El secreto que encierran los libros

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Las bibliotecas personales son conservatorios de la memoria perdida. Ahora que anda Faba trasladando su repleta librería a otro cuarto de la casa, sabe lo que significa esa naturaleza dormida de las palabras. Remover una biblioteca privada es reencontrarse con las ciudades, las librerías y hasta con los dependientes que te vendieron esos ejemplares que ahora se detienen en tus manos; pero sobre todo implican un reencuentro con lo que nos supuso su lectura; y sobre todo el poder reconocer a través de ellos los indicios de una vida que vivimos, y de la que no  éramos conscientes hasta este preciso instante.

 

En este trasiego de libros me tropiezo con un ejemplar destrozado -por el uso y el paso del tiempo- de La Casa de Bernarda Alba, de García Lorca, editado por la editorial argentina Losada, con ilustración en la portada de la inefable Silvia Baldessari. Debía tener más o menos dieciocho años cuando compré aquel ejemplar pequeñito en la librería Paideia de Granada, donde siempre olía a alhucema, que quemaba una mujer alta, jaquetona y fascinante. El descubrimiento del teatro del poeta fue para mí todo un acontecimiento, pues reconocí en esas tragedias de la tierra las raíces de mis propios ancestros.

 

Mi abuela, Manuela Morales Faba -aunque sólo tuviera hijos varones- era a su manera una Bernarda Alba; igual de trágica e inextricable; aunque en lo que sí coincidían ambas era en el parecido de sus casas. Cuando yo leía casa encalada con arcos, reconocía la de mi abuela, que en aquellos tiempos frecuentábamos -para mi pesar- todos los veranos, durante cuarenta días interminables. Eso sí que era un drama, con lo felices que nosotros vivíamos en Malta, en nuestra moderna y confortable vivienda, situada en una quinta planta con vistas al Estrecho de Gozo.

 

Me apasionaron tanto aquellas tragedias de Lorca, que cuando -tras la siesta- mi madre se ponía con su labor de costura junto a la ventana, y me pedía que le leyera, yo elegía la Yerma, las bodas de sangre o la Bernarda. Mi madre era benaventiana, pues en sus años mozos había sido “actriz portentosa”, en palabras de los familiares y admiradores que aún recordaban en el pueblo su talento. Además de que Lorca estuviera prohibido tras la guerra, y apenas fuera conocido en España, a ella le llegaba más hondo el teatro de Don Jacinto. Excitada por la presencia del drama, de repente, interrumpía su costura, y se ponía a recitarme monólogos de la Acacia –de La Malquerida– que aún recordaba de memoria, desde que los interpretase en su pueblo felixario con tanta galanura y arrogancia.

 

No sólo leemos lo que otros han escrito en los libros, sino que nos descubrimos a través de ellos, y en esas mismas páginas quedamos depositados como un pétalo de rosa o una mariposa prensada. El librito en ruinas de Lorca X Losada, minúsculo, envejecido y polvoriento, me ha devuelto a mi abuela, su casa, mi madre, y hasta aquellas lecturas dramatizadas para una sola oyente, en el salón de nuestra casa grande de Granada, cuando yo no había cumplido aún los veinte años.