obstante, si no crees que la emergencia ha llegado todavía a la fase que requiere una dedicación a tiempo completo, habría una ocasión opcional para dedicar la parte que considerases adecuada a una pura conexión académica.

En resumen:

Sería enormemente útil que pudieses venir ahora, a Los Álamos o a Princeton.

Si crees que la emergencia no ha llegado todavía a esa fase, pero que puede alcanzarla pronto, sería muy estimulante para nosotros que nos dijeras que vas a considerar seriamente el prestar ayuda en el asunto termonuclear.

Si tu respuesta a (2) es afirmativa, ¿estarías dispuesto a rellenar la credencial adjunta para dejar abiertos los grados de libertad para una primera participación?

¿Y te ocuparías de llamarme a cobro revertido a Los Álamos 2-2776, o escribirme, para hacerme saber qué piensas?

Mis mejores deseos,

John Wheeler

Feynman respondió enseguida, el 5 de abril (Feynman 2006: 98-99):

Querido John:

Como sabes, planeo pasar mi año sabático en Brasil. Soy desagradablemente consciente de las grandes probabilidades que hay de que no pueda ir. No obstante, hasta que la situación se defina, no quiero contraer ningún compromiso de trabajo para el próximo año.

Mis mejores deseos,

Richard P. Feynman

No obstante, para entender mejor la carta anterior hay que tener en cuenta dos factores: uno personal, las ideas y emociones de quien la escribió, y otro político, la situación internacional. Para comprender el primero, lo mejor es citar un pasaje de un largo artículo que Wheeler (1979: 282-283) presentó al simposio Nuclear Physics in Retrospect, organizado por Roger Stuewer:

¿Cómo sería la física nuclear si llegase la guerra? Sobre esto Leo Szilard tenía ideas muy firmes, y con Fermi y Wigner impulsó fuertemente la idea de una reacción nuclear en cadena. Nosotros (Bohr, Rosenfeld, Teller, Wigner y yo) tuvimos una reunión crítica con él en el despacho de Wigner, el 16 de marzo, dos meses después de la llegada de Bohr a Estados Unidos. Szilard presentó los datos de Columbia y las indicaciones preliminares que se deducían de ellos de que al menos dos neutrones secundarios emergerían por cada neutrón que inducía la fisión. ¿Significaba esto que era ciertamente posible una explosión nuclear? Sin embargo, Bohr replicó que, enfatizando la enorme dificultad de separar las cantidades necesarias de U235, “sería necesario el esfuerzo de todo un país para fabricar una bomba”. Poco preveía el esfuerzo que sería necesario, de miles de trabajadores procedentes de tres países para alcanzar semejante meta.

Cuando vuelvo a pensar en aquellos días siento una gran pena. ¿Cómo es posible que llegase a pensar en la fisión primero como un físico y solo en segundo lugar como un ciudadano? ¿Por qué no la consideré primero como un ciudadano y solo en segundo lugar como un físico? Un simple repaso a los registros demuestra que entre veinte y veinticinco millones de personas murieron en la Segunda Guerra Mundial y más en los últimos años que en los primeros. Cada mes que se hubiera recortado la guerra, habría significado salvar del orden de entre medio y dos millones de vidas. Entre aquellos a los que se hubiera concedido vivir habría estado mi hermano Joe, que murió en octubre de 1944 en la batalla por Italia. Qué diferente habría sido si la fecha crítica no hubiera sido el 6 de agosto de 1945 sino el 6 de agosto de 1943. Si hubo un momento en el que el proyecto nuclear aliado perdió tiempo fue al comienzo. ¡Cuántos meses se necesitaron para conseguir algún dinero! ¡Cuántos meses más se necesitaron para obtener unas pocas toneladas de grafito! ¡Cuántos otros se necesitaron para establecer una base de ingeniería! El infeliz y lento comienzo del proyecto en los Estados Unidos, como el feliz y lento comienzo (y continuación) del proyecto en Alemania, provino sobre todo del fallo a la hora de establecer relación al mismo comienzo entre el trabajo científico y un gran hombre en la cima con un gran corazón acostumbrado a hacer grandes cosas de una gran forma.

¿Por qué no tuve yo la sabiduría y el sentido de misión para identificar ese hombre y enlistarlo como protector y fuerza directora de la empresa a comienzos de 1939? ¿Por qué no comencé a trabajar a tiempo completo en el uranio el 1 de febrero de 1939? ¿Posición? Nadie en América tenía una posición más central en la física de la fisión. ¿Demasiado joven? Hombres de veintisiete o más jóvenes, nos cuenta la historia, habían tenido el coraje, juicio y fuerza para decir la palabra decisiva en el momento decisivo. ¿Desconocedor de la gran guerra que se avecinaba? Nadie seguía más de cerca las informaciones del New York Times. ¿Insuficiente sentido de implicación? Eso fue. No me di cuenta de que el interés vital de los Estados Unidos estaba en juego. Debería haber entendido mejor la historia. Cuando era un niño me deberían haber enseñado la firme roca gibraltareña de la política exterior norteamericana: nunca dejes que toda Europa caiga bajo el dominio de un único poder (Jefferson [enero de 1814], Wilson [2 de abril de 1917], Roosevelt [21 de octubre de 1944]). Qué diferente habría sido verse impulsado por un sentido de historia. ¿Habría significado dos meses y un millón de vidas? ¿O dos años y diez millones de vidas?

Está claro que con la bomba de hidrógeno John Wheeler no quería repetir lo que él consideraba un gran error. Su gran error.

En lo referente a la situación internacional, además de las relaciones de Estados Unidos con la Unión Soviética, hay que tener en cuenta que en 1949 los comunistas se hicieron con el poder en China, bajo el liderazgo de Mao Tse Tung. Estos acontecimientos llevaron al Consejo de Seguridad Nacional del país norteamericano a sostener la tesis según la cual se enfrentaban a un período de máximo peligro y que para superarlo debía procederse a un completo rearme. En consecuencia, se recomendó al presidente la aprobación de un presupuesto de entre cien y doscientos millones de dólares para la fabricación de la superbomba. El 31 de enero de 1950, Truman aprobó la propuesta. Ese mismo día, la Casa Blanca efectuó la siguiente decla- ración pública: “Es parte de mi responsabilidad como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas el asegurar que nuestra nación sea capaz de defenderse frente a cualquier posible agresión. En consecuencia, he dado instrucciones a la Atomic Energy Commission para que continúe sus trabajos en todas las formas de armas atómicas, incluyendo la denominada de hidrógeno o superbomba”. Dos años y nueve meses más tarde, Estados Unidos hizo explotar un artefacto (“Mike”) mil veces más potente que los de 1945. Tres años y pocas semanas después, los soviéticos hicieron estallar su “Mike” particular en Asia central.

Al abrigo de los intereses militares, la investigación civil en el dominio de la fusión (esto es, trabajos cuyo objetivo era desarrollar sistemas viables desde los puntos de vista técnico y económico para producir energía) se vio favorecida. De hecho, no es ninguna casualidad que Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido hayan sido los países que más se han distinguido en este terreno. En el caso norteamericano, fruto de la decisión de Truman de fabricar la superbomba, en 1951 se establecieron en la Universidad de Princeton (como señaló Wheeler a Feynman en su carta) dos laboratorios dedicados a este asunto: uno, denominado Matterhorn B (con B de bomba), dirigido por el propio Wheeler, veterano del Proyecto Manhattan y convencido de la necesidad de disponer de armas de hidrógeno, y el otro, Matterhorn S (con S de Stellator, la “máquina de las estrellas”, el nombre con el que se bautizó al instrumento desarrollado para estudiar los plasmas de fusión), dirigido por el astrofísico Lyman Spitzer. Dada la especialidad de este, no es sorprendente que estuviera muy interesado en reacciones termonucleares controladas. Wheeler lo estaba en las de carácter explosivo, pero necesitaba el conocimiento básico generado en el segundo laboratorio. De hecho, en este se llevaron a cabo importantes avances en la teoría de la fusión controlada y en el diseño del Stellator. No obstante, este aparato demostró ser menos interesante que su contrapartida soviética, el Tokamak.

El caso de la bomba de hidrógeno sirve también para entender la mentalidad y las razones por las que científicos de primerísima línea (como sin duda fueron algunos de los que participaron –en Estados Unidos al igual que en la Unión Soviética– en este proyecto) decidieron contribuir a resolver los problemas existentes para la construcción de estas armas, sin que mediase el condicionante de hallarse inmersos en una guerra mundial. Como es natural, debe haber tantas respuestas a esta cuestión como investigadores participaron en el programa, tan diverso es el universo de las psicologías individuales. Yo me limitaré a uno en concreto, de una significación especial: el físico soviético Andréi Sájarov (1921-1989). Este contribuyó de manera decisiva a que la URSS dispusiese de bombas de hidrógeno, pero luego terminó por ser un notable opositor al régimen comunista y recibir el premio Nobel de la Paz en 1975. En sus memorias, Sájarov (1991: pp.148-151) recordó sus inicios en este campo:

“En 1948, nadie me preguntó si quería o no tomar parte en este trabajo [contribuir a la construcción de una bomba de hidrógeno]. No tuve oportunidad de elegir, pero me entregué totalmente, con gran concentración, una absorción total y mucha energía, por propia voluntad. Ahora que han pasado tantos años, me gustaría explicar los motivos de mi dedicación, a mí mismo sin ir más lejos. Una de las razones de ello (aunque no la principal) fue la posibilidad de hacer ‘física superior’ (el comentario de Fermi sobre el programa de la bomba atómica). Mucha gente pensó que su comentario era cínico, pero el cinismo normalmente presupone la duplicidad, mientras que yo creo que Fermi era completamente sincero, aunque bien pudo haber estado guardándose la auténtica cuestión. No se debe olvidar que el comentario completo de Fermi, ‘Después de todo, es física superior’, indica que hay otro lado de la cuestión”.

Que la fusión termonuclear era para Sájarov “física superior” queda claro en sus siguientes palabras: “La física de las explosiones atómicas y termonucleares es un verdadero paraíso para los teóricos. […] Una reacción termonuclear (la misteriosa fuente de energía del Sol y de las estrellas, el sustento de la vida en la Tierra, pero al mismo tiempo un potencial instrumento de su destrucción) estaba a mi alcance.

Estaba tomando forma en mi mesa. […] En aquellos momentos lo más importante para mí, y creo que también para Tamm y los demás miembros del grupo, era la convicción de que nuestro trabajo era esescial”. Por supuesto, se daba cuenta de que “las armas que se estaban construyendo eran de naturaleza inhumana y aterradora. Pero la guerra que acabábamos de pasar también había sido un ejercicio de barbarie; y a pesar de que yo no había luchado en ese conflicto, me consideraba a mí mismo un soldado en esa nueva guerra científica”.

Las lecturas de estas palabras son evidentes. Entre ellas, destaca el atractivo que tiene para los científicos la buena investigación, algo que con frecuencia se superpone a casi cualquier otra consideración. Incluso para aquellos que, como terminó siendo el caso de Sájarov, poseen sensibilidad moral y valor cívico. El siglo xx fue testigo de numerosos ejemplos en este sentido.

  1. El caso Oppenheimer 

Convertido en héroe nacional después de agosto de 1945, Oppenheimer comenzó entonces una nueva etapa en su vida, hasta que en última instancia se convirtió en víctima de las intrigas políticas. En su caso, sus enemigos fueron todos aquellos estadounidenses que deseaban beneficiarse, frente a la Unión Soviética, del poder nuclear con el que se habían visto dotados de forma inesperada. Los militares del Pentágono, por supuesto, formaron parte de ese grupo, pero no fueron los únicos. Ese colectivo incluía a personajes tan poderosos como el director del FBI, Edgard Hoover, el senador Joseph McCarthy y el influyente Lewis Strauss, miembro y luego director de la CEA. También comprendía a otros científicos, entre los que ninguno sobresalió más que Edward Teller.

El problema es que Oppenheimer llegó a la conclusión de que no tenía sentido embarcarse en una carrera armamentística, en pos de artefactos cada vez más poderosos, como la bomba de hidrógeno. Además, su opinión no era una cualquiera, sino la del “padre de la bomba atómica”, la de alguien que figuraba en los comités más importantes, organismos que hacían recomendaciones sobre asuntos nucleares. Su punto de vista aparece expresado con claridad en un informe que envió el 17 de agosto de 1947, como director del Comité Asesor de la CEA, al secretario de Guerra (Herken 2002: 141): “Creemos que la seguridad de nuestra nación (como algo opuesto a su habilidad para infligir daño a una potencia enemiga) no puede residir completamente o incluso fundamentalmente en su capacidad científica o técnica. Debe basarse solo en hacer que las guerras futuras sean imposibles. Es nuestra unánime y urgente recomendación […] que se lleven a cabo todos los acuerdos internacionales necesarios para lograr tal fin”. Cuando la Unión Soviética hizo estallar su primera bomba atómica en 1949, muchos en Estados Unidos consideraron que el desarrollo de armas de hidrógeno era la única medida capaz de reconquistar la supremacía. Oppenheimer se esforzó por retrasar los trabajos en esta dirección, con el fin de intentar llegar a un acuerdo con la URSS para renunciar a ese tipo de armamento. No obstante, el presidente Truman decidió, como hemos visto, autorizar su fabricación.

Ante semejante escenario, acaso hubiese sido prudente para Oppenheimer regresar a la vida académica y, de hecho, tras el final de la guerra retomó algunas de sus actividades universitarias en California. Sin embargo, desde el primer momento alternó las clases con viajes constantes a Washington D. C., para asistir a los muchos comités de los que formaba parte. En una ocasión, confesó al decano de la Facultad de Física de Berkeley que echaba de menos los corredores del poder de la capital federal. A comienzos de 1947, se le ofreció la dirección del Institute for Advanced Study de Princeton y la aceptó, contento de instalarse en un lugar cercano a la Casa Blanca, ocupado en tareas organizativas. Tenía razón Teller, el científico que le combatió en mayor medida y con más dureza, cuando respondió a su célebre frase de que los físicos habían “conocido el pecado”, debido a la bomba atómica, con el comentario de que lo que habían “conocido es el poder”. A lo que yo añado que, entonces al igual que hoy, ese poder les gustó. No los culpemos por ello, pero tengámoslo en cuenta.

La influencia que Oppenheimer ejercía, o podía ejercer, hizo que a partir de 1950 se intensificasen los esfuerzos para apartarlo de los ámbitos de toma de decisiones en política nuclear. La confesión de Klaus Fuchs, de que había revelado secretos atómicos a la Unión Soviética, ayudó en este sentido. De manera inmediata, el 9 de febrero, el senador McCarthy declaró que poseía una lista con más de doscientos nombres de comunistas infiltrados en el Departamento de Estado e inició su famosa “caza de brujas” política. En marzo, Oppenheimer declaró ante un Comité Conjunto que ahora era “un decidido anticomunista, cuyas antiguas simpatías por causas comunistas le habían inmunizado contra más infecciones” (Herken 2002: 219).

No bastó con esto. Tampoco con el hecho de que el 1 de noviembre de 1952 se llevase a cabo con éxito la primera explosión termonuclear estadounidense. La persecución a la que fue sometido Oppenheimer, tanto por Strauss, nombrado por Eisenhower director de la AEC, como por Hoover, dio como fruto la orden presidencial del 3 de diciembre de 1953, según la cual se le impidió el acceso a los secretos atómicos. Ahí pudo haber terminado todo, sobre todo habida cuenta de que su último vínculo con la Administración, en estos asuntos, expiraba en junio de 1954. Habría bastado con no renovarlo. Sin embargo, una vez más, esto no era suficiente. Era preciso demostrar el riesgo que asumía cualquiera que se enfrentase a ellos, a los que solo podían imaginar un futuro seguro bajo el escudo de miles y miles de bombas nucleares. Así fue como Oppenheimer terminó ante una Junta de Seguridad de Personal de la AEC, ante la que fue interrogado, al igual que otros, amigos y enemigos, entre el 12 de abril y el 6 de mayo de 1954, para juzgar su lealtad. El 27 de mayo una mayoría (dos frente a uno) de este organismo emitió su recomendación. Merece la pena recordar uno de sus pasajes centrales:

“No creemos que lo que hemos encontrado […] proporcione una completa y automática respuesta a la cuestión que se nos planteó. […] Por una parte, no existe evidencia de deslealtad. De hecho, tenemos delante de nosotros muchas responsables y positivas evidencias de la lealtad y amor por su país del individuo concernido. Por otra parte, no creemos que se haya demostrado que el Dr. Oppenheimer esté libre de sospecha en lo que se refiere a conducta, carácter y asociación. Podemos en conciencia, creemos, concluir nuestra difícil tarea con una breve, concisa, recomendación: no pueden existir obstáculos para la seguridad nacional, que en tiempos de peligro debe ser absoluta, y sin concesiones a razones de admiración, gratitud, recompensa, simpatía o caridad. Cual- quier duda que surja debe resolverse a favor de la seguridad nacional. El material y evidencia presentado a esta Junta deja dudas razonables con respeto al individuo al que concierne. No podemos, por consiguiente, recomendar que se le devuelva la autorización de acceder a secretos”.

No es sorprendente, claro, que con semejante veredicto el 29 de junio la propia AEC decidiese retirar a Oppenheimer el permiso para acceder a secretos atómicos, justo un día antes de que tal autorización expirase.

Robert Oppenheimer fue acusado y condenado en una mera “audiencia”, o “vista”, sin potestad legal alguna. No se le acusó de haber pasado información a otros países, ni de haber sido, o no, comunista, sino que se le sentenció por sus opiniones. Era reo del delito de tener puntos de vista contrarios a los de otros. En el proceso se cometieron todo tipo de iniquidades. Durante once años, en contra de la legalidad vigente, el FBI abrió su correspondencia, controló sus llamadas telefónicas, instaló micrófonos ocultos en su despacho y en su casa y siguió todos sus movimientos. Su caso no fue único. Entre 1947 y 1952 casi cinco millones de personas fueron investigadas en Estados Unidos. El 99,5 % de ellas no había cometido actos sospechosos previos.

Los Teller, Lawrence, Strauss, McCarthy o Hoover, al igual que sus compañeros de viaje soviéticos en este recorrido hacia la destrucción nuclear, ganaron en última instancia la partida a los Oppenheimer o Sájarov (también a Bethe). Para cuando la Unión Soviética se desmoronó en 1991, entre ella y Estados Unidos se habían fabricado en torno a 125.000 armas atómicas. El presidente Eisenhower tuvo tiempo de darse cuenta del peligro que suponía la alianza entre ciencia y política, como la que condujo a la caída de Oppenheimer y a la que él mismo había contribuido. Así lo demuestran unas frases del discurso de despedida que pronunció al abandonar la presidencia en 1961, cuando ya sus sinceros esfuerzos por lograr un acuerdo permanente que prohibiese las pruebas nucleares habían quedado en nada. “Al respetar la investigación y los descubrimientos científicos”, manifestó entonces, “debemos también estar alertas al peligro igual y opuesto de que la política pública pudiera ser capturada por una élite científico- tecnológica”. Tras lo cual, añadió lo que es, sin lugar a dudas y hasta la fecha, una sabia recomendación: “La tarea del estadista es conformar, equilibrar e integrar estas y otras fuerzas, nuevas y viejas, dentro de los principios de nuestro sistema democrático, dirigido siempre hacia las metas supremas de una sociedad libre”.

 

Este texto pertenece al tecer volumen de la Historia de la física cuántica. De la física nuclear al bosón de Higgs (1932-1964)publicado por Crítica.

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