El teatro como ejercicio de supervivencia

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The Two Character Play es una poco frecuentada pieza de Tennessee Williams (1911-1983), que el dramaturgo estadounidense tardó más de diez años en escribir. Tras su estreno en Londres en 1967, volvió a revisarla para un nuevo montaje que subió a las tablas en 1971, en Chicago, con el título de Our Cry; luego ha sido escenificada en otras ocasiones, aunque no suele colocarse entre los títulos más reconocidos de su teatro. Es, vista hoy, una obra singular que une la característica poética vulnerada de Williams y la angustia existencial de Beckett, sitúandose en una vibración dramática bastante próxima a la frecuentada por Harold Pinter, por entonces –hablamos de los años sesenta del pasado siglo– uno de los nombres más destacados de la generación literaria que se dio en llamar de los “jóvenes airados” (Angry Young Men).

Parece que Williams quería explorar caminos que fueran más allá de la sensibilidad naturalista de sus trabajos anteriores, aclamados por público y crítica, y el resultado fue esta obra claustrofóbica, que revisita asuntos claves en su dramaturgia como las tensiones familiares y las enfermedades mentales. El autor dijo de ella en su momento que era su texto más hermoso desde Un tranvía llamado Deseo. Los protagonistas son dos hermanos, Clare y Felice, en los que don Tennessee quiso retratar respectivamente a su hermana Rose –una joven con problemas psicológicos que quedó incapacitada por las secuelas de una lobotomía– y a él mismo. 

Estos dos personajes son aterrados actores abandonados por el resto de su compañía en un teatro casi en ruinas de un lugar ignoto, mientras es posible que haya público esperando el comienzo de la función. Los diálogos parecen mezclar los de la pieza que supuestamente deben representar y los alucinados del hermano y la hermana, traumatizados tal vez por el sucidio o asesinato de sus padres. Un oscuro y fascinante laberinto de voces espectrales y ecos deteriorados en el que las identidades se difuminan y confunden y la trama se desdobla hasta hacerse añicos en una quimérica pirueta metateatral. Pueden percibirse en ellos rastros de la espera sin fin de Vladimiro y Estragón. 

Carla Galvão (izquierda) y Sara de Castro como las hermanas protagonistas de la obra (Foto: Eric da Costa / Festival de Almada)

Con este punto de partida, las actrices portuguesas Carla Galvão y Sara de Castro se han aliado para poner en pie un espectáculo formidable con un gran final, una apuesta rica en sugerencias, inquietante, que habla de miedos y viejos fantasmas que nunca desaparecen, que retrata las relaciones fraternales salvadoras y a la vez tóxicas, y que reflexiona sobre las estructuras del oficio teatral y quienes a él se dedican. La soledad aterida de los dos hermanos –aquí dos hermanas, Felicia y Clara– les sirve para indagar en la dimensión del teatro como comunidad interconectada con la sociedad a la que se dirige; su empeño por sacar adelante sin medios una función que quizá nunca se celebre es un obcecado ejercicio de supervivencia. En el programa de mano, las dos creadoras establecen paralelismos entre la convivencia clausurada de las protagonistas y el confinamiento por la pandemia, y encuentran similitudes entre la época en que fue escrita The Two Character Play, en un momento de efervescencia de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, y la nuestra, con el auge del movimiento Black Lives Matter; analogías muy sugerentes. 

El carácter opresivo del montaje se ve potenciado por la concepción plástica de Eric da Costa, creador de una tan bella como angustiosa escenografía oscurisima que conforma un espacio físico y a la vez mental: suelo y techo en rampa confluyen en un estrecho fondo en el que se han incrustado seis focos; el techo está cruzado por una angosta grieta irregular, una suerte de cicatriz sin cerrar que a veces deja pasar la luz y por la que el viejo teatro donde se desarrolla la obra parece respirar como un ser moribundo; una estrecha pasarela con ruedas anclada en el centro del escenario sirve de catalizador de la acción. El sonido diseñado por Sérgio Milhano y Duarte Moreira, con un ominoso y omnipresente zumbido de fondo, contribuye a la intranquilizadora sensación que transmite el conjunto. 

Vestidas con pantalón, blusa y chaqueta negros, Carla Galvão y Sara de Castro, como Felicia y Clara, una dominadora y otra dominada, y viceversa, podrían ser familia de las Solange y Claire de Jean Genet. Ambas realizan un trabajo sobresaliente, desgarrador a veces, siempre turbador, en el delgado filo entre la insanía mental y la lucidez amenazada, que quizás, por poner un pero, necesitara de algún ligro ajuste de dirección. Su programación es otro acierto del 38 Festival de Almada, creado en 1984 por Joaquim Benite, un entusiasta hombre de la escena también fundador de la Compañía de Teatro de Almada, que este año celebra su cincuentenario; fallecido en 2012, el Teatro Municipal de la localidad y sede del certamen lleva su nombre.

 

Título: Duas personagens. Autor: Tennessee Williams. Creación, dirección artística e interpretación: Carla Galvão y Sara de Castro. Traducción: Diana V. Almeida. Concepción plástica: Eric da Costa. Iluminación: Teresa Antunes. Sonido: Sérgio Milhano y Duarte Moreira. Producción ejecutiva: Raquel Sousa. 38 Festival de Almada. Teatro-Estúdio António Assunção. Almada. 9 de julio de 2021.

 

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Juan Ignacio García Garzón es uno de los nombres que me habitan (o que habito, vaya usted a saber). Como tal espécimen, nací y vivo en Madrid, donde ejerzo la profesión periodística desde hace más de tres décadas, que ya son años. En tiempos pretéritos trabajé en Radio Exterior de España (RNE), la Agencia EFE y la cadena radiofónica COPE, no simultáneamente. En el diario ABC, he sido redactor jefe de la revista dominical Blanco y Negro, las secciones de Cultura y Espectáculos, y su suplemento cultural, además de crítico teatral.   He publicado dos libros biográficos: “Lola Flores. El volcán y la brisa” (2002 y 2007), y “Paco Rabal. Aquí un amigo” (2004), con el que obtuve el II Premio Algaba de Biografías, Autobiografías y Memorias, y el volumen de análisis cinematográfico “Cary Grant. RKO Films” (2009), además de alguna otra cosa sobre cine y teatro que se hace fatigoso enumerar. En 2009 fui agraciado con el premio Ciudad de Alcalá en su modalidad de Periodismo, que lleva el nombre de "Manuel Azaña", por el artículo “Si Hamlet fuera mujer”, publicado en ABCD las Artes y las Letras.   A veces, aunque hace ya tiempo que se hace el remolón, me visita un tipo que escribe poesía y firma como Juan Garzón. Pese a su ánimo remiso, este holgazán de la escuela Bartleby ha publicado cuatro libros de poemas: “Ejercicios de estilo” (1979), “Figuras y descripciones” (1984), “Imán” (1989) y “Principio de viaje” (2000).

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