El triunfo de la metonimia

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“Ponen un programa nuevo en la televisión”, se solía decir, “han dado la noticia en la radio” o “lo trae el periódico”, “viene en tal revista”. Todavía ayer, las noticias y los programas venían o los ponían en algún sitio, los traían unos determinados medios de difusión o los daba, los ofrecía o proporcionaba, algo o alguien en algún medio de comunicación, con lo que el lenguaje —que es quien en verdad dice por mucho que seamos nosotros los que hablemos— subrayaba y expresaba a las claras esa calidad de instrumento o plataforma utilizados por alguien que tenían la radio, el periódico o la televisión, esa naturaleza de medios a disposición de alguien, de soportes a través de los cuales alguien trasmitía o exponía los mensajes que fuera o que le apetecía o convenía que fueran. Los medios de comunicación eran pues hasta hace nada, según esas formulaciones lingüísticas y a despecho del tiempo y sus cambios tecnológicos, no mucho más que los antiguos avisos y los mensajeros de antaño.

 

Pero también se ha escuchado siempre otra forma de decirlo, que es quizá hoy la preponderante: es el “dice la tele” o “ha dicho la radio”, “dice tal periódico”, como si el instrumento o el soporte, como si el espacio o la técnica misma se antropomorfizasen y hablasen ellos mismos. No es sólo que el medio sea, según rubricó MacLuhan, el mensaje, sino que es asimismo el emisor del mensaje y que, como tal, se quiera o no, se le atribuyen las cualidades de cualquier emisor o hacedor de mensajes. Por lo mismo que habla, también podría pensar, y sentir.

 

Y viceversa: al verdadero emisor de mensajes que utiliza el medio, a los hombres de carne y hueso e ideas que elaboran y crean los mensajes, también se quiera o no se quiera, se les atribuyen de rebote cualidades de los medios, esto es, por ejemplo, su neutralidad, su asepsia de medio técnico.

 

Ese desplazamiento o sustitución, esa metonimia —el instrumento por el agente—, supone o esconde una pretensión subliminal de imparcialidad: los hombres —aquellos alguien que utilizan el medio— se sabe que son parciales, partidarios de una cosa en perjuicio de otra, con intereses en unos sitios en lugar de en otros, con opiniones y pasiones distintas y encontradas, pero no así los instrumentos ni los medios que, como cosas y técnicas que son, no pueden ser, de buenas a primeras para la mayoría de la gente, sino neutros. Las personas sienten y padecen cada uno a su modo y por sus motivos, y cada uno cojea de lo que cojea, pero los medios ni sienten ni padecen ni adolecen de cojera alguna por sí mismos, son, por definición, medios o mecanismos si acaso para ello.

 

Pero ese “dice” o “comenta tal periódico”, puesto en oposición con el “trae” o “viene en el periódico”, es en cambio expresión de la construcción de una realidad en la que, por acostumbrados, quizá no damos en reparar. La realidad del “una cosa por otra”, en cuya metonimia, sin embargo, lleva las huellas de su producción. Un periódico o un televisor —la televisión o la prensa— por sí mismos no dicen nada, en ellos dicen unas personas o ponen un programa otras, o las mismas, personas. ¿O bien —hipótesis terrible (o quién sabe si totalmente tranquilizadora a la postre)— será ya al revés: que son ya ellos, los medios, los artilugios, los mecanismos, los que dicen y hablan, y nosotros —los hombres, los antiguos hombres— sólo los medios o instrumentos, los artilugios, que traemos o en que viene lo que ellos ponen o dan? ¿Serán ya las técnicas y los instrumentos, las tecnologías, los que dicen y nosotros los que venimos en ellos? ¿Ponen ellos ya también el lenguaje y dan el significado como daban un espectáculo los viejos cines o ponían un nuevo programa las primeras televisiones? ¿Echarán ya ellos —igual que se dice con deje despectivo que “qué echan hoy en la televisión” o “lo que echaban de comer en el cuartel” para asimilarlo a lo que “se echa de comer” por ejemplo a los pollos— lenguaje y sentido?: ¿echarán la realidad y nosotros ya sólo tenderemos a ser sus receptáculos e instrumentos, sus medios, sus estómagos o cocos agradecidos y embuchadores? Mucho cabe temerse quizá en ese sentido: que vaya por buen camino o se haya producido ya un triunfo, no poético sino torticero, de la metonimia.

 

 

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Escritor, natural de Soria (1956) y vecino actual de Trieste, Italia, país en el que lleva vivendo más de 25 años. Su novela más reciente es Ojos que no ven (Anagrama, 2010), a la que le precedieron, entre otros libros, Volver al mundo (Anagrama, 2003), su novela de mayor calado, y Un mundo exasperado(Anagrama, 1995). Por esta última recibió el Premio Herralde de Novela y en 2005 le fue concedido el Premio de las Letras de Castilla y León. Es también traductor y ensayista, y en 1987 fundó la revista Archipiélago, de reciente desaparición.