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El testimonio de la imaginación. La ‘Asamblea’ de un poeta llamado Juan Carlos Mestre

Juan Carlos Mestre recitando en 2017. Foto: Margarita Otero. Fuente: Wikipedia

El testimonio de la imaginación 

La obra de Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, España, 1957) delimita un lugar singularísimo, casi de excepción, en el panorama de nuestra poesía reciente. Lo hace por su naturaleza libérrima, no adscrita a ninguna de las escuelas o tendencias con que la crítica suele etiquetar y parcelar la realidad; por la intensidad y coherencia de sus logros, que configuran un imponente corpus textual que no ha dejado de crecer y renovarse con los años; y por la personalidad misma del autor, cuya creatividad no se agota únicamente en la escritura: a su faceta performática, como intérprete de sus propios poemas en compañía de músicos como Amancio Prada o Cuco Pérez, cabe añadir la de artista visual, vocación que le ha permitido ganarse la vida como pintor, grabador y creador de cajas y artefactos que plasman una imaginación desbordante. No hay, en rigor, separación entre estas vertientes: en Mestre todo es una y la misma cosa, se exprese en palabras o en imágenes, con la voz o con las manos.

El medio siglo que abarca esta “poesía reunida”, desde sus primeras entregas juveniles –Siete poemas escritos junto a la lluvia y La visita de Safo, a comienzos de la década de 1980– hasta los poemas de El ciprés descapotable, libro inédito del que ofrecemos un breve adelanto, tiene poco que ver con el que nos describen los críticos y los manuales de literatura. Y no es extraño, dado que la obra de Mestre, a pesar de sus indudables reconocimientos –el premio Adonáis por Antífona del otoño en el Valle del Bierzo en 1985 o el Premio Jaime Gil de Biedma por La poesía ha caído en desgracia siete años más tarde–, no se incluye en ninguna de las antologías que estudian este periodo hasta la aparición en 2010 de Las moradas del verbo, de Ángel Luis Prieto de Paula[1], cuando ya nuestro autor había merecido el Premio Nacional de Poesía un año antes. En retrospectiva, es una ausencia clamorosa, y nos confirma hasta qué punto el afán de historiar el presente –eso que literalmente no tiene historia– puede ser causa de distorsión. Esta miopía crítica ha ido corrigiéndose de manera gradual, pero es indudable que el daño, en sustancia, está hecho: las descripciones al uso de este periodo literario lo reducen a la apoteosis de una sedicente poesía de la experiencia, adepta a narrar los desvelos y peripecias de la vida cotidiana –una descripción que a su vez es tan grosera y deja tantas cosas fuera que resulta inservible. Como mucho, se apunta la pervivencia de ciertos rescoldos de la estética novísima en forma de poesía del silencio o de nueva épica. Y por ahí, por ese membrete de “nueva épica”, es como algunos llegamos en su día a Mestre, autor de un libro –Antífona– que se mencionaba a la vez que, por ejemplo, La lentitud de los bueyes de Julio Llamazares y Así nació Tiresias de José Carlón, donde el mundo rural era convocado con una tonalidad entre elegíaca y celebratoria. El despliegue de la obra mestriana a lo largo de estas cuatro décadas ha desmentido aquella filiación primera y dinamita cualquier intento de clasificarla y asignarle una casilla taxonómica[2]. Es cierto que su estancia en Concepción (Chile), donde se instaló a mediados de la década de 1980 con su compañera vital, la poeta y artista Alexandra Domínguez, lo alejó por un tiempo del medio literario español y lo puso en contacto con otras formas de hacer poesía, y qui- zá esa distancia temprana haya cobrado desde entonces el aspecto de una grieta fundacional, irreparable[3].

El paso de los años ha obrado un acercamiento, pero la singularidad radical de esta obra, su extrañeza constitutiva –a la que no ayuda, desde luego, la vastedad del conjunto–, sigue siendo un escollo que impide apreciarla como es debido. La publicación de este volumen de “poesía reunida” quiere reparar esta falta, reuniendo todos los libros del autor en su versión definitiva, fijada por él mismo en época reciente, y en especial desde que en 2011 tuvo la oportunidad de reeditar una versión corregida y ampliada de La visita de Safo (a la que siguió, tres años más tarde, la reedición de La poesía ha caído en desgracia). Esta Asamblea es la estación término de un proyecto de reordenamiento del conjunto de su poesía que se inició hace ya quince años[4], y que sin duda se prolongará en el futuro.

*    *    *

Con todo, esa grieta fundacional ya era visible desde un principio, por el compromiso cívico que la ha animado y una toma de conciencia ideológica que no ha dejado de hacerse más patente –más urgente– en cada libro. A diferencia de la mayoría de sus contemporáneos, Mestre concibe la imaginación, no como un espacio ahistórico, activamente neutral –esto es, que desactiva o neutraliza los conflictos–, sino como el lugar donde cabe hacer justicia y reparar simbólicamente las injurias de la historia. La suya es una imaginación política, un prisma polifacético que destaca e ilumina cada estrago para hacerlo más visible. Lo estético y lo político, en su caso, se abrazan y refuerzan mutuamente. Esta noción de compromiso tiene mucho que ver con su educación sentimental y su fidelidad al carácter fronterizo de El Bierzo, la comarca donde nació y a la que no deja de volver como una suerte de oficioso poeta laureado, algo que ya se traslucía en Antífona, pero que pespuntea todos sus libros y está detrás de 200 gramos de patacas tristes (2019)…

(…)

El diccionario de la RAE define “asamblea”, en su primera acepción, como “reunión de los miembros de una colectividad para discutir algún asunto”. Y de esta definición nos importan, a los efectos de este volumen, casi todos los términos que la integran: reunión, miembros, colectividad, discusión, asunto. Este libro está dictado por un afán de totalidad, de no dejar un palmo de lo real por escrutar ni interpelar. Es un impulso que surge del horror vacui, en gran medida –algo que también se puede predicar de su trabajo visual, de esas figuras polimorfas que atestan sus dibujos–, pero que va un poco más allá. Como escribí en su día al hablar de La bicicleta del panadero, esta obra es “una especie de segundo advenimiento al que la comunidad entera de vivos y muertos ha sido invitada para mirarse y descubrirse –revelarse– a la clara luz de la imaginación”[5]. Las gentes que pueblan estas páginas son verdadera multitud y se cruzan y hablan entre sí de las maneras más diversas. Y la perspectiva del poeta, siempre sub specie aeternitatis, cubre un elenco amplísimo de tiempos y lugares, de edades y espacios de toda clase –históricos, autobiográficos, ficticios, etcétera– en un ejercicio deliberado de anacronismo que gusta de jugar con la ironía y la distorsión mordaz –como en los espejos cóncavos de Valle-Inclán–, pero que también se vale de la melancolía y la piedad para colorear las escenas. El yo lírico rara vez se proyecta sin el telón de fondo de las inquietudes y aspiraciones colectivas, y hay un rumor constante de discusiones que giran siempre sobre lo mismo: la vida, el absurdo y la gloria del vivir, esa historia universal de la infamia que se resume en un desfile tenaz de fracasos y derrotas, pero que es también el lugar de la esperanza y la utopía, de esas pequeñas aperturas en forma de revelación que nos permiten seguir camino.

El mundo de Mestre –sobre todo a partir de La poesía ha caído en desgracia– destila un aire circense, carnava- lesco, y tiene una fuerte impronta visual, una deuda evi- dente con el cine mudo[6], las viejas fotografías y grabados en blanco y negro, los carteles y postales de entreguerras, las ilustraciones de revistas o de libros de quiosco… Las referencias van desde los dibujos de Bruno Schulz y los lienzos de Chagall al universo portuario de Pessoa y Morand, desde el horizonte de los westerns de película y tebeo a los arlequines de García Lorca y Jean Cocteau y los ángeles de Pérez Estrada, etcétera. El poeta se mueve libremente entre espacios y tiempos, pero en sus viajes va creando una fantasmagoría de aire sombrío, casi centroeuropeo –desde luego más nórdico que meridional–, en el que «las patatas se pudren y los caracoles se pudren y se pudren los nísperos” (‘Tumba sin mí’), con ciudades de provincia a las que llegamos por el patio de atrás[7], cruzando vías de tren y jardines destartalados (todo está un poco destartalado en estas páginas, como si le hubiera pasado por encima un viento de siglos), yendo en bicicleta por caminos secundarios, entrando en tascas y garitos mal iluminados, dejándonos envolver por el humor de un “cáñamo” que propicia toda clase de visiones y deja fluir libremente la corriente verbal. Incluso cuando comparecen los escenarios de la vida cotidiana –Villafranca, Madrid, Roma, etcétera–, lo hacen bajo una luz sombría y otoñal (el otoño es la estación más habitual en estos poemas[8]), enturbiada por tintes de sospecha e incertidumbre. Todo está envuelto por una atmósfera onírica que remite al pasado y a escenarios transfigurados por el arte y la literatura (y no hay jerarquías, aquí conviven sin distingos Kafka, Poe, Max Ernst o géneros populares como el cine de aventuras y el folletín). Hay también momentos de luz y claridad, por supuesto, pero incluso allí donde se convoca el tiempo ingrávido de la juventud –pienso en un poema tan accesible y cantable como ‘La citroneta azul’, dedicado justamente al cantautor Amancio Prada–, el resultado es una imagen del abandono en que yace el pasado, de nuestra incapacidad para salvar las ruinas del tiempo:

Yo no espero otra luz que la tristeza
de quien regresa a una escuela abandonada
donde aletean todavía en la pizarra
las mariposas blancas de la melancolía.

La riqueza léxica de estos poemas, el modo en que las palabras, los sintagmas y los versos “se engarzan, promiscuos, tumultuosos […] formando retahílas de imágenes que se disponen como largos convoyes ferroviarios”[9], apunta de nuevo al horror vacui, pero es también el fruto de ese girar de la escritura sobre un puñado de obsesiones, formando un calidoscopio del que cabe destacar algunos procedimientos reiterados: la anáfora, por supuesto, ese gusto irrefrenable por la enumeración que acumula imágenes y evidencias, y que a veces, como en el célebre ‘Cavalo Morto’, se alía con el encadenamiento, creando una realidad otra en la que cada cosa se muestra como una extensión de la anterior; el collage, visible o manifiesto sobre todo en poemas como ‘Helénides de Salamina’, ‘Retrato de familia’, ‘Lennon’ o ‘Elizabeth’ –dedicado a la poeta estadounidense Elizabeth Bishop–, que encapsulan en pocos versos una biografía, una ejecutoria vital; el anacronismo y la yuxtaposición violenta de realidades disímiles que hacen saltar la chispa de lo inesperado, según una fórmula que no debería tildarse de “irracionalismo”, pues se corre el riesgo de desdeñar la lógica –a menudo intrincada, desde luego– que la mueve; la irrupción, en el mar de las imágenes y las analogías, del dato desnudo, mostrenco; el uso ocasional del lenguaje coloquial o malsonante con intenciones humorísticas –“resumiendo, dos puntos, lo he pasado requetebién”; “y eso no es del todo bueno si un menda con montones de billetes se acerca a tu novia”; “cuando oigo debatir acerca de las poéticas del silencio me descojono de risa”–, muchas veces dirigido con mordacidad a un “tú” que el poeta crea o se inventa dentro del discurso y que le da la réplica por omisión; el aforismo o similar, que es el cañamazo de ‘Las tabas de la hechicera’; y el puro y simple disparate, en la línea de los hallazgos postistas (a cuyo fundador, por cierto, se homenajea en ‘Rabbí Caravaggio’: “Amaba a una mujer de larga cabellera y no era Carlos Edmundo de Ory”).

Es verdad que, como indica Prieto de Paula, nuestro poeta “acentúa la dicción oracular y las reiteraciones salmódicas, con una poesía de gran intensidad expresiva y emocional, entre la desvertebración eléctrica de Lorca en Poeta en Nueva York y las anegaciones versiculares de Perse”[10], pero esta descripción se olvida de mencionar la dimensión profundamente irónica que se enseñorea de la escritura en La casa roja y La bicicleta del panadero (y que ya estaba presente en no pocos poemas anteriores). Se trata de una ironía triste que suele conducir al sarcasmo y que se esgrime como un arma en defensa propia ante los estragos del tiempo y la vida colectiva. El tono burlón que invita a la risa es una forma particularmente benéfica –aunque extenuante a la larga– de enfrentarse a la vileza y la crueldad humanas, lo grotesco y lo abyecto de ciertos acontecimientos, la rueda de molino inexorable que una y otra vez muele los huesos de la humanidad. La risa no rebaja la indignación y tampoco invita a tomar las lecciones brutales de la historia con paciencia resignada. Más bien al contrario: esa sonrisa melancólica es la levadura que levanta la rabia y la vuelve poema. Así, por ejemplo, en este ‘Diván de los dóciles’, breve poema en prosa de La poesía ha caído en desgracia que cabe leer como un retrato preciso y feroz de la amnesia colectiva y el ansia de nuevos ricos que se apoderó de la sociedad española a finales de los años ochenta, cuando se anunció el cierre –en falso, como se ha visto– de nuestra mal llamada transición política:

Libertad sin memoria, idioma obediente a un baúl de aritmética. Época elegida por la usura de un halconero y un déspota, época cuya virtud es el oro y la docilidad del lacayo. Máscara sobre la máscara muerta, montería de sombras, vencedores, eunucos, en los palacios del anochecer.

 

Antífona del otoño en el Valle del Bierzo 

[1984-1985] 

(primera edición, 1986; segunda edición ampliada, 2003)

 

 

Antepasados

Mis antepasados inventaron la Vía Láctea,
dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad,
al hambre le llamaron muralla del hambre,
a la pobreza le pusieron el nombre de todo lo que no es extraño a la pobreza.
Poco es lo que puede hacer un hombre con el pensamiento del hambre,
apenas dibujar un pez en el polvo de los caminos,
apenas atravesar el mar en una cruz de palo.

Mis antepasados cruzaron el mar sobre una cruz de palo,
pero no pidieron audiencia,
así que vagaron por los legajos
como los erizos y los lagartos vagan por los senderos de las aldeas.

Y llegaron a los arenales,
en los arenales la tierra es brillante como escamas de pez,
la vida en los arenales solo tiene largos días de lluvia y luego largos días de viento.

Poco es lo que puede hacer un hombre que solo ha tenido en la vida estas cosas, apenas quedarse dormido recostado en el pensamiento del hambre
mientras oye la conversación de los gorriones en el granero,
apenas sembrar leña de flor en la sábana de los huertos,
andar descalzo sobre la tierra brillante
y no enterrar en ella a sus hijos.

Mis antepasados inventaron la Vía Láctea,
dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad,
atravesaron el mar sobre una cruz de palo.
Entonces pusieron nombre al hambre para que el amo del hambre
se llamara dueño de la casa del hambre
y vagaron por los caminos
como los erizos y los lagartos vagan por los senderos de las aldeas.

Poco es lo que puede hacer un hombre con las migas de la piedad,
comer pan mojado los días de lluvia a los que luego seguirán largos días de viento
y hablar de la necesidad,
hablar de la necesidad como se habla en las aldeas
de todas las cosas pequeñas que se pueden envolver con cuidado en un pañuelo.

 

El otoño

Lloro ángel mío como un caballo joven que huye de su sombra, lloro bajo el palio púrpura de la núbil inocencia, también por los sueños que no tuve y que ya nunca sabré, porque todo se ha envanecido y me cavila y lo divulgo, lloro sobre esta época y su dulcedumbre, pero tú no me escuchas, pero tú me habrás olvidado ungida por lo dócil y el efímero esmero de las giganteas fragantes.

El que llora, el arrobado de juglaría y el que canta para ti epinicios de oro, es que pláceme cumplirte y sonar el cálamo y obedecerte fiebre mía, luz poderosa de un río vocal donde acude mi corazón como balando.

Malva es entre las tumbas, hierba de los campos de Arganza, el que aquí ha llorado buido por las lágrimas y es celoso con la tierra que pisa, el rozado por la desventura y el invadido por el relámpago y aquel que bajo un panamá de nieve se amarillea y despierto en medio del día se aleja de ti y ya es difunto porque no ha de morirse aunque aletee, aunque recorra el mundo empapado por tu ceniza y goce y no te prefiera.

Lloro por el resplandor y los geómetras y por los astros que caen de mis ojos como semillas o yámbicos y lo que dicta el azogue.

Cúmplase que he vuelto, aquel que acude a su videncia porque escrito está, porque en lo aullado da su inicio la fragancia.

 

La nostalgia es un pájaro que enciende su rumor en la noche

En una ciudad de provincia. En una ciudad con tiendas de ultramarinos y ángeles que cruzan el cielo en bicicleta. Es una tarde de domingo, a eso de la tibia luz del anochecer cuando aún no han dado las ocho.

Bajo la dulce curva de los soportales las muchachas como yedras fragantes ensueñan el melado torso de los jóvenes.

Mi memoria advierte esa dicha, el celeste vapor que los labios exhalan entre palabras secretas. Lo que recuerdo es hermoso, como el aceite que resbala de una tea encendida y fulgente se esparce sobre los cuerpos desnudos, sobre el súbito mármol de los amantes dormidos.

Lo que borda la ternura sobre los valles del Bierzo, lo que lentamente abolido aún palpita como un rubí en el melodioso pico de los pájaros. Así os he sentido, libres y gozosos días donde viví cansado por la luz, radiante, estremecido, hijo de la tristeza y los relámpagos.

En una ciudad de provincia. En una ciudad con escaparates y jardines y trenes silenciosos. En una oscuridad amenazada por el muro cinerario de la aurora.

El otoño era bello, nuestros pensamientos tenían la sonrisa del niño que se baña en el río. Como nacidos del puente o de la torre, como la piedra, despacio, el deseo de la aventura fue huyendo de nosotros, como la albahaca de los oteros de junio, como el jaspe que lanzado por la honda silba brillante hacia los cielos.

Llueve, esa gente que soy y que conozco ha salido a la calle, al céfiro suave de los dialectos del monte. La noche ha puesto lámparas apagadas en los nidos vacíos, solitarios pastores en las tristes cañadas del otoño.

Ya lo sabéis, como esa postal borrada por el sol que guarda en su zurrón un cartero celoso.

 

Ídolo de Noceda

Nuestra alianza fue con el otoño rojo, no con la túrgida escama del gusano que envejece la vida.

Entonces la sangre de los dioses del valle era fulgurante y hermosa, dócil como el aroma de la música y los bondadosos mastines que mi corazón escucha ladrar toda la noche.

Pero el que silba un aire verde en la siringa y es místico de tacto y dadivoso ha hundido sus manos en la tierra. En el áspero confín de los sepulcros, edad de la muerte donde nunca hubo nadie, han rozado sus primorosas yemas la semilla, el astro de la tribu, la piedra del relámpago.

Oh gota de fuego, muchacha secreta que has subido a lo oscuro desde la penumbra encarnada de lo que es bello y remoto.

Esa carne de rosa o de columna enterrada en el aire ha entrado como una hebra de luz en mi corazón.

Pero esta tristeza es definitiva, como un nudo de bronce.

 

Lo que sé de mí

Yo he nacido aquí junto a las altas lilas del verano
y los verdes racimos amargos de la aurora.

Yo he nacido entre las rosas que han muerto
y el mustio follaje de los jardines de un sueño.

En las transparentes alamedas que canta el ruiseñor
y abre el rocío con su cuchillo de cristal en la mañana.

Como la hoja que cae sobre un sepulcro
yo he pisado al nacer esta piedra y su luz me ha salpicado.

Como el que nace para la música y talla la madera o la roca
y escucha su voz crujir bajo el cincel y no pregunta.

Yo he nacido duro de corazón y equivocado,
pero vosotros me habéis dado la tierna mano de la primavera.

El que sopla las estaciones y hace reverdecer al árbol muerto
ha mirado esta rama joven que no ardía.

Al consumido en su luz y al que el amor destierra
mis días por igual se han parecido.

Como aquel que al entrar en su casa se encuentra con la mar
y goza y es feliz y se queda con ella para siempre.

Yo he nacido aquí antes de que mi corazón se diera cuenta
y una dulce mujer se acercara a mi sombra como madre.

Desde entonces he sido melancólico y triste
porque he contado los astros y la lluvia y la arena.

De lo ajeno he tenido la bondad de la tierra
y de lo mío la nada en su infinita certeza.

He visto a los hombres mirar hacia el cielo
como buscando la vida que junto a ti se les niega.

Y he padecido con el dolor entre todos
y no he cerrado la puerta al florecido en su odio.

Al que marcado con saliva se esconde de los muchos
lo he elegido más cerca de mi corazón que a los otros.

Y he contemplado a los pájaros
resolver en el vuelo el misterio del aire.

Yo he nacido aquí junto a la piedra de Cluny
donde brota el mirto su tallo en la maleza.

Pero no he sido feliz,
mi memoria se ha cansado de llover y esperarte.

Nada pudo la abundante espiga del dolor contra nosotros,
cuanto más me iba, más tu amor me aprisionaba.

Y así he sido claro bajo el sol y también fuente
donde suben a beber desde el fondo del mundo las estatuas.

Y un día, un día como hoy resplandeciente y puro,
rozado tal vez por el deseo se acercó a la ventana mi figura.

Y al ver todo transido de pétalo aquel cuerpo
salí como siguiéndola y me perdí en su calle.

Yo te he amado pequeño pueblo entre dos ríos
donde supo mi corazón el don de la palabra y las alondras.

 

Valle del alba

Al alba, a la adormidera pura de los geómetras del sueño, los carboneros y los que transportan tinajas bajaban a las calles desde las aldeas del bosque, repartían sustancias como el calor y la leche, y yo los escuchaba, yo los escuchaba pasar hasta perderse, hasta olvidarse más allá de mí mismo, más allá del humo de los trenes y las montañas nevadas.

Aves del amanecer, potros del alba. Gente de la ciudad a cuyas puertas, tirsos y vapor de caravanas, tañe su juventud la primavera. Los que amansan caballos, hombres cuyo oficio es la madrugada, pescadores de batracios en las charcas umbrías de la aurora y los que curten blancas pieles de cabra bajo la jauría de las estrellas.

Multitud de los valles sembrados de cilantro, multitud azul de la tristeza, muchachas de las cabañas que recolectáis especias, manos enternecidas por la siringa y los pájaros. Vosotros, cuyo silencio no conoce la duración del olvido, timbradores de címbalos, carpinteros de cancelas para los animales en celo, lejanas mujeres de los casares que alimentáis ocas las tardes de lluvia.

Esta es la hora de los ancianos alrededor de una fuente, losa de la cavilación y la antigüedad del anochecer. Ciudad de los que juegan a las tabas bajo los árboles, consentidos aduladores del meteoro y la botánica, musicantes silvestres.

Mi corazón os ha oído, mi corazón largamente ha escuchado el silbo de los astros y al urogallo del bosque. Voces de la diver- sidad y la astucia junto a la lonja reverdecida por la albahaca de mayo. Voz de los gramáticos y voz de las viudas ante las jaulas de mimbre, exclamación del silencio en los atrios de la serenidad y exclamación de las bestias bajo los puentes ante las herramientas de filo.

Día afligido por un pensamiento cuya sombra no existe. Día nombrado por la prudencia de quien descifra el telégrafo, de quien blanquea un asilo o azoga la soledad de la muerte en la humedad de una fonda.

Concurrencia agreste que acude a mi alma, gente de la colina, gente de las afueras que comerciáis en la plaza, el que machaca romero sobre una piedra de sílice y el que enjambra colmenas entre las matas de urces. País de los trenzadores de banastas, país de los melodistas de armónica y los vendedores de cebos en la extensión de la niebla.

Extranjeros guiados por el aliento de la muerte, constructores de estatuas y maestros de esquila bajo la curva de los soportales.

Muchachos de las aldeas, muchachos cuya memoria es veloz como el rayo y se desvanece y no alumbra. Jóvenes de una orilla del río, cuerpos de la alameda con una hoz y una azada bajo el aullido de las estrellas. Ebrios adolescentes en el fervor y en el agua, los solitarios bajo la sombra de los viejos puentes de madera y los que al atardecer contempláis con delicia el jaspe mojado de la melancolía y los sueños.

Hablad de este día, decid de qué perlada víspera de nieve llegáis a mi boca, día de las mujeres fértiles junto a las viñas, día de los dóciles, de los que tallan báculos y de los tintoreros de género.

Gente del río, escamadores de peces, los que engarzan la pluma vívida de los anzuelos y los que sois transparentes como una boya de vidrio en la adivinación de los vientos, gente del estero y los vados, aguadores del amanecer que entonáis en el prado la romanza furtiva de los que saetean alondras.

Tierra que cantas debajo de la tierra. Tierra elegida por los bebedores de vino que trazaron la línea del horizonte y los mapas. Los que encendieron hogueras, el pastor de relámpagos y los acopiadores de bayas, tribu del anochecer, resplandor de los dioses sobre las colinas de hierba. Tierra del alba, frontera de los pulsadores de cítara, pueblo cuya soledad es dulce en el sonido de mi corazón.

País de las semillas, país de la ribera donde balan las corzas. Habitantes del valle, gentes del oeste atravesando la niebla. Este es el lugar donde la vida, este es el lugar donde la muerte, ferreteros y sastres, bailinistas cuya felicidad es útil en la celebración, el que construye un palomar y quien se inclina ante el fuego.

Virtud de las básculas en los establecimientos del jueves, virtud de las artesas con sal, aroma de las droguerías. Gente que transcurre en la plaza, el señalado del alba, el campanero, los que hornean hogazas y el linotipista de esquelas.

Humo y silencio de los dialectos del monte. Esa mujer que está sola. El estambre de lana y la parra del pozo. El pensamiento de esa mujer que fue joven y soñó con el mar y ha envejecido. La habitada de sombra, la oscura que está ahí como leña cortada, como el agua profunda mientras sufren las norias, mientras cruzan los pájaros hacia las ínsulas ardientes del otoño, los pájaros morados del olvido, las aves del ciprés, los mirlos muertos, los pájaros egipcios de la noche, los pájaros sagrados del incesto.

Hace ya mucho tiempo que han ardido los bosques, hace ya mucho tiempo que en los establos de heno la soledad avienta los vilanos del cardo.

Valle sin misericordia, lo palidecido en las hojas de los robleda- les eternos y las voces heladas del druida.

 

Este texto corresponde a la introducción al libro Asamblea. Poesía reunida (1975-2025), que ha publicado Galaxia Gutenberg. Recogemos también unos cuantos poemas.

 

Juan Carlos Mestre nace el 15 de abril de 1957, en Villafranca del Bierzo (León), donde escribe ya poesía y se acerca al pensamiento progresista. Llega a Barcelona en 1974 para estudiar en la universidad (se licencia en Ciencias de la Información) mientras se entrega al activismo político y trabaja como periodista en la prensa de pensamiento disidente de la época. En 1975 conoce a Alexandra Domínguez, pintora y poeta chilena, que será desde entonces su compañera. Sus dos primeros libros, Siete poemas escritos junto a la lluvia (1981) y La visita de Safo (1983), celebran la entrada en el territorio del deseo y el discurso amoroso. Durante su estancia en Concepción (Chile), a mediados de los años ochenta, el poeta escribe Antífona del otoño en el valle del Bierzo (1986, Premio Adonáis 1985), que sublima y dignifica la herencia de los antepasados, una saga de panaderos y sastres. En 1989 se instala en Madrid, donde aún reside. Una selección de los poemas escritos en Chile conformará La poesía ha caído en desgracia (1992, Premio Gil de Biedma), que aborda, entre el dolor y la esperanza, vivencias críticas del autoritarismo. Pasa el curso 1997-98 en la Academia de España en Roma, mientras amasa en la memoria un extenso poema, La tumba de Keats (1999, Premio Jaén), en el que los sueños de la juventud, el arte y las utopías liberadoras se derrumban sobre la Roma milenaria. La casa roja (2008, Premio Nacional de Poesía 2009) y La bicicleta del panadero (2012, Premio de la Crítica) Prosigue en Museo de la clase obrera (2018), incursión en los límites del lenguaje que atraviesa los escombros del siglo XX. Escrito en el gallego de su infancia, 200 gramos de patacas tristes (2019) recoge unos emocionantes retratos que honran a quienes, cargados de razón, fueron silenciados en su día. Mestre aprecia en especial el trato con los poetas latinoamericanos, ejemplo de la perdurabilidad de la poesía como acto civil, la fraternidad con Antonio Pereira y Antonio Gamoneda, o los recitales compartidos con Yevgueni Yevtuchenko, Amancio Prada o Lêdo Ivo, que cristalizan en el poema ‘Cavalo morto’ y la traducción de una antología de este último, mano a mano con la poeta Guadalupe Grande (La aldea de sal, 2009). Junto a Alexandra Domínguez traduce la Obra poética de Saint-John Perse (Galaxia Gutenberg, 2021), versión que ha sido calificada por la crítica como “una verdadera hazaña”. Con este sello ha publicado una recopilación de toda su obra poética, Asamblea. Poesía reunida (2026). Su propia poesía ha sido traducida a numerosas lenguas. Como artista plástico, ha expuesto pintura, grabado, dibujo, libros de artista y escultura en Europa, América Latina y Estados Unidos. En 1999 obtuvo la Mención de Honor en el Premio Nacional de Grabado de la Calcografía Nacional. En 2017 le fue concedido el Premio Castilla y León de las Letras en reconocimiento al conjunto de su obra; y en 2018, la Medalla Europea ‘Homero’ de Poesía y Arte.

 

Notas:

[1] Véase Las moradas del verbo. Poetas españoles de la democracia. Antología, selección y estudio de Ángel L. Prieto de Paula, Madrid, Calambur, 2010, pp. 125-144. Hay alguna excepción, como Campo abierto. Antología del poema en prosa en España (1990-2005) (ed. Marta Agudo y Carlos Jiménez Arribas, Barcelona, DVD Ediciones, 2005), pero se trata de una antología parcial, sin afán de totalidad, dedicada al género del poema en prosa.

[2] Dicho en términos inequívocos, la de Mestre es “una voz de problemática adscripción a cualquiera de las celdillas estéticas habilitadas por la crítica en el mapa poético” (Araceli Iravedra, Hacia la democracia. La nueva poesía (1968-2000), Madrid, Visor, 2016, p. 551).

[3] De esa estancia dan fe los diez poemas de Las páginas del fuego (1986), homenaje manifiesto a quienes resistieron y siguieron luchando por la democracia bajo el régimen de Pinochet; textos como ‘Estado de sitio’, ‘1986’ o ‘El sur, 11 de septiembre’ son inequívocos a este respecto: “La palabra era el mar, las soledades una tarde como hoy sin horizonte donde levanta vuelo la esperanza”. La toma de partido ideológica que encarna este cuaderno hace de breve interludio antes de internarnos en el territorio de sus libros mayores, empezando por La poesía ha caído en desgracia (1992).

[4] El lector interesado puede hallar una exposición detallada de este trabajo de reordenamiento, realizado en colaboración con Emilio Torné –quien ha sido el editor literario del poeta desde hace más de veinte años–, en el apartado ‘Notas a la edición de Asamblea’.

[5] Jordi Doce, ‘Segundo advenimiento’, en Las formas disconformes. Lecturas de poesía hispánica, Madrid, Libros de la Resistencia, 2013, p. 200.

[6] El poeta Eduardo Moga, en su reseña de La bicicleta del panadero, habla claramente de “personajes y situaciones que recuerdan a las comedias del cine mudo” (Eduardo Moga, ‘La denuncia y el amor’, Cuadernos Hispanoamericanos, 748 (octubre 2012), p. 143).

[7] Como escribe el autor en La tumba de Keats, “es en los suburbios y en las desembocaduras dichosas a donde va a dar la esperanza, / en los terrenos baldíos donde mueren los caballos entre cardos silvestres, / es en los lugares donde titilan de noche las tenues bombillas ante un hecho sangriento […] / y a eso llama prodigio el que vive recluido en su ternura secreta”.

[8] A modo de curiosidad, la referencia al otoño se repite no menos de 130 veces a lo largo de este volumen; el invierno es la segunda estación más mencionada, con 110 apariciones.

[9] Moga, op. cit., p. 141.

[10] Prieto de Paula, ‘Poesía en la era de la perplejidad’, en Las moradas del verbo, op. cit., p. 39.

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