El teatro es un sismógrafo que sirve para reparar los desgarros de la política

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Porque vivimos encadenados, como vagones de un largo tren de mercancías, que a veces se detiene de forma incomprensible en medio de un espacio vacío, del que sin embargo parten caminos sinuosos por los que podríamos perdernos si nos atreviéramos,

 

porque el eco del viento llega a veces muy tenue, como si la noche fuera una caracola hecha trizas que nos empeñáramos en reconstruir con los ojos, como si se pudiera recuperar el sonido encerrado en la memoria,

 

aunque resulte incongruente ese tren de mercancías en el que viajamos como durante años contemplamos a los intérpretes de la Gran Depresión en las películas que Hollywood distribuía para nuestro aprendizaje, al oeste, siempre al oeste, y que tal vez nos sirvan ahora, cuando tengamos que empezar a viajar de esa manera, hacia el este, siempre hacia el este,

 

de Carlos Gonçalves Durao no sabía nada hasta que se fue concretando en mensajes de un amigo común, arraigado junto al mar que fabrica caracolas como la que mencionaba antes de que se hiciera trizas en el suelo de la gramática y la sintaxis de una noche fría de la que me gustaría desprenderme para dormir y olvidar, dormir y olvidar, dormir y olvidar, como si quien me acunara fuera ciertamente un tren, me da igual que de mercancías o de pasajeros, porque todavía no he perdido mi trabajo, mi casa, mi porvenir, aunque todo puede suceder, cualquier cosa puede suceder,

 

tras cada párrafo, una coma, tras cada coma, un abismo breve, como los arroyos que podemos salvar limpiamente, que podíamos salvar cuando éramos mucho más inocentes que ahora, y ahora mismo,

 

de Carlos Gonçalves Durao pensaba utilizar apenas el arranque de su poema Punto de fuga para referirme al monólogo de Chiara Bersani en El sur de Europa. Días de amor difíciles, que la compañía La tristura estrenó en la sala Cuarta Pared el jueves pasado, sin que yo supiera muy bien qué me iba a encontrar. A diferencia de Nueva York, en que de manera sistemática (tal vez porque la mayor parte de las obras eran en inglés) me leía el texto antes de la función, y luego leía, sobre todo en el New York Times (que tenía no solo uno, sino dos y a veces hasta tres críticos de teatro, y a las obras que les parecían relevantes les dedicaban una larga crítica con foto y hasta mil palabras, o más, aparte de la información previa, claro, porque hay países que consideran que el teatro es un sismógrafo que sirve para reparar los desgarros de la política) todo lo que podía sobre la función, aquí a veces voy al teatro como una puta virgen,

 

escribe Carlos Gonçalves Durao (cuyos dibujos le recuerdan a Anxo Pastor a los de Vija Celmins, una pintora letona a la que había empezado a admirar en Madrid y luego seguí admirando y conocí en Nueva York, que pintaba y pinta estufas, cielos estrellados, desiertos, mares, a lápiz, durante días y días y días de gastar lápices para contar el territorio material del mundo),

 

“¿Cuántos viajeros de mirada turbia, como días de aguacero,

se amaron en esos pasillos?

¿Qué recuerdos guardaban en sus maletas, sólo por mantener

su corazón a la intemperie”

 

Para enhebrar, es decir, enveredar su poema, Carlos Gonçalves Durao, cita, como se cita a un toro escuálido que tal vez se parece a un toro que tuvimos cuando niños, cuando jugábamos a ser toreros como jugábamos a la guerra, un verso de Jorge de Sena que reza, literalmente, reza:

 

“Neste oficio de perguntar em que se morre”.

 

Vuelvo a las comas. Vuelvo al espectáculo de La tristura en la Cuarta Pared, a ese El sur de Europa. Días de amor difícil, que enhebraron de manera colectiva los cuatro fundadores de la compañía (Itsaso Arana, Celso Giménez, Pablo Fidalgo y Violeta Gil), enveredaron para que La tristura (ahora entiendo que vienen de donde vienen, de la misma ciudad de grúas como de una posguerra que ojalá se quede atascada en el tiempo para siempre) se pusiera manos a la obra,

 

y que me recordó a mí mismo adolescente en la oscuridad del coche que nunca llegué a conducir porque nunca aprendí,

 

todas las ingenuidades del 15 de Mayo (como ellos dicen, sin abreviar, aunque creo que con mayúsculas), todos los desgarros y preguntas y tanteos y ensueños y razones y piedades y tonterías y angustias y ferocidades y sumas y restas y peligrosos coqueteos con el abismo político y hastío de los políticos envilecidos por nuestra propia falta de sustancia como: periodistas, actores, estudiantes, cazadores, electricistas, profesores, tenderos, corredores de apuestas, maratonianos, ciclistas, remeros, pintores, tesoreros, aguadores, agrimensores, barrenderos, osteópatas, dentistas, correctores de pruebas, instaladores de gas, programadores, individuos, ciudadanos, hijos, padres, hermanos, españoles, italianos, griegos, europeos, africanos…

 

porque a Abraham Boba ya le había escuchado a lo largo de las carreteras de España, y tuve que escuchar de mis chicas su fastidio ante sus letras que a mí tanto me subyugaban, sobre todo las de su disco sobre la educación, y que era el único que en realidad, en el segundo acto, demostraba que sabía en qué consiste cantar, y por eso parecía un marciano en medio de esa troupe, y sin embargo era el contraste necesario, como el papel de tornasol, para darnos cuenta de las cosas,

 

hasta que, en el último acto, después de que Celso Giménez –¿era Celso Giménez?- empujara ese especie de cama, plinto, escalera como al borde de un acantilado sobre nuestra salita de estar, azul, forrada, accesible para cualquiera de los que nos olvidamos de los que no son como nosotros, todos los días, claro,

 

porque ponerse en el lugar del otro todo el tiempo es un fastidio, y nadie, o casi nadie sabe ser hoy como Simone Weil, y ni lo intenta, 

 

contra el telón rojo, ese telón corrido que era un verdadero atentado contra la esencia de la Cuarta Pared, su ideolojía (no me corrijas, corrector de Word, que estoy pensando en Juan Ramón Jiménez, en ese tipo de ideolojía),

 

pensamos que había un error, uno de esos fallos tan consustanciales a los estrenos, porque estaba la cama, o lo que fuera, y el telón (cortinaje rojo) corrido, la luz puesta, pintando el telón y un fragmento de suelo, y no pasaba nada… Y era el tercer acto, el del desenlace, y habíamos vuelto a seguir las instrucciones, a ponernos los cascos, obedientes,

 

“¿traían sal en sus zapatos, restos de mar,

u olían a imprentas subterráneas y viejos documentos?”,

sigue diciendo Carlos Gonçalves Durao.

 

En el tercer acto todo quedó hecho pedazos por la realidad de Chiara Bersani, que reptó, por el suelo, por cada escalón de esa cama imposible como quien sube a un acantilado para contemplar el tamaño del abismo en la sala de estar de su casa burguesa, o pequeño-burguesa, o proletaria con aspiraciones, donde un teléfono demasiado grande para su tamaño la estaba esperando para susurrarnos su monólogo sobre todas las destrucciones que experimentábamos. Entonces las palabras que habían pronunciado antes los actores que podían valerse por sí mismos, los comentarios sobre la belleza, los sueños, la política, las ilusiones, quedaron convertidos en unas trizas mucho más pequeñas que las de la maldita caracola de mi infancia y todo su viento encerrado,

 

porque esta actriz que hizo que el teatro se callara como casi nunca se callan los teatros era algo más que una actriz, con su valor probado de venir desde Italia para sumarse a una Tristura que ya dijo en su anterior espectáculo, que no vi:

 

“Me siento ante la televisión

Y espero una catástrofe

Pero cuando enciendo la tele y no pasa nada

Pienso que hay mucha gente como yo en todo el mundo

Esperando una catástrofe lejos”.

 

Último punto. Olvidemos el patetismo. Olvidemos la compasión. No se trata de eso. Cuando las Torres Gemelas fueron borradas del mapa ante nuestros ojos tan aterrados como asombrados, mi madre me dijo: “Es como si la guerra te siguiera los pasos”. ¿Quién sigue los pasos de Chiara Bersani que se atreve a ser ella misma y con esos brazos deformes y esas piernas deformes y ese cuerpo deforme interpretar un papel que hace que el teatro se quede inmóvil como esperando que esa catástrofe de la que hablaba La tristura nos sacuda la conciencia que habíamos convertido en pulpa de tamarindo a base de tanto aplazar el momento de la verdad, que no es, me temo, el de la revolución, sino el de la ejemplaridad? Ponerse en el lugar del otro. La realidad. 

 

 

Foto: Blanca Velasco Navarro